viernes, 30 de abril de 2021

La Salamanca de Cochicó


 

Lo que voy a contar a continuación, no es una leyenda: es una anécdota. Así que el que quiera creer que crea, y el que no, puede decir que prefiere creer en lo que dicta su razón, porque algo que carece de lógica no debe ser cierto. La mayoría del tiempo, yo también lo creo así, no lo sé, pero lo que esta persona me contó ese día, el temor impreso que vi en sus ojos, esa incertidumbre e incomprensión, no pudo ser una simple ilusión.        

Antes de comenzar a relatar los hechos que nos acontecen, cabe destacar que los nombre en este relato fueron alterados, para resguardar la integridad de los participantes, pues, ya que temen a las burlas de los incrédulos, que neciamente cierran su mente a otras perspectivas y realidades.   

Estamos en pleno siglo veintiuno, pero aún, encontramos hombres que llevan en la sangre todo el aspecto y la esencia de los gauchos, esos hombres de antes, con boleadoras en el cinturón, que surcan el desierto aún a caballo. Y, Ramón, nuestro protagonista, es justamente, uno de estos hombres.   

En una de sus típicas cabalgatas por Cochicó, las cuales ya eran rutina en su día a día, sucedió algo que rompió esa monotonía a la que acostumbraba.

Talvez fue porque esa vez se le hizo tarde para volver a su finca, ya era de noche, y extrañamente, ninguna luz artificial funcionaba. Pero la verdad, es que no importa, hoy en día, cuánto intente hallarle una razón, eso nunca cambiaría lo que vivió esa extraña noche.     

Azuzó a su compañero equino para que acelerara la marcha, pues, una extraña sensación comenzaba a hacérsele carne en la piel. No podía estarse tranquilo. Había algo malo en esa noche, y el murmullo lúgubre de las lechuzas, no ayudaba a su ánimo. Sólo podía pensar en volver a su casa con su familia cuanto antes.

Su caballo se detuvo de repente, tanto que debió aferrarse a las briznas con fuerzas para no caer de este.

Una figura, una sombra henchida le obstruía la calle de tierra. Al principio no pudo encontrarle forma, pero, cuando sus ojos lograron acostumbrarse a la nueva imagen frente a él, entendió que se trataba de un hombre, de un par, de otro gaucho. Pero lo que más le extrañó, era que ese hombre le era completamente desconocido. Allí en Cochicó, todos se conocían los rostros de memoria. ¿Quién era este extraño gaucho que se paraba inerte frente a él, inmóvil como una aparición de otro mundo?

Ramón le preguntó quién era, qué hacía en medio de la noche, en medio de la calle.

El extraño no contestó, porque cuando Ramón parpadeó, el hombre ya no estaba allí. Lo buscó con la mirada, pero no lo halló por ningún lado. Sólo vio una cosa que resaltó sobre las sombras de esa noche sin estrellas. Se trataba de una luz a la lejanía, que brillaba entre los árboles y la maleza, atusada por la sequía. Al principio, pensó que se trataba de la luz mala, pero no, esto era algo mucho más grande y brillante.  

Y, como es el corazón de un gaucho, valiente por naturaleza, no pensó dos veces antes de indicarle al caballo hacerse a un lado para dejar el camino atrás. Y así se escabulló por la espesura del lateral, en un veloz remesón que lo llevó a encontrarse con la fuente de aquella luz. 

A la distancia divisó una casa, entendió de inmediato que de allí provenía aquella luz, como un lucero en medio de la noche.

La visión de la casa le pareció sumamente extraña, ya que estaba en medio del campo, y la última finca había quedado varios kilómetros detrás.

Volvió a instar al caballo, pero, por más que su compañero trotara incansablemente, por lo que parecieron horas, la distancia seguía siendo la misma, los árboles a sus lados se movían y quedan atrás, pero la casa seguía estando en el mismo lugar, allí, sobre el horizonte, brillante como la única estrella en esa noche. Era como si no llegara nunca.

Pero Ramón no se rindió, volvió a acusar a su caballo, latigueó las bridas, y su compañero obedeció, continuando con el camino interminable hacia esa casa.

Parecería que la noche se terminaría antes de que él pudiera llegar a esa casa, pero, contra todo pronóstico, lo que pareció, en un principio no más que una ilusión, era real. Los cascos del caballo salpicaron la tierra hasta llegar a la entrada de esa casa.  

Esta se veía vieja, pero alegremente decorada e iluminada. Había caballos atados en la entrada y un montón de invitados. Por supuesto, ninguna cara conocida. Pero, como eran amigables, Ramón no tardó en sentirse cómodo entre ellos.

Charló con ellos, no podía dejar de reír mientras bebía vino, con aquel sabor casero y avinagrado. Sólo hay una cosa de esa fiesta que puede recordar con exactitud, y es el rostro pueril de aquella china jovencita, con dos trenzas a cada lado de su oreja, como salida de otra época. Ella se acercó con una bandeja de tortitas caseras. Olían y se veían deliciosas, pero por alguna extraña razón no tuvo deseos de comerlas. Pero como lucían tan apetitosas, no quería arrepentirse tiempo después por quedarse con las ganas, así que tomó varias y las guardó en los bolsillos de su bombacha. La fiesta siguió entre baile, lo hicieron cantar acompañado por una guitarra criolla.  

Nunca se había divertido tanto.  

El baile le había abierto el apetito, así que sacó una de las tortitas de sus bolsillos y se la llevó a la boca. A partir de ese momento, los recuerdos de Ramón se vuelven un torbellino confuso, ni siquiera sabe que pasó después. Sólo recuerda despertar, cuando los molestos rayos del sol quemaban sus párpados.  

Su cuerpo se aquejó por completo. Pues, había estado durmiendo en medio del campo, sobre la tierra fría y helada. Miró hacia todas direcciones, no había pistas de ninguna casa, ni señales de alguna fiesta de anoche. Sólo su caballo pastando a unos metros, atado a un tronco viejo. 

Estaba solo en medio de la nada. 

Regresó a su casa. Su mujer estaba asustada por la ausencia de su esposo toda la noche.

— ¿Dónde estabas? — le cuestionó ella, al borde de las lágrimas.

— Estuve en una fiesta. Una china me dio unas tortitas re ricas… — Ramón metió su mano en el bolsillo, con la intención de compartir aquellas delicias con su esposa, pero cuando buscó con los dedos en el interior de su bombacha, estos tocaron una sustancia arenosa, que le supo nauseabunda. La apretó entre los dedos y la llevó frente a sus ojos, para percatarse que tenía los bolsillos llenos de bosta de caballo.   

   

domingo, 18 de octubre de 2020

El Diablo

 



Nunca creí que la fortuna fuera tan impredecible. Cuando vives entre alhajas y piedras preciosas, crees que eres dueño del dinero y que este nunca te va a dejar. Gran error, la riqueza es tan efímera como indomable. Por más que intenté tomarla a la fuerza y atarla a mí, tarde o temprano la perdí, y me quedé con nada más que yo misma y un esposo que despilfarraba mi dinero en juegos y alcohol.    

