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martes, 20 de septiembre de 2016

¿Quién es Disco?

              
                Me senté sobre el cordón de la vereda, con una sensación de aburrimiento inundándome por completo. Había vuelto de la veterinaria, de comprar el alimento para mis peces, y ya no sabía que más hacer.  
                Mis padres se habían mudado al extranjero por trabajo y me habían dejado sola en la casa. Y como no tenía ningún amigo, me sentía verdaderamente sola. Ya me había aburrido de jugar en la computadora y en la televisión no había nada bueno para ver. Así que me dediqué a observar la calle, viendo como los autos pasaban indiferentes.
                Pasaron los minutos, y cuando giré el rostro hacía la izquierda, me percaté de que había alguien sentado a mi lado, era un joven de aspecto algo llamativo. Su cabello era de color azul verdoso brillante, sus cejas eran negras, y tenía tatuada una franja que recorría su rostro, de un pómulo al otro cruzando por el puente de su nariz. Tenía una camisa roja a cuadros, un jean negro y botas militares. ¿De dónde salió este chico?
                Lo espié de reojo, y vi que el peliazul miraba la calle, como segundos antes yo hacía, siguiendo con la mirada a los autos que pasaban, con una enorme sonrisa infantil pegada en su rostro.    
                — Emmm— barbullé intenté llamar su atención.  El joven giró, enfocando sus ojos esmeraldas sobre mí.  
                —Hola — saludó familiarmente, como si nos conociéramos de toda la vida, pero era la primera vez que lo veía.
                — ¿Quién eres? — le pregunté realmente curiosa, nunca había visto a alguien con una apariencia similar.  
                El muchacho dibujó en su boca una sonrisa algo pícara, y luego de permanecer unos segundos en silencio, se digno a responderme.  
                — ¿Qué nombre crees que debería tener?  
                Me quedé unos segundos en silencio, intentando asimilar su pregunta. ¡Qué chico más raro!, se supone que debería decirme su nombre, no que le inventé otro, ¿Qué razón extraña tendría para eso?, cualquier persona normal en esta situación seguramente se asustaría de alguien semejante, pero en vez de asustarme, lo vi como una buena oportunidad para batallar contra mi aburrimiento.   
                — Mmm — pensé mirando al joven de arriba a abajo —Una persona con una imagen tan extravagante debe tener un nombre igual de llamativo.
                El joven alzó una ceja, como si fuera un truco de magia, mientras ponía una expresión divertida.  
                — ¿Qué tal….?, ¿Merlín?
                — ¿Merlín? — el joven me miró con una expresión desagradable. No le gustaba el nombre para nada.       
                — Sí, como el mago — insistí.
                — Pero, yo no soy un mago — dijo mientras se señalaba a sí mismo con el pulgar.
                — Bueno, entonces… — esto era mucho más difícil de lo que parecía — ¿Polilla?
                — ¿Polilla?, ¡Es un nombre asqueroso! — se veía realmente horrorizado.  
                — ¡Está bien! — le recriminé levantando la voz, ¿Para qué decía que le busqué un nombre sino le gustaba ninguno? — Déjame pensar un momento…  
                Comencé a rebuscar en mi mente, algo, lo que sea. Miré la bolsa que sostenía entre mis manos, donde cargaba el alimento que les había comprado a los peces, y fue cuando una idea surgió, iluminando mi mente, como una vela que se enciende de repente en una habitación plagada en sombras.  
                — ¡Ya sé! — exclamé sorprendiendo al joven, quien me miró expectante — ¡Disco!
                — ¿Disco? — preguntó, como exigiendo una explicación por haberle elegido ese nombre.
— Sí, te pareces a los peces que tengo en mi habitación, unos discos turquesas. Me recuerdas a ellos.  
—Disco, Disco — repitió el joven su nuevo nombre, y luego lanzó una carcajada cargada de diversión — Me gusta — y luego me sonrió, para recostarse sobre la vereda, cruzando sus pies, como si estar sentado en el cordón no fuera para nada peligroso.
Que chico más raro. Eso fue lo que pensé la primera vez que lo vi, luego nos seguimos encontrando, y con el tiempo aprendí sobre él. Si debiera describirlo lo haría de la siguiente forma: infantil, despistado y extravagante. Sabía divertirse con lo más poco, era despistado y despreocupado, no le temía a nada, y luego su imagen, ¡Tenía el pelo turquesa!
Al principio no me molestaba encontrarme con él, es más, lo agradecía en silencio, como ya he dicho antes, estaba muy sola y aburrida, y este chico extraño solía alegrarme bastante. Nos mantuvimos como amigos por bastante tiempo, pero llegó un momento en el que sus travesuras se volvían algo problemáticas, sobre todo después de que comencé la universidad.    
Como esa vez que un compañero me invitó a salir. Disco se apareció en el restorán. Se sentó en una mesa frente a la nuestra y me miraba con una sonrisa traviesa, y cada vez que lo miraba me saludaba enérgicamente.
¿Qué hace aquí?, había susurrado para mí misma.      
— ¿Qué dijiste? — me sorprendí por la repentina pregunta de mi compañero.
— Que… que tengo que ir al baño — me levanté de mi asiento y le hice una seña disimulada a Disco para que me siguiera — En seguida vuelvo.      
