jueves, 8 de febrero de 2018

Me iré sabia


De artilugios sólidos, que pesan, que quedan,
no pasan al éter.
Feliz de aquel que cultiva con la mente,
y pasan la muerte.  

Pan de sabiduría, engorda al espíritu,
única riqueza.  
Oro, plata, mármoles y piel añeja,
pesan, todo queda.  

Cuando la deuda vitalicia me reclame,
me iré liviana,
de cuerpo vacío, pero de alma colmada,
me iré sabia.


jueves, 1 de febrero de 2018

La Leyenda del Rey Pobre


            El más pobre de un pueblito alejado, que poco le importaba la guerra, solo podía pensar en una cosa, y eso era comer. No tenía nada, ni comida, ni techo, ni ropa decente. Solo tenía una belleza como ninguna, que eso lo ayudaba a veces a recibir favores de los demás, como un buen vino o unos panes gratis. Incluso ahora mismo una mujer, que encandilada por su belleza, le acercaba ropa fina, que a pesar que ella juró que era de su difunto padre, la verdad era que ella lo había mandado a hacer especialmente para él, la mujer estaba obsesionada con la belleza de aquel hombre, pensaba en él a cada momento que encontraba libre, pero que por pertenecer a la clase alta, se negaba a reconocer su atracción por el hombre, ¿Qué diría el pueblo si se enteraba que ella había estado viendo con esos ojos a un indigente?, así que se conformaba con encontrar una excusa que le permitiera intercambiar unas dos o tres palabras, no le era suficiente, pero se obligaba a conformarse con ello.     
El pobre recibió la ropa nueva con agradecimiento, era muy cara para su gusto, ya que no le agradaría ensuciar los pantalones de seda cuando durmiera en la calle, pero la mujer había sido tan insistente que no pudo rechazarlo. 
La mujer le preguntó un par de cosas, ¿Cómo se llama?, Seios me llaman, respondió ¿No pasa frío a la noche?, siempre, ¿Tiene enamorada?, no me atrevería a enamorarme, cuando ya no pudo soportar más y vio que la gente del pueblo comenzaba a observarla con curiosidad, decidió dar la charla por terminada y volver a su casa con su madre. Ya encontraría otra excusa para acercarse a aquel pobre hombre. A veces deseaba que ella hubiera nacido pobre también, o que Seios fuera un influyente noble de su misma calaña. Pero tuvo la mala suerte de que pertenecieran a mudos diferentes. El dinero los había separado, era de oro y de plata la barrera que había entre ellos y deseaba derrumbarla, o por lo menos encontrar una forma de saltarla para estar los dos del mismo lado.        
El pobre se sentía extraño al vestir aquellas ropas, fuera de lugar, pero en su posición no tenía el lujo de despreciar nada, no sabía cuándo podría volver a estrenar un cambio de ropa. Se sentía agradecido eternamente con la mujer, la cual se llamaba Cicurina, era solidaria y hermosa, se negaba a pensar algo más en ella que como una dama desprendida que siente lástima hacía la gente como él. Sentiría vergüenza en sentir la menor atracción posible hacía ella, porque ella no merecía que un hombre sucio y pobre la mire de manera impúdica. No podía, sabía que ella se sentiría asqueada y posiblemente lo miraría con repulsión, que después de todo era la mirada que merecía.   
Al día siguiente, Seios moría de hambre, y no conseguía nada para comer. Ningún alma caritativa se acercaba a regalarle un pan, se conformaba con un pan viejo y duro. Entonces encontró la solución. El vocero del rey había estado viajando pueblo por pueblo para reclutar los hombres más fuertes y valientes. Él no era fuerte, ni un poco, pero tenía algo que muchos hombres no poseían, y eso era experiencia, el vivir en la calle era una guerra constante, y muchas veces había tenido que pelear por un pedazo de comida o un lugar para dormir tranquilo. Era hábil y veloz, y había aprendido a ganar una pelea. Así que lo pensó, el ejército tiene comida todos los días y una cama para dormir. Sonaba tentador, y como la muerte no le asustaba se enlistó al ejercito terminado el discurso del vocero, discurso que no escuchó por estarse imaginando una vida donde pudiera comer todos los días.   
El ejército lo recibió de manera indiferente. Sus compañeros no lo miraron siquiera, ya que él era un hombre sin casa ni familia, y su apellido no constaba de ningún renombre u honor que recordar. El ejército estaba conformado por todas las clases, pobres, nobles, esclavos, comerciantes e inclusos se habían unido algunas mujeres que tenían miradas que daban miedo. Todos tenían razones distintas para anotarse al ejército. El rey no obligaba a nadie a pelear, como pasaba con reinos vecinos, el creía que soldado que luchaba con decisión, luchaba mejor que el soldado obligado a matar.      
El pobre había sido asignado a un cuartel de hombres que anteriormente fueron granjeros o artesanos, estaban debajo de la nobleza y de los pueblerinos, pero no eran tan pobres como él: el indigente. “Este esqueleto no durará ni un segundo en la batalla”, “¡Miren que flaco está!, parece que no hubiera comido en semanas”, “Con lo débil que está, la armadura no lo dejará levantarse del suelo”, y era cierto, estaba muy flaco, pero tenía fe en sus habilidades de lucha, por eso no se enojó cuando sus compañeros se rieron de él al verlo comer con desesperación la sopa que les entregó el sargento. Escuchó como un campesino decía que la sopa estaba insípida y que las que hacía su mujer eran las mejores del reino, pero como Seios hacía tantos años que no comía nada más que pan, la sopa le fue lo más sabroso que pudo recordar de haber comido alguna vez.    
Tuvieron varias semanas de entrenamiento antes de partir a la guerra, y allí mostró sus habilidades, obviamente no tenía la elegancia que tenía un noble al levantar una espada, ni conocía el nombre de las diferentes espadas, para él solo estaban las largas y las cortas, pero hubo en algo que sí se pudo lucir, y eso fue en la lucha, y no peleaba como el resto, pero eso no significaba que lo hiciera mal, incluso algunos habían empezado a decir que parecía un animal salvaje a la hora de luchar, e incluso que sus ojos eran intimidantes. Había ganado elogios de varios oficiales y el respeto de sus compañeros, incluso la sopa que le servían ahora traía más fideos y más verduras que antes, se estaba haciendo notar. La dama de la nobleza, Cicurina, lo había visitado en varias ocasiones, y ya no se dirigía a él de la misma manera, cuando la mujer vio que el hombre ya no era un indigente, sino un admirado soldado, le hablaba con más soltura y cariño, cosa que nunca se pudo imaginar de ella. Incluso la dama lo había llamado su amigo y le había hecho prometer que volviera de la guerra como un héroe de batalla nombrado capitán, y así le dejaría casarse con ella. Y eso hizo que una nueva emoción eclosionara en su interior. Era un sentimiento que antes nunca había sentido. Era orgullo. Siempre se había sentido menos, una basura, sin valor alguno, era el suelo que pisaban los demás, pero ahora las cosas eran diferentes, ya no era él último. El sargento y el capitán lo miraban con interés, y sus compañeros dejaron de burlarse de él, no solo eso, sino que lo miraban con admiración, y lo más increíble era que estaba recibiendo el amor de la mujer que siempre creyó inalcanzable, ahora se podía permitir amar a una mujer.               
