sábado, 11 de septiembre de 2021

La Caja del Mimo



 

El señor Pericles pensó que ese iba a ser un día como cualquier otro, pero se equivocó. Pues, en su lugar, cualquiera pensaría que ese sábado sería como cualquier otro sábado de su vida. Como siempre, se levantó a las seis de la mañana y todo marchaba normal.  

Por supuesto, la indumentaria y el maquillaje llevaba de un gran preparativo, así que pasó sus habituales dos horas frente al espejo, pintando su rostro de blanco y negro. Dibujando una sonrisa falsa, pero alegre. Y su traje, que parecía de un preso con frac, lo esperaba planchado e impecable sobre el placar.    

Antes de marcharse, como ya era rutina diaria, se dio una última ojeada al espejo. Estiró los tirantes y se sonrió a sí mismos cuando al soltarlos, estos latiguearon contra su pecho.

Tomó su maleta de trabajo, que por supuesto estaba vacía. Y con ella, y todo embadurnado en maquillaje y apretado en su traje a rayas, abandonó aquella vieja y familiar habitación de hospedería.

Hizo el mismo recorrido de siempre. Anduvo por las mismas tres calles que bien conocía, con los pasos más cerca de la pared que del cordón. Dobló a la izquierda cuando se encontró con la avenida principal, y desde allí tuvo que caminar otras tres cuadras más. Estaba seguro que si cerraba los ojos, podría llegar a su destino sin perderse. Su cuerpo estaba acostumbrado a recorrer siempre el mismo trayecto.  Ni una cuadra más, ni una calle menos.

Por fin llegó a aquella plaza. Era la ideal para un mimo como era el señor Pericles. Ya que frecuentaban muchos niños que eran atraídos por las hamacas y los toboganes.

— ¡El señor Pericles está aquí! — dijo uno de ellos. Y como siempre, los niños comenzaron a congregarse a su alrededor, acompañados de algunos hermanos mayores y de madres protectoras, que se negaban a dejar a sus pequeños jugando solos en el parque, sin la supervisión de un mayor.

El señor Pericles hizo una reverencia. Esa era su costumbre antes de comenzar el show. Su público, que no era poco, pero tampoco mucho, lo recibió con aplausos.

Y comenzó el acto. Hizo lo que estaba acostumbrado a hacer y en el mismo orden. Levantó un yunque enorme, le costó, obvio, algunos niños se rieron cuando sus rodillas temblaron a causa del enorme peso que estaban soportando. Pero… las risas no eran tantas como siempre. Tocó un piano, y se cayó graciosamente de la butaca cada vez que llegaba a la última nota. Al parecer el acto ya no les parecía tan gracioso como siempre.   

Las risas de antes, esta vez fueron reemplazadas por toses, bostezos e incluso algunas quejas.

— Mamá, el señor Pericles es aburrido. Hace siempre el mismo acto.

— Oh, cariño, tienes razón. Lleva haciendo el mismo acto desde que yo era pequeña.

El mimo se sintió desfallecer cuando los murmullos llegaron hasta él. ¡El público no se estaba divirtiendo!, corría peligro que se levantaran y abandonaran al viejo Pericles ahí solo, en medio de la plaza, con sus imitaciones para él solo.      

Al parecer, los niños ya no eran tan fáciles de contentar como antes.  

Bien, si este público difícil quería algo nuevo, el señor Pericles se los daría. Se saldría de su rutinario show que llevaba siendo un éxito durante los últimos años, todo eso haría para no ser olvidado, para seguir despertando risas infantiles. Haría un cambio.  

Uno de los niños, se había levantado de su lugar, con obvias intensiones de abandonar el acto del mimo, pero se detuvo cuando se percató que algo cambió en la rutina del mimo.  

— ¿Eh?, ¿el señor Pericles nos trae un nuevo show? — dijo, y volvió a sentarse, dándole esta vez toda su atención al que vestía a rayas.  

Pericles, se sobó los guantes, pensando en un acto improvisado. Tenía que sacar algo de la galera de inmediato.   

— ¿Qué está trayendo el viejo Pericles? — preguntó un niño interesado, cuando el mimo comenzó a jalar de una cuerda trasparente, la cual lucía sumamente pesada.

— Qué buen actor — dijo una de las madres —. Incluso pareciera que hiciera fuerza de verdad, y todo.

Pericles escuchó aquellas palabras. Se limpió una gota de sudor que se escurrió por su maquillaje. Sí, lucía real, porque extrañamente, después de treinta años de actuar como mimo, realmente sentía que estaba arrastrando una enorme caja con una soja. ¿Qué diablos?, se preguntó Pericles. No entendía nada. Pero siguió con el acto.  

Fue un gran esfuerzo real, pero logró traer aquella caja invisible.

Pericles, con algo de temor, tanteó en el lugar con las manos. ¡Parecía una locura! ¡Lo sabía! ¡Pero él sintió que estaba empujando una caja real y pesada! Pero por suerte, todo había estado en su imaginación. Sus palmas sólo tocaron aire, así, que, con el pulso del corazón más tranquilo, pudo continuar con su nuevo acto.