            Mi pequeña luz de esperanza fue mi madre. Ella era como un ángel salvador que me abría sus brazos en mi peor momento, a pesar que, para Henry, era como un demonio que sólo tenía como misión en su vida molestarlo y criticarlo por todo. Y la verdad, es que mi madre tenía razón, pero yo siempre fingí que no estaba de acuerdo con ella por miedo a Henry, a veces, me miraba con un brillo aterrador en los ojos, que me paralizaba, ocasionando que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo hasta convertirme en piedra. Por eso, nunca podía contradecirlo.  

            — Eres un vago — decía ella cada vez que le pedía dinero prestado.

— Cierra la boca, Doris — le respondía él.

— Encima de vago, respondón. Ni siquiera tienes respeto por la vieja que te dio un techo después de que despilfarraste toda la fortuna de tu esposa.

Y allí estaba su mirada, Henry clavaba sus ojos en mi madre como si fueran puñales e intentara asesinarla sólo con las pupilas. Si ese poder realmente existiera, las dos ya estaríamos muertas desde mucho antes. Pero mi madre era muy diferente a mí, ella nunca se dejó amedrentar. Golpeaba el suelo con su tacón y le devolvía una mirada mucho más dura e intimidante. Y luego, le golpeaba con su chal tejido a mano hasta que lograba sacarlo de la habitación.

— ¡Yo te voy a enseñar… — iba un golpe — a respetar — le asestaba uno en el rostro — a tus mayores! — y el golpe de gracia era el que lo sacaba por fin de la habitación — ¡Mocoso malagradecido!

Henry se iba de la casa refunfuñando por lo bajo y jurando mil maldiciones.

— ¡Ya me las pagarás, vieja bruja! — y se escuchaba el portazo violento.

Cuando esto sucedía, no volveríamos a saber nada de Henry hasta el día siguiente. Yo siempre pasaba la noche sola y preocupada.

— No te angusties, hija — me decía mi madre al verme con los ojos enrojecidos —. Apuesto que está seguro y feliz entre las piernas de su amante — mi madre era algo tosca para decir las cosas, nunca mediaba sus palabras ni pensaba que podía herirme con ellas, a pesar, de que ambas, sabíamos que siempre decía la verdad.

Sí, mi esposo no sólo era un derrochador de dinero, también me era infiel con tantas mujeres como le fuera posible.

¡Ah, qué infeliz era!, a veces deseaba que existiera esa máquina de tiempo como en la novela de Wells para volver al pasado y detenerme a mí misma en el día de mi boda. ¡Ah, qué dichosa me sentiría de librarme de ese hombre malvado e inútil!

Fue extraño, pero mi madre murió semanas después. La encontré debajo de las escaleras. Por su posición y los golpes de su cuerpo, pude entender que había caído desde el primer piso y rodó por los escalones hasta la entrada.

Ese día lloré como nunca lo había hecho. No sólo lloraba la partida de mi madre, si no también, que ahora estaría sola, completamente sola, con ese monstruo que se hacía llamar mi esposo.  

Y así fue, tal como lo supuse, cuando el único ángel que me cuidaba partió, la casa se convirtió en un infierno, y fue Henry el diablo que se encargó de hacer de mi día a día una completa agonía.

Se volvió completamente loco y violento, cuando después de visitar a un escribano y este nos informara que él no podría recibir ni un solo peso de la casa y bienes de mi madre, por una cláusula que hizo ella todavía en vida, su felicidad por pensar que volvería a ser rico, se esfumó de inmediato y fue reemplazada por ira y enojo, todo… canalizado sobre mí.

Esa fue la primera vez que Henry me golpeó.

Si antes le tenía miedo, ahora, su sólo nombre, su sola mención, su sola presencia… me aterraba.

— ¿Así que tu madre te cuida después de muerta? — decía Henry con veneno en la voz, mientras depositaba un plato de sopa que él mismo había preparado sobre la bandeja.

Estaba recostada en la cama y mi esposo se encargaba de cuidarme. Pues, hacía semanas que me sentía descompuesta, mis fuerzas se extinguían lentamente y ni siquiera sabía por qué. Sólo necesitas descansar, decía Henry, duerme y mañana amanecerás recuperada. Todas las noches decía lo mismo, y mis vanas esperanzas se veían flaquear cuando despertaba aún más enferma que el día anterior.  

— ¿Así que yo no podré ver ningún peso de tu herencia?, me parece un poco injusto siendo tu esposo, ¿no crees? — decía mientras acercaba otra cucharada de esa hedionda sopa casera a mi boca, cual no me atrevía a rechazar por temor a las represalias.    

— Lo siento — era lo único capaz de decir, aunque por dentro me alegraba que este diablo no viera ni una sola moneda, si él tuviera acceso a la propiedad, esta ya la hubiera perdido desde hacía rato a causa de sus vicios y malos hábitos.  

Cuando Henry se aseguraba que en el plato ya no quedaba ni una sola gota de sopa por beber, salía de la habitación y me dejaba sola hasta la siguiente hora de comer.

Nunca supe cuál fue mi enfermedad, y Henry tampoco llamó a un doctor.

— No es tan grave, en unos días más te recuperarás — decía siempre que le pedía por un médico.

Fue esa noche, la peor de todas y la recuerdo como una congoja perpetua, la revivo en mis recuerdos, una y otra vez, atormentándome constantemente, en la piel y en la mente.  

Mi piel ardiente, quemante como un infierno.

La jaqueca, punzante, sentía como si fuera un hierro hirviendo que se hundía en mi frente.  

Mis pulmones, colapsaban con cada inspiración, el aire no entraba, me estaba ahogando.

Henry acudió a mi lado y tomó mi mano en un signo de consuelo.

Al principio me alegré, al pensar que incluso en momentos así, tenía un poco de humanidad en él y un pequeño rezago de sentimientos por mí. Pero si mi dolor le angustiaba, ¿por qué sonreía?

Esa noche creí que moriría.  

No sé en qué momento de la noche, pero el dolor que aquejaba mi cuerpo completo me venció y caí inconsciente.

A la mañana siguiente, cuando el dolor menguó hasta desaparecer por completo. Una voz conocida, que hacía mucho que no escuchaba, me despertó.

— Despierta, hija.

Abrí los ojos de manera veloz.

Esto debía ser un sueño.

Busqué con la mirada a la dueña de aquella voz familiar. Allí estaba, mi madre, en una aparición completamente perfecta. Todo en ella era tal cual la recordaba. El tono de piel, el color de su cabello, cada pequeña mancha en su rostro y arruga en su cuerpo, todo, todo estaba allí.

Llevé mi mano a mi frente para comprobar que todavía no tuviera fiebre. Pensaba que la alta temperatura podría ser el motor de esta realista alucinación.

Frío.

Mi frente no tenía ni una pizca de calor.

Entonces no era una alucinación. Mi madre era real, y estaba, ahora, ante mis ojos.

