domingo, 18 de agosto de 2019

Imhara Stheel de Cynthia Soriano: Descargar PDF


SINOPSIS
Imhara Stheel es una joven que se embarca en una larga odisea en busca del secreto más grande de su vida, sólo hay alguien que puede develar ese secreto y ella irá hasta el fin del mundo en su búsqueda. Pero Imhara no viajará sola, un grupo de amigos la acompañarán. La amistad y el amor surgirán por el camino, siendo benevolente o en algunos casos un obstáculo en su cruzada.      
¿Podrá Imhara llegar a su destino?, acompáñala a cruzar el mundo para develar este secreto, enfréntate a los peligros que esconden las páginas de esta historia de aventura épica.         
***


Esta es una segunda versión revisada de Imhara Stheel, donde se arreglaron algunos errores ortográficos y de redacción. ¡Qué disfrutes la lectura!

***


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lunes, 29 de julio de 2019

En su lugar




              Una parte de su corazón murió aquel día, cuando la peor de las noticias llamó a su teléfono.
              — No, no puede ser. ¡Es mentira! — gritó la mujer mientras escondía su boca aulladora detrás de sus dedos, en un símbolo totalmente roto.
              — ¿Qué sucede, madre? — su hijo mayor, Javier, acudió de inmediato a la sala al escuchar los gritos de su madre.
              Cuando ella no pudo contestarle a causa de una histeria que para él en ese momento no tenía comprensión, decidió tomar el teléfono al que se mantenía aferrada con todas sus fuerzas.
              — Hola, ¿quién habla? — el gesto en el rostro del hijo mayor mudó por completo. Pasó de preocupación a una expresión de completa incredulidad.
              Sus ojos picaron en lágrimas cuando su cerebro al fin pudo recuperarse del shock y comprender lo que le decía aquella voz del otro lado del tubo.    
              — Estas son todas sus pertenencias — dijo el desconocido uniformado.
              Javier recibió la caja y su contenido, que ahora no serían más que recuerdos. Recuerdos dolorosos de lo que una vez fue.
              — Vamos, madre. Se hace tarde.
              — No iré — dijo sin mostrar la menor intención de levantarse de su cama.
              Él insistió, intentó consolarla e, incluso, obligarla, pero nada era útil. Ella se negaba a asistir y no había nada que la hiciera cambiar de opinión.
              Javier terminó por ponerse el saco, la última pieza del traje que le faltaba por vestir. Hoy vestía de negro, el color más parecido a la muerte.  
              — Dicen que el tiempo lo cura todo — dijo Javier mirando a su madre —. Pero ¿por qué parece ser inmune con ella?
              Los días habían pasado, las semanas y meses. El tiempo había trascurrido como siempre, segundo a segundo, avanzando, pero no se detuvo a esperar a que ella sanara la pérdida de su corazón. Ella no pudo avanzar.   
              — ¿Qué haces, madre? — le preguntó Javier al ver a su madre abrazada contra el teléfono celular.
              — Estoy esperando su llamada. Hace mucho que no se comunica conmigo.
              — Madre, William está muerto — Javier sintió que su corazón se estrujaba en una punzada de dolor al decir el nombre de su hermano menor muerto. Había pasado tiempo, pero todavía dolía.
              — Sé que todo es una mentira, una madre sabría si su hijo está muerto. Y te lo mostraré cuando me llame por teléfono.
              ¿Cuántas veces habían tenido esta discusión?, ahora él le diría que William estaba muerto desde hacía meses y que ya era hora de aceptarlo y dejarlo ir en paz… pero esta vez algo cambió: Javier decidió no negarlo. Lo dejó estar.
              Cuando uno no es capaz de superar el duelo y se queda estancado en la tristeza, esta se puede volver mortal.
              Su madre comenzaba a volverse cada vez más enferma. Esperaba día y noche, con los ojos abiertos, que William la llamara.
— Él lo prometió. Él prometió llamarme — la mujer había cambiado su semblante vivaz por uno que se asemejaba a la de los muertos. Permanecía muerta en vida. Sus ojos estaban carentes de cualquier luz alegre y su voz se había vuelto un valle desierto.
— Su mente no aguantará por mucho más — entendió el hijo mayor. Debía hacer algo de inmediato o también perdería a su madre.
— ¡Hijo! ¡Lo sabía! — Javier la miró sorprendido. Su madre se había levantado de la cama después de meses de negarse a hacerlo, incluso había corrido por la casa hasta encontrarlo.
