domingo, 19 de julio de 2026

4 Celdas de Cynthia Soriano

  


Si te ofrecieran lo que más deseas a cambio de ingresar a un juego macabro, ¿aceptarías?
Una mujer consumida por una enfermedad terminal.
Un indigente que ya no recuerda lo que es pasar una noche bajo techo.
Una prostituta atrapada en una deuda imposible de pagar.
Y un presidiario dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de vengarse.
Cuatro personas y un único deseo: escapar de su celda.
La invitación era simple: participar en un juego clandestino a cambio de obtener aquello que más anhelaban.
Pero el verdadero objetivo del juego no es sobrevivir. Es descubrir hasta dónde puede caer un ser humano cuando le prometen salvarse.
¿Quién diseñó este juego… y por qué los eligió a ellos?

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Cuentos para chicos y no tan chicos de Cynthia Soriano

 




“Cuentos para chicos y no tan chicos” reúne historias llenas de imaginación, humor y pequeñas enseñanzas que dejan huella. A través de aventuras mágicas y cercanas, cada relato invita a reflexionar sobre lo que sentimos, hacemos y elegimos.

Incluye ilustraciones a color que acompañan cada historia, enriqueciendo la experiencia de lectura.

Ideal para lectores a partir de 8 años, es un libro para disfrutar solo… o compartir.

Porque nunca se es demasiado grande para aprender de un cuento.

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Posthumano: Relatos de un futuro no tan distante de Cynthia Soriano






Posthumano es una antología de relatos sobre un futuro cercano donde la tecnología ya no transforma el mundo, sino a las personas.

Cuerpos intervenidos, sueños manipulados, identidades reemplazadas y vínculos redefinidos por algoritmos.

No hay héroes ni rebeliones épicas. Solo individuos comunes intentando conservar algo esencial mientras todo a su alrededor les recuerda que ya cruzaron el límite.

El límite entre lo humano y lo que viene después.

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martes, 2 de diciembre de 2025

El Altar


Hubo un gran alboroto en la aldea luego de la llegada de los Sabios de las Estrellas. Bajaron de las nubes, ocasionando un gran huracán: las rocas volaron perforando las paredes y los árboles fueron levantados de raíz.

Eran tres y nos dieron el mayor de los obsequios: un altar. Pero no era un altar cualquiera: en él moraba un ser divino que respondía nuestras inquietudes a cambio de algo sin valor.

¡Sí que eran sabios generosos! La diosa se manifestaba por un pedacito de roca.

—¿Ganini, irás a ver a la diosa? —preguntó mi madre.

—Sí, madre. No pienso casarme sin antes consultarlo en el altar.

Esa mañana, mientras nuestra Estrella Madre apenas se asomaba en el horizonte, sin importar que el frío calara dolorosamente en mi piel, me levanté temprano y me uní a la excursión a las cavernas doradas.

Tomé un pico y no me detuve en recolectar las rocas hasta que llené tres vasijas. A más generosa la ofrenda, más benevolente el oráculo.

Yo llevé dos vasijas y mi madre la tercera.

Ingresamos al templo de metal. Dentro, las luces y las imágenes rectangulares nos recibieron. No era la primera vez que ingresaba, pero no podía dejar de sorprenderme por los zumbidos metálicos y los botones que, como pequeñas estrellas, se encendían y apagaban constantemente. Era una magia que ninguno de los geminianos entendíamos. Solo sabíamos que eran capaces de reproducir las fuerzas de las estrellas y que el templo de metal funcionaba gracias a ella.

Dejamos las vasijas en el suelo cuando llegamos hasta los sabios. Sus rostros estaban detrás de un escudo transparente y tenían dos tubos por boca. Eran criaturas increíbles. Al principio sus aspectos nos aterraron: pensamos que eran monstruos que venían a devorarnos. Pero hablaban nuestra lengua y nos obsequiaron orbes mágicos que se encienden en la noche. ¡Nunca creímos que podríamos ver en la oscuridad! También nos aligeraron el trabajo en los cultivos y la extracción de rocas con algo llamado “herramientas”.

¡Los Sabios de las Estrellas eran nuestros salvadores!

—La diosa te recibirá —dijo el Sabio Mayor, escoltándome hasta el altar.

Caminé hasta el monolito de metal. Se escuchó un chasquido y de inmediato una luz fue proyectada desde la base. De los haces añiles surgió la diosa: hermosa, brillante, reflejando su figura en el resto del templo.

—Diosa —me postré en el suelo, hasta que mi frente tocó el frío metal—. ¡Vengo hasta usted con una pregunta! ¡Espero no ser inoportuna!

—Habla, hija, y yo escucharé tu petición.