— Hija, lo que te ha dicho Henry es todo mentira. Yo no me caí de las escaleras. No fue un accidente, fue él quien me empujó.

Abrí la boca a causa de la incredulidad.   

Me costó procesar aquella información de primero. Pero tenía sentido, siempre había sospechado de la muerte de mi madre. Una caída por las escaleras, era una muerte común, pero se vuelve sospechosa si tienes al mismo diablo asechándote día y noche.

— Él está enojado porque no puede compartir la herencia conmigo.

— Lo sé — respondió mi madre y se sentó en la cama junto a mí. Sonreí cuando su mano se posó sobre la mía en un signo de amor maternal. Su presencia era tan real, nunca me dejó. Henry tenía razón, seguía cuidándome incluso después de muerta. Supuse que ahora podía verla por haber sufrido un episodio que me llevó cerca a la muerte —. Me alegro de haber colocado esa cláusula en mi testamento. No quería que vuelva a quitarte todo lo que tienes y una vez más te vieras en la calle.

— ¿Es segura esa cláusula? — le pregunté.

Ella negó suavemente.

— Sólo hay una manera de romperla.

Después de mi recuperación, Henry se veía más alegre y vivaz. Ya no pasaba mucho tiempo en la casa, pero cuando lo hacía, ya no me gritaba ni maltrataba.

A pesar de que ya no era tan diablo como antes, mantuve en secreto que podía ver a mi madre y hablar con ella. Creí que, si se lo contaba, él se burlaría de mí o se enojaría por volverme loca.

Yo estaba feliz, creía que eso se debía a mi enfermedad. Tal vez, al pensar que pudo perderme, decidió cambiar su trato hacia mí y ser un buen esposo por fin.

Estaba tan feliz, que solía adularlo constantemente, sentía que se lo merecía por ser bueno conmigo.

Eso huele delicioso.

Esa corbata te hace ver más atractivo.

¿No crees que hoy es un hermoso día?  

¡Qué te vaya bien! ¡Te extrañaré mientras no estás! 

¡Ten cuidado de camino a casa!

Con el pasar de los días, noté que algo extraño pasaba.

Henry… su actitud conmigo. Algo andaba mal.

Un par de días después entendí qué era lo que andaba mal.

Un hombre y una mujer llegaron a la casa. Al principio, creí que se trataban de amigos de Henry, pero supe, de manera desgarradora que no lo eran.

Henry los llevó por toda la casa. Y la pareja lo siguió con los brazos entrelazados. La mujer se veía muy entusiasmada en el recorrido.   

— Me gusta, querido — dijo ella.

— A mí, también. Es justo lo que estamos buscando — le respondió su esposo.

Henry amplió una enorme sonrisa en su rostro al escuchar la conversación ajena.

— Me alegra que estén interesados en comprarla.

— Por supuesto, nos encanta la casa.

No lo entendía. ¿Por qué Henry estaba haciendo esto? ¡Él no podía hacer esto! ¡La cláusula se lo prohibía!

— Pero, hay algo que no comprendo… — dijo de repente la mujer y Henry la escuchó con atención, al igual que yo —. ¿Por qué alguien quisiera vender una casa tan hermosa?   

— Esta era la casa que compartía con mi esposa, y ahora que… — se lleva una mano al rostro fingiendo pesadumbre — ella está muerta, pienso venderla.

Mis ojos se abrieron por completo.

¿Qué?

¿Qué diablos estaba diciendo?

Giré a ver a mi madre, ella me sostuvo la mirada de manera implacable, pero no contestó nada, sólo se dedicó a escuchar las palabras de mi esposo.

— Oh, lo entiendo. Debe ser muy duro con todos los recuerdos que debe guardar esta casa de ella — agregó el hombre para terminar con el silencio.

Ya no pude escuchar más nada. Las palabras que proferían las personas me supieron lejanas e indescifrables.

Me alejé de la escena sintiendo que mi mente era asediada por una nube de confusión.

Me sentía consternada y dolida. Nunca creí que algo así pudiera suceder conmigo. 

— Sólo había una manera de invalidar la cláusula de que la casa no pudiera venderse — habló mi madre, yo la miré abrumada —, esta regía mientras tú estuvieras con vida.

Él… él… el diablo había… me había. ¡No podía decirlo!

Azoté la puerta y salí de aquella habitación como si fuera llevada por una ráfaga de aire.   

La mujer gritó.

— ¿Qué fue ese ruido? — preguntó asustada.

— No lo sé, el viento habrá cerrado la puerta.

