martes, 24 de enero de 2023

Los trabajos y los días

Mi amo se encuentra recostado sobre su silla con un gesto melancólico. Su esposa ha ido a la casa de su madre de visita. No es la primera vez que la señora visita a su madre, pero el amo parece no poder acostumbrarse a la ausencia de ella.

Sumamente preocupado, me acerco a mi amo para consolarlo. Su sonrisa me indica que ha mejorado su humor, y yo estoy satisfecho de serle útil. A mi lado, uno de mis hermanos también reclama los mimos del amo, así que opta por apapacharnos a los tres.                                              

—Buenos chicos… —nos halaga y luego se incorpora de su asiento—. No importa lo mucho que la extrañe, los días siguen su rumbo y el trabajo sigue acumulándose. Bien, volvamos al trabajo, chicos.                         

Puede que sea una mascota, pero eso no significa que no pueda trabajar. Si tuviera que definir nuestro trabajo de forma simple y precisa sería: perros guardianes. Mis hermanos y yo nos encargamos de asegurar la entrada de la casa del amo. Nada debe salir ni entrar.                  

Este día el trabajo estuvo bastante movido, tuve que espantar a un hombre que decía que su mujer estaba dentro de la casa del amo. Pero algo me dice que pronto volveré a verlo por aquí.                                                                                             

—Bien hecho, Cerbero —El mejor momento del día es cuando el amo me felicita por mi buen trabajo—. ¿Cariño?—El amo se distrae al ver a una mujer con una maleta acercarse por el río en un barco con un anciano—¡Cariño! ¡Te extrañé tanto!                                                                  

Este relato participa del MICRORRETOS: ¡ENTRE MITOS SE ESCRIBE EL MICRO!



sábado, 24 de diciembre de 2022

Huésped Gatuno en tapa blanda y ebook

 


Sinopsis

Fui maldecido por un dios y ahora tengo que vivir como un gato. ¡Por favor, qué alguien me ayude!

Una noche loca de borrachera solo pudo terminar de la peor manera. Después de que nuestro protagonista ofendiera al dios Bocanegra, este lo convirtió en el ser que más odia. Pero eso no es lo peor, después del incidente, es recogido de la calle por una chica que está loca por los gatos, y cada día se vuelve un castigo para él.                                  

Géneros: fantasía, comedia romántica, metamorfosis                              

Link de Amazon: https://www.amazon.com/dp/B0BQ9R68NR                                                               

Link de Wattpad: https://www.wattpad.com/story/186133824-huésped-gatuno-en-físico                                                               

Muchas gracias a todos los que leyeron y aún siguen leyendo Huésped Gatuno, fueron ustedes los que me animaron a publicar en Amazon.

Les deseo una muy Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo.

Los amo. 💗

 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Morfeo 1730

Estaba de camino a la casa de mi madre. El GPS marcaba que faltaban treinta minutos para llegar. Conduje de manera automática, pues el camino lo conocía de memoria, siempre las mismas curvas, las mismas casas, los mismos metros. Me dejé abstraer de manera inconsciente en la siguiente clase que tenía que dar. Había fijado fecha de examen y podía intuir, solo por la responsabilidad de los alumnos, que no obtendrían las mejores notas. Mientras pensaba en eso, una melodía que bien conocía sonó rebotando en el espacio cerrado del automóvil.

Era mi madre llamando. La atendí activando el manos libres. Se oía preocupada:

—Hijo, ¿dónde estás? Me tienes preocupada.

Miré la hora en el tablero: las quince y cuarto. Todavía faltaban quince minutos para llegar.

Me extrañé por su repentina reprimenda, tan poco propia de esa mujer. Ella no era esa clase de madre helicóptero, ni tampoco era de las que se preocupaba sin razón.

—Ve despacio —le pedí, primero necesitaba tranquilizarla—. ¿Qué sucede? No entiendo tu actitud.

—¿Cómo que no me entiendes? Si esto es una broma, quiero que sepas que no me hace gracia.

—Si es una broma, pues no la entiendo —contesté comenzando a fastidiarme. Mi madre aún era muy joven como para presentar los primeros síntomas de la demencia senil.