Caminé hasta el baño de mujeres y luego de asegurarme que estuviera vacio dejé que Disco entrara también, debíamos tener una conversación rápida y breve, si alguien me encontraba en esta situación, sería muy vergonzoso.
— ¿Qué haces aquí?
Disco se sentó sobre el lavado, mientras olía los jabones, parecía estar muy entretenido explorando el baño de mujeres.  
— Vine a ver como estaba todo.
— ¿A qué te refieres? — le pregunté impactada.  
— A tu cita.
— ¿A mi cita? — todavía no podía asimilar su excusa, necesitaba una mejor explicación. 
— Sí, quería ver que todo estuviera yéndote bien — dijo pegando un salto para bajar del lavado.
— Me iría mejor si no estuvieras espiándome.
— ¡Qué aburrida eres! — estaba enfadada, no sabía cómo deshacerme de Disco, lo empujé hasta sacarlo del baño, le rogué que se fuera, pero no me hizo caso, se sentó en una mesa continua, obviamente lo ignoraba, pero me era imposible concentrarme en mi compañero. Al fin y al cabo la cita fue un desastre.   
Otra mañana, mientras alimentaba a mis peces, los cuales siempre me recordaban a aquel joven estrafalario y alocado, con su color turquesa brillante, ambos eran extrañamente hermosos. Y mientras los alimentaba, dejando caer el alimento sobre la pecera, alguien entró corriendo a mi habitación, y se arrojó sobre mi cama.  
Mi corazón se agitó violentamente. ¿Qué estaba sucediendo?, giré en un movimiento veloz, encarando a la cama, ¿Acaso era un ladrón?, pero no, me encontré a Disco relajado sobre mi acolchado floreado, mientras revisaba las revistas de mi mesita de luz. Al verme parada a lado de la pecera se levantó caminando hasta mí, se agachó levemente mientras tocaba con la yema de los dedos el vidrio de la pecera.  
— ¿Estos son los chicos a los que les debo mi nombre?  — sus ojos se concentraban en los peces, quienes nadaban dentro del agua cristalina, como si estuvieran deambulando, sin un fin propio a donde ir.
Ignoré su pregunta y en cambio le formulé otra.
— ¿Qué haces en mi casa? — le exigí saber, Disco había pasado el límite, cada vez lo veía con más frecuencia, incluso en lugares donde no quería encontrármelo, no es que no me agradara su presencia, pero su amistad estaba entorpeciendo mis relaciones con otras personas, cuando por fin podía lograr una nueva amistad, con lo mucho que me costaba socializar, Disco terminaba arruinándolo todo. Esto se estaba convirtiendo en una relación tóxica, ¡Y eso que no éramos más que amigos!       
— La puerta estaba abierta.
— No es cierto — estaba segura que estaba cerrada con llave, siempre me aseguro de hacerlo.
Disco se encogió de hombros restándole importancia, para cambiar de tema.
— ¡Vamos a ver televisión!, hoy dan una película que quiero ver — seguí a Disco hasta el salón, y ambos nos sentamos en el sillón frente al televisor.  
Los días pasaron, y la situación se volvía cada vez peor, incluso me seguía hasta la universidad, ¡Cuando él no era un estudiante!, y llegó un momento donde se quedó a vivir en mi casa, ¡Obviamente sin mi consentimiento!, se tiraba en el sillón y dormía hasta el otro día. Desayunaba, almorzaba y cenaba conmigo.   
¡Ya no lo soportaba!, llegó un momento en el que exploté. Como era una persona tímida, le había dejado pasar muchas cosas, ¡Pero esto era demasiado!, ¡Lo obligaría a volver a su casa!   
— ¡Disco! — grité, intentando poner la mejor cara de chica mala que me salió — tienes que volver a tu casa.  
— Ya no puedo — me respondió restándole importancia mientras continuaba con su desayuno.
— ¡No me interesa!, no puedo soportarlo más, ¡Esta no es tu casa!, no puedes seguirme a todas partes como un perrito faldero, la gente piensa que es extraño, no he hecho ningún amigo en la universidad por tu culpa.   
Disco despegó la mirada de su desayuno, y me miró. Cuando sus ojos llegaron a los míos, un escalofrió recorrió todo mi cuerpo. Una sensación extraña encalló en mi cuerpo. Había algo que estaba olvidando, pero ¿Qué era?
— Sabes muy bien que no puedo irme.
— ¿Por qué? — le exigí.
— Porque habito en tu mente. Por eso no puedo irme.
Me quedé inmóvil, estupefacta. Lo había olvidado. El aburrimiento me llevó a crear un amigo imaginario, al principio lo hice como un simple juego, con la mera intención de contrarrestar la soledad, pero Disco se ramificó en mi mente como una enfermedad, tanto que ya no podía controlarlo, aparecía cuando quería, hacía lo que se le ocurría, había perdido completa autoridad sobre él. Desde que lo creé no había vuelto a sentir ese sentimiento de soledad, porque el chico de cabello turquesa me acompañaba a todos lados, pero Disco no era más que un producto de mi imaginación. Lo llamé tantas veces que nunca más se fue. Era como una persona viva, tenía voluntad propia, no podía controlarlo, pero era la única que lo veía, por eso mismo me preguntaba si en verdad le había dado vida de tanto desear compañía, o simplemente me había vuelto loca.   
Me volví a sentar sobre la mesa, probé el té que había preparado.
— Está bueno — dije al saborearlo, recibiendo una sonrisa por parte de Disco.     
No dejaba de preguntarme si alguna vez sería capaz de deshacerme de Disco, pero la idea de hacerlo me llenaba de temor, porque volvería a estar sola.  