lunes, 29 de julio de 2019

En su lugar




              Una parte de su corazón murió aquel día, cuando la peor de las noticias llamó a su teléfono.
              — No, no puede ser. ¡Es mentira! — gritó la mujer mientras escondía su boca aulladora detrás de sus dedos, en un símbolo totalmente roto.
              — ¿Qué sucede, madre? — su hijo mayor, Javier, acudió de inmediato a la sala al escuchar los gritos de su madre.
              Cuando ella no pudo contestarle a causa de una histeria que para él en ese momento no tenía comprensión, decidió tomar el teléfono al que se mantenía aferrada con todas sus fuerzas.
              — Hola, ¿quién habla? — el gesto en el rostro del hijo mayor mudó por completo. Pasó de preocupación a una expresión de completa incredulidad.
              Sus ojos picaron en lágrimas cuando su cerebro al fin pudo recuperarse del shock y comprender lo que le decía aquella voz del otro lado del tubo.    
              — Estas son todas sus pertenencias — dijo el desconocido uniformado.
              Javier recibió la caja y su contenido, que ahora no serían más que recuerdos. Recuerdos dolorosos de lo que una vez fue.
              — Vamos, madre. Se hace tarde.
              — No iré — dijo sin mostrar la menor intención de levantarse de su cama.
              Él insistió, intentó consolarla e, incluso, obligarla, pero nada era útil. Ella se negaba a asistir y no había nada que la hiciera cambiar de opinión.
              Javier terminó por ponerse el saco, la última pieza del traje que le faltaba por vestir. Hoy vestía de negro, el color más parecido a la muerte.  
              — Dicen que el tiempo lo cura todo — dijo Javier mirando a su madre —. Pero ¿por qué parece ser inmune con ella?
              Los días habían pasado, las semanas y meses. El tiempo había trascurrido como siempre, segundo a segundo, avanzando, pero no se detuvo a esperar a que ella sanara la pérdida de su corazón. Ella no pudo avanzar.   
              — ¿Qué haces, madre? — le preguntó Javier al ver a su madre abrazada contra el teléfono celular.
              — Estoy esperando su llamada. Hace mucho que no se comunica conmigo.
              — Madre, William está muerto — Javier sintió que su corazón se estrujaba en una punzada de dolor al decir el nombre de su hermano menor muerto. Había pasado tiempo, pero todavía dolía.
              — Sé que todo es una mentira, una madre sabría si su hijo está muerto. Y te lo mostraré cuando me llame por teléfono.
              ¿Cuántas veces habían tenido esta discusión?, ahora él le diría que William estaba muerto desde hacía meses y que ya era hora de aceptarlo y dejarlo ir en paz… pero esta vez algo cambió: Javier decidió no negarlo. Lo dejó estar.
              Cuando uno no es capaz de superar el duelo y se queda estancado en la tristeza, esta se puede volver mortal.
              Su madre comenzaba a volverse cada vez más enferma. Esperaba día y noche, con los ojos abiertos, que William la llamara.
— Él lo prometió. Él prometió llamarme — la mujer había cambiado su semblante vivaz por uno que se asemejaba a la de los muertos. Permanecía muerta en vida. Sus ojos estaban carentes de cualquier luz alegre y su voz se había vuelto un valle desierto.
— Su mente no aguantará por mucho más — entendió el hijo mayor. Debía hacer algo de inmediato o también perdería a su madre.
— ¡Hijo! ¡Lo sabía! — Javier la miró sorprendido. Su madre se había levantado de la cama después de meses de negarse a hacerlo, incluso había corrido por la casa hasta encontrarlo.
— ¿Qué sucede? — le preguntó con interés, y con la alegría y esperanza volviendo a nacer en su corazón, sólo por ver a su madre con una sonrisa en el rostro.
— Mira — dijo y le extendió el teléfono celular para que lo chequeara por sí mismo.
— “Madre, disculpa que no te contesté en todo este tiempo. Estuve muy ocupado con los estudios. Espero que estés comiendo bien y cuidando de tu salud. Adiós, te amo.” — Javier leyó en voz alta aquel mensaje de texto en la pantalla.
— ¿Ves? Yo tenía razón — le dijo a su hijo mayor — William no puede estar muerto.
— Tienes razón, madre. Él está vivo.   
— Javier, ¿por qué tu hermano no me contesta?
— ¿Qué dices, madre?
— Han pasado tres semanas desde que se comunicó conmigo. ¿Y si le sucedió algo?
Javier miró a su madre con algo de culpa. Aquel mensaje había avivado el espíritu de su madre. Pero ese día comprendió al ver las nacientes bolsas negras debajo de sus ojos, que un solo mensaje no era suficiente.  
Javier subió al desván y colocó la escalera sobre el final del estante. Subió hasta el último escalón y rescató del primer estante aquella caja, que había ocultado de la vista de su madre enferma.
— No creí que tendría que hacerlo por segunda vez — coló su mano al interior de la caja hasta dar con el aparato tecnológico. Lo prendió y escribió un nuevo mensaje de texto.
Releyó lo escrito en su mente un par de veces. Y cuando se aseguró que lo escrito era lo suficientemente convincente apretó el botón de enviar.  
Suspiró algo apenado y volvió a guardar la caja en el estante, pero había algo diferente, esta vez llevaba el teléfono en el interior de su bolsillo.
— William ¿no te parece que ya es tiempo que vuelvas a la casa de tu madre?, no puedes mentirme, dijiste que tus estudios durarían dos años y este ya es el cuarto año que pasas lejos de casa. ¿Acaso no quieres volver? — la mujer estaba sentada en su cama mientras apretaba el teléfono contra su oído esperando escuchar la voz de su hijo.  
— Tienes razón — rio del otro lado una voz juvenil, tan familiar para ella —. No puedo engañarte, ¿no?
— ¿Cuándo regresas? — volvió a insistir la mujer.
— El lunes estaré allí.
— ¡Qué bueno, hijo! ¡No vayas a fallarme!
Cuando un celular en la habitación de al lado finalizó la llamada, la mujer, al mismo tiempo, escuchó el tono en su propio teléfono, anunciándole con un pitido intermitente, que ya no había nada más que decir por ese día.
— ¡Mi querido hijo! ¡Te extrañé tanto! — dijo mientras abrazaba al joven que se paraba frente a ella.
Esta mañana habían tocado a su puerta, y las lágrimas no se habían hecho esperar cuando escuchó — Mamá, soy yo, William, he vuelto a casa.
Javier había tomado el papel de su hermano pequeño y ya no podía deshacerse de él. Cada vez subía un peldaño más al temer que su madre pudiera descubrirle la mentira y que las repercusiones fueran peor. ¿La mentira podía ser aún peor que la pérdida?
Primero había sido un mensaje de textos, estos fueron menguando y en su lugar fueron remplazados por llamadas de voz. Terminó accediendo a volver a casa cuando su madre comenzaba a sospechar de su ausencia.     
Dejó de dirigirse a sí mismo como Javier para tomar todo de su hermano, su nombre, su vida, su lugar.
Al principio se sentía como un ladrón suplantando una identidad que no le pertenecía. Pero con el pasar de los días sintió que algo lo poseía, algo que no era él mismo.
Comenzaban a gustarle las mismas cosas que a su hermano menor, tenía los mismos intereses, en música, en comidas, en aficiones…    
Y se preguntó si esos nuevos afectos eran suyos o le pertenecían a alguien más.
Comenzó a escuchar su nombre cada vez menos. Y cada vez más le parecía que William era más acorde a su persona, a lo que era ahora.
— Ya no recuerdo cómo era el yo de antes: mi verdadero yo.
— ¿Qué sucede, William? — le preguntó su madre mientras cenaban — Te noto perdido en tus pensamientos.
— Suena loco, pero siento que he olvidado algo.
— ¿Qué cosa?
— No qué, sino quién.    
— No te entiendo, William — su madre lo miró confundida —. ¿Te sientes bien?, ¿quieres ir al hospital?
— Dime, madre ¿cuál es el nombre de mi hermano?  
— ¿Cuál hermano?  
— Tienes razón, yo nunca tuve un hermano. Lo siento por preocuparte.
Había recuperado a su hermano, pero se había perdido así mismo.

Fin.


             




jueves, 7 de febrero de 2019

Soy un cuerpo hambriento



Soy un cuerpo hambriento,
dame de tu carne,
no me puedo saciar.

No hay recuerdo,
sólo una fantasía,
que cual caldera enciende,
mi templo carnal.

De tu imagen inconclusa,
acabado tengo,
de inferir con imaginación ilusa,
tus zonas de rigor.

Y en el ritual del calor,
traspasar tus fronteras anhelo,
del cual deseo esotérico,
sólo hallo el dolor.