Hizo que abría una puerta invisible y que la traspasaba. Después de cerrarla, hizo un chiste que despertó carcajadas en todos los espectadores. Dio un par de saltos dentro de la supuesta caja e hizo como si se golpeara la cabeza con el techo invisible. Los niños no podían parar de reír mientas Pericles se sobaba la cabeza y fingía llorar de dolor.

A continuación, colocó la palma de su mano sobre la supuesta pared invisible. La idea era mostrarles a los niños el tamaño de la caja. Pero… tuvo que volver la mano en un reflejo veloz cuando sintió algo.

No, no, no…

Debía ser su imaginación.

Los espectadores se sorprendieron, siendo contagiados por la expresión del viejo Pericles.   

— ¿Mamá qué le sucede al mimo?

— Es todo parte del show, hijo.

Sí, sí, eso pensaban los espectadores. Pero… ¡Pericles había sentido algo! Tenía guantes gruesos, pero incluso, a través de ellos había podido sentirlo. ¡Había una maldita pared real!

No, no…

¡Debo estar volviéndome loco!, es imposible que haya una pared real, pensó.  

Pericles estiró su mano una segunda vez. Necesitaba asegurarse que todo había sido parte de su imaginación.

Pudo soltar un suspiro de alivio, cuando su palma no encontró más que aire y la mismísima nada.

Sí, debía ser su imaginación. Talvez no estaba lo suficientemente descansado.

Intentó no darle mucha importancia a lo sucedido y siguió con su show.

Abrió la puerta de la caja una vez más y salió de ella.

Esa había sido una caja grande, ahora se metería en una caja pequeña. Si la grande había venido de la izquierda, de la derecha traería la pequeña.

Tomó otra cuerda imaginaría y comenzó a tirar de esta.  

Otra vez…, lo sintió. Pero esta vez la caja no era tan pesada, no, se sentía como si trajera una más pequeña, una mucho más pequeña, como del tamaño de una caja de zapatos.

Se preguntó si lo mejor sería dejar el acto allí y volver a su casa. Talvez, mañana sería un mejor día, pero no, el viejo Pericles era un hombre perfeccionista y ¡nunca había abandonado un acto!, ni siquiera en días de lluvia. ¡Y hoy no sería la primera vez que faltaría a su antaña tradición de actos!

Cuando tuvo la supuesta caja ante sus pies, hizo como si la pisara y saltara sobre ella. Luego de un par de saltos, dio un paso a la derecha, pero se tropezó cuando sus pies dieron con algo.     

Los niños estallaron en risas cuando el viejo Pericles cayó al suelo. Ellos pensaron que fue parte del acto, pero no. ¡Sus pies realmente habían chocado con algo! Se giró, buscando aquello que lo había hecho caer, pero sus ojos no encontraron nada. El escenario estaba vacío.

¿Acaso había tropezado con la caja invisibl…? No, eso era una locura.  

¡Definitivamente se estaba volviendo loco!

Se levantó del suelo, con el corazón hecho un desastre. Aquellos incidentes lo estaban asustando. ¡Pero incluso así Pericles continuó con el show!, sí, Pericles era de esos hombres que no saben cuando detenerse.

El acto final consistía en entrar en una caja pequeña, en una que medía la mitad que él.

Primero empezó colando un pie dentro de la caja. Su idea era meter un brazo a continuación, pero falló cuando entendió que algo extraño estaba sucediendo con su pie. Pues, lo sentía pesado, como si hubiera quedado atascado en una pequeña caja. Intentó sacarlo de la caja trasparente, sus manos, contra todo pronóstico y lógica, sintieron aquella caja, pequeña como una de zapatos, que rodeaba a su pierna. Tiró de ella, pero no había manera de zafarse. La caja tenía a su pie mordido como si dientes tuviera. Estaba completamente atrapado en su interior.

Las carcajadas resonaban a su alrededor.

— ¡Este acto es realmente bueno!

— ¡Sí!, no sé porque no lo hizo antes.  

— Cierto, siempre actuando el mismo acto aburrido por años.

Pericles intentó gritar, explicarles que no era un acto, que verdaderamente su pie había quedado atorado en una caja invisible, pero… su voz no salió. Se había quedado mudo, como un mimo.   

Y desde ese día, el mimo Pericles no dio más un acto, porque su vida entera se convirtió en uno. Nadie había vuelto a escuchar su voz, y siempre lo veían arrastrando una pierna, como si de ella colgara algo molesto y pesado.   

Su traje de rayas, no se lo volvió a cambiar nunca más. Una vez él mostró que no se lo podía quitar cuando lo regañaron por llevar ese viejo traje sucio y rotoso por el uso. Y era así, incluso una de las madres intentó ayudarlo. Pero los botones no se desprendían. El traje de mimo lo tenía cautivo. ¡Se sabía que incluso dormía y comía con él!    

Y aún peor, los rumores decían que Pericles había olvidado su verdadero nombre. Cuando tuvo que firmar una forma, le solicitaron que lo hiciera con su verdadero nombre, pero el viejo se quedó pensando durante horas, frente al papel, como si ya no recordara cuál era, y derrotado, ya no le quedó de otra que firmar con su nombre artístico y con el que todos lo conocían: el mimo Pericles.       