martes, 30 de agosto de 2016

La Noche de las Máscaras




— Sakura-chan, ¿Qué haces aquí?, ¿Otra vez te has escapado?
— Esta vez mi onee-san no se ha dado cuenta — Le respondió la niña riendo traviesa. 
El niño la miró unos segundos preocupado. 
— No quiero que te castiguen por mi culpa, otra vez. 
— No pasará. Onee-san está ocupada con un cliente muy importante — La niña saltó emocionada y se acomodó junto al niño quien estudiaba unos bocetos que su padre le había encargado — Enséñame que has aprendido hoy — Le dijo extendiendo su mano pequeña.
Ryu tomó la mano de Sakura entre sus dedos, y mojando el pincel en la tinta, se dedicó a marcar contornos sobre su piel tersa e infantil, uniendo puntos, intercalando líneas, curvando esquinas, creando una imagen preciosa, la tinta brillaba soberbia sobre la piel, resaltando la belleza del dibujo y el talento del niño.  
— Es un dragón — Reconoció la niña al ver el dibujo acabado.
— El dragón significa equilibrio, pero también protegen la vida de los humanos, son portadores de fertilidad y suerte.      
— ¿Todo eso te enseñó tu padre? — Sakura admiró el dragón en su brazo una vez más, sus ojos perlados, sus escamas incontables, y aquel fuego que lo envolvía perteneciente — ¿Por qué siempre dibujas en mí?, me gustaría que me tatuaras, porque cuando me baño tus dibujos desaparecen, es pecado que algo tan hermoso se pierda tan fácilmente.     
— Todavía eres menor para tener un tatuaje. Tu onee-san te mataría si lo descubre. 
Sakura le respondió con un puchero de sus labios. Anhelaba tanto un tatuaje de su amigo. Ryu tenía su misma edad, era el hijo del tatuador que vivía al lado del Karyukai, la casa de geishas más importante de toda la ciudad. Su padre la había vendido a la casa, ella lloró, y se escondió de sus hermanas, en su primer intento de escape se ocultó en la casa del vecino, allí fue cuando conoció a Ryu, un joven tierno, su único amigo.
— Ya he visto tu talento — Le dijo Sakura levantándose del suelo con emoción — Ahora es mi turno de mostrarte lo que onee-san me ha enseñado.
Sakura danzó alegre, movía sus brazos con armonía, y sus pies suavemente, marcando un ritmo invisible que solo sonaba en su cabeza. Ryu vio su baile con embelesamiento, su amiga verdaderamente se veía hermosa danzando.   
— Y ¿Bien?, ¿Qué te pareció? — Le preguntó Sakura una vez que había dado por terminada su pieza de baile.
Las mejillas de Ryu se encendieron en vergüenza.
— Fue un baile muy hermoso — Susurró mirando al suelo.
— ¡Sakura-chan!, ¡¿Dónde te has metido esta vez?! — Una voz que sonaba molesta se escuchó a lo lejos.
— ¡Oh, no!, me están buscando — Sakura escondió el dibujo de Ryu debajo de su manga, no quería que su maestra la descubriera y obligara a limpiarlo — Hasta mañana, Ryu-kun.
Sakura escapó de la casa de su vecino para volver con su hermana quien insistía en llamarla. 
Pasaron los años, y la amistad entre estos dos chicos creció, desbordándose como un río, floreciendo como una flor en primavera. Los sentimientos se amontonaron, volviéndose confusos.   
En la adolescencia, Sakura pasó a convertirse en una maiko habilidosa, aprendía todas las artes que su hermana le enseñaba, además estudiaba por su cuenta todo lo que estaba a su alcance, aprendió bailes, canciones, arreglos florales, recitar poesía y teatro, y cuando se llevó a cabo la ceremonia donde se convirtió en una geisha, fue reconocida en toda la ciudad, su hermosura y habilidad para las artes era un imán para clientes que anhelaban su compañía. Pero ella nunca se olvido de Ryu-kun, su vecino, ya no podía visitarlo todos los días como antes, ya que los clientes ocupaban la mayor parte de su tiempo, pero cada vez que se libraba de ellos o de sus hermanas, lo primero en que pensaba era saltar la valla y colarse en la casa de su vecino. Compartiendo así, ella su piel, que era lienzo para él, donde acostumbraba a pintar imágenes, obras de arte, de una belleza particular, dibujos vivaces, que eran de admiración para los ojos de Sakura. En cambio, la joven le pagaba mostrándole algunas de sus habilidades, un baile, una canción sonando en sus cuerdas vocales, dulces y suaves daban una melodía bella y armoniosa.
— Es hermoso — Dijo Sakura paseando sus ojos por su brazo derecho, donde una diosa se alzaba entre dos olas poderosas, mostrando su belleza inhumana, inalcanzable.
— La Diosa Benten, de la fortuna y la sabiduría. También es representante de la literatura y el mar. Puede que esta diosa sea benevolente hacía ti, y te haya otorgado aquellas artes que te son tan dignas. Tienes su protección, de eso estoy seguro.
— Tu también debes tener el favor de los dioses, unas manos que pinten una belleza similar, deben estar bendecidas — Sakura tomó del interior de su manga una flauta de bambú — Ahora déjame devolverte el favor, no soy tan habilidosa como tú crees, pero haré mi mejor esfuerzo.   
La geisha colocó el shakuhachi sobre la punta de sus labios, sujetándolo de forma vertical, respiró  hondo para juntar el aire en sus pulmones y luego lo fue soltando lentamente de forma entrecortada. Fue moviendo los dedos por las aberturas de la caña, cambiando los tonos y las notas que salían de la flauta, combinando los sonidos de una manera mágica, formando una melodía traviesa y dulce al mismo tiempo.    
Los oídos de Ryu se deleitaron fascinados, cerró los ojos un momento concentrándose solamente en la canción. Cuando la flauta enmudeció, volvió a abrir los ojos encontrándose a Sakura mirándolo expectante. Vestía  un kimono de colores discretos, con un estampado brillante, de flores rojas, repartidas de manera uniforme y simple, pero en esa simpleza se resaltaba su belleza. Unos zori de laca separaban sus pies del suelo. Su rostro estaba bañado en maquillaje blanco, como si copos de nieve se hubieran agolpado en sus mejillas y por el resto de su faz, sus labios rojos, resaltaban sensuales. Ryu aclaró su garganta antes de hablar, podía sentir el efecto de la belleza de su amiga reinando sobre su cuerpo, obligándolo a sonrojarse, aunque intentara resistirse.  
— Es una canción muy bella — Dijo alzando las comisuras de su boca en una sonrisa. 
Sakura volvió a guardar el shakuhachi en el interior de su manga, y se inclinó hasta quedar en cuclillas, a la altura de Ryu quien estaba relajado en el suelo. No sé detuvo un segundo en su camino, deposito un beso sobre la mejilla de su amigo y luego le sonrió para volver a hablar.