—Ya son las cinco y media, llevas dos horas de retraso y he estado llamándote sin cesar estas dos últimas horas y ni siquiera te dignas a contestarme. ¡Tu madre ya está vieja para que le des estos sustos! ¡Pensé que algo te había sucedido! 

—Ah, ya entiendo, la que está bromeando eres tú. Si recién pasaron quince minutos desde que salí de... —me interrumpí a mí mismo al comprobar la hora en el tablero.

Diecisiete y media.

Era imposible, hacía unos segundos lo había comprobado y eran las quince y cuarto. Y no solo eso, el viaje se había sentido sumamente corto, como si realmente hubiera estado sentado allí no más de quince minutos conduciendo.

Una sensación de extrañeza me embargó.

—¿Lucas?, ¡¿Lucas?!

—No te preocupes, mamá. Ya estoy por llegar —le contesté, intentando mantener la cordura. Estaba comenzando a racionalizar trabajosamente lo ocurrido y nada tenía sentido.

En el momento que corté la comunicación, mi celular comenzó a sonar su melodía en bucle una y otra vez. Eran mensajes notificando las llamadas perdidas de mi madre. Eran más de diez y algunos mensajes preguntando por mi paradero. Los mensajes acababan de arribar a mi casilla, eran las 17:35, pero los mensajes notificaban su entrada a partir de las quince y media, y se prolongaban durante dos horas más.      

Bloqueé el celular y me obligué a concentrarme en la carretera. Apreté el volante con fuerza intentando serenar el temblor de mis dedos.

Tardé los quince minutos faltantes en llegar a la casa de mi madre.

—No vuelvas a asustarme así, Lucas —me regañó, pero yo aún seguía enajenado en una confusión extraña. Algo no cuadraba, algo se salía de la regla, de la realidad.

Al día siguiente, cuando había llegado el momento del examen, le solicité a los alumnos que siguieran el típico protocolo de examen.

—Guarden las carpetas en sus mochilas, dejen las mesas limpias con solo una hoja y un lápiz.

—¿Qué?, no, no es justo.   

—Chicos, no hagan un escándalo—les advertí. Solo era un examen de fracciones.

—¡Profesor, usted prometió nunca tomar examen sorpresa!

—Ginez, el examen fue anunciado la semana pasada, que usted sea distraído no lo hace un examen sorpresa.

—De verdad usted no anunció ningún examen para el día de hoy — dijo Sandoval, la mejor alumna del grupo. Que ella hubiera asegurado que no anuncié el examen con anterioridad, me hizo dudar. Tal vez de verdad me olvidé de anunciarlo, a pesar de que tenía un recuerdo muy vívido de mí mismo apuntando la fecha en la pizarra.

No tardé un segundo más en abrir mi agenda para comprobar lo que mi alumna me decía. Como era un hombre sumamente organizado, allí tendría la prueba de que, efectivamente, hoy era el esperado examen y no era una jugarreta de mis alumnos.

Comprobé las anotaciones del día de hoy. No había nada sobre una prueba de fracciones. Miré la fecha y vi algo extraño, hoy, hoy no era veintitrés.   

Busqué en las páginas anteriores, retrocedí hasta una semana exacta. 

Lunes 17

17:30: Examen de fracciones.

No podía creerlo. Esto debía ser un sueño, nada parecía ser real.

Abrí mi carpeta y allí vi una planilla de notas de aquel día. El examen ya había sido tomado y las notas plasmadas sobre la planilla.

Era imposible, era un sueño.

Respiré hondo para intentar volver en sí. No quería preocupar a mis alumnos mostrando una actitud de confusión. Trascurrí el resto del día como si nada extraño hubiera ocurrido.

Al llegar la noche a mi casa, me quedé sentado sobre el colchón de mi cama, inmóvil y tétrico, con el pijama puesto, pero los ojos bien abiertos.

Había algo extraño que se sentía como un sueño y me negaba a dormirme.

 

—Abran el protocolo 1730, hay un humano que acaba de despertar del Morfeo.

—Abriendo el protocolo Morfeo 1730 —secundó mi ayudante metálico.