  

 


martes, 7 de septiembre de 2021

La Guerra de los Mundos

 



             — ¿A dónde fue papá? — le pregunté a mi madre, quién miraba triste por el ventanal hacia las estrellas.

Desde que vinieron los militares a casa, no lo había vuelto a ver. Ellos dijeron “reclutamiento”, pero yo aún no lo entendía.     

— ¡Mira, mami, una estrella fugaz!  

Cuando mi madre captó aquella estrella, su expresión mudó a una de completo terror.

¿Por qué la asustaba tanto?  

La incomprensión comenzó a anidar en mí, cuando vi que la estrella comenzaba a comportarse de manera extraña. Parecía cambiar de dirección y acercarse a nosotros, ampliando su deslumbre a cada segundo que pasaba. ¡Iba a chocarnos!

Mi madre actuó de inmediato. Me cubrió con su cuerpo al momento que la estrella chocó contra la superficie de nuestro planeta, produciendo un gran estruendo.

Fuera comenzó a escucharse un gran bullicio. Mi madre no pudo detenerme de salir de casa. Quería ver lo que sucedía fuera. Odiaba que nunca me explicaran lo que sucedía solo porque era un niño.

— ¡Hijo, vuelve! ¡Es peligroso!

Por mi costado, pasó una legión de militares. Corrían en dirección a dónde había caído la estrella.  

— ¿Papá? — Imposible. Él estaba entre ellos.

Los seguí desde atrás.    

Abrí la boca al llegar al lugar. ¡No se trataba de una estrella sino de una nave espacial! De ella comenzaron a bajar seres uniformados. Ellos lucían completamente distinto a nosotros y tenían extrañas armas.  

— ¡Peleen! — gritó el capitán de nuestro ejército — ¡No permitan que los malditos humanos también capturen este planeta!      


...

Este microcuento (de 250 palabras) fue escrito para el concurso "MICRORRETO: ¡DE CINE!", del blog El Tintero de Oro.   

Link al blog: 

https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2021/09/relatosinspiradosentitulosdepeliculas.html 

Me pareció muy interesante la idea de escribir un microcuento a partir de un título de una película. Yo elegí "La Guerra de los Mundos" y a la hora de escribirlo me pregunté: ¿Qué sucedería en un futuro si para nosotros ya nos fuera posible navegar el universo y llegar a otros planetas? Y tristemente sólo pude pensar en una respuesta. 



domingo, 5 de septiembre de 2021

¡Sorpresa! Audiolibro de Huésped Gatuno


Escribo esta entrada, después de mucho, mucho tiempo de tener el blog inactivo, para anunciarles algo que les encantará a los fans de "Huésped Gatuno".

¿Alguna vez se preguntaron cómo sonaba la voz de Erik?, pues, ya no tienen que preguntárselo más, porque pueden escucharlo directamente de YouTube.
 
¡Sip!, leyeron bien. En YouTube se subirá el audiolibro de Huesped Gatuno. Y ya está disponible el ¡primer capítulo!, ¡así que corran a escucharlo!


Un agradecimiento especial al grupo de Auwatt por crear tan hermoso audiolibro. Estoy más que feliz que me hayan dado esta oportunidad. 🧡





viernes, 30 de abril de 2021

La Salamanca de Cochicó


 

Lo que voy a contar a continuación, no es una leyenda: es una anécdota. Así que el que quiera creer que crea, y el que no, puede decir que prefiere creer en lo que dicta su razón, porque algo que carece de lógica no debe ser cierto. La mayoría del tiempo, yo también lo creo así, no lo sé, pero lo que esta persona me contó ese día, el temor impreso que vi en sus ojos, esa incertidumbre e incomprensión, no pudo ser una simple ilusión.        

Antes de comenzar a relatar los hechos que nos acontecen, cabe destacar que los nombre en este relato fueron alterados, para resguardar la integridad de los participantes, pues, ya que temen a las burlas de los incrédulos, que neciamente cierran su mente a otras perspectivas y realidades.   

Estamos en pleno siglo veintiuno, pero aún, encontramos hombres que llevan en la sangre todo el aspecto y la esencia de los gauchos, esos hombres de antes, con boleadoras en el cinturón, que surcan el desierto aún a caballo. Y, Ramón, nuestro protagonista, es justamente, uno de estos hombres.   

En una de sus típicas cabalgatas por Cochicó, las cuales ya eran rutina en su día a día, sucedió algo que rompió esa monotonía a la que acostumbraba.

Talvez fue porque esa vez se le hizo tarde para volver a su finca, ya era de noche, y extrañamente, ninguna luz artificial funcionaba. Pero la verdad, es que no importa, hoy en día, cuánto intente hallarle una razón, eso nunca cambiaría lo que vivió esa extraña noche.     

Azuzó a su compañero equino para que acelerara la marcha, pues, una extraña sensación comenzaba a hacérsele carne en la piel. No podía estarse tranquilo. Había algo malo en esa noche, y el murmullo lúgubre de las lechuzas, no ayudaba a su ánimo. Sólo podía pensar en volver a su casa con su familia cuanto antes.