Que existieras
en hueso y carne,
un deseo, un flagelo.
Cada noche,
en soledad y desierto,
cada noche,
yo te deseo.


miércoles, 5 de diciembre de 2018

La reunión

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Siempre odié las reuniones familiares y está no es la excepción. Vinieron todos y de todos lados, incluso mi hermana Ester, que nunca fue capaz de llamar una sola vez en todo este tiempo, ni para saber como me encontraba. Pero ahora, llegado a este extremo, todos se habían reunido. También están sus hijos, mis sobrinos, “los ocupados”, como a mí me gusta llamarles. Nunca tenían tiempo, ni siquiera para tomar una mísera taza de té.   
Luego está Ramiro, el esposo de Ester, siempre me miró con suficiencia, como si yo fuera un mero estorbo en esta familia. Recuerdo esa vez que lo eché de mi casa en Navidad.  No me place recordar el porqué ahora, pero sólo diré que todos se fueron detrás de él, y pasé el resto de la víspera sola, con una copa de sidra en la mano y lágrimas en los ojos.  
Desde ese momento comprendí que mi única amiga era la soledad. Era la única que nunca me traicionaría, ni se iría de mi lado, a pesar de lo dolorosa que resultaba a veces.
Pero ya está en el pasado, aprendí a no vivir en mis recuerdos. Sólo el presente y el porvenir me interesan.  
Seguramente se preguntarán, si odio a todo el mundo, ¿Por qué asistí a esta reunión?. La verdad es que la reunión me encontró a mí.  Voy a irme de viaje, y todos lloran por mi partida. Estoy frente al tren, y tengo a los hipócritas llorando a mi alrededor. Hubieran llorado antes, ahora es tarde para detener mi partida. Me voy y nada me detiene.
Pero tampoco se crean que ellos están tristes porque me mandé a mudar, no señor, si me voy, se van conmigo sus posibilidades de recibir algo de mi parte, a pesar de que yo nunca recibí nada de las de ellos.   
¡Oh, Dios!, ya llegó la peor. Su entrada fue como un torbellino de lágrimas y gritos. Incluso fingió un desmayo, quien Ester atendió con el amor fraternal que nunca me brindó a mí. Clotilde, esa sucia mujer, siempre mirándome como a un insecto, y ella creyéndose una estrella sobre el resto de su familia, pobres mortales inmundos. A pesar de tener la misma sangre de padres, nunca fuimos hermanas, éramos como meras desconocidas. Y ahora es la más afectada por mi viaje. ¡Ja, irónico!, pero a mí no me engaña, la conozco, con y sin su máscara de actriz.  
Luego llegaron mis hijos con sus hijos. Mis hijos lloraron, y me pregunté si sus lágrimas eran honestas o no, talvez no lloraban por mi mudanza, sino por arrepentimiento. Mis nietos ni siquiera se molestaron en mirarme, se sentaron alejados, entre ellos, y se hundieron en el mundo artificial de sus celulares, que les iluminaban los rostros como si fuera una película de terror.
Nunca vi tantas lágrimas de cocodrilo en mi vida y en el mismo lugar, pero esas lágrimas no me detendrán. Este viaje me espera y no pienso volver nunca.
Nunca se interesaron por saber como estaba, y ahora que me voy, todos me rodean como buitres hambrientos. Pero están muy equivocados si piensan que van a ver una moneda de mi bolsillo.
Antes de afrontar este viaje me aseguré que ninguno de ellos vaya a hacerse de mi fortuna, ni de mi casa, ni de mis autos, ni de mis cuentas, nada, me deshice de todo, vendí todo y regalé lo que no se podía vender.  
Es irónico como ayer, mi casa se encontraba vacía, sumida en mi única compañera, la soledad, y hoy, está atestada de amigos y familiares. De algunos que incluso hacía más de media vida que no los veía. Pero ahora ya es tarde. Llegaron muy tarde.  
Me doy una última mirada a mí misma en el cajón y decido emprender el viaje. El tren me espera, está por zarpar, y yo no pienso quedarme ningún segundo más en este lugar.

jueves, 30 de agosto de 2018

Ellos



  

  Me ofuscaba. El aire estaba viciado de vanas promesas y esperanzas.  
              Estaba sentado sobre el suelo, de penetrante frío, totalmente incómodo, al punto que se me acalambraban los músculos en mis propios huesos.     
              Había sido confinado a esta habitación aislada. Tenía dos ventanas solamente, con ellas miraba al exterior y aprendía algunas cosas, y a veces en cuando, saludaba a los vecinos cuando pasaban. Y también estaba ese libro amarillento, que leía cada vez que quería saber algo.   
              — Me duele la espalda — dije.
              — Hazlo saber.  
              — ¡Me duele la espalda!
              Mi queja fue oída por ellos, abrieron la puerta         y dejaron una cama de impoluto blanco en medio de la habitación. Pero las cosas que te dan tienen un precio. Cerraron las ventanas, dejando la habitación a completa oscuridad. Ellos las trabaron para nunca ser abiertas de nuevo. Ya no podía ver lo que se hallaba afuera. Me sentía solo.  
               — Y ¿Ahora qué haremos? — me preguntó. No podía verla, pero siempre la oía.  
No entendí a que se refería, pero no cuestioné, el nuevo objeto había cautivado toda mi atención. Me acomodé, y convertí aquellas sábanas perfumadas y ese colchón espumoso en mi lecho más confortable. Ya no quería levantarme nunca más en la vida.
              — Estamos encerrados. ¿Qué harás al respecto?
              — No quiero hacer nada.
              Calló por un momento, para luego agregar — Nos quieren cómodos. 
              Estaba tan cómodo, que cada vez leía aquel viejo libro, con menor frecuencia. No quería destaparme, y dejar el calor de mi cama, porque sabía que, si caminaba hasta la mesita que guardaba el libro, me enfriaría en el camino. Tenía miedo que tanto frío me congelara hasta el corazón. Así que sólo me levantaba a leer cuando lo veía extremadamente necesario, y la curiosidad de saber tal cosa, se volvía insoportable.  
              Llegó la comida. Siempre comía lo mismo, arroz blanco, sin sabor ni condimentos, y agua insípida y aburrida.  
              — No me gusta comer esto.
              — Hazlo saber.
              — ¡No me gusta comer esto!
              De inmediato se volvió a abrir la puerta, y por ella entró uno de ellos, traía entre sus garras una bandeja de plata, con un platillo de rebosante carne roja, de un buen aroma que inundaba la habitación, al punto de opacar el tufo de la humedad, y era de contextura jugosa. A los ojos era arte y a la boca una ambrosía. Lo acompañaba una copa de vino, de sabor exquisito, y textura burbujeante. Estaba feliz, y no me importaba lo que se llevaran a cambio.  
Esta vez se llevaron unos metros de la habitación, ya no tenía lugar para caminar con libertad. Si quería llegar hasta el libro tenía que bordear la cama y pasar entre un pequeño pasillo, muy delgado. Debía caminar de costado, y tardaba casi tres horas en llegar a la mesa, y otras tres de regreso. Esa fue otra razón para frecuentar menos esas letras añejas, pero cargadas de saberes.   
Estaba recostado sobre la cama y no tenía nada que hacer. Miraba el libro a la distancia, y de sólo pensar en el recorrido dificultoso, me quitaba las ganas que poseía de intentar llegar a él.  
— Estoy aburrido.
— Hazlo saber — dijo aquella voz en mi cabeza.
— ¡Estoy aburrido!
Ellos contestaron a mi llamado de inmediato. Trajeron con ellos una enorme televisión. Me puse feliz de inmediato. La colocaron frente a la cama, y para mirarla no necesitaba ni levantar la cabeza de la almohada.
A cambio se llevaron el libro. No me angustié por la perdida, ya que casi no lo leía, porque era difícil llegar a él. La televisión era mejor. No podía aprender de ella, pero era fácil prenderla y podía verla cuando quisiera con el menor esfuerzo.    
              — No tenemos lugar, y ya no podemos saber.
              Se hizo el silencio. Ella esperaba mi respuesta. Pero la ignoré, el ruido del televisor cubría su voz.
              — ¿Qué harás al respecto?
— No lo sé — le respondí, y era cierto.
— Nos quieren idiotas.
Cada día me volvía más débil, al no levantarme de la cama, mis músculos eran consumidos por el tiempo y mi vista comida por las luces banales. Creo que moriría.
Luego llegaron los otros. Abrieron la puerta, dejaron el umbral a la libertad, fuera de cualquier escollo. Podía irme. Podía salvarme y ser libre. Intenté levantarme. Hice fuerza con ambas manos, pero no hubo caso. Tiré de las sábanas con los dedos hechos puños, pero me faltaban fuerzas suficientes. Estaba casi ciego, y con la fuerza consumida, entonces, mi voluntad se vio flaqueada. ¿Ya era tarde?, efectivamente lo era, ellos me consumieron, me alimentaron, me divirtieron, ganaron parte de mí, perdí, perdí y perdí todo lo importante. La vida se me consumía como la llama de una vela, y mi alma interna se sofocaba en medio de una habitación enmohecida. Ella intentó hablarme, pero ya no podía escucharla. Y mi reloj se detuvo, sin que los otros pudieran detenerlo, porque ellos así lo quisieron, porque ellos me mataron.         