— ¿Qué sucede? — le preguntó con interés, y con la alegría y esperanza volviendo a nacer en su corazón, sólo por ver a su madre con una sonrisa en el rostro.
— Mira — dijo y le extendió el teléfono celular para que lo chequeara por sí mismo.
— “Madre, disculpa que no te contesté en todo este tiempo. Estuve muy ocupado con los estudios. Espero que estés comiendo bien y cuidando de tu salud. Adiós, te amo.” — Javier leyó en voz alta aquel mensaje de texto en la pantalla.
— ¿Ves? Yo tenía razón — le dijo a su hijo mayor — William no puede estar muerto.
— Tienes razón, madre. Él está vivo.   
— Javier, ¿por qué tu hermano no me contesta?
— ¿Qué dices, madre?
— Han pasado tres semanas desde que se comunicó conmigo. ¿Y si le sucedió algo?
Javier miró a su madre con algo de culpa. Aquel mensaje había avivado el espíritu de su madre. Pero ese día comprendió al ver las nacientes bolsas negras debajo de sus ojos, que un solo mensaje no era suficiente.  
Javier subió al desván y colocó la escalera sobre el final del estante. Subió hasta el último escalón y rescató del primer estante aquella caja, que había ocultado de la vista de su madre enferma.
— No creí que tendría que hacerlo por segunda vez — coló su mano al interior de la caja hasta dar con el aparato tecnológico. Lo prendió y escribió un nuevo mensaje de texto.
Releyó lo escrito en su mente un par de veces. Y cuando se aseguró que lo escrito era lo suficientemente convincente apretó el botón de enviar.  
Suspiró algo apenado y volvió a guardar la caja en el estante, pero había algo diferente, esta vez llevaba el teléfono en el interior de su bolsillo.
— William ¿no te parece que ya es tiempo que vuelvas a la casa de tu madre?, no puedes mentirme, dijiste que tus estudios durarían dos años y este ya es el cuarto año que pasas lejos de casa. ¿Acaso no quieres volver? — la mujer estaba sentada en su cama mientras apretaba el teléfono contra su oído esperando escuchar la voz de su hijo.  
— Tienes razón — rio del otro lado una voz juvenil, tan familiar para ella —. No puedo engañarte, ¿no?
— ¿Cuándo regresas? — volvió a insistir la mujer.
— El lunes estaré allí.
— ¡Qué bueno, hijo! ¡No vayas a fallarme!
Cuando un celular en la habitación de al lado finalizó la llamada, la mujer, al mismo tiempo, escuchó el tono en su propio teléfono, anunciándole con un pitido intermitente, que ya no había nada más que decir por ese día.
— ¡Mi querido hijo! ¡Te extrañé tanto! — dijo mientras abrazaba al joven que se paraba frente a ella.
Esta mañana habían tocado a su puerta, y las lágrimas no se habían hecho esperar cuando escuchó — Mamá, soy yo, William, he vuelto a casa.
Javier había tomado el papel de su hermano pequeño y ya no podía deshacerse de él. Cada vez subía un peldaño más al temer que su madre pudiera descubrirle la mentira y que las repercusiones fueran peor. ¿La mentira podía ser aún peor que la pérdida?
Primero había sido un mensaje de textos, estos fueron menguando y en su lugar fueron remplazados por llamadas de voz. Terminó accediendo a volver a casa cuando su madre comenzaba a sospechar de su ausencia.     
Dejó de dirigirse a sí mismo como Javier para tomar todo de su hermano, su nombre, su vida, su lugar.
Al principio se sentía como un ladrón suplantando una identidad que no le pertenecía. Pero con el pasar de los días sintió que algo lo poseía, algo que no era él mismo.
Comenzaban a gustarle las mismas cosas que a su hermano menor, tenía los mismos intereses, en música, en comidas, en aficiones…    
Y se preguntó si esos nuevos afectos eran suyos o le pertenecían a alguien más.
Comenzó a escuchar su nombre cada vez menos. Y cada vez más le parecía que William era más acorde a su persona, a lo que era ahora.
— Ya no recuerdo cómo era el yo de antes: mi verdadero yo.
— ¿Qué sucede, William? — le preguntó su madre mientras cenaban — Te noto perdido en tus pensamientos.
— Suena loco, pero siento que he olvidado algo.
— ¿Qué cosa?
— No qué, sino quién.    
— No te entiendo, William — su madre lo miró confundida —. ¿Te sientes bien?, ¿quieres ir al hospital?
— Dime, madre ¿cuál es el nombre de mi hermano?  
— ¿Cuál hermano?  
— Tienes razón, yo nunca tuve un hermano. Lo siento por preocuparte.
Había recuperado a su hermano, pero se había perdido así mismo.