Su caballo se detuvo de repente, tanto que debió aferrarse a las briznas con fuerzas para no caer de este.

Una figura, una sombra henchida le obstruía la calle de tierra. Al principio no pudo encontrarle forma, pero, cuando sus ojos lograron acostumbrarse a la nueva imagen frente a él, entendió que se trataba de un hombre, de un par, de otro gaucho. Pero lo que más le extrañó, era que ese hombre le era completamente desconocido. Allí en Cochicó, todos se conocían los rostros de memoria. ¿Quién era este extraño gaucho que se paraba inerte frente a él, inmóvil como una aparición de otro mundo?

Ramón le preguntó quién era, qué hacía en medio de la noche, en medio de la calle.

El extraño no contestó, porque cuando Ramón parpadeó, el hombre ya no estaba allí. Lo buscó con la mirada, pero no lo halló por ningún lado. Sólo vio una cosa que resaltó sobre las sombras de esa noche sin estrellas. Se trataba de una luz a la lejanía, que brillaba entre los árboles y la maleza, atusada por la sequía. Al principio, pensó que se trataba de la luz mala, pero no, esto era algo mucho más grande y brillante.  

Y, como es el corazón de un gaucho, valiente por naturaleza, no pensó dos veces antes de indicarle al caballo hacerse a un lado para dejar el camino atrás. Y así se escabulló por la espesura del lateral, en un veloz remesón que lo llevó a encontrarse con la fuente de aquella luz. 

A la distancia divisó una casa, entendió de inmediato que de allí provenía aquella luz, como un lucero en medio de la noche.

La visión de la casa le pareció sumamente extraña, ya que estaba en medio del campo, y la última finca había quedado varios kilómetros detrás.

Volvió a instar al caballo, pero, por más que su compañero trotara incansablemente, por lo que parecieron horas, la distancia seguía siendo la misma, los árboles a sus lados se movían y quedan atrás, pero la casa seguía estando en el mismo lugar, allí, sobre el horizonte, brillante como la única estrella en esa noche. Era como si no llegara nunca.

Pero Ramón no se rindió, volvió a acusar a su caballo, latigueó las bridas, y su compañero obedeció, continuando con el camino interminable hacia esa casa.

Parecería que la noche se terminaría antes de que él pudiera llegar a esa casa, pero, contra todo pronóstico, lo que pareció, en un principio no más que una ilusión, era real. Los cascos del caballo salpicaron la tierra hasta llegar a la entrada de esa casa.  

Esta se veía vieja, pero alegremente decorada e iluminada. Había caballos atados en la entrada y un montón de invitados. Por supuesto, ninguna cara conocida. Pero, como eran amigables, Ramón no tardó en sentirse cómodo entre ellos.

Charló con ellos, no podía dejar de reír mientras bebía vino, con aquel sabor casero y avinagrado. Sólo hay una cosa de esa fiesta que puede recordar con exactitud, y es el rostro pueril de aquella china jovencita, con dos trenzas a cada lado de su oreja, como salida de otra época. Ella se acercó con una bandeja de tortitas caseras. Olían y se veían deliciosas, pero por alguna extraña razón no tuvo deseos de comerlas. Pero como lucían tan apetitosas, no quería arrepentirse tiempo después por quedarse con las ganas, así que tomó varias y las guardó en los bolsillos de su bombacha. La fiesta siguió entre baile, lo hicieron cantar acompañado por una guitarra criolla.  

Nunca se había divertido tanto.  

El baile le había abierto el apetito, así que sacó una de las tortitas de sus bolsillos y se la llevó a la boca. A partir de ese momento, los recuerdos de Ramón se vuelven un torbellino confuso, ni siquiera sabe que pasó después. Sólo recuerda despertar, cuando los molestos rayos del sol quemaban sus párpados.  

Su cuerpo se aquejó por completo. Pues, había estado durmiendo en medio del campo, sobre la tierra fría y helada. Miró hacia todas direcciones, no había pistas de ninguna casa, ni señales de alguna fiesta de anoche. Sólo su caballo pastando a unos metros, atado a un tronco viejo. 

Estaba solo en medio de la nada. 

Regresó a su casa. Su mujer estaba asustada por la ausencia de su esposo toda la noche.

— ¿Dónde estabas? — le cuestionó ella, al borde de las lágrimas.

— Estuve en una fiesta. Una china me dio unas tortitas re ricas… — Ramón metió su mano en el bolsillo, con la intención de compartir aquellas delicias con su esposa, pero cuando buscó con los dedos en el interior de su bombacha, estos tocaron una sustancia arenosa, que le supo nauseabunda. La apretó entre los dedos y la llevó frente a sus ojos, para percatarse que tenía los bolsillos llenos de bosta de caballo.   

   

domingo, 18 de octubre de 2020

El Diablo

 



Nunca creí que la fortuna fuera tan impredecible. Cuando vives entre alhajas y piedras preciosas, crees que eres dueño del dinero y que este nunca te va a dejar. Gran error, la riqueza es tan efímera como indomable. Por más que intenté tomarla a la fuerza y atarla a mí, tarde o temprano la perdí, y me quedé con nada más que yo misma y un esposo que despilfarraba mi dinero en juegos y alcohol.    