—Cada vez sucede más seguido.  

—El promedio aumenta un 3,78% de manera exponencial —Dio las estadísticas con gran precisión. Supongo que ese debe ser un efecto secundario de nuestros cerebros de calculadora.  

—Y seguirán aumentando hasta que logren repararlo, mientras tanto, activen el somnífero. No podemos dejar que los humanos despierten.  


Este relato participa del CONCURSO DE RELATOS 34ª Ed. ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS? DE PHILIP K. DICK 

lunes, 7 de noviembre de 2022

El Rey de la Selva

 


Soy el terror de la Sabana. Cuando yo llego al lugar, todos los animales comienzan a correr despavoridos y a gritar llenos de un inefable miedo que les llega hasta la médula. “¡Auxilio!”, “¡Socorro!”, “El león está cazando, ¡corran!”, esas son las frases que generalmente llenan el valle ámbar cuando mi presencia arriba desde el escaso dosel arbóreo.

Y, como en mis anteriores asesinatos, tuve éxito. Una pequeña gacela, posiblemente con unas pocas horas de nacida, fue lo suficientemente torpe como para correr en la dirección equivocada. Con un zarpazo la mandé a la tierra y su cuello se quebró fácilmente entre mis fauces. Quitarle la vida, sentir su último aliento en mi boca, escuchar el ruido de sus pequeños huesos quebrarse y la sangre fresca en mi lengua no me espantó, estaba suficientemente acostumbrado.    

Arrastré a mi presa manchando de carmín la maleza que quedaba detrás. El canto de despedida fue el llanto de la madre de mi víctima y de los miembros de su manada. Llantos y maldiciones siempre eran lo que seguía a mi partida.

Caminé y solté la pequeña gacela enfrente de un montón de ramas viejas y secas. Del interior del improvisado nido, salió un cachorro. Su madre y sus hermanos habían muerto por el ataque de unos vagabundos que intentaron hurtar mi hogar. Siempre lamenté llegar tarde de aquel patrullaje. Luego de ahuyentar a los leones nómadas, este pequeño salió de su escondite para demostrarme que esos asesinos no me habían quitado todo.  

...

Clic aquí para leer más microcuentos con el villano como protagonista.


domingo, 16 de octubre de 2022

Próxima Centauri



Huxley desactivó el reactor de su rifle de plasma y procedió a guardar el mismo en el estuche de su cintura. Se limitó a observar el escenario que él y sus compañeros de tropa habían creado en ese planeta: techos en llamas, caminos ensangrentados y gritos de centauris. Los gritos de esa especie no duraron mucho, ya que las llamas se encargaron de acallar sus lamentos.

—Nuestro trabajo ha terminado —dijo el capitán y clavó la bandera de la Tierra entre unas piedras—. Declaro a Próxima b conquistada.

—Recordarán este evento como el día uno de la conquista galáctica. Los humanos no nos detendremos hasta hacernos con cada uno de los planetas habitables de la Vía Láctea —. Todos los soldados, incluyendo Huxley, celebraron con aplausos y vitoreo.

—Soldados, embarquen de inmediato y calibren su navegador hacia la Estrella de Barnard. La conquista recién comienza —ordenó el capitán.

Los soldados no tardaron en subir a sus naves y en obedecer la orden de su capitán, en cada tablero y pantalla resaltaron las coordenadas a aquella enana roja. Todas las naves despegaron del suelo y se elevaron al vacío del éter; todas las naves, menos una.

Huxley dijo una maldición y volvió a girar la llave que encendía el reactor nuclear. No se escuchó ningún ruido ni se vio ningún movimiento ascendente. Bajó a comprobar. No necesitó ver el reactor por segunda vez para entender que se había dañado y había quedado inutilizable.

Volvió a la cabina y envió un mensaje a su tropa, seguramente ya estaban varios años luz de allí, y tardarían un tiempo en volver. Era una lástima, había estado emocionado por visitar la constelación de Ofiuco y ver de cerca a esa especie reptiliana antes de que sea forzosamente extinguida al igual que los centauris.