Fin.


             




lunes, 15 de julio de 2019

Huesped Gatuno de Cynthia Soriano: Descargar PDF



SINOPSIS

Fui maldecido por un dios y ahora tengo que vivir como un gato. ¡Por favor que alguien me ayude!

Una noche loca de borrachera sólo pudo terminar de la peor manera. Después de que nuestro protagonista ofendiera al dios Bocanegra, este lo convirtió en el ser que más odia. Pero eso no es lo peor, después del incidente, es recogido de la calle por una chica que está loca por los gatos, y cada día se vuelve un castigo para él.

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sábado, 9 de marzo de 2019

FLASHBACK de Cynthia Soriano: Descargar PDF


SINOPSIS

¿Cómo fue para ti la primera vez que nos conocimos?, ¿Qué sentiste en ese segundo que intercambiamos nuestras miradas?, y ¿La primera vez que tomaste mi mano?
            ¿Cuándo fue que caí rendida a tus pies?
            Estoy enrollada en un grave dilema, estoy enamorada de mi mejor amigo, pero él parece no notarlo, mi cabeza da vueltas como loca, ¿Qué debo hacer?, ¿Continuar con mi vida?, o ¿Hacer que se entere de mi amor?
            Todo comienza a los seis años, cuando lo conocí, y desde entonces nunca nos separamos, somos los mejores amigos, pero ¿Él también querrá traspasar la barrera de la friendzone tanto como yo? 

Géneros: romance, amigos de la infancia, amor no correspondido, friendzone. 

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jueves, 7 de febrero de 2019

Soy un cuerpo hambriento



Soy un cuerpo hambriento,
dame de tu carne,
no me puedo saciar.

No hay recuerdo,
sólo una fantasía,
que cual caldera enciende,
mi templo carnal.

De tu imagen inconclusa,
acabado tengo,
de inferir con imaginación ilusa,
tus zonas de rigor.

Y en el ritual del calor,
traspasar tus fronteras anhelo,
del cual deseo esotérico,
sólo hallo el dolor.

Que existieras
en hueso y carne,
un deseo, un flagelo.
Cada noche,
en soledad y desierto,
cada noche,
yo te deseo.