viernes, 18 de mayo de 2018

Suprarrealidad


  

Los poetas han encontrado, durante siglos, en las letras una alternativa a la realidad. Era el vate el del privilegio de huir de su vida, y de crear nuevas, para él mismo y para los ojos que lo leyeran. Pero lamentablemente este pequeño errar a la congoja vitalicia, era efímera, temporal. Cuando el hombre levanta los ojos, se halla de vuelta en su entorno, con sus cuitas y dolores.
            — Estar despierto, que desilusión — Beltrán tenía los ojos abiertos y una mirada ofuscada los acompañaba. Se sentía de mal humor, siempre lo estaba después de despertar.
            Cerró los ojos con fuerza, pero por más que insistió, Orfeo no volvió sobre él. Estaba lo suficientemente descansado como para mantenerse despierto el resto del día. Si de él dependiera, pasaría todo el día durmiendo. Allí, en ese mundo onírico, hallaba la paz que su mente necesitaba. Cuando estaba levantado, buscaba un escape, si bien no era tan efectivo como un sueño, lo hacía olvidarse del dolor de su corazón por unas horas. Se preparó un café, y con la taza de porcelana en una mano, rebuscó con la otra en la estantería hasta que dio con el libro que buscaba.   
            Era una buena historia. Era fácil identificarse con los personajes, se transmitían los sentimientos y las emociones a tal punto de volverlas propias. El amor, la felicidad, la adrenalina, las sentía en su interior, como si él mismo hubiera vivido ese romance, esas aventuras. Pero esas emociones no podían durar para siempre, el dolor de sus tripas al rugir eran la alarma que le recordaba que tenía que despegarse de ese mundo ficticio para volver a la realidad. El hambre, al igual que con el resto de las necesidades, le impedía viajar en un escape completo. Y ahora tenía que hacer lo que más odiaba, salir de su guarida, ya que se le habían acabado las viandas.    
            Las calles tenían un color gris, al igual que el cielo, que se veía triste y amenazaba con llorar. Los días como estos avivaban a un más la tristeza de su alma. Era como si el cielo lo invitara a llorar con él.     
Fue rápido a la feria y compró en cantidad. Tanto que le sería imposible llevarlo él solo. Le encargó al joven de la carreta para que le llevara todo lo que había comprado a su casa, prometiéndole unas monedas de propina. No tenía problema en escatimar dinero, ya que vivía de una harta herencia. Con tanta plata y oro en monedas no necesitaría trabajar por el resto de su vida. El muchacho se imaginó las monedas con emoción y le prometió que partiría de inmediato para dejar la mercancía en su casa. Beltrán no acompañó al chico, ya que antes, quería pasar por otra tienda más. Caminó por la calle de la feria, hasta el puesto que bien conocía. Allí estaba un mulato, algo estrafalario y místico en su vestir. Beltrán sabía que esas ropas no eran propias de la tribu de donde procedía, pero las vestía para llamar la atención de más clientela. Muchos hombres se veían atraídos por su exotismo, y se veían tentados en gastar unas cuantas monedas en artículos tribales o pocos comunes. Pero esas cosas no eran las que le competían a Beltrán, el mulato solía traer del extranjero libros poco comunes, que si bien del otro lado del mar eran historias que todos conocían, en estos lares, la difusión de las letras era bastante pobre. Y unos pocos afortunados, como él, se daban el lujo de cultivarse en dichas culturas e inteligencias.
— Don Beltrán — lo saludó el mulato con su acento forzado. Beltrán una vez lo había escuchado, por accidente, hablando con su gente, y el mulato hablaba normalmente, sin ese rítmico vocal tan acentuado. Ese era otro de sus artilugios de negocios — ¿Qué lo trae a mi humilde puesto?— el mulato sabía bien lo que venía a buscar Beltrán en su negocio, pero siempre que lo veía le formulaba la misma pregunta.     
— ¿Tienes nuevos libros?
— Estos libros son de la biblioteca secreta del conde Filiberto de la Berta — Beltrán dudaba que dicho conde siquiera existiera en realidad. El mulato le mostró un libro tras otro, inventando su procedencia en el momento — y este lo encontré enterrado en una cueva, con una nota en un idioma desconocido.
— ¿Y la nota?
—Se convirtió misteriosamente en un ave, y se fue volando. Desde entonces no la volví a ver.  
Beltrán entornó los ojos de manera inquisidora, y el mulato se mantuvo en silencio, rezando internamente que sus palabras no filtraran las mentiras. Pero lo que el vendedor no sabía era que Beltrán nunca había creído sus historias, si bien sus libros eran valiosos, el hombre siempre intentaba ganarle unas monedas más con sus mentiras. Podía engañar a un idiota, pero Beltrán sabía muy bien leer a través de las palabras, y las del mulato sabían a mentiras. Pero Beltrán no le daba mucha importancia a eso, escuchaba sus falacias sin ninguna expresión, elegía los libros que llamaran más su atención y volvía a su casa con las manos cargadas.   
— ¿No tienes algo diferente? — de todos los libros ninguno había causado en él el suficiente interés como para llevárselo. Ninguno parecía que le brindaría eso que él buscaba, ese escape, esa huida.  
El mulato volvió a guardar silencio, pero esta vez fue un silencio distinto, fue uno misterioso, tanto, que por primera vez, captó la atención de Beltrán.  
— Tengo algo… — el mulato enmudeció de inmediato, como si se hubiera arrepentido de hablar.         
— ¿Qué? — lo instó a hablar verdaderamente intrigado.
El vendedor le hizo señas para que se acercara. Beltrán se inclinó levemente sobre el mostrador y su nariz percibió el tufillo salvaje que provenía del hombre tribal. ¿Incluso llegaba a colocarse colonias raras para acentuar su figura de hombre místico?, ¿Hasta dónde podía llegar la ambición de un vendedor?      
— ¿Has escuchado hablar de alquimia? — dijo en un susurro temeroso.
Beltrán no respondió con palabras, pero le envió una mirada interrogativa, sabía bien lo que era la alquimia, había leído sobre ella, pero más que eso no había hecho.
El mulato lo invitó a entrar en la tienda. Beltrán le hizo caso. El vendedor miró en ambas direcciones, asegurándose que nadie estuviera mirando y luego cerró las cortinas, tapando del mundo lo que pasaría allí dentro. Rebuscó en el interior de sus coloridas ropas hasta dar con una llave que con ella abrió un cofre escondido en el suelo. De su interior sacó un libro forrado en cuero y con un extraño pictograma pintado en el frente.