—Ah, no podrá ser —se lamentó—. Navegador, reproduce los Bee Gees —Huxley le ordenó a su navegador para pasar el tiempo hasta que vinieran por él. Sus compañeros de armas siempre se habían burlado de él por tener un gusto tan obsoleto en música, pero Huxley prefería la voz humana a la de la Inteligencia Artificial.

Huxley salió de la cabina, sus pies pisaron tierra, pero no pudieron quedarse quietos, la música disco era contagiosa, por lo que, antes de darse cuenta, ya los estaba moviendo, y su cabeza se abanicaba al compás del ritmo.

How deep is your love, how deep is your love?

I really mean to learn

Huxley detuvo sus pasos y colocó su mano sobre la funda de su rifle al descubrir que era observado. Era un centauri femenino, sus ojos lo miraban fijamente.

Al parecer, había sobrevivido uno.

El soldado estuvo a un segundo de retirar el arma de su funda para efectuar el disparo letal, pero se detuvo cuando la centauri comenzó a mover su cabeza y sus pies imitando sus movimientos anteriores.

La escena, por alguna extraña razón, llamó su atención. Alejó los dedos de su arma, y se quedó allí, inmóvil, viendo qué bien la extraterrestre sabía imitar su baile.

La música seguía sonando, y el cuerpo de Huxley conocía bien cada nota de esa melodía, tanto que era natural para él reanudar el baile de manera inconsciente. Cuando quiso acordarse, Huxley estaba moviendo la cabeza al ritmo de los Bee Gees junto a su enemigo.

'Cause we're living in a world of fools

Breaking us down

When they all should let us be

La centauri caminó hasta él y le tomó de ambas manos, invitándolo a que le enseñara más pasos. Huxley no pudo negarse, y mientras la hacía girar por debajo de su brazo se preguntó por qué diablos estaba bailando con ella y por qué, a pesar de saber que estaba mal, no podía dejar de hacerlo.

Cuando llegó el clímax de la canción dejó de preocuparse por eso, y con una sonrisa sincera, disfrutó de aquella inusual compañera de baile. Ella no era muy distinta a él; pues, de manera irónica, la física del universo se las había arreglado para que todas las civilizaciones fueran semejantes entre sí.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó cada vez más curioso por ella.

La centauri le respondió, pero en su idioma. Apenas pudo rescatar de sus palabras su nombre. Le supo hermoso al repetirlo en sus labios. Su compañera lo sorprendió besando esos mismos labios que habían pronunciado su nombre. Huxley la alejó impresionado. Ella era su enemiga, y él había participado en el exterminio de su raza. La última centauri se había enamorado de su verdugo.

La música paró de repente y en el cielo se dibujó la estela de varias naves. Huxley sintió verdadero terror, un miedo que ni siquiera había sentido durante las batallas.

—Vete, tienes que esconderte —la centauri no pareció dispuesta a alejarse de él, pero Huxley no se rindió y la obligó a esconderse entre los restos de una antigua madriguera.

—Soldado Huxley, disculpe la demora. Pero no podíamos posponer la batalla.

—Se entiende, capitán. La causa siempre será la prioridad —Huxley saludó a su superior.

El mecánico se encargó de arreglar el reactor en unos minutos, minutos que fueron una eternidad para Huxley, deseando que a ningún soldado se le ocurriera comprobar el interior de las madrigueras.

Un cuarto de hora después, Huxley se elevaba por el cielo de Próxima b, sin poder despegar los ojos de aquella aldea destruida.

—Navegador, ¿cuándo es mi próximo día libre?

—En quince días solares.

Huxley dejó Próxima Centauri detrás preguntándose si sería correcto volver.



GLOSARIO:

Próxima Centauri: Es una de las tres estrellas que conforman Alfa Centauri, un sistema estelar. Es la estrella más cercana al Sol.

Próxima b: es un exoplaneta que orbita dentro de la zona habitable de la estrella enana roja Próxima Centauri.

Estrella de Barnard: es la segunda estrella más cercana al Sol, ubicada en la constelación de Ofiuco.

Vía Láctea: Es la galaxia en donde está ubicado nuestro sistema solar.