El entrenamiento terminó, y se hizo el momento de partir a la guerra. Muchos vieron su voluntad vacilar, no era lo mismo entrenar que caminar rumbo a un encuentro real. Se hicieron consientes de la realidad, de los que les podía suceder, la muerte ya no les parecía tan lejana. “Todos los soldados han muerto en batalla, nuestro enemigo es el más fuerte”, “¿Cómo puedes mantenerte tan sereno?”, le preguntaron en una oportunidad, y él les respondió con total sinceridad, “No le temo a la muerte porque conocí cosas peores”, esa frase hizo que los compañeros de su escuadrón se avergonzaran de sí mismos, un indigente tenía más valor que ellos. Y, sí, que conocía cosas peores. Conocía el dolor de la pérdida, de perderlo todo, familia, casa, trabajo, y del saber que nunca volverán. Conocía la tortura del hambre, de sentir sus tripas deseosas hasta el endurecimiento. Conocía lo violento que podía ser el frío y la noche, temblar sin detenerte por horas, pensando que ni el sol podría devolverte el calor que se perdió aquella noche. Conocía lo que era estar tirado en el suelo con una herida roja en el cuerpo, perdiendo sangre a borbotones, aguantando la tortura de los espasmos y de la fiebre, sabiendo que nadie vendrá a ayudarte, porque no eres nadie. Conocía lo doloroso de desear la muerte, porque era la salida menos dolorosa, era el término para una vida miserable, para todo sufrimiento, era volverte un cobarde que ya no resiste seguir viviendo. Desear la muerte era lo que más le había asustado, y ahora lo que deseaba era que nunca más, en lo que le restaba de vida, tener que llegar a ese estado de desesperación otra vez.            
Escucharon las trompetas sonar. El ejército enemigo estaba cerca y venía de masacrar un pueblito de agricultores. Eran el reino más sanguinario, no temían en matar a cualquiera, mujeres, niños o enfermos, los mataban a todos. Ningún ejército del rey había vuelto con vida a su encuentro, ningún hombre nunca pudo sobrevivir a las espadas de aquellos mercenarios.   
La batalla había sido feroz, los enemigos luchaban ciegos del deseo de sangre, eran como animales cebados por la carne humana, solo querían matar y destruir. Sus compañeros caían muertos a su lado, veía como la tierra se había teñido de roja, y el aire apestaba a metal agrio. El capitán y el sargento murieron en medio de la batalla, lo que desesperó a la compañía, no sabían que hacer, ni siquiera podían volver o replegarse, se sentían atrapados en medio del otro ejército, que eran mayor en número y fuerza. “¡¿Qué hacemos?!”, le preguntaron en un grito desesperado. Sin ninguna explicación la responsabilidad del ejército había caído sobre él, los mismos soldados habían elegido al más pobre como su nuevo líder, confiaban en él, en su espíritu inquebrantable y en sus ojos salvajes. “Lo único que puede acallar nuestras espadas es la muerte”, y así fue, los soldados pelearon sin detenerse, y con más fuerza que antes, y no bajaban las espadas hasta que la muerte los encontraba.  
Su compañía era conformada por mil quinientos hombres, y luego de esa batalla sólo quedaron ciento cincuenta con vida. El ejército enemigo había huido asustado, porque vieron que el ánimo de los soldados había cambiado, ya no lucían desesperados ni asustadizos, se habían convertido en personas diferentes, parecían nunca morir, llenos de sangre y heridas seguían luchando, como si alejaran a la muerte por propia voluntad, como si tuvieran fuerza sobre su propia hora, luchaban con fuerza y valentía, era como si alguien los impulsara a no rendirse. Y ellos no lo sabían, pero ese alguien era un hombre pobre, el más pobre de todos.  
El ejército estaba agotado, y sumamente herido como para avanzar fuera de ese lugar. Así que mandaron al soldado menos lesionado en busca de ayuda. Al otro día, el soldado volvió con el ejército escoltado del rey, quien iba al encuentro de los sobrevivientes lleno de emoción. Era el primer ejército que sobrevivía a una batalla con aquel reino enemigo. Como todos los oficiales de jerarquía murieron, y solo quedaban soldados rasos con vida, el rey pidió hablar con el líder de ellos, porque naturalmente siempre salía un líder cuando el anterior muere. Y Seios no se lo esperó cuando sus compañeros lo instaron a pasar al frente. El rey estuvo sumamente agradecido y emocionado, vio en aquellos hombres una esperanza para su reino. Los nombró como el ejército más fuerte del reino, y a Seios como su capitán.      
Esos hombres estaban contagiados por el espíritu del hombre pobre, luchaban con la misma convicción, y rechazaban el miedo a la muerte, por eso fueron invencibles. Tanto que su capitán, finalmente fue ascendido a capitán general una vez que el reino vecino fue vencido. Seios tenía el puesto más alto en toda la milicia y era el hombre más cercano al rey, ya que este le debía su reino a su fuerza de voluntad y su diligencia.   
La boda con Cicurina no tardó en llegar. Y se rumoreaba que fueron muy felices en su vida de casados. Tuvieron cinco hijos, a los cuales él amó con locura. Tenía una familia, ya no estaba solo, y fue en ese momento que conoció por primera vez lo que era el miedo a la muerte, era algo que creyó que nunca llegaría a sentir, pero lo sintió y con fuerza, entonces se dio cuenta que los que no le temían a la muerte eran personas infelices, porque el que se niega a morir, no lo hace porque fuera un cobarde, sino porque no quiere dejar su vida, porque tiene mucho que perder, no quiere dejar de sentir aquella felicidad. Pero por suerte las guerras estaban terminadas, ya no recibían amenazas de otros reinos, ya que la bravura del capitán general era bien conocida dentro y fuera del reino.   
En una reunión de funcionarios del rey, en la cual se trataban temas de la corona, el capitán general fue participe también y nunca creyó que pasaría, pero volvió a levantar su espada después de mucho tiempo, esta vez para defender al rey en persona. Varios nobles levantaron sus espadas contra el rey, querían derrocarlo. La batalla fue sangrienta, el unigénito del rey fue muerto por manos de un traidor, el general no lo pudo salvar, ya que los funcionarios traidores eran mayoría. El general al final pudo controlar la situación e hizo encerrar a los traidores hasta que fuera la hora de su muerte por alta traición.   
El rey yació varios días en cama, había sido gravemente herido en el levantamiento de los traidores y no podía recuperarse. La muerte era inminente, y él lo sabía. El rey hizo llamar al capitán general Seios, el hombre que él consideraba de más confianza, a su alcoba. Allí le informó sus intenciones, sabía que no podía detener su final, y que, con su único hijo muerto, no había heredero legitimo para la corona, y sólo había un hombre en el que confiaba lo suficiente para dejar el reino en sus manos y poder morir tranquilo. El general se resistió, ahora podía vivir en una casa grande y pertenecer a la nobleza, pero nunca pudo olvidar de donde venía, las calles estaban grabadas en sus recuerdos y constantemente le recordaban quien era en realidad. “Que un hombre pobre como yo tenga la corona, será un deshonor para usted y para todo el linaje real que en paz descanse”, “No eres un hombre pobre, eres un hombre fuerte, capaz de salvar a un reino entero, si no te hubiera tenido en el ejército este reino tendría a un mercenario por rey”. A pesar de que el general quiso rechistar, el rey no se lo permitió y en cambio le entregó la corona, de esa manera confiándole el reino entero a sus manos, y le hizo prometer que velaría por el reino con el mismo espíritu indomable con el que lo había hecho en batalla.  