— Lo rescaté de una quema de libros — y esta vez, Beltrán supo que las palabras del mulato eran ciertas — este grimorio le pertenecía a un arzobispo, cuyo nombre no puedo revelar por miedo a lo que podría pasarle a mi familia. Dicen que este hombre había experimentado un poder como ninguno. Tenía habilidades de magias desconocidas, y todo eso lo escribió aquí. Yo no me atreví a abrir el libro, por miedo a que deje en mí alguna maldición, pero pensaba en hacer un buen dinero con él.   
— ¿Cómo conseguiste el libro? — Beltrán dudó un momento en el vendedor, si ese grimorio era tan peligroso, ¿Cómo había llegado a sus manos?
— Este arzobispo fue quemado en la ojera, cuyo fuego se encendió con todos sus libros ocultistas. Me escabullí en la noche y revisé las cenizas, entre ellas estaba este libro. El fuego no pudo con él.
Beltrán sintió un escalofrió al escuchar la historia, y creía en sus palabras, el susto en el rostro del hombre le denotaba que no estaba mintiendo.    
— Si lo quieres serán quinientas monedas.               
Beltrán amplió los ojos impactado. Era mucho dinero, pero si el libro era real, lo valía. Con cuyo dinero podría comprarse otra mansión, pero creía que tal vez ese grimorio le traería respuesta al dolor de todos sus días.           
— Pagaré por ello.
Beltrán no tenía el dinero allí mismo, así que el mulato lo acompañó a su casa. Cuando llegaron encontró en la entrada al muchacho esperando con toda la mercadería que había comprado, solía comprar en cantidad para no volver a salir de su mansión en un largo tiempo. Esperaron a que el muchacho terminara de guardar las viandas en su despensa, y cuando le pagó el dinero prometido y se hubiera marchado, Beltrán y el mulato volvieron a lo que les concernía.
Beltrán retiró de su caja fuerte las monedas de oro que precisaba. Hicieron el intercambio. El mulato se desprendió del libro, y para él fue como un alivio, como si un yunque se desprendiera de su espalda, en cambio sobre Beltrán cayó una sensación pesada en el momento que tuvo el grimorio en sus manos, y un escalofrío lo asaltó por la espina.
— No me volverás a ver. No puedo decirte a donde iré, pero verdaderamente le temo a ese libro y a los que intentaron deshacerse de él. Pueden volver por el grimorio, no lo sé.
Beltrán comprendió su temor, y como había prometido, esa fue la última vez que se vieron, y tampoco volvió a encontrar su tienda en la feria, por lo cual, desde entonces, tuvo que comprar sus libros en otro lugar.       
Pasaron algunos meses, y el grimorio permanecía cerrado, en el mismo lugar donde lo había dejado. No se había atrevido a leerlo, ni mucho menos a abrirlo. Le temía, no le avergonzaba admitirlo.  Estuvo días enteros preparándose mentalmente y dándose valor para leer los esotéricos secretos que guardaran aquellas hojas añejas.    
Cuando estuvo listo, se preparó como si de una ceremonia se tratara, no comió ni bebió nada en todo el día, había cerrado todas las ventanas y corrido todas las cortinas, impidiendo que entrara siquiera una gota de luz externa. Incluso había estado varios días sin dormir, cosa que detestaba, odiaba estar despierto, pero estaba seguro que sacrificar sus horas de sueño valdría la pena una vez que encontrara una solución a sus penas.    
Prendió una vela, la cual depositó en la superficie del escritorio, donde yacía el grimorio cerrado. Respiró hondo repetidas veces, hasta que juntando el valor necesario, se dispuso a empezar con su lectura. Primero posó la yema de sus dedos sobre la superficie orgánica del libro. Sintió levemente la textura callosa del cuero, y unos segundos después abrió la tapa encontrándose de frente con la primera página. Esta lucía amarillenta y de muchos años. El libro estaba escrito en latín, y algunas partes en hebreo o griego. Por suerte Beltrán era plurilingüe, y había aprovechado su soledad en aprender muchas cosas, y una de esas eran varios idiomas.
Ocupó toda la noche leyendo, incluso volvía sobre las páginas más de una vez. El corazón le palpitaba cada vez que volteaba una página, lo hacía con lentitud y cuidado, como si las hojas se pudieran desarmar entre sus dedos. El tufo mohoso le llenaba las narices, y los ojos le lloraban por el esfuerzo de leer a medianoche, con sólo la compañía de la luz de la vela.          
Ese libro le había abierto la mente, revelaba tantos misterios, incluso a tantas preguntas extrañas que nunca se le hubiera ocurrido pensar. Cosas como la vida, la muerte y la metafísica hallaba sus respuestas en este libro. Pero cada respuesta era algo oscura, como si estuvieran vistas desde unos ojos pesimistas, al igual que los suyos. Se sentía identificado con el autor de aquellos conjuros, se lo leía tan melancólico y desesperado como él.
El grimorio no estaba terminado, el último conjuro era una hipótesis sin comprobación. Por lo que había aprendido Beltrán de su lectura, el libro seguía una dinámica. El autor formulaba una teoría, y luego de comprobarla anotaba los resultados, el proceso se repetía una y otra vez hasta llegar a la perfección del conjuro. Más que un grimorio o receta de conjuros, se parecía más a un diario, a unos apuntes de estudio, donde el conjurador registraba sus pruebas, ensayos y fallos.        
“Suprarrealidad”, era el nombre del último conjuro, el cual no tenía más información que su teorización. Era un ritual que llevaría al conjurador a una nueva dimensión. A una realidad superior, perfecta, mejor. Sería la invocación al punto justo entre los sueños y la realidad. 
Beltrán en ese momento conoció la verdadera felicidad, cuya emoción era movida por una esperanza que nunca antes había sentido. Podía encontrar ese lugar que siempre había anhelado, vivir en él, sin dolor ni más tristezas, o por lo menos eso prometía dicho conjuro. Pensó que las monedas que había gastado en este libro no eran muchas, lo valía, si ese conjuro podía resolver su congoja, realmente valía las quinientas monedas de oro y más.   
Se preparó para probar el conjuro con varios días de anticipación, le fue difícil conseguir todo lo necesario, pero al final tuvo todos los ingredientes que precisaba. No tardó más de una semana en prepararse, estaba ansioso en ponerse manos a la obra.         
El corazón le palpitaba como loco, y no era para menos, había llegado la hora de la verdad, ese hito que marcaría un antes y un después en su vida.   