miércoles, 5 de diciembre de 2018

La reunión

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Siempre odié las reuniones familiares y está no es la excepción. Vinieron todos y de todos lados, incluso mi hermana Ester, que nunca fue capaz de llamar una sola vez en todo este tiempo, ni para saber como me encontraba. Pero ahora, llegado a este extremo, todos se habían reunido. También están sus hijos, mis sobrinos, “los ocupados”, como a mí me gusta llamarles. Nunca tenían tiempo, ni siquiera para tomar una mísera taza de té.   
Luego está Ramiro, el esposo de Ester, siempre me miró con suficiencia, como si yo fuera un mero estorbo en esta familia. Recuerdo esa vez que lo eché de mi casa en Navidad.  No me place recordar el porqué ahora, pero sólo diré que todos se fueron detrás de él, y pasé el resto de la víspera sola, con una copa de sidra en la mano y lágrimas en los ojos.  
Desde ese momento comprendí que mi única amiga era la soledad. Era la única que nunca me traicionaría, ni se iría de mi lado, a pesar de lo dolorosa que resultaba a veces.
Pero ya está en el pasado, aprendí a no vivir en mis recuerdos. Sólo el presente y el porvenir me interesan.  
Seguramente se preguntarán, si odio a todo el mundo, ¿Por qué asistí a esta reunión?. La verdad es que la reunión me encontró a mí.  Voy a irme de viaje, y todos lloran por mi partida. Estoy frente al tren, y tengo a los hipócritas llorando a mi alrededor. Hubieran llorado antes, ahora es tarde para detener mi partida. Me voy y nada me detiene.
Pero tampoco se crean que ellos están tristes porque me mandé a mudar, no señor, si me voy, se van conmigo sus posibilidades de recibir algo de mi parte, a pesar de que yo nunca recibí nada de las de ellos.   
¡Oh, Dios!, ya llegó la peor. Su entrada fue como un torbellino de lágrimas y gritos. Incluso fingió un desmayo, quien Ester atendió con el amor fraternal que nunca me brindó a mí. Clotilde, esa sucia mujer, siempre mirándome como a un insecto, y ella creyéndose una estrella sobre el resto de su familia, pobres mortales inmundos. A pesar de tener la misma sangre de padres, nunca fuimos hermanas, éramos como meras desconocidas. Y ahora es la más afectada por mi viaje. ¡Ja, irónico!, pero a mí no me engaña, la conozco, con y sin su máscara de actriz.  
Luego llegaron mis hijos con sus hijos. Mis hijos lloraron, y me pregunté si sus lágrimas eran honestas o no, talvez no lloraban por mi mudanza, sino por arrepentimiento. Mis nietos ni siquiera se molestaron en mirarme, se sentaron alejados, entre ellos, y se hundieron en el mundo artificial de sus celulares, que les iluminaban los rostros como si fuera una película de terror.
Nunca vi tantas lágrimas de cocodrilo en mi vida y en el mismo lugar, pero esas lágrimas no me detendrán. Este viaje me espera y no pienso volver nunca.
Nunca se interesaron por saber como estaba, y ahora que me voy, todos me rodean como buitres hambrientos. Pero están muy equivocados si piensan que van a ver una moneda de mi bolsillo.
Antes de afrontar este viaje me aseguré que ninguno de ellos vaya a hacerse de mi fortuna, ni de mi casa, ni de mis autos, ni de mis cuentas, nada, me deshice de todo, vendí todo y regalé lo que no se podía vender.  
Es irónico como ayer, mi casa se encontraba vacía, sumida en mi única compañera, la soledad, y hoy, está atestada de amigos y familiares. De algunos que incluso hacía más de media vida que no los veía. Pero ahora ya es tarde. Llegaron muy tarde.  
Me doy una última mirada a mí misma en el cajón y decido emprender el viaje. El tren me espera, está por zarpar, y yo no pienso quedarme ningún segundo más en este lugar.

jueves, 30 de agosto de 2018

Ellos



  