La canción que escucha Huxley es Bee Gees - How Deep Is Your Love.


Y sí, decidí nombrar al protagonista como uno de mis autores de ciencia ficción favoritos: Aldous Huxley.
...

Este relato participa del CONCURSO DE RELATOS XXXIII ED. EL GRAN GATSBY DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD


martes, 13 de septiembre de 2022

Abismo

Con las piernas temblorosas, se sentó en el suelo apoyando su cansada espalda sobre la pared.

Miró a su alrededor. Decenas de cuerpos desperdigados sobre charcos de sangre. Al entender que había terminado, una sonrisa sarcástica se formó en su boca. Reírse en esa situación le supo mal. Se sintió diferente, con un grado de humanidad menos a antes de entrar en ese lugar.

Metió su mano en su bolsillo, y de allí sacó la fotografía que guardaba. Acarició la imagen manchándola con sangre. Intentó limpiarla, pero solo la ensució más. Le había hecho una promesa a esa mujer, no, se había hecho una promesa a sí mismo: encontrar la mafia que le había arrebatado aquella mujer y, sintiéndose como un justiciero, llevaría a los culpables ante la justicia. Pero algo sucedió en el camino, el deseo de cárcel se convirtió en deseo de sangre; ni un culpable quedó vivo, él mismo acababa de asegurarse de que fuera así. Había vengado su muerte, pero ya no estaba seguro si era de la manera que ella hubiera querido. ¿Se decepcionaría de él?

Del bolsillo sacó una de las hojas del libro favorito de ella: “Quién con monstruos lucha, cuide de no convertirse en uno, porque cuando miras largo tiempo al abismo, él te mira a ti”, aquella frase lo había estado atormentando el último tiempo.

Miró otra vez la carnicería a su alrededor.

Con la misma arma que había dado muerte a esos monstruos, llevó el cañón a su frente y lo mantuvo allí.

Ahora el monstruo era él.




Este microcuento está inspirado en la famosa frase del libro Más allá del bien y del mal, de Friedrich Nietzsche. Y participa en el microrreto del Tintero de Oro.









lunes, 6 de junio de 2022

Reynolds, el último

27 de septiembre de 1849, Nueva York. 

Un nuevo monstruo había comenzado a habitar en mi hogar. Cada cierto tiempo me volvía a suceder. Estaba acostumbrado. La única manera de deshacerme de ellos era “aprisionándolos” en un papel. Pero no bastaba con poner su nombre en una hoja. No, era mucho más complejo, debía darle un lugar, un tiempo y una historia en la qué habitar. Con el gato negro había sido fácil. Con ese maldito cuervo que repetía como loro “Nunca más” me había llevado un poco más de tiempo, y luego estaba ese piso palpitante. ¡Era exasperante! Pero… ahora con Reynolds algo andaba mal. Era la primera vez que no podía encerrar a una de aquellas alucinaciones en el papel. Era extraño en demasía, generalmente al primer intento funcionaba, pero con Reynolds había escrito decenas de relatos, y Reynolds seguía allí, tan aterrador, acechante y molesto. Me estaba volviendo loco. Lo había convertido en villano, en coprotagonista, en personaje secundario, terciario, cuaternario, ¡incluso en el maldito protagonista!, pero nada lo dejaba satisfecho. ¡Se negaba a meterse en el papel sin importar qué!

29 de septiembre de 1849, Nueva York.

El insomnio comenzó a hacerse presente. Era evidente con Reynolds mirándome fijamente, junto a la cama, con sus ojos oscuros sin un ápice de brillo, sus dientes aterradores, su piel de difunto, su cuerpo monstruoso y su voz… cada vez que lo escuchaba respirar se me helaba la sangre.

— ¡Vete! Déjame dormir, maldito monstruo. ¡Métete en el malnacido papel! — No había caso. Reynolds era terco y cada día que compartíamos juntos, se volvía más aterrador y exasperante. 

Comencé a escribir cartas a mis familiares y amigos, estaba desesperado, sentía que Reynolds nunca me dejaría, que se quedaría vigilándome hasta el último aliento miserable de mis días, y no quería que fuera lo último de ver en mi lecho de muerte.