— Siempre tan halagador. Me gustaría quedarme pero Takahashi-sama debe estar por llegar— Le dijo levantándose del suelo.
— ¿Takahashi?— Preguntó Ryu ya que nunca antes había escuchado ese nombre.  
— Sí, es el hijo mayor de una familia, que según he oído, muy adinerada. Takahashi  se ha vuelto un cliente habitual en el último mes. Viene todas las semanas, sin excepción.
Ryu sintió como algo se oprimía en su pecho, era una sensación que no le agradaba, nunca había sentido algo igual. Nunca se había sentido tan inseguro.  
Sakura volvió al Karyukai, apresurando el paso, en la entrada se encontró con otra geisha, quien la miraba con ojos llenos de una envidia que para Sakura era incomprensible y enigmática.
Takahashi-sama ha venido a verte nuevamente. ¿Acaso él es tu danna?
— ¿Mi danna? — Sakura se sorprendió al escuchar cierta acusación hacía ella, Takahashi, ¿Cómo su amante?, nunca se lo había imaginado — No, no, estas equivocada, solo es un cliente habitual.
La geisha miró a Sakura sin convencerse de sus palabras, y luego se marchó sin decir nada más, pero sin retirar esa expresión insatisfecha de su rostro.      
Sakura prendió el incienso, dando comienzo a la ceremonia japonesa del té, delimitado al mismo tiempo, el tiempo que su cliente disfrutaría de su compañía y sus habilidades en las artes.
Takahashi estaba sentado sobre sus rodillas, en torno a la mesa, mientras Sakura servía el té verde, que desprendía un aroma delicioso.      
— En el palacio todo es tan aburrido — Decía el joven mirando a Sakura.
— ¿Esa es la razón por la que Takahashi-sama pasa tanto tiempo en nuestra casa? — Preguntó la joven sentada al otro lado de la mesa, una vez que acabó de llenar las tazas de porcelana.       
—En el palacio no hay nada que hacer — Dijo para luego agregar con un tono juguetón — Disfruto mucho más tu compañía.
El corazón de la geisha se aceleró alocadamente. Eran unas palabras muy vergonzosas de escuchar.     
— Endulza mi humor con el sonido de tu flauta.
Sakura obedeció la orden de su cliente y tocó la misma canción que hacía una hora atrás había interpretado en la casa del tatuador. Pero ahora algo era diferente. No disfrutaba tocar aquel instrumento de la misma forma, el sentimiento que la embriagaba era distinto, cuando lo hacía para Ryu-kun podía sentir como la alegría la invadía, y sus labios sonreían de manera involuntaria, pero en este momento, no podía sentir aquello, no sentía el deseo de mostrarle a aquel hombre su habilidad en el shakuhachi, pero no podía negarse, su misión era satisfacer los deseos de sus clientes, y si su cliente quería escucharla tocar la flauta, así debía hacerlo.
Terminó la interpretación de la melodía con residuos de mal sabor en su boca, como si aquella canción pudiera tener un gusto amargo.
— Precioso — La alabó el príncipe con las mejillas encendidas en excitación — Ahora tomemos el té.
Y así, Sakura pasó el tiempo, cantando, bailando y sirviendo té verde, hasta que el incienso se apagó, siempre mostrado una sonrisa tímida pero falsa. 
Pasaron los días y Sakura fue llamada por la madre de la casa de geishas, le tenía una noticia muy importante que darle.
— ¿Me ha llamado okaa-san? — Dijo con una leve reverencia en modo de saludo.
— Sakura-chan, ya no serás más una geisha.
La mente de Sakura se quedó en blanco unos segundos, intentando asimilar lo que cavaba de escuchar.
— ¿Porqué?, ¿Qué he hecho? — ¿Acaso la estaban echando del Karyukai?, ¿Qué había hecho para desagradarle a la madre?
— No has hecho nada malo — le aclaró la mujer — Takahashi-sama te ha comprado. Ve a empacar tus cosas, vendrá a buscarte mañana por la mañana — Le confesó con una enorme sonrisa en sus labios.  
En ese momento, sintió de todo menos alegría, una alegría y emoción que no podía compartir con su okaa-san, solo podía pensar en una cosa, que se iría lejos, lejos de Ryu-kun, el chico que había crecido con ella, a la única persona que en realidad quería y sentía parte de su familia, ¿Cómo podía abandonarlo de esta manera?   
Volvió a inclinarse en una reverencia y se retiró de la vista de la mujer en silencio, y cuando se encontró sola, fuera del alcance de la vista del resto de las geishas se lanzó a llorar, permitiéndose sentir aquel aprisionador dolor, que punzaba en el fondo de su corazón.  
Corrió sin detenerse, escaló la valla, y saltó infiltrándose al interior de la casa vecina por la ventana que se encontraba abierta de par en par.
Allí encontró a Ryu, quien estaba limpiando los instrumentos de tatuar, que minutos atrás había utilizado para grabar la piel de un cliente, que ya satisfecho con su tatuaje se había retirado de la casa después de pagar por el trabajo del artista.
Sakura se tiró a los pies de Ryu, sin ocultar el llanto que salía sin detenerse. Ryu la abrazó fuerte, sin saber que era lo que le sucedía, pero de igual manera la consoló intentando tranquilizarla con dulces palabras, ya que le dolía verla tan desesperada.   
— ¿Qué sucede? — Le preguntó Ryu abrazándola con fuerza.
Sakura le contó todo, como había sido comprada y debía por lo tanto abandonar la casa de geishas.
— Ya no podré verte nunca más.
El corazón del joven se retrajo con dolor, no podía imaginarse una vida sin ella.
— Quiero llevarme algo tuyo — Dijo Sakura mirando al tatuador a los ojos — Algo que no se pueda borrar de la piel.
Ryu-kun comprendió cual era el pedido de Sakura, y esta vez no pudo negarse.
Sakura desprendió su quimono, liberando su espalda desnuda.
Ryu utilizó toda la noche para crear la obra más importante de su vida, utilizó la piel de la espalda de su amiga, como un lienzo delicado, lo marcó, hundiendo la aguja inundada en tinta brillante, dibujó en ella, un significado que sólo les pertenecería a ellos dos. Sakura soportó el dolor, que por momentos era insoportable, pero lo resistió, no quería dar marcha atrás y dejar el dibujo inconcluso. Pasaron toda la noche en silencio, solo se escuchaba la aguja perforando piel, y la tinta desparramándose, pintando.   
— ¿Qué es? — Preguntó Sakura cuando Ryu hubo terminado.
— Un dragón rodeado de flores de cerezo. Sakura, tu nombre significa flor de cerezo, simboliza la juventud, la belleza, la fama y la riqueza…  