  Me ofuscaba. El aire estaba viciado de vanas promesas y esperanzas.  
              Estaba sentado sobre el suelo, de penetrante frío, totalmente incómodo, al punto que se me acalambraban los músculos en mis propios huesos.     
              Había sido confinado a esta habitación aislada. Tenía dos ventanas solamente, con ellas miraba al exterior y aprendía algunas cosas, y a veces en cuando, saludaba a los vecinos cuando pasaban. Y también estaba ese libro amarillento, que leía cada vez que quería saber algo.   
              — Me duele la espalda — dije.
              — Hazlo saber.  
              — ¡Me duele la espalda!
              Mi queja fue oída por ellos, abrieron la puerta         y dejaron una cama de impoluto blanco en medio de la habitación. Pero las cosas que te dan tienen un precio. Cerraron las ventanas, dejando la habitación a completa oscuridad. Ellos las trabaron para nunca ser abiertas de nuevo. Ya no podía ver lo que se hallaba afuera. Me sentía solo.  
               — Y ¿Ahora qué haremos? — me preguntó. No podía verla, pero siempre la oía.  
No entendí a que se refería, pero no cuestioné, el nuevo objeto había cautivado toda mi atención. Me acomodé, y convertí aquellas sábanas perfumadas y ese colchón espumoso en mi lecho más confortable. Ya no quería levantarme nunca más en la vida.
              — Estamos encerrados. ¿Qué harás al respecto?
              — No quiero hacer nada.
              Calló por un momento, para luego agregar — Nos quieren cómodos. 
              Estaba tan cómodo, que cada vez leía aquel viejo libro, con menor frecuencia. No quería destaparme, y dejar el calor de mi cama, porque sabía que, si caminaba hasta la mesita que guardaba el libro, me enfriaría en el camino. Tenía miedo que tanto frío me congelara hasta el corazón. Así que sólo me levantaba a leer cuando lo veía extremadamente necesario, y la curiosidad de saber tal cosa, se volvía insoportable.  
              Llegó la comida. Siempre comía lo mismo, arroz blanco, sin sabor ni condimentos, y agua insípida y aburrida.  
              — No me gusta comer esto.
              — Hazlo saber.
              — ¡No me gusta comer esto!
              De inmediato se volvió a abrir la puerta, y por ella entró uno de ellos, traía entre sus garras una bandeja de plata, con un platillo de rebosante carne roja, de un buen aroma que inundaba la habitación, al punto de opacar el tufo de la humedad, y era de contextura jugosa. A los ojos era arte y a la boca una ambrosía. Lo acompañaba una copa de vino, de sabor exquisito, y textura burbujeante. Estaba feliz, y no me importaba lo que se llevaran a cambio.  
Esta vez se llevaron unos metros de la habitación, ya no tenía lugar para caminar con libertad. Si quería llegar hasta el libro tenía que bordear la cama y pasar entre un pequeño pasillo, muy delgado. Debía caminar de costado, y tardaba casi tres horas en llegar a la mesa, y otras tres de regreso. Esa fue otra razón para frecuentar menos esas letras añejas, pero cargadas de saberes.   
Estaba recostado sobre la cama y no tenía nada que hacer. Miraba el libro a la distancia, y de sólo pensar en el recorrido dificultoso, me quitaba las ganas que poseía de intentar llegar a él.  
— Estoy aburrido.
— Hazlo saber — dijo aquella voz en mi cabeza.
— ¡Estoy aburrido!
Ellos contestaron a mi llamado de inmediato. Trajeron con ellos una enorme televisión. Me puse feliz de inmediato. La colocaron frente a la cama, y para mirarla no necesitaba ni levantar la cabeza de la almohada.
A cambio se llevaron el libro. No me angustié por la perdida, ya que casi no lo leía, porque era difícil llegar a él. La televisión era mejor. No podía aprender de ella, pero era fácil prenderla y podía verla cuando quisiera con el menor esfuerzo.    
              — No tenemos lugar, y ya no podemos saber.
              Se hizo el silencio. Ella esperaba mi respuesta. Pero la ignoré, el ruido del televisor cubría su voz.
              — ¿Qué harás al respecto?
— No lo sé — le respondí, y era cierto.
— Nos quieren idiotas.
Cada día me volvía más débil, al no levantarme de la cama, mis músculos eran consumidos por el tiempo y mi vista comida por las luces banales. Creo que moriría.
Luego llegaron los otros. Abrieron la puerta, dejaron el umbral a la libertad, fuera de cualquier escollo. Podía irme. Podía salvarme y ser libre. Intenté levantarme. Hice fuerza con ambas manos, pero no hubo caso. Tiré de las sábanas con los dedos hechos puños, pero me faltaban fuerzas suficientes. Estaba casi ciego, y con la fuerza consumida, entonces, mi voluntad se vio flaqueada. ¿Ya era tarde?, efectivamente lo era, ellos me consumieron, me alimentaron, me divirtieron, ganaron parte de mí, perdí, perdí y perdí todo lo importante. La vida se me consumía como la llama de una vela, y mi alma interna se sofocaba en medio de una habitación enmohecida. Ella intentó hablarme, pero ya no podía escucharla. Y mi reloj se detuvo, sin que los otros pudieran detenerlo, porque ellos así lo quisieron, porque ellos me mataron.