martes, 12 de enero de 2016

La telaraña de Charlotte



                — ¿Qué está haciendo, agente Miller? — Le preguntó su compañero al descubrirla detrás de su escritorio con un libro en la mano. El libro era infantil, tenía una portada colorida, de un vampiro bebiendo sangre en una copa.
— Estoy cerciorándome sobre el caso, la verdad no quiero convertirme en vampiro — Mark la miró con una media sonrisa oculta, no quería reírse delante de ella para que piense que se estaba burlando, cuando en realidad nunca lo haría — Según este cuento infantil, sólo me puedo convertir en vampiro si yo bebo la sangre de un vampiro, parece que tendría que pasar por un ritual o algo así.
— Eso es un cuento, no puedes quedarte tranquila por eso — Dijo Mark agitando una hoja como si intentara espantar moscas invisibles— Pero deberías quedarte tranquila con mi estudio.
— ¿Qué estudio?
—De sangre— Le respondió su compañero alcanzándole la hoja con el informe para que ella misma lo viera — El estudio dio negativo, no parece haber ningún tipo de mutación de ningún tipo. Quédate tranquila.        
Natalia miró las líneas del respecto medico, y sintió un alivio enorme, como si algo que estuviera haciendo presión en su pecho hubiera desaparecido.
El teléfono sonó chillando de forma aguda, taladrando los oídos, la agente Miller dio un salto en la silla por la sorpresa y luego atendió.     
— Sí — Dijo a través del micrófono del teléfono — Sí, es el laboratorio de Mark Johnson. Ah, ya veo. Ahora mismo nos dirigimos hacia allí — Y con eso colgó el tubo del teléfono, miró a Mark quien la observaba de forma expectante — Nos esperan en la oficina del jefe de la policía.
— ¿De García? — Dijo Mark abriendo sus ojos rasgados con sorpresa — Espero que no sea por nada malo.  
Ya en la oficina, los agentes esperaron a que un hombre oscuro, de ojos grandes y cabeza calva los invitara a pasar al interior su oficina, él era René García, el jefe de la policía de Penynton.
— Tomen asiento — Indicó el calvo señalando hacia los sillones que se situaban delante de su escritorio de metal.
Los agentes tomaron asiento, Mark sintió el sillón endemoniadamente incomodo, como si estuviera sentado sobre un almohadón de rosetas de hierro, no sabía si era así de incomodo o su mente le estaba jugando una mala pasada producto de la tensión de ser llamado a la oficina del jefe. Se removió un poco intentando aplacar la tensión, pero nada servía.  
— Los he llamado por que toda la ciudad se ha enterado lo que paso en el Desfiladero del Diablo con el vampiro. Y con eso se han incrementado los casos reportados sobre cosas inexplicables. Como ustedes se desempeñaron de una manera formidable en el caso de Emilia Beltramo, alias la vampiro de Penynton, quiero abrir una nueva unidad de casos especiales, ustedes dos serán asignados de inmediato a esos puestos — El hombre bajó la mirada,  mirándolos con sus ojos negros, como si esperara maravillas de ellos — Aquí tienen su primer caso — Dijo extendiéndoles una carpeta de color marrón madera — Su nombre es Charlotte Teismann, soltera, cuarenta años, desaparecida desde hace dos semanas, un vecino, Rey Ramos, denunció una mascota desaparecida y haber escuchado ruidos extraños en la casa de la señora Teismann.
Natalia tomó la carpeta entre sus manos y abriéndola revisó el informe.
— ¿Y qué tiene de especial este caso? — Preguntó lo más educadamente posible, hasta ahora no había escuchado nada raro digno de la unidad especial.  
— Hoy a la mañana mandé una patrulla a comprobar la casa. Nunca volvieron.   
¿Podría ser un asesino suelto?, pensó Natalia Miller, que nada extraño debe ser, pero sintió un escalofrió subir por su espina dorsal que le hizo creer lo contrario, lo cual le indicaba que seguramente no era algo humano aquello con lo que se encontrarían en la casa de Charlotte.
— Ahora mismo vamos en camino — Dijo Mark levantándose de su sillón, antes de retirarse de la oficina dio un medio giró y miro a René García — Gracias por asignarnos a esta nueva unidad. No lo vamos a defraudar.            
Mark manejó su Chevrolet Impala color plata hasta la dirección señalada. Estacionó su auto detrás de una patrulla, la cual se encontraba en marcha y con la puerta del copiloto abierta. Mark y Natalia caminaron hasta la patrulla, no se veía nada extraño en su interior, parecía que la hubieran dejado así porque pensaban volver pronto, pero la patrulla estaba en la calle desde la mañana. Mark luego de darle una última mirada, y comprobar que no podía sacar más información de ella, apagó el motor y cerró la puerta.   
— Que extraño — Masculló Natalia viendo a Mark acercarse a la casa del vecino, la agente lo siguió por detrás.
Mark tocó a la puerta e inmediatamente detrás de ésta salió un hombre que frecuentaba los cincuenta años, de rostro delgado y con cabello castaño mezclado con alguna que otra cana. Los miró por detrás de sus lentes gruesos, y abriendo las aletas de su nariz habló con voz apagada. 
— ¿Si?, ¿Qué están buscando?
— Somos los agentes Natalia Miller y Mark Johnson — Le indicó el agente mostrándole su placa.
— Ah, ya veo. Vienen por Charlotte.
— Queríamos hacerle algunas preguntas — Le aclaró la agente Miller.
— Charlotte no sale de su casa desde hace semanas — Le explicó éste, con medio cuerpo escondido detrás de su puerta, como si temiera salir al exterior.   
— Creí que estaba desaparecida — Dijo de inmediato Mark.
— No. Nunca salió de su casa. Tobías desapareció el miércoles. La mujer siempre odio a mi perro, seguro lo tiene ella, al igual que los oficiales que vinieron a la mañana. He estado espiando por la ventana todo el día, los vi entrar, pero nunca salir de vuelta. No sé en qué andará Charlotte, pero seguro debe ser algo tan malo como ella — Rey tembló ligeramente cuando le llegó la brisa de afuera— Ahora déjenme solo. Me pone intranquilo salir afuera, con esa loca suelta — Y con eso Rey Ramos cerró la puerta detrás de él, dejando a los agentes solos en su pórtico.             
Mark y Natalia intercambiaron una mirada curiosa, el hombre se veía muy asustado de su vecina.  