            Mi pequeña luz de esperanza fue mi madre. Ella era como un ángel salvador que me abría sus brazos en mi peor momento, a pesar que, para Henry, era como un demonio que sólo tenía como misión en su vida molestarlo y criticarlo por todo. Y la verdad, es que mi madre tenía razón, pero yo siempre fingí que no estaba de acuerdo con ella por miedo a Henry, a veces, me miraba con un brillo aterrador en los ojos, que me paralizaba, ocasionando que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo hasta convertirme en piedra. Por eso, nunca podía contradecirlo.  

            — Eres un vago — decía ella cada vez que le pedía dinero prestado.

— Cierra la boca, Doris — le respondía él.

— Encima de vago, respondón. Ni siquiera tienes respeto por la vieja que te dio un techo después de que despilfarraste toda la fortuna de tu esposa.

Y allí estaba su mirada, Henry clavaba sus ojos en mi madre como si fueran puñales e intentara asesinarla sólo con las pupilas. Si ese poder realmente existiera, las dos ya estaríamos muertas desde mucho antes. Pero mi madre era muy diferente a mí, ella nunca se dejó amedrentar. Golpeaba el suelo con su tacón y le devolvía una mirada mucho más dura e intimidante. Y luego, le golpeaba con su chal tejido a mano hasta que lograba sacarlo de la habitación.

— ¡Yo te voy a enseñar… — iba un golpe — a respetar — le asestaba uno en el rostro — a tus mayores! — y el golpe de gracia era el que lo sacaba por fin de la habitación — ¡Mocoso malagradecido!

Henry se iba de la casa refunfuñando por lo bajo y jurando mil maldiciones.

— ¡Ya me las pagarás, vieja bruja! — y se escuchaba el portazo violento.

Cuando esto sucedía, no volveríamos a saber nada de Henry hasta el día siguiente. Yo siempre pasaba la noche sola y preocupada.

— No te angusties, hija — me decía mi madre al verme con los ojos enrojecidos —. Apuesto que está seguro y feliz entre las piernas de su amante — mi madre era algo tosca para decir las cosas, nunca mediaba sus palabras ni pensaba que podía herirme con ellas, a pesar, de que ambas, sabíamos que siempre decía la verdad.

Sí, mi esposo no sólo era un derrochador de dinero, también me era infiel con tantas mujeres como le fuera posible.

¡Ah, qué infeliz era!, a veces deseaba que existiera esa máquina de tiempo como en la novela de Wells para volver al pasado y detenerme a mí misma en el día de mi boda. ¡Ah, qué dichosa me sentiría de librarme de ese hombre malvado e inútil!

Fue extraño, pero mi madre murió semanas después. La encontré debajo de las escaleras. Por su posición y los golpes de su cuerpo, pude entender que había caído desde el primer piso y rodó por los escalones hasta la entrada.

Ese día lloré como nunca lo había hecho. No sólo lloraba la partida de mi madre, si no también, que ahora estaría sola, completamente sola, con ese monstruo que se hacía llamar mi esposo.  

Y así fue, tal como lo supuse, cuando el único ángel que me cuidaba partió, la casa se convirtió en un infierno, y fue Henry el diablo que se encargó de hacer de mi día a día una completa agonía.

Se volvió completamente loco y violento, cuando después de visitar a un escribano y este nos informara que él no podría recibir ni un solo peso de la casa y bienes de mi madre, por una cláusula que hizo ella todavía en vida, su felicidad por pensar que volvería a ser rico, se esfumó de inmediato y fue reemplazada por ira y enojo, todo… canalizado sobre mí.

Esa fue la primera vez que Henry me golpeó.

Si antes le tenía miedo, ahora, su sólo nombre, su sola mención, su sola presencia… me aterraba.

— ¿Así que tu madre te cuida después de muerta? — decía Henry con veneno en la voz, mientras depositaba un plato de sopa que él mismo había preparado sobre la bandeja.

Estaba recostada en la cama y mi esposo se encargaba de cuidarme. Pues, hacía semanas que me sentía descompuesta, mis fuerzas se extinguían lentamente y ni siquiera sabía por qué. Sólo necesitas descansar, decía Henry, duerme y mañana amanecerás recuperada. Todas las noches decía lo mismo, y mis vanas esperanzas se veían flaquear cuando despertaba aún más enferma que el día anterior.  

— ¿Así que yo no podré ver ningún peso de tu herencia?, me parece un poco injusto siendo tu esposo, ¿no crees? — decía mientras acercaba otra cucharada de esa hedionda sopa casera a mi boca, cual no me atrevía a rechazar por temor a las represalias.    

— Lo siento — era lo único capaz de decir, aunque por dentro me alegraba que este diablo no viera ni una sola moneda, si él tuviera acceso a la propiedad, esta ya la hubiera perdido desde hacía rato a causa de sus vicios y malos hábitos.  

Cuando Henry se aseguraba que en el plato ya no quedaba ni una sola gota de sopa por beber, salía de la habitación y me dejaba sola hasta la siguiente hora de comer.