— Y tu nombre, Ryu, significa dragón ¿Verdad?
— Sí, y siempre te protegeré — Dijo depositando un beso en la frente de Sakura.
— No hay nada que puedas hacer para detener esto — Dijo Sakura reteniendo el llanto.
— No me separaré de ti, te prometo que iré a buscarte. 
Sakura volvió a su casa, con el corazón pesado, y la espalda adolorida, pero era un dolor placentero, que le recordaba que estaría unida a Ryu por siempre.
Tal como la madre de las geishas había dicho, Takahashi-sama fue a la mañana siguiente a buscarla para llevarla a su palacio. Sakura no se resistió, sabía que no había nada que ella pudiera hacer.
El palacio era enorme y ostentoso, plagado de cosas caras y lujosas. Pero no le impresionaban bastante, ya que el anhelo de su corazón opacaba el resto de sus sentimientos, solo deseaba volver al lado de Ryu.    
Unos meses después, cuando en el palacio se festejaba una fiesta de máscaras, Takahashi-sama fue llamado por sus sirvientes en medio de la fiesta.
— Hay un hombre en la entrada que solicita verlo a usted, y se rehúsa a irse hasta que haya podido hablar.     
El príncipe indicó que lleven al visitante a la sala, donde hablaría en privado.
Un joven de cabellos negros como el carbón, y de un porte muy lejos de la nobleza, se presentó ante él, con la mirada encendida, podía ver la determinación en él. Su corazón se emocionó, podía percibir que obtendría algo de diversión de este chico, podía hacerlo sufrir para divertirse a costas de él.
El joven hizo una reverencia y luego habló.
— Quisiera comprarle a Sakura-chan.
— No creó que un joven de tu clase posea el dinero suficiente para pagar lo que yo pagué por ella.    
— No me importa si debo trabajar de por vida para usted, hare lo que sea necesario.     
Takahashi sonrió excitado, siempre anhelando algo con que divertirse, había comprado a la geisha con la intención de animar su vida en el palacio, pero con los días su presencia se había vuelto monótona y ya no lo divertía de la misma forma, pero ahora parecía que podría conseguir algo de este chico.
— No te imaginas lo aburrido que es este palacio, por eso mismo te propongo un juego — Dijo sonriendo con picardía — En el palacio se está llevando a cabo una fiesta de máscaras, si logras descubrir a Sakura-chan entre todas las mujeres, puedes llevártela. Pero sólo tendrás una oportunidad para revelarla, si pierdes no puedes volver nunca más y no tendrás ninguna otra ocasión de recuperarla, ¿Aceptas este trato?  
Ryu miró a Takahashi-sama unos segundo, analizando su propuesta, pero ni siquiera dudó en dar una respuesta, no temía en equivocarse, conocía a Sakura desde niños, una máscara no sería suficiente para ocultarla de él.         
Ryu hizo una inclinación de cabeza.
— Me parece un trato justo — Dijo seguro de sí mismo, seguro de que sería capaz de ganar.
 El príncipe rompió en carcajadas.
— Al fin un poco de diversión.   
Takahashi guió a Ryu al patio trasero, donde se estaba celebrando la fiesta. El patio estaba atestado de adornos, guirnaldas y dragones de papel colgaban de los cerezos, los invitados paseaban entre las mesas, desbordantes de majares. Lámparas colgaban de cordeles, encendidas por velas iluminando la fiesta en medio de la noche. Todos los invitados tenían sus rostros escondidos detrás de mascaras, había desde Tengu, con sus caras totalmente roja y una gran nariz, varios Hyottoko, con su rostro asimétrico y ebrio, que bailaban felices, algunas mujeres portaban a Okame, con sus pómulos hinchados. Incluso pudo ver algunos Tanuki, aquel tejón juguetón y bromista.   
—Sakura ya fue advertida de que actué con naturalidad, como si no te conociera. No queremos que la descubras gracias a sus emociones.    
Ryu caminó entre los invitados, recorriendo con sus ojos a las mujeres, algunas danzaban, otras reían en compañía de un hombre, algunas otras, en grupo, cuchicheaban entre susurros. 
Una mujer en especial le llamó la atención. Tenía un cuerpo delgado, y vestía un kimono bordo, con un obi turquesa. Se paseaba con un abanico, con dibujos de peces koi. Su cabello azabache estaba recogido en varias trenzas. Su rostro estaba ocultado detrás de una hermosa máscara que representaba a Kitsune, aquella zorra plateada engañosa.
Ryu bailó con aquella joven al compas de la melodía interpretada por los músicos. Sus movimientos vivaces y ágiles le eran familiares, ya los había visto antes, en su casa, cuando Sakura lo visitaba por la tarde para mostrarle lo que había aprendido.  
— ¿Ya has decidido? — Se acercó Takahashi.sama — ¿Piensas arriesgar por alguna de las jóvenes de esta fiesta?
— Sí — Respondió Ryu mirando a la joven con la máscara de Kitsune.
— ¿Estás seguro?, solo tienes una oportunidad. Debes estar muy seguro antes de arriesgarte.
— No me estoy arriesgando, estoy completamente seguro. ¡Ella es Sakura-chan!
— ¿Cómo puedes saberlo?, no puedes verle el rostro. Podría ser cualquier otra joven parecida a ella. Ni siquiera yo puedo confirmar que sea ella.  
— Sakura tiene un tatuaje en su espalda, de un dragón rodeado de flores de cerezo, si se encuentra allí, es ella.  
El príncipe caminó rodeando a la joven, y bajando el cuello del kimono unos centímetros, descubrió su espalda. Y como Ryu-kun había asegurado, allí se encontraba el dragón, tan imponente, con su cuerpo serpentino, volando por unas ramas de cerezos, rosados y brillantes. Luego de aquello retiró la máscara, para develar el rostro que ocultaba, y para su sorpresa pertenecía al de Sakura. El príncipe se sorprendió al ver que el tatuador no se había equivocado, ni siquiera había dudado en su elección, él realmente quería a la joven, mucho más que él, ya que ni siquiera había podido identificarla por encima de aquella máscara dramática.  
— Soy un hombre de palabra — Dijo el príncipe con una sonrisa— Me has ganado. Eres libre de llevarte a Sakura-chan contigo.
Ryu y Sakura entrelazaron sus manos, y ambos se marcharon del palacio. Con una sonrisa plasmada en sus bocas, y el corazón rebosante de felicidad.  
— Sabía que cumplirías tu promesa. Qué volverías por mí — Le confesó Sakura que no había tenido miedo, ni tampoco había llorado todo este tiempo que habían estado separados, porque sabía que Ryu haría lo posible por volver a verla y sacarla de ese palacio.     