Johnson vio a Natalia abrir sus anchos labios rosados para decir algo, estaban ligeramente húmedos, eran hipnotizante. Pero antes de que su boca profiriera palabras con su dulce voz un ruido proveniente de la casa de Charlotte Teismann la interrumpió, sonaba como a madera cayendo y partiéndose en dos pedazos.    
— Hay alguien en la casa — Dijo finalmente Natalia corriendo hacia el pórtico mientras desfundaba su pistola. Sintió una mano que le apresaba el antebrazo, ella se giró rápidamente, mientras por su mente pensaba lo peor, pero se encontró a su compañero, que la sostenía de forma protectora, mirándola con sus ojos negros orientales, mientras su cabello oscuro bailaba por su frente empujado por la brisa que estaba tomando fuerza. 
— Ten cuidado — Dijo él con una expresión en sus ojos que Natalia no supo interpretar — Si Emilia Beltramo se convirtió en ese monstruoso murciélago, no quiero pensar que puede encontrarse allí dentro.
— Lo de Emilia Beltramo es un caso aislado. La unidad especial a la que fuimos asignados es totalmente irrelevante en nuestra comisaria. Casos como esos no pasan dos veces — Le respondió ella sacudiendo levemente su brazo para que él la soltara, Mark cedió el agarré de su brazo como si estuviera soltando algo de frágil porcelana.        
— Ojala tengas razón, agente Miller — Le respondió Johnson tensando la mandíbula, algo en la casa de Charlotte le inquietaba, temía que algo realmente increíble se encontrara dentro.  
Mark Johnson dio varios pasos adelantándose, creía que si él era el primero en entrar Natalia tendría una oportunidad de salvarse si las cosas se salían de control. Mark miró la puerta de arriba abajo, la superficie estaba rajada, como si algo la hubiera golpeado desde el otro lado. Realmente no le gustaba nada esta casa. Tomó valentía y golpeando sobre la callosa madera esperó a una respuesta, que nunca vino. Esperó unos segundos y volvió a llamar a la puerta con tres golpes, pero de nuevo no hubo contestación. Ese fue el momento de desfundar su arma, el metal negro brillo al reflejo del sol de la tarde. Giró el picaporte lentamente, esperando que esté cerrado, pero para su sorpresa, la puerta estaba sin llave.
Mark empujó la puerta y ésta se movió rechinando, como si estuviera quejándose de ser abierta. El interior de la casa estaba oscuro. Los agentes avanzaron entre sombras, sintiendo el peso de la pistola en sus manos, y la respiración de su compañero.  
En un momento Mark sintió algo parecido al algodón pegarse en su rostro, cuando intentó sacárselo se dio cuenta que se estaba enredando en algo que lo inmovilizaba.
— Miller, ¿Traes la linterna?, necesito un poco de luz aquí. 
Natalia rebuscó en su campera hasta encontrar la linterna, con ella alumbró las paredes y el piso hasta encontrar a su compañero, al verlo su corazón se agitó nerviosamente, nunca había visto nada igual. ¿Qué era esa cosa?           
Mark Johnson se había enredado en lo que parecía ser una enorme tela de araña con gruesos cordeles blancos que bajaban desde el techo. Se encontraban por todos lados, techo, paredes, en los sillones, lámparas, escaleras. La agente, con algo de repugnancia ayudó a su compañero a salir de las telarañas, rasgando los pegajosos cordeles con sus manos.    
— Debes admitir que esto es muy raro — Le dijo su compañero una vez que estuvo liberado — Charlotte es un caso para la unidad especial.
Natalia lo miró, con un gesto vergonzoso pero al mismo tiempo arrogante, era lo bastante orgullosa como para retractarse. Sabía muy bien que este no era un caso normal, pero se resistía a admitirlo hasta último momento.
— Son sólo telarañas — Dijo ella, y Mark escondió una sonrisa interpretando la mentira en sus palabras, ni ella misma estaba convencida de lo que decía.  
— ¿Qué es eso?, parece un… — Capullo de araña quiso decir Mark, pero se detuvo, como si la frase tuviera vida propia, era mucho para procesar.
Una enorme bolsa blanca descansaba sobre la pared, hecha de los mismos cordeles pegajosos de las telarañas. Mark caminó hasta ella, y hundiendo los dedos sobre su superficie algodonera lo partió en dos, develando el secreto que escondía en su interior.     
Natalia escondió un gritito ahogado detrás de su garganta al ver lo que su compañero había descubierto.
— ¿Tobías? — Preguntó Miller al ver el perro de Rey Ramos dentro de la bolsa, éste indudablemente estaba muerto, incluso podría decirse que parecía petrificado, como si su piel y músculos se hubieran secado mediante un extraño proceso.   
Mark quiso decir algo, pero sus palabras fueron interrumpidas por un sonido a pesadas pisadas en el piso superior, como si un enorme animal corriera por el piso de madera.  
Johnson y Miller se dirigieron hacía la escalera, la cual estaba inundada de telas de araña que iban y venían, intentando esquivarlas fueron subiendo escalón por escalón, evitando hacer el menor ruido posible.
Ya en el piso de arriba, las telarañas se multiplicaban, volviéndose mucho más espesas, se encontraban por todos lados, las paredes desaparecían detrás de una capa blanca de redes gruesas.
Una sombra colosal se arrastró por la pared de enfrente, ocultándose dentro de una habitación, los agentes no pudieron ver que era, porque la casa estaba a oscuras, pero pareció ser un enorme animal, posiblemente un oso, por su tamaño.    
Los agentes, caminaron uno detrás del otro en dirección a la habitación donde pareció ocultarse el animal.  
Dentro de la habitación, la agente Miller iluminó con la luz de su linterna sobre las sombras de la penumbra, intentando encontrar aquello que habían visto. Otra bolsa se hallaba colgada en la pared más próxima, y Mark igual que con la anterior la abrió para ver que ocultaba en su interior.
— Agente Laiker — Murmuró el agente Johnson casi sin voz, mientras Miller sintió la bilis ascender por su garganta, amenazando con salir al exterior, intentó evitar las nauseas y volvió a concentrarse en el caso.  
El agente Laiker era un hombre pasado los treinta años, en la comisaria todos lo conocían por su buen humor. Ahora mismo se encontraba muerto en una bolsa de telaraña, igual que el perro Tobías, sólo que se lo veía más fresco, como si hubiera sido encerrado en el capullo sólo hace un par de horas.   