La leyenda del rey pobre nunca fue olvidada en aquel reino, y nadie se atrevió ni una sola vez a cuestionar su lugar, porque su mandato fue regido con su espíritu inamovible, así como se lo prometió a su anterior rey.                                        

miércoles, 3 de enero de 2018

Canción a los lobos


            Una loba madre se despertó en medio de la lluvia. Escuchó un sonido que resaltaba sobre las gotas que caían del cielo, era un llanto como nunca había escuchado antes, era agudo, fuerte y sonaba desesperante. La loba antes de salir, revisó a sus cachorros que dormían pacíficamente, y mientras salía de la cueva fue perseguida por los ojos expectantes del macho alfa, quien la observaba a la distancia, inmóvil pero curioso.
            La loba hizo uso de su oído y de su olfato, y estos sentidos la llevaron hasta una criatura que desconocía. Era un cachorro de piel calva y rosada que lloraba con la boca abierta y la palma de las manos apretada fuertemente. La loba recogió al cachorro de las mantas que lo envolvían, procurando hacerle el menor daño posible. Y de esa manera lo cargó de vuelta a la cueva.
            Toda la manada se despertó al sentir un nuevo aroma invadir la cueva. Inspeccionaron a la criatura con su olfato registrando así el aroma del nuevo miembro de la manada.
            El macho alfa miró al cachorro con desconfianza mientras lo rodeaba acechante, recibió de su pareja un gruñido amenazante que lo obligó a detenerse. Y eso fue suficiente para que el cachorro que había recogido la hembra alfa sea aceptado en la manada.    
            Los meses pasaron y el cachorro crecía más lento que sus otros dos hermanos. Los cachorros de la loba ya podían caminar y correr, sin embargó, el cachorro salvado de la lluvia no hacía más que llorar y beber la leche de su madre adoptiva. Recién estaba aprendiendo a moverse, se sentaba en su lugar con dificultad, y a veces se arrastraba unos centímetros intentando seguir a su madre cuando salía de la cueva, pero sus esfuerzos eran en vano, porque con la fuerza que poseía en ese momento nunca podría seguirla afuera, y ese era motivo para llorar durante varias horas hasta que la loba decidía volver. A la noche la cachorra no pasaba frío, porque era abrigada por el espeso pelaje de sus dos hermanos y de su madre, incluso a veces la pareja de la loba se acercaba a hacerle compañía, generalmente pasaba sólo en las noches más frías.       
            La cachorra creció hasta convertirse en una niña, ya era capaz de moverse por sí misma, y de seguir a fuera de la cueva al resto de la manada cuando salía de caza, ella no podía participar, pero los miraba desde la distancia. Tampoco podía comer la carne cazada muy seguido porque le daba dolor de estomago y vómitos, por eso mientras la manada cazaba, ella se dedicaba comer algunas frutas que encontraba. Solía comer lo mismo que comían las liebres o los pájaros, porque esa era su seguridad que esa fruta no le haría mal, eso lo había aprendido luego de mordisquear una fruta de un horrible sabor, que la dejó varios días sin poder salir de su cueva porque sentía mucho sueño y mucho calor en todo su cuerpo, tanto que por un momento pensó que moriría, pero por suerte pudo recuperarse y volver a salir con su familia.               
            Una tarde, mientras se preguntaba por qué sus hermanos ya eran adultos y ella todavía seguía siendo una niña a pesar de que ya había vivido varios inviernos, salió a recolectar algo para comer, y fue allí cuando se encontró con una hermosísima ave, de muchos colores, y con una voz que la cautivó por completo. En esa tarde descubrió el canto, intentó imitar al ave, y se dio cuenta que no podía hacerlo, no sabía cómo copiar su voz melodiosa y aguda, pero se dio cuenta que ella podía cantar a su manera, sentía su garganta vibrar cada vez que copiaba el estilo de canto, y la ave le respondía en cada intento. Fue divertido, y cuando supo que ya había pasado el tiempo que necesitaba la manada para cazar, volvió en dirección a la cueva, se encontró con la manada en el río que quedaba a unos metros de la cueva, estaban saciando allí su sed luego de correr detrás de una presa.  
            Los lobos al verla llegar se alegraron enormemente, corrieron hasta ella y saltaron felices para recibirla, sus hermanos le lamían las manos, y su madre se acercó hasta ella, la niña le acarició el lomo repetidas veces, mientras su madre le rozaba el hocico cariñosamente contra su hombro.        
            La niña se sentía feliz y amada. Y con una sonrisa en sus labios, toda la manada volvió a la cueva para protegerse del frío de la noche.  
            Desde ese día la niña no dejo de cantar, y descubrió que cada vez que cantara los lobos iban hasta ella, donde fuera que se encontraba, una vez subió por el río hasta que ya no divisó la cueva, y fue allí que comenzó a cantar, y toda la manada no tardó en encontrarla, y cuando la vieron, sus hermanos saltaron sobre ella para demostrarle  su afecto. Ella se carcajeó al sentir las cosquillas de la lengua de los lobos sobre su rostro. Incluso una vez subió a un árbol muy alto y desde allí cantó, esta vez la manada tardó más en encontrarla, pero cuando lo hicieron se pararon sobre el tronco del árbol aullando en su dirección. Era un juego divertido de busca y encuentra, el cual la niña nunca se cansó de jugar.   