   



  

lunes, 15 de agosto de 2016

El Emisario de la Muerte



                Poseo un trabajo muy particular. Es bastante agotador, ya que me mantiene ocupado a tiempo completo. Manteniéndome viajando por cualquier parte del mundo, haciendo de todas las personas mis clientes, incluso animales y vegetales no se pueden salvar de mi laborioso oficio.     
                Me visto con mi traje negro y galera brillante, llevo un maletín con mis instrumentos y paso el día recorriendo las calles, visitando casa por casa, desde una mansión hasta un pensión. Un reloj de arena es mi herramienta más útil, con ella puedo medir la deuda vitalicia de cada alma y cuerpo.      
                En fin, mi trabajo se trata de pintar una cana por aquí, una cana por allá, dejar algunas cabezas calvas, marcar arrugas en pieles tersas, dañar los ojos de vistas perfectas obligándolos a llevar anteojos con gruesos vidrios, bajar el volumen de los oídos oyentes, romper algunas caderas, oxidar articulaciones para obligarlos a andar con la ayuda de un tercer pie de madera. Ese tipo de trabajo. Parece fácil, pero no lo es. Debo dejar aquellos mensajes, plantados donde más tarde la muerte arribara.   

                Suelo tener muchos nombres, algunos me llaman embajador de la muerte, tiempo, destino, o simplemente vida. Pero la verdad es que no soy más que un simple emisario, que lleva el mensaje de su empleador, sólo eso.              

martes, 19 de julio de 2016

Algunos le temen


Algunos le temen a la vida,
otros le temen a la muerte,
arraigan en su pecho el peor miedo,
temen a ser encontrados por la soledad
y de padecer dolor y sufrimiento.  

¿Quién es el más cobarde?
¿El que decide que su vida es muy larga
o el que más días reclama?       

¡Qué realidad injusta! 