La sombra volvió a desplazarse por la pared contraria, Johnson de inmediato se colocó frente a su compañera, apuntando con la boca de la pistola hacía adelante, esperando que algo apareciera en su visión nuevamente, pero nada volvió.
El agente comenzó a avanzar donde vio moverse al animal por última vez, un enorme tumulto viscoso y sólido se levantó ante sus ojos, con largas patas peludas, con un abdomen y rostro humano de mujer, pero con el  trasero y patas de una enorme y horrible tarántula, entre sus patas delanteras sostenía a un agente, dándolo vuelta mientras con la ayuda de sus pedipalpos le iba tejiendo una telaraña a su alrededor. El agente, quien Mark y Natalia reconocieron al instante, se llamaba David Brooks, se lo veía inconsciente, dejándose entretejer por la monstruosa araña.
Cuando la enorme araña vio a los agentes, tiró a Brooks al suelo, y saltó hacía Mark, quien descargó un par de tiros sobre el abdomen del arácnido. La araña retrocedió asustada, las balas la hirieron, pero no de muerte. La araña caminó sobre la pared saliendo por la puerta de la habitación.
Natalia corrió hasta el agente, y con sus manos retiró la telaraña que cubría su rostro.
— Está vivo — Aseguró después de comprobar su pulso en el cuello del hombre inconsciente.   
Los agentes luego de asegurarse que el agente Brooks estaba con vida, salieron por la puerta, detrás de la enorme araña. En una habitación vecina se escucharon ruidos de movimiento. Mark entró de manera agazapada, intentando ser lo más sigiloso posible. Cuando Miller le siguió se encontró sola dentro de la habitación, no veía a su compañero por ningún lado.
— ¿Agente Johnson? — Dijo — ¿Dónde está? — Dijo con algo de preocupación en su voz, mientras su mente era invadida por la peor de las suposiciones.
Fue arrastrando los pies por la madera del suelo en dirección al interior de la habitación, donde se hallaba una enorme araña de cristal colgada del techo, sintió un repentino estremecimiento, los muebles del cuarto estaban cubiertos por una seda blanca, el olor era horrible, a putrefacción.  
Un grito, el cual reconoció que provenía de Mark, cortó por la habitación, ella apresuró el paso, intentando mantener el miedo a raya, ella sabía que si uno se deja llevar por el miedo no se puede actuar racionalmente, su compañero podía estar en peligro y ella no podía permitirse caer en el temor.   
Sus pasos la llevaron hasta una escena horrible, la araña había clavado sus quelíceros sobre la cintura de su compañero, inyectándole así una buena cantidad de veneno a su organismo, Natalia podía ver como su compañero iba cayendo lentamente en la inconsciencia, no importara que quisiera luchar, iba perdiendo las fuerzas de manera procesual.          
Natalia apuntó su pistola hacía el insecto, pero temió en apretar el gatillo y herir a Johnson. Entonces optó por disparar hacía la pared contraria.
Presionó el gatillo y la bala salió despedida produciendo un estruendo sonoro, cortó por el aire, hasta alojarse en la pared que se interpuso en su camino, la araña se asustó por el estruendo y soltó al agente, quien cayó al suelo haciendo un  ruido seco, Natalia se estremeció al escuchar el ruido que hizo el cuerpo de su compañero al chocar contra el suelo.   
Una vez que Mark ya no estaba estorbando en la mira, le disparó nuevamente a la araña, la cual se estremeció al recibir el disparo pero siguió con vida, casi sin parecer herida. Natalia Miller comprendió que era en vano dispararle al insecto, sus pequeñas balas parecían inútiles contra la enorme y peluda bestia frente a ella, en cambio optó por tirar la última bala que le quedaba en dirección a la araña de cristal que colgaba del techo, está se descolgó del techo y cayó en picada sobre el insecto, aplastándolo y cortándolo con los cristales rotos. La araña movió las patas unos segundos y después se contrajo quedándose inmóvil. Muerta.  
Natalia corrió y se arrodilló frente a su compañero quien estaba pálido como un muerto, pero podía notar a través de su ropa su pesada respiración. Le acarició la mejilla y la sien, sintiendo su alta temperatura, su corazón se estrujó al comprender que se encontraba en muy mal estado.          
Un par de días después, Natalia abrió la puerta de la sala, sintiéndose cegada ante tanto blanco, paredes blancas, piso brilloso, cortinas como la nieve, y un perfume de ambiente que le recordaba al invierno. En la habitación había dos camas de sabanas blancas, en una descansaba Mark Johnson y en la otra David Brooks.
— ¡Ah!, ¡Nuestra salvadora! — Exclamó David al verla atravesar por la puerta.
Mark no pudo ocultar la sonrisa en su rostro al ver la presencia de su compañera en la sala, que parecía resaltar con su cabello dorado sobre la pared blanca marfil.
— No soy la salvadora ni héroe de nadie, sólo hice mi trabajo, cosa que ustedes también hubieran hecho en mi lugar— Respondió Natalia, más que segura que había hecho su trabajo como se debía.  
— Bueno, pero si yo hubiera matado a una araña gigante no me molestaría que me llamen héroe — Dijo David incorporándose en la cama hasta quedar sentado, Mark hizo lo mismo.   
— El agente Johnson mató un murciélago gigante y él tampoco se jactó de ser un héroe — Dijo la agente mirando a su compañero, mirándolo con orgullo escondido detrás de sus ojos, hasta la fecha la había salvado de un vampiro y se había curado del veneno de una araña mutante, ya que había estado al borde de la muerte.   
— Como dijiste antes, es nuestro trabajo — Dijo Mark — Además no era una araña, era Charlotte Teismann. No sé cuáles son el conjunto de circunstancia que la llevaron a convertirse en esa cosa, pero no dejó de ser una persona.
— No podemos jactarnos por haber matado personas que eran inconscientes de lo que hacían — Agregó Natalia.   
David miró a los agentes, de forma pensativa, como si una idea se estuviera formando en su mente, y les habló convencido de lo que decía.  
— Tienen razón. Eran personas después de todo, pero algo las llevó a convertirse en lo que eran. Algo, no sé qué, pero algo sucede en Penynton.   