Nunca supe cuál fue mi enfermedad, y Henry tampoco llamó a un doctor.

— No es tan grave, en unos días más te recuperarás — decía siempre que le pedía por un médico.

Fue esa noche, la peor de todas y la recuerdo como una congoja perpetua, la revivo en mis recuerdos, una y otra vez, atormentándome constantemente, en la piel y en la mente.  

Mi piel ardiente, quemante como un infierno.

La jaqueca, punzante, sentía como si fuera un hierro hirviendo que se hundía en mi frente.  

Mis pulmones, colapsaban con cada inspiración, el aire no entraba, me estaba ahogando.

Henry acudió a mi lado y tomó mi mano en un signo de consuelo.

Al principio me alegré, al pensar que incluso en momentos así, tenía un poco de humanidad en él y un pequeño rezago de sentimientos por mí. Pero si mi dolor le angustiaba, ¿por qué sonreía?

Esa noche creí que moriría.  

No sé en qué momento de la noche, pero el dolor que aquejaba mi cuerpo completo me venció y caí inconsciente.

A la mañana siguiente, cuando el dolor menguó hasta desaparecer por completo. Una voz conocida, que hacía mucho que no escuchaba, me despertó.

— Despierta, hija.

Abrí los ojos de manera veloz.

Esto debía ser un sueño.

Busqué con la mirada a la dueña de aquella voz familiar. Allí estaba, mi madre, en una aparición completamente perfecta. Todo en ella era tal cual la recordaba. El tono de piel, el color de su cabello, cada pequeña mancha en su rostro y arruga en su cuerpo, todo, todo estaba allí.

Llevé mi mano a mi frente para comprobar que todavía no tuviera fiebre. Pensaba que la alta temperatura podría ser el motor de esta realista alucinación.

Frío.

Mi frente no tenía ni una pizca de calor.

Entonces no era una alucinación. Mi madre era real, y estaba, ahora, ante mis ojos.

— Hija, lo que te ha dicho Henry es todo mentira. Yo no me caí de las escaleras. No fue un accidente, fue él quien me empujó.

Abrí la boca a causa de la incredulidad.   

Me costó procesar aquella información de primero. Pero tenía sentido, siempre había sospechado de la muerte de mi madre. Una caída por las escaleras, era una muerte común, pero se vuelve sospechosa si tienes al mismo diablo asechándote día y noche.

— Él está enojado porque no puede compartir la herencia conmigo.

— Lo sé — respondió mi madre y se sentó en la cama junto a mí. Sonreí cuando su mano se posó sobre la mía en un signo de amor maternal. Su presencia era tan real, nunca me dejó. Henry tenía razón, seguía cuidándome incluso después de muerta. Supuse que ahora podía verla por haber sufrido un episodio que me llevó cerca a la muerte —. Me alegro de haber colocado esa cláusula en mi testamento. No quería que vuelva a quitarte todo lo que tienes y una vez más te vieras en la calle.

— ¿Es segura esa cláusula? — le pregunté.

Ella negó suavemente.

— Sólo hay una manera de romperla.

Después de mi recuperación, Henry se veía más alegre y vivaz. Ya no pasaba mucho tiempo en la casa, pero cuando lo hacía, ya no me gritaba ni maltrataba.

A pesar de que ya no era tan diablo como antes, mantuve en secreto que podía ver a mi madre y hablar con ella. Creí que, si se lo contaba, él se burlaría de mí o se enojaría por volverme loca.

Yo estaba feliz, creía que eso se debía a mi enfermedad. Tal vez, al pensar que pudo perderme, decidió cambiar su trato hacia mí y ser un buen esposo por fin.

Estaba tan feliz, que solía adularlo constantemente, sentía que se lo merecía por ser bueno conmigo.

Eso huele delicioso.

Esa corbata te hace ver más atractivo.

¿No crees que hoy es un hermoso día?  

¡Qué te vaya bien! ¡Te extrañaré mientras no estás! 

¡Ten cuidado de camino a casa!

Con el pasar de los días, noté que algo extraño pasaba.

Henry… su actitud conmigo. Algo andaba mal.

Un par de días después entendí qué era lo que andaba mal.

Un hombre y una mujer llegaron a la casa. Al principio, creí que se trataban de amigos de Henry, pero supe, de manera desgarradora que no lo eran.

Henry los llevó por toda la casa. Y la pareja lo siguió con los brazos entrelazados. La mujer se veía muy entusiasmada en el recorrido.   

— Me gusta, querido — dijo ella.

— A mí, también. Es justo lo que estamos buscando — le respondió su esposo.

Henry amplió una enorme sonrisa en su rostro al escuchar la conversación ajena.

— Me alegra que estén interesados en comprarla.

— Por supuesto, nos encanta la casa.

No lo entendía. ¿Por qué Henry estaba haciendo esto? ¡Él no podía hacer esto! ¡La cláusula se lo prohibía!

— Pero, hay algo que no comprendo… — dijo de repente la mujer y Henry la escuchó con atención, al igual que yo —. ¿Por qué alguien quisiera vender una casa tan hermosa?   