            Un día algo gris, que amenazaba con aparecer con una tormenta en cualquier momento, ella se encontraba acariciando el cuello del macho alfa quien recibía las caricias gustosamente. Aquel macho tenía una personalidad algo difícil, al principio no la aceptaba, incluso a veces le gruñía cuando intentaba acercarse a él, pero la niña se terminó ganando su afecto, ahora se dejaba apapachar con frecuencia, e incluso la acompañaba todas las mañanas cuando salía al río a tomar agua para protegerla, eso lo hacía desde esa vez que la había atacado un oso, y había sido el alfa quien la había defendido primero. Desde ese momento su relación había cambiado para mejor.   
            Ese día la niña notó que las cosas andaban medias extrañas, el bosque estaba más silencioso que de costumbre y se sentía como si una presencia que no fuera bienvenida se estuviera infiltrando en territorio que no le pertenecía. Ella se dio cuenta que no era la única que sentía esa extraña presencia, porque la manada se encontraba inquieta.  
            Unas voces que nunca había escuchado antes le llamaron la atención. Tanto que se levantó de donde estaba para seguir esos desconocidos sonidos. Se escabulló por el bosque hasta que encontró la fuente de aquellas voces, eran seres que caminaban erguidos, y al igual que ella tenían la piel calva y rosada. Se asustó cuando esos seres descubrieron su presencia, dijeron algo en su dirección pero ella no entendía lo que decían. Una de esas criaturas la tomó con fuerza por el brazo y fue cuando comenzó a gritar asustada, tenía miedo que la lastimaran, que la mordieran, como había hecho antes el oso con ella. El lobo alfa salió de entre los árboles al momento de escucharla gritar, y no perdió tiempo en saltar sobre la criatura que había asustado a alguien de su manada. Cayó sobre esa bestia y le hundió los dientes en el brazo. La bestia gritó con fuerza y golpeó al lobo con una patada en el vientre, pero a pesar del dolor que pudo sentir se volvió a levantar, y esta vez le mordió los pies. El gruñido del lobo fue apagado con un fogonazo de un tubo metálico, y un pequeño agujero se abrió en el costado del alfa, dos fogonazos mas cayeron sobre el alfa malherido, y al cuarto el animal dejó de moverse. La niña comenzó a llorar, ella no entendía lo que había pasado, pero sabía bien lo que era la muerte, la había visto miles de veces, en las cacerías, en las peleas de territorios, por eso podía saber que el alfa estaba muerto, y ese conocimiento causó tanto dolor en ella que no podía detener las lagrimas.    
            Esas bestias asesinas volvieron a tomar a la niña a pesar que ella se resistía, gritaba y lloraba, pero ella no tenía fuerza que medir contra ellos, ella seguía siendo todavía un cachorro.  
            La llevaron a un nuevo lugar, y la introdujeron en nueva manada, al principio no hacía mas que llorar, e intentar escaparse de nuevo con su verdadera familia, pero esas bestias le impedían irse. La vistieron, la bañaron, la alimentaron, le enseñaron a hablar y un montón de cosas, como a contar, el nombre de los colores y los días de la semana. Al principio se resistía, pero con el pasar de dos años lentamente comprendió lo que sucedía. Ella no era un lobo, ella pertenecía a ese lugar, con seres de su misma especie, tenía una nueva familia y nunca volvió a pasar frío, pero sin embargo todavía extrañaba a la manada.      
            Una noche luminosa, donde la luna se hallaba entera y radiante en el firmamento, escuchó a lo lejos unos aullidos conocidos. No esperó más, escapó por la ventana, y corrió alejándose de su casa, la cual quedaba a un quilómetro del bosque donde había sido rescatada. Y allí miró al cielo estrellado, y ampliando su pecho de aire, cantó como antes acostumbraba a hacerlo. Sintió su garganta vibrar nuevamente, cantó tan fuerte que le dolieron los oídos y su voz se podía escuchar a la distancia. Sus ojos se aguaron en pesadas lágrimas. El canto los llamó, y como siempre ellos acudieron a encontrarla. La manada salió de entre los árboles y corrieron hasta ella. Allí estaban todos los de la manada, incluso sus hermanos y su madre, solo faltaba el alfa. La rodearon felices, corrieron,  saltaron, le lamieron las manos y el rostro, mientras ella los abrazaba y les acariciaba las cabezas. Estuvo así más de una hora, hasta que escuchó su nuevo nombre ser llamado. Ella giró la cabeza y se encontró con su familia humana que la estaba esperando a la distancia. La niña se volvió a despedir de su manada con decenas de caricias, y luego corrió hasta los padres que la esperaban, ambos la tomaron de cada mano y volvieron caminando a su casa.  

            Todos los años en la misma temporada, la manada volvía al bosque, y por las noches respondían al canto de la niña, salían a su encuentro y se veían por un par de horas, cuando llegaba el momento de marcharse, la niña sabía que no volvería a cantar hasta el próximo año.                   