1 de octubre de 1849, Nueva York.

A Maria Clemm, en Richmond:

Durante más de diez días estuve totalmente trastornado, fuera de mí, aunque no bebí ni una sola gota; durante ese lapso, imaginé las calamidades más atroces. Fueron sólo alucinaciones, consecuencia de un ataque como jamás había experimentado en mis carnes, un ataque de mania-à-potu [delirium tremens].

2 de octubre de 1849, Nueva York.

Llevo días sin dormir. Puede que ello haya ocasionado que los demás monstruos escaparan. Al estar débil, loco y poco cuerdo, los cuervos habían logrado fugarse de sus prisiones de papel. Mi casa estaba plagada de emplumados negros que iban por aquí y revoloteaban por allá. Me tapé los oídos, pero el graznido enloquecedor se escuchaba por encima de mis manos. Me estoy volviendo loco. Ya no lo soporto. 

3 de octubre de 1849, Baltimore, Maryland.

Ahora no eran sólo los cuervos, el gato negro saltaba por las paredes, maullaba a la noche, rasguñaba los muebles y brincaba sobre mí. 

— ¡Basta! ¡Basta! ¡Deténganse! — Las paredes y el piso no dejaban de latir, de palpitar como un músculo vivo.

Miré a mi alrededor en busca de algo que pudiera serme útil. Mis ojos chocaron con los de Reynolds. Me miraba fijamente con esos orbes negros espeluznantes. Estoy loco. Corrí a la calle sin saber bien el curso que tomaba. Sólo podía pensar en escapar de los monstruos. Los cuervos volaban y graznaban a mi alrededor. El gato negro corría a mi lado, maullando como un desquiciado. Tenía que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para no tropezar con la acera que no dejaba de palpitar a mis pies.

— ¡Basta! Déjenme tranquilo.

Alguien se acercó a mí. Creo que dijo algo, pero no pude entenderlo. Su imagen y palabras parecían vedadas por una tela difuminada. 

7 de octubre de 1849, Washington D. C.

Estaba recostado. En un pequeño lapso de lucidez pude entender que me llevaron a un hospital. Estaba aislado, solo con mis monstruos y mi locura.

— ¡Reynolds! ¡Reynolds! — Creo que alguien me preguntó quién es Reynolds, pero yo no pude responderle. Solo podía centrar mi visión en aquella bestia del demonio, que estaba parada, inamovible, junto a mi camilla. Lo miré con furia, él había ganado, sería lo último que vería antes de morir.

Este relato de 689 palabras fue escrito para el “CONCURSO DE RELATOS XXXII Ed.CUENTOS MACABROS de EDGAR ALLAN POE”.

Como ya se habrán dado cuenta, el protagonista del relato es el mismo Poe. Llevada por la incertidumbre que existen en relación a su muerte, decidí escribir mi propia versión, donde Poe fue “asesinado” por sus propias creaciones. Los hechos que se relatan en el cuento están basados en hechos biográficos del autor:

Se sabe que Edgar Allan Poe murió el 7 de octubre de 1849. Cuatro días antes de su muerte, el 3 de octubre, Poe fue encontrado en las calles de Baltimore, Maryland, en un estado delirante. Según Joseph W. Walker, la persona que lo encontró, el escritor estaba «muy angustiado, y (...) necesitado de ayuda inmediata». Fue llevado al hospital universitario de Washington, donde murió a las 5 a.m. del domingo 7 de octubre. En ningún momento tuvo la lucidez necesaria para explicar de forma coherente cómo había llegado a dicho estado.

La carta es un fragmento real de su correspondencia con Maria Clemm, su suegra. Pero me tomé la licencia de cambiar la fecha de esta carta para que coincidiera por el hilo argumental del relato. La carta fue escita el 19/07/1849, unos meses antes que en el relato.

¿Y quién es Reynolds? Se dice que, en su agonía, Poe llamó repetidas veces a un tal "Reynolds" la noche antes de su muerte, pero nadie ha sido capaz de identificar la persona a la cual se refería.

Su muerte es un real misterio en todas sus letras.