jueves, 7 de julio de 2016

Jeb


La llave de metal cobrizo era fría al tacto, el óxido se aferraba  a su metal como un parásito. La miré extrañada, parecía un chiste de muy mal gusto.   
— ¿Mi abuelo… — pregunté incrédula — … me dejó su mansión?
Corrección: Me había dejado todo lo que tenía, su monstruosamente enorme casa, su negocio y taller de muecas, junto con una abultada cuanta bancaría. Con esta fortuna no haría falta ni que busqué esposo, podía vivir tranquilamente hasta el lecho de mi muerte.
Me paré frente a la enorme casona, la miré con ojos nostálgicos, la última vez que había estado aquí fue cuando era una pequeña. Me había mudado de Londres con mis padres a los diez años, y desde entonces no había vuelto a ver a mi abuelo, siempre recibía sus cartas, pero no era lo mismo. Y ahora volví, llegando justo para su funeral. Una dolorosa despedida.  
— Gracias, abuelo — musité para mí misma, con una sonrisa en el rostro, mientras abrazaba la llave contra mi pecho, sintiendo el calor del amor que mi abuelo alguna vez me brindó.      
Abrí la verja, escuchando su agudo chirrido al correrse a un lado, haciéndome espació para pasar. Caminé por el sendero de piedra, sintiendo el ambiente muy diferente a como lo recordaba, ya no estaba aquella sensación acogedora y cálida, de simpatía y cariño, que brindaba la presencia de mi abuelo. Ahora no sentía nada de eso, todo se veía frio y oscuro, ni siquiera había una brisa que avivara la vegetación.         
Metí la llave en la cerradura de la puerta principal, y al girarla, escuche como el mecanismo interior giraba hasta destrabar la puerta.     
Si afuera se veía desolado, dentro de la casa era aun peor. Los muebles estaban ocultos detrás de sabanas y cortinas blancas, el piso estaba cubierto por una débil capa de polvo, señal de que la casa estaba siendo deshabitada desde hacía un tiempo.   
Subí las escaleras de madera, en dirección al segundo piso, mientras me dejaba llevar por una ola de recuerdos, como cuando sentada juntó a la chimenea, recibía mi primera muñeca de porcelana, obsequio confeccionado por mi mismo abuelo. 
Me paré frente a una puerta que reconocía muy bien, era el taller personal de mi abuelo, él era de los hombres que amaban tanto su trabajo que se lo llevaban a su casa. Abrí la puerta lentamente, encontrándome estantes de muñecas, con sus finos trajes de seda, y sus pieles de porcelana perlada. Otras estaban aun sin terminar, se hallaban sobre el escritorio, junto a las herramientas. Caminé hasta dicho escritorio y comencé a revolver los cajones, sólo por curiosidad. Mis ojos encontraron un diario, de tapa azul, lo tomé entre mis dedos, y lo admiré un momento antes de abrirlo, allí podría encontrar cierta privacidad de mi difunto abuelo, tal vez por un pequeño momento, si leía su diario, podría sentirlo vivo.    
Abrí el diario en una página al azar. Era un diario de trabajo, había diseños de muñecas algunos textos al azar, como recordatorios o ideas a desarrollar. Pero a mitad del diario, el contenido cambiaba drásticamente.
— 6 de agosto de 1735: Mis ojos todavía no pueden creerlo. Apenas puedo confiar en lo que he visto. Los fantasmas no existen—  me quedé en silencio un momento, procesando lo que acababa de leer. Antes de armar una conjetura al respecto en mi cerebro, preferí continuar con la lectura del diario — 13 de agosto de 1735: No fue un error. Realmente lo había visto. Hay un fantasma en mi casa. No parece peligroso, pero si muy triste y solitario.   
Las siguientes páginas mostraban modelos de lo que parecían ser un nuevo muñeco, que estaba titulado como Jeb, pero lo que indicaba las medidas y otras características, se salía de lo convencional. ¿Qué pretendía hacer? Un escalofrió recorrió mi espalda, obligándome a cerrar el diario. Dejé el cuaderno sobre el escritorio de madera, y giré sobre mi eje, hasta encontrarme con la última cosa que no había inspeccionado en la habitación.  
Caminé en su dirección, y tirando la cortina blanca que lo cubría, lo descubrí, al verlo, un grito se ahogó en el fondo de mi garganta. Un cadáver.  
Cuando lo volví a ver con más detenimiento me di cuenta que no se trataba de un cadáver, estaba en muy buenas condiciones para ser uno. Tal vez estaba dormido o algo por él estilo. Di un paso hacía él, con el corazón palpitante en el fondo del pecho, él miedo calaba por debajo de mi piel, erizándola. Todo era tan extraño.     
Toqué con la punta de mi dedo, la piel de su rostro, percatándome de esta manera que no estaba muerto, ni tampoco vivo, y mucho menos durmiendo. Era un muñeco de porcelana, pero se veía tan real que parecía real. Era la figura de un joven, de cabellos azabache y brillosos, su piel era perlada, y su cuerpo, su ropa, todo estaba tan bien confeccionado, que parecía que en cualquier momento podía levantarse y decirme algo. Incluso las facciones de su rostro eran impecables. Mentón fino, nariz respingada, pómulos hinchados, labios de curvas profundas, parpados suaves y pestañas largas. Tenía los ojos cerrados, como si ocultaran un secreto, un tesoro.
Mis dedos acariciaron su rostro, comprobando por segunda vez que lo que mis yemas tocaban no era piel humana, sino una porcelana muy fina y poco común. Mis dedos bajaron por su cuello, hasta encontrar detrás, en su nuca una abertura. Lo corroboré con mis ojos, se trataba de una cerradura.  
Tomé el diario nuevamente, y comparé los bocetos del muñeco con la figura delante de mí, eran el mismo muñeco, al parecer este era el último modelo en el que trabajaba mi abuelo. Y debo decir que hizo un gran trabajo. Era un muñeco estupendo y hermoso. En la tapa al final, me percaté que había una llave  pegada. La arranqué del diario, y mirando al muñeco con algo de recelo, debo decir que me daba miedo darle cuerda. Pero finalmente lo hice, tomando coraje, ignoré mi corazón palpitante, e introduje la llave en la cerradura de su nuca, le di tres vueltas y retiré la llave. Preparándome para lo que lo que pudiera suceder.   
Pasó un segundo, dos y tres, no pasó nada. Parecía que mi abuelo no había terminado su último proyecto. Una lástima.
De repente el muñeco abrió sus ojos.
Me quedé sin habla, y un calor ascendente quemó mi cuerpo, caminé hasta la pared opuesta, mirando al muñeco con miedo. Eso fue aterrador. 
Sus ojos eran de un color irreal, eran tan claros que parecían ser de hielo. Giró sus pupilas hasta localizarme, me miró por unos segundos, estudiando todo mí cuerpo hasta que se detuvo en la llave que llevaba en las manos, fue entonces que se levantó de su asiento en un grácil movimiento.
Sentía mis manos pegajosas por el sudor, y mis rodillas estaban perdiendo fuerza a causa del miedo que causaba el muñeco en mí. ¿Qué era esto?      