—Gakanda, el joven constructor de la aldea, ha pedido mi mano. ¿Qué debo hacer, generosa diosa?

—¿Gakanda es amable?

—Ciertamente lo es. Nunca ha gritado o golpeado a otro geminiano.

—¿Gakanda es un macho ocioso?

—No, mi diosa, no hay día que no dedique a construir en la aldea.

—¿Gakanda tiene lugar en tu corazón?

Las otras preguntas fueron fáciles de responder, pero esta fue distinta. No se trataba de conocer a Gakanda, sino de conocerme a mí misma. Me tomé un momento para responder y lo hice sinceramente.

—Cuando pienso en Gakanda mi corazón se siente cálido. Mis ojos siempre lo buscan y su voz me sabe dulce a los oídos.

—Entonces, hija Ganini, ciertamente está Gakanda en tu corazón. El oráculo ha hablado y dice que escuches a tu corazón.

—Gracias, diosa. Mi más sincero agradecimiento por sus sabias palabras.

Abandoné el templo con una gran sonrisa; y decidida. Ya no tenía dudas. La diosa me había dado su bendición, así que no podía esperar a tener una vida larga, tranquila y amorosa junto al joven Gakanda.

***

Observé a Ganini alejándose de la nave. Iba de la mano de su madre, dando saltitos alegres.

—Capitán… —volví la vista al interior cuando escuché que mi teniente me llamaba.

—¿Has terminado de hacer el conteo?

—Sí, mi señor. Gracias a Ganini, hemos llenado la última bodega. Estamos listos para zarpar.

—Buen trabajo, teniente. Alista la nave, partiremos al amanecer.

—A sus órdenes.

Volví mi vista a Ganini; mis ojos ya casi no la percibían. Sí que eran crédulos esos geminianos: intercambiaron el nitruro de lumnia por charlas sin sentido con una IA programada para dar consejos complacientes.

Nunca esperamos encontrar en este planeta una especie como esa, capaz de soportar altas temperaturas, alta presión y una atmósfera pobre en oxígeno: condiciones para que se forje nuestro valioso superconductor, tan abundante en Géminis-8 pero escaso en el resto de la galaxia.

***

Cuando la estrella Pólux —apodada Estrella Madre por los nativos— asomó por el horizonte, fue hora de partir.

Di la orden y mi primer oficial cerró la puerta principal. La despresurización de las ventilaciones acalló los gritos de los geminianos.

Nos quitamos los cascos.

El teniente a mi lado dio una bocanada larga y se carcajeó: —Por fin, después de cinco años, puedo respirar sin el maldito filtro.

Encendí el tablero de mando y las turbinas zumbaron, preparadas para encenderse y sacarnos de la atmósfera.

Vi a Ganini. Estaba frente al tablero. Leí en sus labios una pregunta: quería saber por qué sus dioses los abandonaban sin ninguna explicación. Gakanda la cubría con su hombro, para consolar su llanto desesperado.

Los nativos estaban siendo abandonados por sus dioses.

***

Ilustraciones hechas con IA:






Este relato obtuvo el puesto 10° en el CONCURSO DE RELATOS EDICIÓN 49, EL COLOR DE LA MAGIA DE TERRY PRATCHETT


jueves, 6 de noviembre de 2025

El Duelo

 



“Es un apoyo para atravesar el duelo de una pérdida. Nada más que eso”. Esas fueron las palabras de mi terapeuta.

La empresa pidió fotos, videos, audios y chats. Cuanto más material entregara, más fidedigna sería la copia.

No tuve que esperar mucho. Una semana después, el repartidor tocó a mi puerta y heme aquí, frente a una caja de un metro veinte.

Suspiré. No tenía mucha fe, pero de igual manera corté la cinta y retiré la tapa. Abrí los ojos al ver la copia exacta de Lyra, mi hija.

Antes de encenderla, leí el folleto. En el mismo, se dejaba muy claro que el tratamiento duraba tres meses. Además, se indicaba que era indispensable no llamar al robot como al donante de datos original.

“Se recomienda usar un epíteto como «[donante], el robot» o «copia de [donante]», etc.”

Lyra, la copia. Era crudo, pero así son los tratamientos. Nadie dijo que sería fácil.

Seguí las instrucciones y, unos minutos después, sus ojos se encendieron. Mi corazón se estremeció al verla sonreír. Su curva era idéntica, pero me ganó por completo cuando escuché un “mami” dicho con la voz de Lyra.

Esos tres meses fueron hermosos, al punto de olvidar que era una copia. Cuando dejé de llamarla “la copia” o “el robot”, ya era demasiado tarde.