   


miércoles, 6 de enero de 2016

Crímenes de Penynton

Hola lectores…
Varios me han dicho en “Muerte en el Desfiladero” que quieren más de Mark Johnson y Natalia Miller, pues si quieren más, les voy a dar más!!
En verdad lo había pensado desde antes, hacer cuentos independientes entre sí, pero que conserven un hilo conductor, y con eso me refiero a los personajes, el lugar, etc. (Al estilo Sherlock Holmes) 
No se preocupen seguiré escribiendo poesías y cuentos como antes, sólo que cada tanto (no hay un día especifico) subiré sobre estos personajes.


Sinopsis
Penynton es una ciudad donde suceden cosas extrañas. Mark Johnson y Natalia Miller conforman una unidad especial  de policía científica donde tendrán casos que resolver, uno más delirante que otro. Algo pasa en Penynton, ¿Podrán los agentes develar el misterio de su ciudad?


O por el mismo blog:

      

   

lunes, 4 de enero de 2016

Muerte en el desfiladero



— Creo que debería ver esto, agente Miller — Decía el agente Mark Johnson haciéndole señas a la joven mujer para que se acercara.   
— ¿Qué has encontrado? — Dijo ésta poniéndose en cuclillas a su lado, mientras algunos mechones dorados se escapaban de su coleta, bailando indiscretamente por entre sus ojos de color ámbar.    
— La víctima parece que ha muerto por la caída, de eso no hay duda, — Dijo Mark mirando hacia arriba, al final del desfiladero, entornando sus ojos negros con duda — presenta varios politraumatismos, varios huesos rotos producto de la caída.     
— Sí, eso pasa si te caes de más de diez metros de altura — Agregó Natalia Miller de forma mordaz, como si su compañero de trabajo dijera nada más que lo obvio — Creo que nuestro caso está resuelto.
Mark le echó una mirada de soslayo, y ella lo miró estudiándolo disimuladamente, siempre le habían fascinado sus leves facciones orientales, heredadas de su madre coreana, pero mitigadas por su padre de sangre europea. Mark carraspeó al notar su mirada, solía mirarlo de aquella manera, pero nunca se preguntó el porqué, se inclinó un poco más hacía la víctima, dejando que su cabello azabache le tapara las sienes.      
— ¿No te parece raro? — Dijo Mark Johnson — ¿Que el cadáver haya chocado sobre las rocas puntiagudas y no se haya desangrado?, mira su espalda — Dijo volteando el cadáver — Tiene la piel abierta por las rocas, y sin embargo ni una gota de sangre. 
— Entonces lo mejor será que lo llevemos a tu laboratorio, para mirarlo más detenidamente.
Ya en el laboratorio Mark le dictaba a su compañera parte del informe, mientras ésta tomaba nota en una libreta.  
— Jesica Martínez, veintiún años, caucásica, presenta fractura de cinco costillas, y en la quinta y sesta vertebra, perforación en el pulmón derecho, y… — Mark se quedó en silencio, con sus dedos enguantados sobre el cuello de la muerta, su expresión era perpleja, podía decirse que su cara estaba blanca, como si la sangre se hubiera drenado de su rostro.
— ¿Qué sucede, Johnson? — Dijo ésta dando tres pasos hasta igualarlo a su compañero. 
Natalia enfocó la vista donde descansaban los dedos de Mark, ella también se sintió palidecer, en el cuello de la muchacha descansaban dos marcas, parecían ser dos pequeñas incisiones, como de espinas o ajugas.
— ¿Qué es eso?, parecen… — Y se detuvo, antes de decir una estupidez, eran profesionales, no podía arriesgarse a decir fantasías.  
Mark tomó su computadora y buscó una imagen, en la pantalla apareció una picadura similar, con las dos incisiones. 
— Estas son picaduras de un murciélago.
— Se parecen — Confirmó Natalia — A excepción de que estas son a una escala mayor, posiblemente el doble, o triple.
— Como a una dentadura humana — Agregó el agente, con algo de miedo en su voz, esperando al mismo tiempo recibir las palabras de rechazó por parte de su compañera.
— No existe un murciélago tan grande.  
— El acantilado es zona de murciélagos vampiros. Eso explicaría el hecho de porque no sangró — Mark tomó un bisturí y comenzó a cortar por encima de la yugular, ésta se encontraba vacía, completamente seca — No tiene sangre en su cuerpo.
— Un murciélago nunca pudo haberse tomado toda la sangre de una mujer adulta, es científicamente imposible.
— Lo sé, pero la evidencia muestra lo contrario. Velo por ti misma, sus venas están completamente secas — Mark caminó hasta el escritorio, y tomando una carpeta de la pila que descansaba sobre la madera, la abrió leyendo el informe — Le pedí al capitán de la policía los archivos sobre todas las muertes registradas hasta el momento en el acantilado, Y ¿Adivina qué?, todas presentan estas picaduras en el cuello.
Natalia caminó hasta el escritorio, y sobre él dejó su libreta para tomar una de las carpetas, la inspeccionó diciéndose mentalmente que todo esto debe ser una broma.
— Menos ésta — Dijo Natalia releyendo las líneas escritas.  
— ¿Qué quieres decir?
— Ésta habla de una excursión escolar, una niña se perdió, la buscaron por el acantilado y los alrededores durante meses, pero nunca la encontraron. Esto pasó hace veinte años.   
Mark tomó la carpeta de las manos de su compañera para inspeccionarla con sus propios ojos.    
— Abrígate, afuera hace frio. Iremos a darle una visita a la madre.
— ¿Qué insinúas?
— Nada. Sólo estoy haciendo mi trabajo. Investigar.
Mark tocó a la puerta de madera, y cuando nada pasó, volvió a insistir, sintiendo el áspero y frio metal de la puerta golpear contra sus nudillos. La puerta se abrió lentamente, y del otro lado se hallaba una mujer delgada, con el cabello canoso y los ojos hundidos en su rostro.              
— Señora Beltramo, somos de la policía científica, ¿No le molestaría responder a algunas preguntas? — La mujer asintió con su cabeza, y abriendo la puerta de par en par los invitó a pasar a su casa. 
Natalia y Mark se sentaron en un sillón y frente a ellos se sentó la anciana, encogida en su silla, como si se sintiera débil o con frio.
La agente miró a la mujer con pena, había perdido a su hija, y luego de veinte años ellos venían a escarbarle un dolor viejo, a tocar una vieja herida.
— Necesitamos que nos cuente sobre su hija, Emilia Beltramo — Le dijo Mark de la forma más amable que pudo. 
— Ella era una buena niña — Dijo la anciana, hablando por primera vez — Cuando tenía diez años, ella y su curso salió de excursión, era una caminata por el desfiladero, era un trabajo de biología, estudiarían el ecosistema. Mi hija se perdió durante la excursión. Nunca más la encontraron — Dijo con ensoñación en su mirada, la cual cayó al suelo, admirando la madera, como si esta pudiera apartar los malos recuerdos — Nunca se la encontró, ni viva, ni muerta.
— ¿Tiene una foto de ella? — Le preguntó Natalia.
— Si — Dijo y tomando un cuadro de la chimenea se lo extendió — Es la última foto tomada antes de que sucediera lo que sucedió.    
Miller tomó el cuadro entre sus manos y miró a la niña, era una niña pequeña, de cabello castaño, con pómulos anchos y boca delgada. 
Cuando caminaban a la puerta la anciana tomó a Natalia del brazo, ésta con el corazón en la boca palpitando violentamente se giró, encarando cara a cara a la anciana.  
— Ella no está muerta — Dijo la anciana apretando su agarre en el antebrazo de la agente — A veces viene a visitarme en las noches, nunca se deja ver, pero sé que es ella. 
El agente Johnson colocó sus manos sobre los hombros de su compañera, de forma instintiva y protectora, mirando a la anciana de forma amenazante, ésta se vio obligada a soltar a la joven.  
— Espero que la encuentre. No quiero que mi hija siga siendo un monstruo — Luego de decir aquello cerró la puerta, ocultándose en el interior de su casa.  
— Eso ha sido muy, muy raro— Dijo Natalia casi en un susurro.  
— Sí, ni que me lo digas — Mark al notar que todavía tenía las manos sobre los hombros de su compañera la soltó rápidamente, caminando hacia el interior de la calle, y evitando su mirada se metió en el auto con ella.  
Esa misma tarde en el laboratorio, mientras Mark Johnson le echaba una última mirada al cuerpo, recibió una llamada de su compañera.    
— Johnson, se ha reportado a la comisaria el caso de un joven desaparecido. Adivina donde desapareció.
— ¿En el desfiladero?
— Exactamente.