lunes, 4 de diciembre de 2017

Era una casa


                Era una casa de luz. Sonaba una fiesta alegre, y la sala era más pequeña que las personas que podía contener, pero igual rebosaba de visitantes. La calefacción calentaba los corazones, y las luces y lámparas iluminaban la alegría del hogar.
                Ella estaba sentada en la cabeza de la mesa, con una sonrisa radiante y los ojos vivos. Todos la rodeaban de risas y afectos. Una música de risas y voces alegres llenaban la casa. Los niños correteaban, las mujeres regalaban sonrisas de cordialidad, mientras que los hombres se congregaban a su alrededor con actitud jovial.
                Yo estaba en la esquiva, con las niñas de mi misma edad, miraba todo desde la distancia, feliz también, porque el ambiente alegre era contagioso.      
                Pero luego llegó él, cuando sus pies pasaron el umbral todos se callaron, la música alegre se detuvo, y un silencio frío le siguió. Todas las miradas ya no estaban puestas en ella, sino ahora estaban puestas en él, pero los ojos no transmitían el mismo sentimiento. A ella la miraban con cariño, a él con despreció.
                Cuando él se sentó en la cabeza opuesta de la mesa, la calefacción se descompuso de inmediato. Ya no era un hogar cálido. Su mirada de frío apagaba la sonrisa de los visitantes, sólo había una persona que todavía sonreía, y era ella.    
                La primera persona en abandonar la casa fue un niño, luego de que la primera luz estallara, dejando ese rincón en oscuridad. A medida que las lámparas se apagaban, o estallaban en una lluvia de cristales, más personas salían por la puerta. Hasta que llegó un momento que éramos pocos en esa casa, tantos faltábamos, que ya se hacía sentir la ausencia de la calefacción, porque no había suficientes cuerpos para calentarse entre sí, aunque fuera un espacio reducido.   
                Cuando la última luz se acalló, y toda la casa quedó a completa oscuridad, solo quedaba un visitante, y esa era yo. Me acerqué a la mesa, y la miré a ella. Su cuerpo se había tintado en rosetas moradas, y su rostro joven aun, lucía una piel plegada y vieja. Lo único que no había cambiado en ella era esa sonrisa, que seguía en el mismo lugar, parecía dar batalla, oponiéndose a caer. Entonces supe que ella era fuerte. Mis ojos miraron al otro extremo, él seguía igual, con unos ojos fríos, y una sonrisa oscura. Sólo mirarlo generaba la necesidad en mí de alejarme. Pero antes de salir tomé la mano de ella.
                — Vámonos juntas— le dije.
                Ella primero lo miró a él, y eso fue suficiente para soltar mi mano. Resignada, salí de aquella casa sola.  
                Al siguiente día pasé por aquella casa, pero no entré, solo miré por la ventana.
                Muchos visitantes miraban desde afuera, al igual que yo, otros visitantes, después de traspasar la puerta de la casa, se alejaron por la calle, se olvidaron de la casa y nunca más pegaron la vuelta.  
                Miré por la ventana, y lo que vi era distinto a lo que conocía.   
                Era una casa de sombras. Desde el exterior sentí el frío que emanaba desde dentro, desde su corazón. Estaba en completa oscuridad, y sólo era habitada por dos personas. Ella sentada en un extremo de la mesa, y él en el otro. En completa sombras, frío y soledad.   
                Al tercer día me decidí a volver por ella, me negaba a dejarla un solo día más en aquella fría oscuridad, pero cuando entré por segunda vez a aquella casa, las cosas ya no eran como antes. Él estaba sentado en su extremo de la mesa, y donde se suponía que debía estar ella, solo había una laguna escarlata.     

                

domingo, 3 de diciembre de 2017

Nuevo proyecto en wattpad

FLASHBACK
de Cynthia Soriano


SINOPSIS
¿Cómo fue para ti la primera vez que nos conocimos?, ¿Qué sentiste en ese segundo que intercambiamos nuestras miradas?, y ¿La primera vez que tomaste mi mano?
            ¿Cuándo fue que caí rendida a tus pies?
            Estoy enrollada en un grave dilema, estoy enamorada de mi mejor amigo, pero él parece no notarlo, mi cabeza da vueltas como loca, ¿Qué debo hacer?, ¿Continuar con mi vida?, o ¿Hacer que se entere de mi amor?  
            Todo comienza a los seis años, cuando lo conocí, y desde entonces nunca nos separamos, somos los mejores amigos, pero ¿Él también querrá traspasar la barrera de la frienzone tanto como yo?    