Primero sostuvo la bola de vidrio en sus manos. Necesitaba un embase, una cascara que sostendría el conjuro, así que había encargado a un artesano que le confeccionara esta bola de cristal hueca por dentro, pero de hermosos tallados por fuera. Colocó la esfera en medio del piso de la sala y luego fue en busca de los polvos de piedras preciosas. Esto era lo que más le había costado dinero, tuvo que comprar las piedras por un lado, y por otro encargarle a un herrero que las moliera. Tenía una bolsa con polvo de jade verde oscuro, otra bolsa de polvo de amatista, y en otra que contenía polvo de cuarzo.   
Primero dibujó en el suelo con el polvo del jade, un triangulo que encerraba a la esfera, luego hizo lo mismo con el polvo de amatista. La esfera quedó en medio del rombo que se formó al dibujar los dos triángulos, que sobrepasaban levemente los límites del otro. Por lo que decía el grimorio, el jade era la representación del cuerpo y del ambiente físico. El verde oscuro es una conexión con la Tierra y con las cosas materiales, en cambio, la amatista era llamada la piedra de sueño, emulaban la imaginación, la fantasía y los mismos sueños.  Por último vació la bolsa con el cuarzo alrededor de dicho rombo, formando un círculo de polvo cristalizado e incoloro. Dicha gema, era el nexo entre las propiedades del mundo espiritual, fantástico, y el plano físico. Entre lo visible e invisible.  
Ya le quedaba el último pasó, debía incendiar los polvos, que al ser tan minúsculamente molidos, y yendo contra toda lógica, sería posible encenderlos en fuego, o por lo menos eso aseguraba el arzobispo. Acercó una vela a uno de los ángulos del triángulo de jade y desafiando las leyes naturales, los cristales se encendieron, siguiendo la línea del dibujo, y contagiando las leves llamas a las otras figuras. Las llamas consumieron el polvillo de los fragmentos de piedras, hasta volverlos humo. El humo se mantuvo suspendido hasta que la esfera de cristal lo absorbió. Ese círculo cóncavo, antes vacio, ahora se hallaba lleno de niebla tricolor. Su suelo había quedado limpio del fuego y de los polvos, como si nunca hubiera dibujado esos triángulos en el suelo de su mansión.   
Su cuerpo temblaba producto de la emoción y del miedo. Tenía miedo por lo que sucedería ahora, por la incertidumbre de los efectos de aquel conjuro. Y emoción por que había funcionado, este era el principio del fin de su vida de soledad y sufrimiento.  
Fue por una cadena de oro, de la cual colgó la esfera llena de magia.
Se colgó la cadena del cuello, esperando los efectos que no llegaron. Se sintió defraudado, esperaba ver esa nueva dimensión que prometía el ritual, pero todo se veía igual de sombrío, y su corazón seguía sintiendo la misma tristeza de siempre.           
Con la desilusión palpitando en su ser, se fue a dormir, aun portando aquella cadena en el cuello. Al parecer nunca encontraría un mejor lugar de escape que los sueños. Ningún otro lugar le daría una paz semejante.    
A la mañana siguiente una luz azul lo despertó. Se sintió sumamente extrañado. Su habitación olía a flores, a pesar de que la noche anterior su cama desprendía un tufo de humedad. Cuando corrió las cortinas de su habitación que daban al jardín de su mansión, lo que sus ojos encontraron lo llenaron de asombro. ¿A caso todavía seguía dormido? El sol que se plantaba en el cielo no era común, no brillaba en ese color azufre en el que comúnmente lo hacía, no, ahora era azul, y sus rayos añiles bañaban la ciudad entera, penetrando cada rincón y esquina. Las flores de su jardín se veían más coloridas y alegres que nunca, tanto que si las mirabas con detenimiento descubrías que estaban bailando al compas de la melodía que silbaba el viento.   
No perdió más tiempo, ni siquiera se dio el lujo de cambiarse de ropa, estaba lo suficiente animado como para perder el tiempo en cambiarse. Así que en pijama salió de su casa, fue directo a las calles, y todo era una locura, la realidad convergía con sus sueños, recordaba una vez a ver soñado con una casa que sudaba mariposas amarillas, y allí estaba, al final de la calle, había una casa que expedía de todas sus ventanas, puerta y chimenea tantas mariposas, de un número infinito, que agitaban sus alas elevándose al cielo, llenando la calle con sus colores de sol.   
La tecnología se mezclaba con lo salvaje, había animales parlantes, y aves volando en avionetas de papel. Incluso los elefantes usaban sombreros. En cambio sus vecinos lucían como bufones, recordaba ese sueño, en que los había soñado con ropa llamativa y jugando con malabares.
Su corazón latía a un ritmo acelerado, y su cuerpo sudaba en demasía, tenía algo de miedo, y emoción. En ese revoltijo de emociones no había lugar para la tristeza.      
Pero los sueños a veces se vuelven pesadillas.
Es cuando se dio cuenta que no sólo había liberado a sus sueños alegres y divertidos, sino que también se habían emulado hasta los sueños más horripilantes y los miedos más escandalosos. Lo supo cuando después de caminar se halló en medio de un callejón, recordó aquella pesadilla de inmediato, la había soñado en una noche que lo había atacado una fiebre que casi lo mata de niño.  
Escuchó los gritos y luego olió la sangre. Todo estaba pasando igual que en su sueño. Giró la vista, y allí estaba, entre una montaña de basura salió un monstruo que sólo podría crear la imaginación humana, con más ojos de los que debería tener, de garras puntiagudas, y un aliento a podredumbre, aun más nauseabundo que de la basura de la cuál nació. Esa criatura saltó, Beltrán sabía lo que venía a continuación, en su sueño era devorado vivo por esa bestia, lo mordía y le desgarraba las partes mientras agonizaba entre gritos. No quería vivir eso, debía huir.    
Beltrán corrió por el callejón, escapando del monstruo que intentaba devorarlo. Esquivo sus nauseabundas fauces y sus sangrientas garras repetidas veces.
Un estruendo doloroso hizo que la esfera que posaba en su pecho se rompiera en miles de pedazos y de esa manera verse liberado del conjuro. Ya no habían más animales con sombreros, ni flores danzantes, todo era como debía ser, con calles grises e insípidas, con un cielo pintado de nubes y un sol amarillo.  
La criatura pestilente ya no estaba, pero igual que en su sueño, se había hallado la muerte. En los últimos segundos que le quedaron de vida pudo distinguirse a él mismo debajo de las ruedas de un carruaje, y un charco de su misma sangre que lo rodeaba cual laguna escarlata.