Mark manejó su auto por la carretera, y lo detuvo frente al enorme cartel de madera, que mostraba en letras azules: “Desfiladero del Diablo”, “Un buen nombre para una escena de crimen” pensó Mark mentalmente. Natalia bajó del auto detrás de él, sacando su pistola de su funda. Tenía la extraña sensación de que la necesitaría.
— La novia dijo que estaban acampando en el lugar, y que ella salió a la noche a admirar las estrellas, y cuando volvió a su tienda él ya no estaba. Escuchó un grito y salió corriendo.
Mark escuchó la historia y luego él también desfundó su arma. Tomó la delantera y Natalia siguiéndolo por detrás ingresaron a las montañas en dirección al desfiladero.        
Un grito de hombre cortó por el aire, llegando a los oídos de Mark y Natalia.
— ¡Por aquí! — Dijo el agente Mark Johnson apuntando la boca de su arma hacia el suelo, mientras sus pies trotaban hacia donde creyó escuchar el sonido. Natalia lo siguió por detrás, atenta a si volvía a escuchar algo.  
Caminaron por un pendiente, subiendo la montaña en dirección a lo que parecía ser una cueva.  Dentro el techo estaba plagado de murciélagos, que al notar presencia humana remontaron vuelo, escapando por la entrada de la cueva, dejándola vacía. Natalia se sacudió con temor a que uno se prendiera de su cabello, pero eso no sucedió. La cueva estaba vacía y oscura.
Cuando se dieron media vuelta para salir de la cueva escucharon un ruido en la oscuridad, parecía un aleteo y luego un par de rocas rodaron hasta ellos. Mark le dio una rápida mirada a su compañera, siempre hacía eso para asegurarse que estuviera bien. Ella se veía decidida, siempre era valiente, sin importar nada.     
El aleteó se volvió a escuchar, pero esta vez acompañado de un gemido humano, como si un joven estuviera sufriendo.
Mark apuntó el arma hacia el frente.
— ¡Salga con las manos en alto!, ¡O abriremos fuego! — Gritó con autoridad en su voz, pero aquello que se ocultaba en las sombras no pareció intimidarse.   
El seguro hizo eco en las paredes de la cueva al ser quitado del arma del agente. Mark estuvo a punto de dar un paso al frente, pero algo lo detuvo, una masa oscura cayó frente a él, deteniendo su paso. Mark giró su rostro para mirar en una mejor perspectiva, cuando pudo enfocar la vista vio que aquello que descansaba frente a él era un joven completamente pálido, y que en su garganta se abrían dos fisuras redondas. El chico estaba muerto.
Un segundo después, otra figura se alzó sobre ellos, pero ésta estaba viva, aleteó sobre sus cabezas, produciendo un sonido tan agudo que quemó los tímpanos del agente, confundiéndolo por unos segundos.
El arma de la agente Miller cayó al suelo cuando la bestia la tomó por los hombros, y con el impulso de sus alas la levantó del suelo sacándola de la cueva. Mark vio a su compañera alejarse y no dudó en levantar su arma y disparar a aquello que no tenía explicación. El enorme animal chilló cuando la bala le atravesó el ala. El murciélago perdió el equilibrio en el aire, pero a pesar de eso no soltó a su presa, aunque ésta se retorcía y lo golpeaba intentando librarse de sus garras constrictoras. La bestia se sujetó de las rocas que sobresalían sobre el techo de la cueva, y trepando por éstas se ocultó de la vista del agente, llevándose con ella a Natalia Miller.   
Mark, con el corazón palpitándole en la garganta salió de la cueva corriendo, guardándose miles de maldiciones que le vinieron a la mente. Cuando subió la vista vio al enorme murciélago desaparecer detrás de una roca. Corrió subiendo la empinada, hacia donde había visto desaparecer al extraño animal.    
El enorme murciélago lanzó a la agente Miller contra una roca, haciendo que ésta se sintiera aturdida durante unos segundos, intentó ponerse de pie, pero sentía la cabeza pesada por el fuerte golpe. De inmediato sintió un punzante dolor en el cuello, y fue cuando se dio cuenta que la criatura había clavado sus dientes en su garganta, se sacudió intentando defenderse, pero de inmediato sintió una extraña pesadez mental, como si le hubieran administrado una enorme dosis de sedante. Sin éxito intentó gritar, pero sólo se escapó un débil gemido de sus labios, podía sentir como su sangre era drenada por su garganta, sintiéndose cada vez más vacía, más débil, con más sueño. Un fuerte disparo la sacó de su ensoñación, pero todavía estaba muy débil para saber qué era lo que sucedía a su exterior.    
Cuando Mark saltó la enorme roca se encontró con la peor imagen que en su vida había visto, un enorme murciélago de aspecto extraño, podría decirse casi humano, estaba mordiendo el cuello de Natalia, sus ojos humanos carecían de chista inteligente, eran completamente animales, terroríficos, llenos de un hambre incomprensible. La bestia desprendió sus colmillos de la yugular de la joven cuando vio a Johnson, extendió sus alas membranosas y con un salto se lanzó sobre el agente, pero éste en un rápido reflejo accionó su pistola. La bala navegó por el aire, hasta alojarse en el pecho del murciélago, justo sobre su corazón, creando una fuente de sangre donde la bala entró. La bestia cayó sobre el agente y ambos chocaron contra el suelo.
Mark respiraba pesadamente, el pesado cuerpo presionaba contra sus costillas, cortándole la entrada  del oxigeno. Con toda la fuerza que pudo rescatar de sus brazos rodó al cuerpo hacía un costado, y luego se arrastró hacía su compañera, gimiendo preocupado al ver en el cuadro que se encontraba. Estaba completamente pálida, y por las hendiduras de su garganta crecían dos pequeños hilos rojos, donde antes habían estado succionando su sangre como un parásito. Comprobó su pulso. Al darse cuenta que seguía viva dejó escapar un suspiro de alivio. Buscó en el interior de su campera el celular, donde llamó a emergencias.  
Mientras esperaban a los paramédicos revisó los bolsillos de su compañera. En ellos encontró una fotografía. Comparó a la niña de la foto con la bestia muerta a un costado. A pesar de que ya no lucía exactamente igual, era obvio que era la misma persona, sólo que veinte años después, y con una extraña nueva imagen, alas de murciélago, garras afiladas y dos orejas protuberantes y amplias. “¿Cómo le sucedió esto?”, pensó Mark creyendo que estaba viviendo en un sueño, aunque sabía muy bien que estaba despierto.
Pasó una semana, y Mark caminaba apresuradamente hasta la sala ocho, lo había estado haciendo todos los días sin excepción, aunque su compañera le había dicho que no era necesario. El agente se preocupaba por ella.
— ¿Cómo estás hoy? — Dijo sentándose junto a la cama.
— Me llevara algunos días reponer toda la sangre perdida. Pero estoy mejor — Y era cierto, Mark podía notar como el color rosado había vuelto a las mejillas de Natalia, acercándose sigilosamente por debajo de su piel, y la expresión viva en sus ojos volvía a su lugar, remplazando la mirada soñolienta y débil de hace unos días.
— Me alegro que estés mejor — Dijo éste con una sonrisa sincera en su rostro.  
— ¿Cómo está la señora Beltramo?
— Bien. No puedo decir que feliz, pero se siente aliviada, decía que su hija era un monstruo, y tenía razón, ya no le hará daño a nadie más.               
— Mark — Le dijo. El agente se sobresaltó al escuchar su nombre de pila en boca de su compañera, eso era poco profesional, siempre se trataban por los apellidos, pero el gesto en el rostro de Natalia le dijo que tenía algo muy importante que decirle, por eso lo dejo pasar — Esto, lo que nos ha sucedido no es nada parecido a lo que hemos vivido antes. No dejo de pensar en eso. En ese monstruo, propio de un cuento de hadas. Me ha hecho ver el mundo de otra manera. No sé porque Emilia Beltramo se convirtió en eso, no se cual es la razón, pero lo único que sé es que todo lo que creía hasta entonces no se compara con lo que ahora comprendo. El mundo está loco — Concluyó escondiendo una sonrisa detrás de la comisura de sus labios, no quería reír, la realidad le parecía ridícula.             
Mark levantó su mano y la detuvo a medio camino, vaciló unos momentos, pero terminó el trayecto hasta el rostro de su compañera. “Sí, sólo compañera”, se reprendió. Le acarició la mejilla, y con una media sonrisa le habló en un susurro.
— Porque comprendamos que el mundo está loco, no significa que nosotros hayamos enloquecido. Ahora descansa, necesitas recomponerte.        
                     