miércoles, 25 de octubre de 2017

Cotard


                Ya estoy muerto. Mi cuerpo murió, pero mi alma se resiste a abandonarlo. Puedo sentir los gusanos caminando por debajo de mi piel, y el olor nefasto que desprende mi carne, nauseabundo. No siento nada, ni dolor, ni al fuego quemante ni al frío desgarrador. Los nervios y las sensaciones murieron con el resto de mi cuerpo. No sé cuánto tiempo permaneceré despierto, cuando será el tiempo que mi espíritu decida vaciar aquel templo de carne putrefacta.  
                — ¿Cómo te fue esta semana, Cotard? — esa era la voz del doctor Monza, era un hombre algo avejentado, pero que conservaba una expresión juvenil en el rostro. Lo había conocido gracias a Rosenda, quien me había recomendado encontrarme con él. Me había convencido que era bueno que un doctor viera mi caso, tal vez gracias a las ciencias médicas podría encontrar una solución para mi extraño y singular caso, y por fin descansar en paz, que era lo que más deseaba, porque ahora mismo me sentía como un alma en pena, sin poder vivir ni morir.              
                — La comida no tiene ningún sabor, y me es imposible digerirla, la devuelvo  continuamente.
                Monza me escuchaba atentamente mientras no perdía tiempo en apuntar todos los datos de importancia, es importante recabar todos los síntomas, toda la información es significativa para poder llegar a una solución, eso era lo que me repetía el doctor todas las veces que nos veíamos. El doctor no perdía las esperanzas de curarme, de devolverle la vida a mi cuerpo, pero debo confesar que mis esperanzas no estaban tan vivas como las de él, resignarme parecía ser la solución más próxima a mis problemas, ya que dudaba que la medicina trajera de vuelta a la vida a este cuerpo maldito, ¿Tal vez tendría que incursionar en el ocultismo?, tal vez lo que me estaba sucediendo no tenía una explicación científica, pero sí una sobrenatural.
                — ¡Cotard!...  — su llamado me volvió a la realidad, me había perdido en mis pensamientos, era algo que últimamente no podía controlar, era como si no pudiera concentrarme en lo que sucedía a mi alrededor, ¿Acaso mi cerebro también estaba colapsando?
                — ¿Decía doctor?
                — Procederemos con la revisión de rutina.       
                Asentí en afirmación, ya sabía lo que venía a continuación, siempre era lo mismo, comprobaríamos que todavía seguía muerto, y que mi situación, como todas las veces anteriores, había empeorado. Siguiendo las órdenes del doctor me saqué la camisa, dejando mi torso desnudo. El doctor Monza apoyó el estetoscopio en mi pecho, escuchó unos segundos y luego hizo lo mismo en mi espalda. A pesar que sabía que tenía que sentir el frío del aparato y, al tocar mi piel, pegar un saltito de la impresión, como hacía cuando todavía permanecía con vida, ahora mismo no podía hacerlo, el férreo metal al tocarme no generaba ninguna respuesta en mí, y de cierta forma eso me deprimía. Luego de que el doctor terminara de intentar escuchar mi pulso anotó donde antes, nuevos datos recogidos. No tuve que preguntarle que había anotado porque ya lo sabía, coloqué la palma de mi mano sobre mi lado izquierdo del pecho, y como sospechaba, me quedé varios segundos esperando, pero nunca percibí ningún ritmo debajo de mi piel, aquella melodía de percusiones, canción de vida, estaba acallada, ya no sonaba. Retiré mi mano de mi pecho lentamente, sintiendo aquel sentimiento triste que habitaba en mí. Quería vivir o morir, ya no quería permanecer en este estado intermedio, quería guardar esperanzas de encontrar una solución pero cada día que nacía era como una pequeña gota de esperanza derramada, el vaso se estaba vaciando, y cuando la última gota sea desparramada tenía miedo de lo que sucedería conmigo, ¿Acaso permanecería en este estado para siempre?      
                Volví a colocarme la camisa, y al hacerlo me olí el antebrazo, se había vuelto una costumbre últimamente, era una manera de recordarme a mí mismo lo que era. Y allí estaba, ese hedor nauseabundo, a muerto putrefacto que expedía de los poros de mi piel pálida, sin color ni sangre. Exhalé el aire, en un suspiro resentido. Seguía respirando por costumbre, aunque ya no necesitara hacerlo.  
                Una percusión se escuchó sobre la madera de la puerta, Monza atendió a quien llamaba, y para mi sorpresa era Rosenda.
— ¿Ya terminaron? — preguntó ingresando al consultorio con familiaridad.
— Casi, solo me falta extraer sangre y hacerle unas últimas preguntas.
— Doctor, ¿Usted cree que pueda curarse?
— En esta vida todo tiene una explicación, un porqué, solo hace falta responder esa pregunta y las soluciones vendrán a continuación.  
La mujer sonrió encantada, y pude apreciar como la confianza resaltaba en sus ojos.
A continuación extendí mi brazo y vi como Monza hundía una aguja en mi piel, aparté la vista, más por costumbre que por miedo. Cuando retiró la jeringa giré mis ojos buscando la muestra de sangre entre las manos del doctor. La jeringa que sostenía estaba vacía, por supuesto, ¿Qué sangre espera sacarle a un muerto viviente?   
Luego siguió un breve dialogo de intercambio de preguntas y respuestas:
— ¿Has tomado las pastillas que te receté? — me preguntó.
— Sí.
— ¿Has notado algún cambio? 
— No, sigo teniendo ese olor a podrido, y cada vez es más fuerte. Ya no siento dolor ni ninguna otra sensación, no tengo sangre ni nervios. Doctor, sigo muerto.
— Ya veo — dijo solamente en respuesta, luego estuvo enfrascado varios minutos escribiendo en lo que parecía ser una receta de medicamentos. Cuando ya parecía terminada se la entregó a Rosenda — Que tome estos medicamentos, dos veces al día. El martes puedes venir a retirar los resultados de sangre y el miércoles tiene turno para una tomografía computada del cerebro.
— Y ¿Eso de que servirá doctor? — preguntó Rosenda.
— Es para comprobar si mi cerebro está muriendo, ¿Verdad? — le respondí seguro, ¿Por qué más podría ser?  
— Sí — me respondió y luego de permanecer un breve momento, casi imperceptible, en silencio, continuó respondiendo a la pregunta anterior — Sí, además buscamos la causa de su síndrome, puede tratarse de alguna contusión cerebral, lo que este causando los síntomas.
— ¿Incluso puede ser algún tumor? — preguntó Rosenda algo preocupada.
El doctor no le respondió de inmediato. No entendía bien lo que estaban hablando — Por eso mismo les di el turno para esta semana, quiero descartar esa posibilidad cuanto antes — respondió en cambio. 
¿Un tumor?, pensé, no me atreví a preguntarlo en voz alta, solo fui capaz de lograr un gesto confundido, el cual el doctor ignoró descaradamente. Además ¿Por qué tendría análisis de sangre de una sangre que nunca pudo extraer?, mis ojos curiosos buscaron en su escritorio el lugar donde había dejado la jeringa usada, la cual sacó vacía luego de insertarse en mi piel, la volví a ver, estaba vacía tal y como esperaba, pero por un momento una imagen de la misma jeringa rellena de sangre oscura se interpuso durante una milésima de segundo, fue una imagen que si no hubiera estado concentrado seguro no hubiera percibido.      