El día fatídico llegó. La luz artificial de sus ojos se apagó para no volver a brillar. Se cumplieron los tres meses y la inteligencia artificial se desactivó sola. No hubo manera de repararla, ni siquiera de forma clandestina, pues llevaba un dispositivo que quemaba todos los circuitos de manera irrecuperable.

Lloré desconsoladamente, incluso peor que antes.

Es la segunda vez que te pierdo, Lyra.

 ***

Este relato participa de MICRORRETOS: CONSTELACIONES

La constelación que elegí es Lyra.



Según la mitología griega, la constelación Lyra representa la lira de Orfeo, aunque en algunas versiones también se la asocia con Apolo, dios de la música y la luz.

La historia más conocida es la de Orfeo y Eurídice:

  • Orfeo, hijo de Apolo, tocaba la lira con tanta belleza que podía calmar tempestades y conmover a dioses y mortales.
  • Cuando su amada Eurídice murió, Orfeo descendió al inframundo decidido a traerla de regreso.
  • Con su música, logró ablandar el corazón de Hades y Perséfone, quienes accedieron a devolverle a Eurídice, con una condición: no debía mirar atrás hasta que ambos salieran a la luz del sol.
  • Sin embargo, Orfeo, dominado por la duda y el amor, miró atrás un instante antes de salir... y la perdió para siempre.

Tras su muerte, Zeus colocó su lira en el cielo como constelación para honrar su arte y su dolor eterno.

En mi microcuento…

La protagonista también intenta traer de regreso a su ser amado (su hija), no del inframundo, sino a través de la tecnología —una forma moderna de “bajar al Hades”.
Y, al igual que Orfeo, termina perdiéndola por segunda vez, de modo inevitable.

 


martes, 2 de septiembre de 2025

La nueva obra de arte

 


En el museo había dos galerías. Eso lo sabía bien Gerardo. Podía intuir que eran distintas, ya que había una batalla entre los fanáticos de cada exposición. Los del pabellón colorido llamaban “esnob” a los del blanco, y estos, a su vez, los apodaban “hipsters”. Él solo debía pasar el trapeador y quitar el polvo de las narices de los bustos antiguos.

—Las pinceladas de este artista del expresionismo están cargadas de gran conocimiento técnico y colorimétrico. Solo los sabedores son capaces de apreciar una obra maestra como esta… —se escuchaba en el pasillo blanco.

Gerardo remojó el lampazo. No entendía aquellas palabras, pero coincidía en que era una obra maestra. El pintor había fotografiado un paisaje, pero con lienzo y pinturas.

—En este cuadro vemos dos colores en un remolino desenfrenado. Muchos creen que representa la batalla entre el bien y el mal, pero para otros simboliza una tranquila tarde de otoño.

Gerardo frunció el ceño. Él solo veía dos brochazos al azar.

Después del cierre, mientras recogía el balde con los químicos de limpieza, sucedió un accidente digno de una comedia televisiva. Tropezó con sus propias piernas y voló contra uno de los cuadros de la galería blanca. El agua sucia y maloliente cayó sobre el lienzo antiguo. Vio con horror cómo el líquido borraba la imagen, arrastrando la sonrisa de tinta.

La desesperación lo embargó. ¡Perdería su trabajo! ¡Su jefe le haría pagar una suma millonaria! Pero, de repente, tuvo una brillante idea.

Tomó la pintura destruida del pabellón blanco y la colgó en la pared colorida. Salió del museo como si no hubiese pasado nada fuera de lo común.

No pasó mucho tiempo hasta que dos noticias ocuparon la primera plana: “Todavía no se halla al ladrón del famoso cuadro renacentista. ¿Qué fue de él?” y “Es furor la pintura de autor desconocido. ¡Tan intrépida y misteriosa!”.

 

Este relato participa del MICRORRETO: EL ARTE Y LA LITERATURA.

lunes, 30 de junio de 2025

La Máscara Roja

 


Una vez alguien me dijo que todos llevamos una máscara.

Estaba en la reunión de trabajo. A pesar de que debía presidirla —ya que era el socio con mayores acciones—, permanecía en silencio. Paseé los ojos por los miembros de la junta directiva de la asociación: un desfile de máscaras.

La primera era Máxima Fiorel, presidenta de la farmacéutica Fiorel. Una mujer hermosa, siempre vestida con recato. Jamás le había visto un centímetro de piel de más, y mucho menos un escote. Llevaba un moño sobrio sobre el cuello y sonreía livianamente. Pero pocos sabían que su imagen distaba mucho de su verdadera esencia. Por dentro era una ninfa sedienta de carnalidad. Su pobre esposo no era más que la víctima de un adulterio sucio y sin control.

Paseé la vista por la mesa. ¿Acaso había alguien entre los presentes que no hubiera compartido sábanas con Máxima Fiorel?