        
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lunes, 28 de diciembre de 2015

Los hilos que me esclavizan



Como una muerta marioneta,
tiras del cordel,
moviendo los miembros de madera.

Piensas: Muñeca sin voluntad,
de pensamientos vacios,
esperando que la hagan actuar.

Cortaré,  romperé las cuerdas,
que me esclavizan,
no soy una de tus marionetas.   

Los hilos que me esclavizan,
son los puentes,
entre lo poco que valorizas.    

Ya no más espero,    
ya no seré lo que quieres,
seré lo que yo quiero.



lunes, 21 de diciembre de 2015

Inmortal



                Nació como cualquier persona, en una sala de hospital, llorando, rodeado de médicos.
                — Es un niño — Informó el doctor, mientras su madre abrazaba al pequeño por primera vez, escurriendo lágrimas de felicidad.
                Creció como cualquier niño, jugando con una pelota, viendo películas de superhéroes. Tenía un amigo, confidente, juntos hicieron las más grandes travesuras de su vida.  
                — Maxi, ¿Estás seguro de hacer esto? — Le preguntaba a su amigo, mientras le echaba una mirada desconfiada a la caja de cartón que traía entre manos.   
— Ya no hay vuelta a atrás — Decía con una sonrisa decisiva, para luego lanzar la caja por la ventana de la sala de profesores, y al tocar el suelo ésta se abrió liberando decenas de grillos que revolotearon por la habitación, enredándose en el cabello de las profesoras asustadizas, que gritaban y corrían despavoridas.   
Se enamoró como cualquier persona, sintiendo que una mujer por primera vez se ganaba un lugar especial en su corazón.
— Es hermosa — Exclamaba en un susurro, mirando a una joven esbelta de cabellera cenicienta.
— ¿Carol? — Preguntaba Maxi sorprendido — No te conviene — Le advertía su amigo.
— ¡A ti nadie te cae bien! —Se defendió frunciendo el ceño enojado.
Le rompieron el corazón por primera vez como a cualquier persona, sintió aquella amarga daga invisible que se clava en el corazón para infligir uno de los más horribles dolores.   
— ¿Quieres salir conmigo, Carol?, eres una chica muy linda y creo que…
— ¿Acaso crees que una chica como yo saldría con alguien como tú? — Le interrumpió con una de las preguntas más dolorosas que le habían hecho en la vida.
— Pensé que tal vez si me conocías mejor…
— Pensaste mal — Lo volvió a interrumpir, dándose media vuelta para marcharse, dejándolo allí, con el corazón en la mano hecho trizas como si fuera de frágil porcelana.  Rechazarlo porque ella era muy hermosa para él, le hizo sentirse feo, horrible e indeseable.
El tiempo curó su corazón como cualquier enamorado, cicatrizando las heridas infringidas por amor.
— Olvídate de ella — Le aconsejaba Maxi — Y la próxima elige a una chica no tan soberbia — Ambos lanzaron a reír, su amigo lo ayudó a superarla con sus chistes, y su siempre buen humor de siempre.  
Como cualquier hombre se enamoró por segunda vez, llenó aquel vacio que creyó que nunca podría llenar con otra persona.
— Ella es Helena — Le presentó Maxi, intentando hacerse oír por encima de la música — Una amiga de la universidad.
Saludó a Helena con una enorme sonrisa en su rostro, admirando la belleza inusual de la chica, que batía glacialmente su cabello castaño al compas de la música.     
Disfrutó de un noviazgo lleno de color rosa y momentos inolvidables que quedaron grabados en un lugar especial en su memoria.
— ¿Helena?
— ¿Sí?
— Creo que llega un momento en la vida del hombre que lo hace detenerse y pensar, pensar que ha encontrado al amor de su vida, que la persona que está a su lado es tan importante que nunca quisiera dejarla ir, entonces un hombre lo sabe…
— ¿Qué sabe? — Se preguntó la chica emocionada por sus palabras.
— Que quiere casarse con ella — Le respondió mostrándole un anillo brillante en belleza, pero que cuyo brillo se opacaba ante la hermosura de Helena.   
Su corazón sintió lo que todo hombre siente cuando tiene en brazos a su primer hijo, fragmento de vida de su propia sangre.
— Es nuestro hijo — Dijo orgulloso sosteniendo con una mano al recién llegado, y con la otra la mano de su mujer, que yacía agotada sobre la camilla.  
— Se parece a su padre — Dijo ésta embozando una sonrisa grande.
Pensó vivir la vida como cualquier persona lo haría, ver a sus hijos crecer, caminar por la senda de la vida de la mano de su esposa, ver a su madre envejecer rodeada de nietos cariñosos, volverse ancianos con Helena.
Esperó aquella vida, pero no todo sucedió como esperaba.
Su pelo se mantuvo colorido y brillante, mientras el de Helena se plagaba de canas. Su piel nunca perdió la elasticidad joven y ninguna arruga hizo aparición en su cuerpo, mientras la figura de su esposa se volvía arrugada, dejando atrás la hermosura de la adolescencia. Nunca perdió la fuerza, nunca se enfermó, en cambio Helena envejeció.
La muerte paso por delante de él, pero nunca se detuvo, a no ser que fuera para llevarse algún ser querido.
La muerte de Maxi fue la primera, mientras en el cajón se hallaba su amigo de la misma edad, no lo parecía, el anciano que estaba en el cajón tenía el cabello blanquecino, el cuerpo delgado y arrugado, mientras el rebosaba de juventud. Los familiares se preguntaban quien era aquel chico, no era el hijo de nadie, tampoco era un sobrino de Maxi. No sabían que era un anciano al igual que el fallecido, y que juntos habían caminado los mismos años, pero uno había comenzado a extinguirse lentamente, como todo el mundo, con cada año se volvía mayor, su rostro cambiaba, pero para él era como si los años no pasaran. Su cuerpo no tenía secuelas del tiempo.     
Estuvo en el velatorio de su esposa, viendo como se hundía el cajón que guardaba su cuerpo sin vida en la tierra, separándolo de él para siempre. Su corazón lloró amargura, se estrujó en dolor, aceptando la peor de las perdidas.
Luego llegaron las muertes de sus hijos, y si creyó que perder a tu esposa era el peor dolor que se podía sentir, se había equivocado, nada se compara con presenciar la muerte de tus hijos. Eso no es natural, se supone que los hijos entierran a sus padres, no en viceversa.    
El hombre llenó de dolor, comprendió que no moriría, que vería eternamente fallecer a sus seres queridos una y otra vez. Era un castigo que no comprendió porque merecía, pensó pero no supo que era lo que había hecho para merecer tal tortuosa eternidad. Si existe algo más allá de la vida, un cielo y un infierno, él nunca lo sabría.          
Se alejó de todo, se internó en la selva, solo, para vivir solo y no tener que perder a nadie más.      
Pasó los años, los siglos y milenios en soledad absoluta, ya no tenía con quien hablar, por quien sentir, sólo le quedaban los buenos momentos vividos, para recordar por el resto de su infinita vida.       