miércoles, 4 de octubre de 2017

El Faro



           
                El automóvil se detuvo frente a una pendiente de arena. Los zapatos de cuero, lustrados hasta el brillo, chocaron con las piedras del camino, las cuales rodaron como asustadizas al impacto del cuero azabache. El investigador se sostuvo con una mano el sombrero para que no escapara con el viento, le dio una ojeada al comisario que bajaba del auto su maleta. El comisario caminó hasta igualarlo, y en silencio ambos subieron hasta la cima, donde encontraron un enorme monolito de colores blancos y rojos intercalados. Era un faro muerto, sin luz, porque no había farero que tuviera el menester de prender el farol guía.        
                El investigador y el comisario ingresaron al faro sin ninguna dificultad presentada, ya que la puerta estaba abierta, como si alguien hubiera entrado, saqueado y vuelto a salir, olvidando cerrar la puerta a su paso. Una sensación fría recorrió el cuerpo del detective al adentrarse en la primera sala, no supo porque, ni identificar que era. Dio una mirada por todo el faro, y la situación era tal cual como le habían informado, el farolero había desaparecido, había dejado todas sus pertenencias y se había esfumado como si nunca hubiera existido. Estaba su ropa, sus libros, sus discos, incluso un café, ya frío y sin terminar, sobre la mesa.    
                El detective se acercó al librero por algo que le llamó la atención. Los libros estaban cubiertos por una pequeña película de polvo. Recorrió las líneas, repasando libro por libro, hasta llegar a uno que interrumpía la capa polvorienta. El lomo de un libro celeste tenía marcado dedos sobre su perfil, removiendo manchas de polvos de su superficie, dando a entender que ese libro había sido retirado del estante recientemente. Se dejó llevar por su curiosidad, aquella propia de su oficio, y con el dedo anular empujó el libro fuera del estante. Ya en sus manos ojeó el título: “El Hombre Invisible” de H. G. Wells. Cuando abrió el libro, una nota se escapó de su interior, y al momento de tocar el suelo, lo levantó de un movimiento veloz, lo leyó en un segundo y lo guardó en su bolsillo cuando sintió los pasos del comisario acercándose a su espalda.          
                — ¿Encontró alguna pista?
                — No, no encontré nada — dijo volviendo a poner “El Hombre Invisible” de vuelta en su lugar.  
— Muy bien — dijo el comisario — Si no hay nada aquí, lo mejor será que volvamos a la comisaria para seguir investigando.
— Yo me quedaré.  
El comisario miró al investigador fijamente, como si intentara descifrar un secreto en él.
— Como quieras — le restó importancia a su decisión. El policía caminó hacia la salida, y antes de irse volvió a hablar — ¿Cuántos días necesitas?, ¿Dos, tres?
Lo pensó y luego respondió — Tres.
— Bueno entonces en tres días vendré a buscarte.
El comisario se fue sin decir nada más, ya que entendía la decisión del detective, quería quedarse en el faro porque creía que de esa forma resolvería el caso. Y ¿Porqué tres días?, la respuesta era simple, el farolero era nuevo, remplazaba a un anciano que había vivido allí toda su vida. Solo vivió tres días en ese faro y luego desapareció sin dejar rastro alguno, o eso era lo que pensaba el comisario.  
Cuando el detective ya estuvo solo en el faro, volvió a sacar la nota del interior del bolsillo, se sentía algo culpable por ocultar esa información del comisario, era como si estuviera entorpeciendo la investigación, pero tenía una corazonada, un sentimiento extraño y algo frío que le decía que debía mantener ese hallazgo en secreto.   
“Es mi primer noche en el faro y no puedo dormir. Hay algo afuera merodeando, no se deja ver pero puedo sentir su presencia fría vigilándome” eso era lo único que decía la nota, más una firma que correspondía al hombre desaparecido. En lo primero que el detective pensó era que alguien andaba acosando al farolero. Como si lo vigilara tramando un plan antes de ir por él. O esa impresión le dio la nota. ¿Qué había sucedió con el farolero?, esa persona que lo molestaba lo habría secuestrado, esa era la opción más lógica, o en un caso extremo pudo haberlo matado y escondido su cuerpo, o tirado su cadáver al mar.           
Se preparó para pasar la noche, cenó unas frutas que había en la cocina, no se preocupó por pasar hambre, ya que la despensa estaba repleta de conservas y comida embasada. Eso era un dato importante, el presunto asesino o secuestrador no tenía ningún interés en algo material, todas las pertenencias de valor todavía estaban en la casa, dinero, joyas, incluso la caja fuerte permanecía impoluta, entonces ¿Qué era lo que buscaba?  
El día se ocultó dando lugar a la noche, la cual inundó con sus brazos oscuros todo el cielo y el mar.  Se encontraba reposando en el sillón, mirando hacia la noche por la ventana, estaba completamente solo, por un lado tenía el mar y por el otro arena. El pueblo más cercano se encontraba a quince quilómetros. Y al volver a mirar hacia el mar fue cuando comprendió lo que verdaderamente era la soledad, se imaginó al farolero viviendo en esta quietud, siguiendo una rutina, no escuchar signo de vida mas que de su propia respiración. Por un momento se sintió melancólico, pero luego se recordó que él no era un farolero, y que terminado el caso volvería a su ruidosa vida en la ciudad. Un movimiento fuera de la ventana lo alertó obligándolo a romper con el hilo de pensamientos que estaba dilucidando hasta el momento. Se levantó de donde estaba sentado y se acercó a la ventana, no veía nada, paseó los ojos por el mar, todo estaba calmo e inmóvil. Caminó a la siguiente ventana, la cual daba a un pequeño bosque de árboles desojados. Todo estaba igual de tranquilo, cuando su corazón se apaciguó al comprobar que no había nada, el movimiento volvió a sentirse, pero esta vez acompañado de un frío helado que le recorrió toda la espalda. Tembló su cuerpo a causa de un escalofrió y sus ojos vieron como las largas ramas de los árboles se movían furiosas a contraviento como si fueran violentamente empujadas, por una entidad que no estaba allí. Entonces se le vino a la mente el título de la obra donde había encontrado la nota: “El Hombre Invisible”, y parecía que a eso mismo se estaba enfrentando.
Giró su cuerpo siguiendo los movimientos de las ramas, los cuales se dirigían hacia la puerta, sintió como la respiración se atoraba en su boca cuando algo rasguñaba la madera de la puerta del otro lado, incluso giró el picaporte una vez, pero sin lograr abrir la puerta. Aquella cosa sin cuerpo se volvió a mover, se escuchaba el crujir de las hojas y de las ramas al romperse a su paso, como la tierra se levantaba y las rocas golpeaban la pared. El detective estuvo toda la noche en vela, no pudo cerrar ni un ojo, aquella presencia transparente se paseó alrededor del faro durante toda la noche, molestando de manera aterradora, y sólo se detuvo con la llegada del sol.              
El investigador estaba sentado en el sillón, con el cuerpo tenso, sin poder dejar de temblar. Sostenía un  arma en la mano, pero en ese momento se preguntó si realmente una bala tendría alguna efectividad contra un cuerpo sin masa. Intentaba convencerse a sí mismo que la noche había ocultado el cuerpo del intruso, que no había sido más que un juego de percepción, a pesar de su buena vista. Intentaba encontrar la lógica a todo esto, era imposible que se tratara de un hombre invisible, como lo decía el título de la novela donde había encontrado la nota. Estaban jugando con su mente, estaba seguro. Luchando con estos pensamientos todo el día, devino la noche nuevamente, más oscura que la anterior, más fría.   