— Esta era la casa que compartía con mi esposa, y ahora que… — se lleva una mano al rostro fingiendo pesadumbre — ella está muerta, pienso venderla.

Mis ojos se abrieron por completo.

¿Qué?

¿Qué diablos estaba diciendo?

Giré a ver a mi madre, ella me sostuvo la mirada de manera implacable, pero no contestó nada, sólo se dedicó a escuchar las palabras de mi esposo.

— Oh, lo entiendo. Debe ser muy duro con todos los recuerdos que debe guardar esta casa de ella — agregó el hombre para terminar con el silencio.

Ya no pude escuchar más nada. Las palabras que proferían las personas me supieron lejanas e indescifrables.

Me alejé de la escena sintiendo que mi mente era asediada por una nube de confusión.

Me sentía consternada y dolida. Nunca creí que algo así pudiera suceder conmigo. 

— Sólo había una manera de invalidar la cláusula de que la casa no pudiera venderse — habló mi madre, yo la miré abrumada —, esta regía mientras tú estuvieras con vida.

Él… él… el diablo había… me había. ¡No podía decirlo!

Azoté la puerta y salí de aquella habitación como si fuera llevada por una ráfaga de aire.   

La mujer gritó.

— ¿Qué fue ese ruido? — preguntó asustada.

— No lo sé, el viento habrá cerrado la puerta.