viernes, 11 de diciembre de 2015

Miles de caminos, una finalidad


Existió un hombre, que buscaba caminos que los demás ignoraban, parecía perdido, caminando sin un rumbo fijo, pero no era así, su mirada privilegiada veía lo que el resto no podía percibir, porque él no miraba con los ojos, él mira con el corazón.
Cada vez que en su camino se interponía una piedra, sea grande o pequeña, la guardaba en su mochila haciéndola cada vez más pesada, y le dificultara caminar.         

Pasó mucho tiempo, hasta que entendió que era aquello que sus ojos veían, todos aquellos caminos que se levantaban ante sus ojos, los cuales podían cambiar deliberadamente según nuestro accionar. No importara que camino tomemos, sea liso o escarpado, angosto o ancho, largo o corto, todos llevan al mismo destino, a la muerte. Al entender esto decidió tomar el camino más largo sin importarle que se encuentre en él, fue dejando las piedras que guardaba en su mochilas, las fue descartando una por una, aligerando el peso de su espalda, y por último tomó la mano de la mujer que lo esperaba a la entrada de este camino, porque no pensaba transitarlo sólo.  

martes, 8 de diciembre de 2015

Te prefiero platónico


                Siempre lo veía pasar a la misma hora, yo salía a la calle, me sentaba sobre la escalera y lo miraba manejar su Volkswagen blanco por enfrente de mi casa, con la ventanilla baja dejándome ver su hermoso rostro, pintado con dos grandes ojos celestes, y una cabellera castaña que bailaba siendo llevada por el viento.
Esta vez fue diferente, porque hasta ahora nunca me había notado. Esta vez volteó su rostro e hicimos contacto visual, y aun mejor, me sonrió. No les puedo explicar la sensación que sentí en aquel encuentro, no existen las palabras correctas para describir un sentimiento de esta magnitud.          
Al otro día, cuando salí temprano, me encontré con un sobre que descansaba en la alfombra. Lo tomé dudando, sin dejarme de preguntar de quien sería, aun que tenía mis sospechas.

Ola linda. ¿Quieres salir conmijo maniana a la noche a tomar halgo?
Pazo por ti a las 21hs. Ezperame - M”   