Había prometido callarme sus aventuras a espaldas del esposo, a cambio de varios favores.

“Todos ocultan su verdadero rostro”, me enseñó una vez mi padre.

Mis ojos se desviaron al anciano a su lado. Un hombre de traje, siempre con expresión neutra. Se veía débil: brazos delgados, piel añeja. Su empresa era próspera y limpia. Un prestamista que sonreía con altruismo mientras recitaba su frase de siempre:

—Mi empresa y yo estamos para ayudar, para darle esa mano amiga al visionario, al emprendedor.

Esa era su máscara, cuando los clientes caían a pedir dinero. Su verdadero rostro aparecía una vez que se cumplía el plazo de cobro.

Don Vitale, la cabeza de una familia italiana que utilizaba métodos poco amigables para hacer que sus deudores pagaran. Nadie lo decía en voz alta, y él tampoco se presentaba como tal, pero todos lo sabían: la asociación tenía como socio al capo de la mafia italiana.

Conteniendo una risotada irónica, fijé los ojos en mi siguiente objetivo.

Un hombre cuarentón, simpático, de sonrisa ancha y ojos opacos. Un faro en aquella mesa: toda la atención giraba en torno a él, alimentada por su humor fácil.

Hablaba de su mujer —la actual—, alardeaba de "su" hija —en verdad, hija de su mujer actual—, asegurando que su inteligencia la llevaría lejos.

—A este paso podrá heredar la Hotelería Santesteban y yo podré jubilarme tranquilo a los cuarenta y cinco años.

Todos rieron el chiste.

Entorné los ojos. “Su mujer”, pensé. Su verdadera mujer estaba muerta. “Su hija”, pensé. Su verdadera hija fue vendida a la mafia italiana —sí, al mismo Vitale— vaya uno a saber para qué cosas horrorosas, a cambio de financiamiento para su hotelería.

¿Cuánto tardaría en cambiar otra vez de mujer y de hija?

La reunión terminó sin más preámbulos, luego de coordinar la siguiente fecha de encuentro. Me despedí con una sonrisa artificial y desaparecí.

Llegué a casa. Las luces estaban apagadas; la señora de la limpieza ya se había marchado.

No me quedé. No podía sacarme de la cabeza aquello. Luego de encontrarme con mis socios, esa sensación en el pecho no me abandonaba.
Debía ir ahora mismo. No podía esperar más.

Fui a la biblioteca. Busqué entre los estantes el libro que bien conocía: El hombre de la máscara de hierro. No tardé en hallarlo entre los miles de tomos, enciclopedias y novelas.

Lo abrí. Dentro, una caja oculta. Coloqué la contraseña numérica y liberé la llave guardada en su interior.

Busqué el segundo libro: El Fantasma de la Ópera. Lo retiré, revelando una hendidura en la pared. Allí introduje la llave y la giré.

El librero se despegó de la pared con un sonido quejumbroso.

Unas escaleras oscuras se presentaron ante mí. Descendí por ellas de manera natural, instintiva. ¿Cuántas veces había recorrido cada escalón?

Llegué al final. Busqué, sin equivocarme, el interruptor en la pared. Lo presioné. Las luces rojas inundaron las paredes de roca.

Caminé hasta el fondo de la habitación. Varias pantallas me esperaban. Una transmitía el circuito cerrado de las cuatro celdas.

Dos hombres. Dos mujeres.

Todos reaccionaron con terror cuando los haces rojos se proyectaron sobre sus cabezas. Una de ellas tembló; la otra se abrazó a sí misma. Uno de los hombres miró a su alrededor, confundido. Y el último me miró directamente a la cámara, con los ojos oscuros y la mandíbula tensa. Me estremecí. Era como si pudiera verme a través de la pantalla.

Levanté los ojos. La máscara roja colgaba de un gancho oxidado en la pared de piedra.

La tomé. Cuando el frío del material cubrió mi piel, sentí que ya no estaba desnudo.

Mi verdadero rostro.

—Nunca olvides tu máscara —dije en voz alta, con éxtasis, recitando de memoria las enseñanzas de mi padre.

Suspiré hondo. Esperé a mimetizarme. A volverme uno con ella. Hasta que ya no pesara. Hasta que ella fuese mi rostro.

Me acomodé en la silla, me enderecé y encendí la cámara.

Mi imagen se iluminó en las pantallas de cada celda.

—Buenas noches, mis cariños. Comencemos con el juego final.

***

Los personajes de este relato pertenecen a la novela “4 Celdas”. 

Link de la novela: https://librospuenteaotrosmundos.blogspot.com/2026/07/4-celdas-de-cynthia-soriano.html