lunes, 29 de julio de 2019

En su lugar




              Una parte de su corazón murió aquel día, cuando la peor de las noticias llamó a su teléfono.
              — No, no puede ser. ¡Es mentira! — gritó la mujer mientras escondía su boca aulladora detrás de sus dedos, en un símbolo totalmente roto.
              — ¿Qué sucede, madre? — su hijo mayor, Javier, acudió de inmediato a la sala al escuchar los gritos de su madre.
              Cuando ella no pudo contestarle a causa de una histeria que para él en ese momento no tenía comprensión, decidió tomar el teléfono al que se mantenía aferrada con todas sus fuerzas.
              — Hola, ¿quién habla? — el gesto en el rostro del hijo mayor mudó por completo. Pasó de preocupación a una expresión de completa incredulidad.
              Sus ojos picaron en lágrimas cuando su cerebro al fin pudo recuperarse del shock y comprender lo que le decía aquella voz del otro lado del tubo.    
              — Estas son todas sus pertenencias — dijo el desconocido uniformado.
              Javier recibió la caja y su contenido, que ahora no serían más que recuerdos. Recuerdos dolorosos de lo que una vez fue.
              — Vamos, madre. Se hace tarde.
              — No iré — dijo sin mostrar la menor intención de levantarse de su cama.
              Él insistió, intentó consolarla e, incluso, obligarla, pero nada era útil. Ella se negaba a asistir y no había nada que la hiciera cambiar de opinión.
              Javier terminó por ponerse el saco, la última pieza del traje que le faltaba por vestir. Hoy vestía de negro, el color más parecido a la muerte.  
              — Dicen que el tiempo lo cura todo — dijo Javier mirando a su madre —. Pero ¿por qué parece ser inmune con ella?
              Los días habían pasado, las semanas y meses. El tiempo había trascurrido como siempre, segundo a segundo, avanzando, pero no se detuvo a esperar a que ella sanara la pérdida de su corazón. Ella no pudo avanzar.   
              — ¿Qué haces, madre? — le preguntó Javier al ver a su madre abrazada contra el teléfono celular.
              — Estoy esperando su llamada. Hace mucho que no se comunica conmigo.
              — Madre, William está muerto — Javier sintió que su corazón se estrujaba en una punzada de dolor al decir el nombre de su hermano menor muerto. Había pasado tiempo, pero todavía dolía.
              — Sé que todo es una mentira, una madre sabría si su hijo está muerto. Y te lo mostraré cuando me llame por teléfono.
              ¿Cuántas veces habían tenido esta discusión?, ahora él le diría que William estaba muerto desde hacía meses y que ya era hora de aceptarlo y dejarlo ir en paz… pero esta vez algo cambió: Javier decidió no negarlo. Lo dejó estar.
              Cuando uno no es capaz de superar el duelo y se queda estancado en la tristeza, esta se puede volver mortal.
              Su madre comenzaba a volverse cada vez más enferma. Esperaba día y noche, con los ojos abiertos, que William la llamara.
— Él lo prometió. Él prometió llamarme — la mujer había cambiado su semblante vivaz por uno que se asemejaba a la de los muertos. Permanecía muerta en vida. Sus ojos estaban carentes de cualquier luz alegre y su voz se había vuelto un valle desierto.
— Su mente no aguantará por mucho más — entendió el hijo mayor. Debía hacer algo de inmediato o también perdería a su madre.
— ¡Hijo! ¡Lo sabía! — Javier la miró sorprendido. Su madre se había levantado de la cama después de meses de negarse a hacerlo, incluso había corrido por la casa hasta encontrarlo.
— ¿Qué sucede? — le preguntó con interés, y con la alegría y esperanza volviendo a nacer en su corazón, sólo por ver a su madre con una sonrisa en el rostro.
— Mira — dijo y le extendió el teléfono celular para que lo chequeara por sí mismo.
— “Madre, disculpa que no te contesté en todo este tiempo. Estuve muy ocupado con los estudios. Espero que estés comiendo bien y cuidando de tu salud. Adiós, te amo.” — Javier leyó en voz alta aquel mensaje de texto en la pantalla.
— ¿Ves? Yo tenía razón — le dijo a su hijo mayor — William no puede estar muerto.
— Tienes razón, madre. Él está vivo.   
— Javier, ¿por qué tu hermano no me contesta?
— ¿Qué dices, madre?
— Han pasado tres semanas desde que se comunicó conmigo. ¿Y si le sucedió algo?
Javier miró a su madre con algo de culpa. Aquel mensaje había avivado el espíritu de su madre. Pero ese día comprendió al ver las nacientes bolsas negras debajo de sus ojos, que un solo mensaje no era suficiente.  
Javier subió al desván y colocó la escalera sobre el final del estante. Subió hasta el último escalón y rescató del primer estante aquella caja, que había ocultado de la vista de su madre enferma.
— No creí que tendría que hacerlo por segunda vez — coló su mano al interior de la caja hasta dar con el aparato tecnológico. Lo prendió y escribió un nuevo mensaje de texto.
Releyó lo escrito en su mente un par de veces. Y cuando se aseguró que lo escrito era lo suficientemente convincente apretó el botón de enviar.  
Suspiró algo apenado y volvió a guardar la caja en el estante, pero había algo diferente, esta vez llevaba el teléfono en el interior de su bolsillo.
— William ¿no te parece que ya es tiempo que vuelvas a la casa de tu madre?, no puedes mentirme, dijiste que tus estudios durarían dos años y este ya es el cuarto año que pasas lejos de casa. ¿Acaso no quieres volver? — la mujer estaba sentada en su cama mientras apretaba el teléfono contra su oído esperando escuchar la voz de su hijo.  
— Tienes razón — rio del otro lado una voz juvenil, tan familiar para ella —. No puedo engañarte, ¿no?
— ¿Cuándo regresas? — volvió a insistir la mujer.
— El lunes estaré allí.
— ¡Qué bueno, hijo! ¡No vayas a fallarme!
Cuando un celular en la habitación de al lado finalizó la llamada, la mujer, al mismo tiempo, escuchó el tono en su propio teléfono, anunciándole con un pitido intermitente, que ya no había nada más que decir por ese día.
— ¡Mi querido hijo! ¡Te extrañé tanto! — dijo mientras abrazaba al joven que se paraba frente a ella.
Esta mañana habían tocado a su puerta, y las lágrimas no se habían hecho esperar cuando escuchó — Mamá, soy yo, William, he vuelto a casa.
Javier había tomado el papel de su hermano pequeño y ya no podía deshacerse de él. Cada vez subía un peldaño más al temer que su madre pudiera descubrirle la mentira y que las repercusiones fueran peor. ¿La mentira podía ser aún peor que la pérdida?
Primero había sido un mensaje de textos, estos fueron menguando y en su lugar fueron remplazados por llamadas de voz. Terminó accediendo a volver a casa cuando su madre comenzaba a sospechar de su ausencia.     
Dejó de dirigirse a sí mismo como Javier para tomar todo de su hermano, su nombre, su vida, su lugar.
Al principio se sentía como un ladrón suplantando una identidad que no le pertenecía. Pero con el pasar de los días sintió que algo lo poseía, algo que no era él mismo.
Comenzaban a gustarle las mismas cosas que a su hermano menor, tenía los mismos intereses, en música, en comidas, en aficiones…    
Y se preguntó si esos nuevos afectos eran suyos o le pertenecían a alguien más.
Comenzó a escuchar su nombre cada vez menos. Y cada vez más le parecía que William era más acorde a su persona, a lo que era ahora.
— Ya no recuerdo cómo era el yo de antes: mi verdadero yo.
— ¿Qué sucede, William? — le preguntó su madre mientras cenaban — Te noto perdido en tus pensamientos.
— Suena loco, pero siento que he olvidado algo.
— ¿Qué cosa?
— No qué, sino quién.    
— No te entiendo, William — su madre lo miró confundida —. ¿Te sientes bien?, ¿quieres ir al hospital?
— Dime, madre ¿cuál es el nombre de mi hermano?  
— ¿Cuál hermano?  
— Tienes razón, yo nunca tuve un hermano. Lo siento por preocuparte.
Había recuperado a su hermano, pero se había perdido así mismo.

Fin.


             




jueves, 7 de febrero de 2019

Soy un cuerpo hambriento



Soy un cuerpo hambriento,
dame de tu carne,
no me puedo saciar.

No hay recuerdo,
sólo una fantasía,
que cual caldera enciende,
mi templo carnal.

De tu imagen inconclusa,
acabado tengo,
de inferir con imaginación ilusa,
tus zonas de rigor.

Y en el ritual del calor,
traspasar tus fronteras anhelo,
del cual deseo esotérico,
sólo hallo el dolor.

Que existieras
en hueso y carne,
un deseo, un flagelo.
Cada noche,
en soledad y desierto,
cada noche,
yo te deseo.