Sí, definitivamente las letras no eran su fuerte. Si la nota pertenecía a quien yo sospechaba ya me parecía que tanta perfección era imposible, seguramente debe ser un genio matemático, seguro que sí, algún contador de cartas o un experto en computación. Bueno, dejando su ortografía de lado, me invito a salir, me sentí muy contenta, al fin lo conocería, ya dejaría de imaginarme como era, en que trabaja, que estudia, cuáles son sus hobbies, porque lo escucharía por su misma boca, lo conocería al fin.        
A las 20:30hs ya estaba preparada, me bañe, peine, vestí y maquillé. Sólo quedaba sentarse a esperar, pero con cada minuto que se acercaba a la hora acordada me ponía más nerviosa, este día saldría con un chico muy guapo, ¡Ruego que todo salga bien!    
Se hicieron las 21hs, miré expectante a la puerta, pero nadie llamó. Pasaron los minutos, y comencé a preocuparme, ¿Por qué tardaba tanto?, ¿Le había sucedido algo?  
Una hora después tocaron a la puerta, sí, un poco impuntual, me levanté de mi asiento entusiasmada y girando el picaporte abrí la puerta, encontrándome del otro lado con un muchacho vestido con camisa gris y pantalones de jean, que me miraba con una enorme sonrisa. Era el joven del Volkswagen blanco, como yo esperaba, era alto y muy apuesto, pero cuando mis ojos se desviaron hacía la calle me di cuenta que había venido caminando.
— Y ¿Tu auto?
M, por ahora no sabía más que su inicial, suspiró como alguien que recuerda buenos tiempos pero a la vez resentido.
— Lo perdí en una apuesta — Me respondió sin dar más rodeos.
¿Una apuesta?, ¡Oh, no! ¿Tiene un problema con el juego?    
— ¿En el casino? — Le pregunté cautelosamente, recién nos conocíamos, no quería parecer muy entrometida.
— No — De los labios de M se escapó una estúpida carcajada — No, era una apuesta de patineta, unos amigos me retaron a hacer un flip combinado con un frontside boardslide, obviamente perdí.
Lo miré incrédula, tal vez era una broma, pero su mirada me decía que no me estaba mintiendo.  
— Y ¿Tuviste que apostar tu auto? — Le pregunté todavía incrédula.
— Era para hacerlo más interesante — Dijo dándome una enorme sonrisa, para luego cambiar de tema — ¿Estas lista? — Me preguntó.
— Sí — Le respondí cerrando la puerta detrás de mí.
Caminamos varias cuadras, hasta un resto-bar, de amplias ventanas y paredes pintadas de color arándano, el ambiente olía delicioso, haciendo que mi estomago gruñera con lujuria, tenía mucha hambre.     
Nos sentamos en una mesa y de inmediato se nos acercó un mozo.
— ¿Qué van a pedir? — Interrogó sosteniendo una libreta y un lápiz listo para apuntar nuestras ordenes.
Releí el menú un par de veces y me decidí por una lasaña de carne, M, que al final resultó llamarse Marcos pidió lo mismo.  
Mi paladar se degustó por el sabor exquisito del plato que resultó ser una excelente decisión, no pude evitar que de mi garganta se escaparan varios gemidos de placer al saborear mi cena como si fuera una ambrosía celestial brindada por los mismos dioses. Sí que lo estaba disfrutando.
Mis ojos se desviaron hacía Marcos, el cual parecía también degustar de la lasaña, no sólo de eso, sus pupilas estaban clavadas en mi escote, me miraba de forma pervertida y lasciva, seguramente imaginando vaya a saber qué cosa sucia. Me sentí muy incómoda, mis mejillas se tiñeron de un rojo brillante. Me removí un poco para ver si podía despertarlo de su trance, como seguía en su contemplación vulgar me decidí en hablarle.
— ¿Marcos? — Sin respuestas — ¡¿MARCOS?!
El joven sacudió su rostro despertando de un sueño profundo, por fin logré romper su concentración. Me sonrió ampliamente, casi cegándome con la luz que despedía su dentadura completamente blanca. 
— Eres hermosa — Me dijo echándome una rápida mirada examinadora, sin importarle lo que yo podía pensar de sus indiscretos ojos. 
— Gracias— Carraspeé un poco incomoda al ver como se mordía el labio provocativamente.  
Durante toda la cena prácticamente mi participación en la conversación que sosteníamos consistía en asentir ante sus palabras o parecer interesada en sus graciosas anécdotas, que por cierto no eran tan graciosas como él pensaba. Cada vez que abría la boca para decir algo debía cerrarla porque él se me adelantaba a comenzar con otra de sus anécdotas, las cuales siempre rondaban en su grupo de amigos y a todas las fiestas que asistían o de cuando tuvo una doble fractura en el pie por caerse de una rampa al intentar hacer un truco con su patineta.
Cuando el mozo trajo el suculento postre sentía un atisbo de felicidad renacer, la verdad la cita no estaba saliendo como yo esperaba, me era aburrida, y algo monótona, sin ninguna emoción encontrada. Lo único bueno que podía rescatar era el hecho de que frente a mí se sentaba un hermoso joven, digno de admirar sus facciones masculinas bien cinceladas, pero me estaba preguntando si realmente todo esto valía la pena.       
Cuando terminamos de cenar, ya era bastante tarde y en el centro del bar la gente se acercaba a la pista a bailar con sus parejas, los miré atenta ignorando momentáneamente las palabras de Marcos, algunos se veían muy felices y enamorados. Suspiré de forma soñadora.  
— ¿Quieres bailar? — Me dijo levantando las cejas seductoramente al darse cuenta como miraba la pista con anhelo.    
Le asentí entusiasmadamente y dejé que me tomara de la mano para guiarme al centro de la pista. Debo decir que era buen bailarín y que me hacía sentir como una mariposa a punto de arrancar vuelo con cada movimiento que dábamos. Los parlantes cambiaron de una canción enérgica a otra más lenta y melodiosa, y de repente tenía su duro pecho contra mí, y sus fuertes brazos rodeándome, las cosas al fin se ponían un poco más interesantes. Comenzamos a mecernos lentamente al compas del delicado ritmo de la melodía.
Marcos se separó de mí momentáneamente y se fue hasta la barra a pedir dos bebidas. Recibí la mía con una sonrisa y mirando el contenido burbujeante lo lancé por mi garganta sin titubear, sintiendo como quemaba mi carne al descender. Lance un gemido de satisfacción y Marcos sonrió victorioso.          
Bailamos varias piezas sin detenernos, yo tomé dos tragos más y decidí detenerme, no quería emborracharme en nuestra primera cita, siempre es bueno causar una buena primera impresión, en cambio a Marcos no pareció importarle mi primera impresión sobre él, perdí la cuenta en su quinto trago. Lentamente comenzó a arrastrar las palabras y a reírse por cosas sin sentido, al principio me pareció graciosos, pero luego cuando lo vi bailar tambaleándose y tropezando torpemente entre sus propios pies me di cuenta que se había pasado de copas.
Marcos seguía tomando, ignorando mi suplica para que se detuviera, esto no podía acabar bien.
— Marcos — Le dije mirándolo seriamente — Creo que ya es suficiente — Le dije arrebatándole el vaso espumante de entre los dedos, pero él me lanzó una mirada asesina y recuperó su bebida entre mis manos de un brusco manotón, para luego vaciar todo el contenido al lanzarlo por su boca, sin desperdiciar ni una sola gota.
— Ya entiendo que pasa — Me dijo lanzándome una mirada coqueta, mientras intentaba mantener el equilibrio— Te gusto tanto que quieres protegerme hasta de una resaca.     
Me atraganté con una bola de saliva, no puedo creer que haya dicho eso.
Me tomó bruscamente del brazo y, prácticamente, me arrastró de vuelta a la pista de baile, me apresó entre sus brazos y me hizo girar y danzar sin ningún sentido, mientras inclinaba su rostro hacía mi, y sentí una arcada cuando el olor a alcohol llegó hasta mi.    
Sus manos comenzaron a presionar mi espalda y descendieron hasta apresar mi cintura con fuerza, realmente me estaba poniendo nerviosa, intenté zafarme de sus brazos pero él era muy fuerte. Sus manos siguieron vagando por mi espalda, bajando cada vez más, más y más y allí fue cuando realmente me enfadé, cuando sentí que pellizcaba mi trasero, ¡Por Dios, era nuestra primer cita!, ¡No lo podía permitir!
La palma de mi mano voló hasta su mejilla, haciendo un ruido atronador que rebotó por toda la pista, las parejas vecinas miraron la escena extrañados, algunos muchachos parecieron querer interferir, pero ya era tarde porque logré zafarme de los brazos de Marcos.
Caminé golpeado con fuerza los tacos sobre el suelo, mientras mis mejillas despedían humo de la ira que sentía. Abandoné el resto-bar y caminé hasta mi casa maldiciendo en voz baja cosas inaudibles.
Al día siguiente, cerca del mediodía alguien llamó a mi puerta. Giré la perilla encontrándome del otro lado con un muy destruido Marcos, se notaba que tenía una muy fea resaca, con el pelo despeinado, la boca reseca y unas oscuras bolsas que caían por debajo de sus ojos.
— ¿Qué haces aquí? — Le pregunté con despreció en mi voz.   
— Venía a disculparme, ayer me pase de copas, y te toq… — No pudo terminar la frase, se notaba que sentía mucha vergüenza — Lo siento — Dijo finalmente — ¿Podrás perdonarme?, salgamos de vuelta, te demostraré que en verdad soy buen chico, sólo que esta vez…
— Sí, te perdono — Le respondí, y pude ver como en su boca se formó una sonrisa satisfecha.
— Bueno, mañana paso por ti a las…
— No — Lo volví a interrumpir, viendo como se borraba la sonrisa de su rostro — Te perdono pero no volveremos a salir, ya no me interesas de esa forma.
— ¿Cómo que ya no te intereso? — Pude notar algo de dolor en su tono de voz.
— Sí, te prefiero como antes de conocerte, te prefiero platónico.      
Los ojos de Marcos se clavaron sobre los míos, se veían suplicantes, pero no me inmuté, seguí firme en mi posición. Marcos se despidió de mí, pero antes se volvió a disculpar, al final se marchó. A veces lo veo pasar por enfrente de mi casa con un nuevo auto, a veces intercambiamos miradas, y otras veces saludos simples, como un asentimiento de rostro o una pequeña sacudida de mano.