Esperó sentado en el mismo lugar, pero pasaban los minutos, que se convertían en horas, y todavía el intruso no aparecía. Se levantó de su asiento y buscó por la sala nuevas pistas, tal vez faltaba algo por descubrir, por eso mismo la entidad no volvía a aparecer. Era una teoría totalmente ilógica, pero después de lo sucedido el día anterior, hasta lo más descabellado perdía cualquier carácter increíble, volviéndolo un díscolo de la realidad y todo lo racional.  Miró las paredes y sus decorados: una maseta con un helecho cerca a morir, algunos cuadros, uno en especial y bastante hermoso se hallaba sobre una enoteca de madera de roble. Siguió con su búsqueda hasta posar los ojos en un gramófono, con un disco vinilo todavía en el plato giratorio. ¿Qué es lo último que escuchó el farolero antes de morir?, esa duda invadió su mente de inmediato, lo que lo llevó a accionar aquel aparatejo. Movió el brazo con la púa y escuchó la melodía reconociéndola al instante: “La Sinfonía n.º 2” de Ludwig van Beethoven. Movió su cabeza levemente saboreando la concordancia perfecta entre los instrumentos. Manteniendo el nombre en la mente se acercó a la pila de discos que descansaban al lado del tocadiscos. Pasó uno por uno hasta llegar a la carpeta del vinilo que ahora mismo estaba sonando de fondo. Rebuscó en el interior, y no estaba vacío como suponía, sino que encontró una segunda nota.           
“La música lo mantiene alejado, pero a su término, con la venida del silencio, el hombre invisible vuelve más fuerte, con frío convertido en azufre”, miró la nota y sus dedos temblaron ligeramente, ¿Qué se volvería más fuerte?, y ¿Qué quería decir con azufre?, cuando volvió a la realidad, se dio cuenta que la música se había detenido y fue en ese momento que su corazón palpitó con violencia. Podía sentir como una capa de sudor se formaba sobre su piel y sus falanges temblaban sin detenerse. De repente sintió esa sensación helante que había sentido la noche anterior, pero esta vez era más fuerte, parecido a un frío invernal infiltrándose por sus huesos. Miró por la ventana al escuchar ruido por fuera, los árboles se movían con violencia, y sus ojos no encontraban el mar por ningún lado, era como si se hubiera evaporado por completo. Al frío se le unió un hedor caliente, a fuego, a azufre infernal.
Su mirada encontró aquel intruso, pero esta vez no venía solo, podía ver que por donde pasara aquel fantasma sin cuerpo, a su paso dejaba una estela de fuego, incendiando los árboles y cambiando la arena por lava encendida, roja calcina. Fuera por la ventana que mirara, solo veía fuego mezclarse con humo naciente, el cual empezó a crecer y a infiltrarse en el faro, por las ventanas, las rendijas y el espacio del umbral de la puerta. La vista le quemaba, ya que la habitación entera se había oscurecido a causa del humo, remplazando el oxigeno por aquel nubarrón de cenizas. Era como respirar fragmentos de fuego y chispas, lo sentía ingresar por sus fosas y quemarle el interior del rostro, la garganta y los pulmones, hasta que un momento respirar se volvió imposible. De a poco su conciencia se fue apagando, hasta quedar totalmente dormido.   
Cuando despertó podía respirar y ver con libre perfección. Corrió a las ventanas y no vio ningún vestigio de haber sido atacado por un incendio, los árboles estaban intactos, al igual que el océano seguía ahí. ¿Había sido todo un sueño?, no podía dejar de temblar, nunca había vivido algo parecido. Descartaba la música de inmediato, si volvía a escuchar algo corría el peligro de que esa cosa volviera aún más fuerte que la última vez, y quería evitar eso.  
El detective pasó el resto del día con una batalla mental mientras intentaba controlar su cuerpo de sufrir un colapso nervioso. Esta noche había sido mucho más espeluznante que la anterior. Apenas pudo comer unas galletas insípidas, le era imposible tragar cualquier cosa más pesada, ya que sentía que los nervios de su estómago no lo resistirían.         
La tercera noche se hizo presente, primero lo invadió un silencio irreal, era como si no existiera y se encontrara en medio de un vacio desprovisto de toda inercia. En las primeras horas no pasó nada, mas que la presencia de aquel sentimiento frío y de vacío que lo acompañaba. Caminó por la habitación sintiendo como si sus pies anduvieran por el aire, mientras sostenía en su mano una copa de vino tinto. Intentó distraer su mente para no sentirse más aterrorizado, buscó algo con que entretenerse y fue, en esa búsqueda, que se percató de algo que antes no le había dado importancia. Aquel cuadro que había contemplado antes, que bien conocía de aquel famoso pintor renacentista. Su original era un mural y ahora podía ver una copia más pequeña delante de sus ojos, y era hermosa. Reconocía a las trece personalidades retratadas alrededor de una mesa. Obra famosísima, considerada por muchos, la mejor del mundo. En esa contemplación se dio cuenta que el recuadro de polvo sobre la pared no coincidía con el marco de la pintura, esa era una señal que el cuadro había sido removido en los últimos días, así que con cuidado descolgó el cuadro, mientras hacía equilibrio con la copa de vino en su otra mano. Lo giró para sorprenderse al ver una tercera nota enganchada en el dorso de la pintura, la tomó con cuidado y volvió el cuadro a su lugar. Desdobló la hoja de papel con extrema lentitud, como si de esa manera pudiera posponer su lectura, pero no pudo retrasarlo más que unos segundos, ya que de igual manera tuvo que leerlo.       
“Es la última noche, estoy seguro. El hombre invisible volvió, y esta vez viene por mí. No importa lo que haga, no hay escapatoria, no hay salvación”, leyó en silencio, mientras podía sentir como el terror y el pánico se apoderaba de su persona. Ante la sensación de angustia la copa de vino se resbaló de sus dedos, manchando la moqueta de madera con su jugo tinto. Corrió sin detenerse, con la respiración acortada, en dirección a la puerta, pero no llegó a acercarse a ella, porque esta misma se abrió por sí sola en un fuerte movimiento de violencia, descargando sobre la sala una tormenta de frío lúgubre y fuego azufrero. Una presencia invisible, pero no por eso sin fuerza se sintió en toda la sala, y atacó su cuerpo con un impulso de violencia. Todo en el dolía, seguir viviendo era insoportable, su cuerpo por momentos se convulsionaba a causa del terror, seguido por millares de espasmos dolorosos e incontrolables que aquejaban todo lo que era en él. Entonces sintió como el azufre y el hielo lo destruían desde dentro hacía fuera.                    
Al día siguiente el comisario viajó en su automóvil tarareando una canción algo infantil durante todo el viaje. Estacionó frente al faro y bajó del carro paralizándose un segundo al sentir un frío parecido a la muerte, pero no le dio importancia, ya que creyó que podría ser alguna corriente proveniente del mar cercano. Caminó subiendo la montaña de arena y esquivando los árboles que se interponían en su camino hasta llegar al faro. El comisario se extrañó al encontrar la puerta abierta de par en par, pero no reparó mucho en eso, sino que decidió entrar sin detenerse mucho tiempo, ya que ansiaba volver a la ciudad.  
— ¡Detective!, vine a buscarlo, ¡Ya es el tercer día!, vine a buscarlo como prometí.
El comisario al no recibir respuesta alguna volvió a insistir — ¿Detective? — pero no obtuvo más que silencio. Revisó en todas las habitaciones, incluso caminó por la playa, pero no lo encontró por ningún lado. Sólo estaba el sombrero del detective sobre una silla, su saco colgado en el perchero junto a la habitación y una copa de vino tinto desparramada sobre el piso, debajo de una pintura. Se giró y buscó con sus ojos varias veces, pero el detective no estaba por ningún lado, había desaparecido.