El muñeco lo que hizo a continuación me dejó sin habla, realmente no lo esperaba. Me hizo una reverencia y habló.  
— Mi nombre es Jeb. Mi anterior dueño murió, por eso caí dormido hasta encontrar un nuevo amo.
¿Jeb?, llevaba el mismo nombre que el título de los bocetos. Pero eso no era lo más impresionante, el muñeco me había hablado. Un muñeco de porcelana a escala humana estaba hablando, era una situación totalmente irreal.     
Esto debía ser una pesadilla. Estaba segura. Una muy mala y horrible pesadilla.
El muñeco dio un paso en mi dirección y volvió a abrir su boca de porcelana para proferir palabras.
— ¿Puedo conocer el nombre de mi nueva ama?
¿Nueva ama?, le di una rápida mirada a su ropa, tenía un frac negro, elegante, que se ceñía a su cuerpo, como si hubiera sido confeccionado a su medida. Era un mayordomo.  
— Amelie Collingwood — le respondí temerosamente.
— ¿Collingwood? — preguntó Jeb de repente, mientras los rasgos de su cara formaban una expresión de sorpresa. Me resultó fascinante de la manera que se movía su rostro. ¿Cómo podía un muñeco de porcelana mostrar ciertas emociones tan naturalmente? — Ese era el apellido de mi anterior amo.
— Sí, era mi abuelo.
Los labios del muñeco formaron una sonrisa. Me quedé mirando fascinada como mostraba sus dientes detrás de sus labios. Era aterradoramente asombroso.
— Entonces será un honor servirle a usted también — dijo y luego tomó mi mano entre sus dedos enguantados para besarme los nudillos. Un calor se rebalsó por todo mi cuerpo como un volcán ante aquella acción, era un muñeco, lo entendía, pero no podía dejar de sentirme de aquella manera extraña ante su presencia. Era tan imponente, y tan hermoso al mismo tiempo.       
— ¿Mi abuelo te creó? — era obvio que sí lo había hecho, pero quería escuchar su respuesta de todas maneras.      
— Esa no es la palabra correcta — me respondió, con su voz, que me resultaba tan adictiva de escuchar — Yo no diría que me “creó”, sino que me “atrapó”.
— ¿Qué quiere decir eso?  
— Mi alma está atrapada dentro de este muñeco, tu abuelo sólo confeccionó este cuerpo de porcelana para que yo pudiera habitar.  
— ¿Antes estabas vivo?, ¿Eras un humano?
— Antes de ser un muñeco era un fantasma, y antes de eso era un humano.
Lo escuché atentamente, sus palabras eran tan difíciles de procesar, un alma humana dentro de un cuerpo de porcelana.  
— ¿Eres la presencia que mi abuelo relataba en su diario?   
— Luego de aparecer varias veces ante él, le mostré mi aflicción más grande, la tortura que un alma errante como era yo podía sufrir: La soledad eterna. Sin poder interactuar con nadie, estar entre medio de los vivos y los muertos, sin poder abandonar mi anterior vida, me era imposible descansar en paz. Sólo me quedaba errar eternamente entre los vivos, en soledad absoluta — se lo oía apenado, y mi corazón se movió ante sus palabras — Tu abuelo fue mi salvador, me regaló un escapé, no estoy vivo, pero esto es mejor que no estar muerto tampoco, y que errar para siempre entre los vivos — me respondió mirando su propio cuerpo, mientras extendía las manos a los costados.   
Mi corazón se aceleró de manera frenética, no entendía la verdadera causa de su acelerado ritmo, no sabía si era el hecho de escuchar la historia de Jeb y todo lo relacionado a mi abuelo, que hasta entonces había sido un misterio para mí, o si era la simple presencia del mayordomo. Tal vez era un poco de ambas cosas. Después de todo todavía no acababa de procesar aquella extraña historia sobre fantasmas y muñecos poseídos.
Las próximas horas fueron extrañas, Jeb se había dedicado a limpiar la casa de arriba abajo, los pisos estaban relucientes, incluso las habitaciones se veían más iluminadas, ya no se veía como una casa abandonada. Yo me había dedicado a mirar a Jeb mientras hacía su trabajo, lo miraba como una obra de arte, y verdaderamente lo era. Debía reconocer el talento de mi abuelo, era un muñeco maravilloso, sus movimientos tan naturales, su aspecto tan real. Sus facciones tan atractivas.
Me senté sobre el sillón de la sala, con el diario de mi abuelo en mano, estaba decidida a leerlo completo, así de esa manera, tal vez podría entender mejor a Jeb. 
Había un recorte de periódico sujeto a las hojas del diario con un broche de metal, que databa de 1720, quince años atrás, justo antes que mi abuelo comprara esta casa. Hablaba sobre un caso de asesinato, terrible y sangriento, como nunca se ha visto en los últimos años de Londres.    
— Su té, mi Lady — Jeb se acercó con una bandeja en mano.
Levanté la vista del diario para recibir la merienda que había preparado. Este muñeco había limpiado toda la casa, y todavía le había sobrado tiempo para preparar té y una tarta de moras.
— ¿No te sientes cansado?, has hecho mucho por hoy — le pregunté, mirando como Jeb dejaba la taza de fina porcelana china sobre la mesa ratonera, seguida de una porción de la tarta.
— Este cuerpo no necesita descansar — me respondió, parándose recto, a un lado de mi silla.  
— Eres como un súper humano entonces, ¿Qué otros poderes mágicos tienes? — le pregunté emocionada, por conocer más de este muñeco.  
— En verdad no son poderes mágicos, yo lo llamaría más como desperfectos de poseer un cuerpo de porcelana.
— ¿Qué quiere decir eso?
— Un cuerpo de este material no necesita recargar energías, por lo tanto no duermo ni como. Tampoco posee nervios, por lo tanto no puedo sentir nada al tocar algo, ni frio, ni calor, ni dolor, ni nada. Me pierdo de los mejores placeres de estar vivo.    
Me quedé en silencio un momento. Realmente era muy mala su situación había sido bastante estúpida al envidiar, por un omento, un cuerpo como ese. 
— Sólo existe una cosa que me hace en parte humano, y eso es mi alma, sólo puedo percibir las cosas abstractas, como emociones o sentimientos.    
— Lo siento mucho — me disculpé, sintiéndolo realmente, de sólo imaginarme una situación así, mi corazón se estrujaba de tristeza.
— No lo sientas, como dije antes, esto es mejor que estar vagando como un espíritu errante.
— ¿Hay una manera de liberarte?, ¿Sin que vuelvas a ser un espíritu errante? — le pregunté cambiando de tema repentinamente — Aquí dice: “Rompe el envase y liberaras el alma” — leí el diario, escrito con la letra de mi padre — Pero si te liberara ahora volverías a tu estado anterior, nuevamente serías un alma que no puede descansar en paz. Se dice que las almas que permanecen en la tierra, lo hacen porque han dejado un asunto sin resolver, algo que todavía los une emocionalmente. ¿Qué es lo que te ha tenido anclado aquí? —la expresión en el rostro de Jeb cambio, mostrándome una atormentada comprensión — ¿Tiene algo que ver con esto? — le dije mostrándole la noticia periodística, que hacía unos minutos atrás había encontrado dentro del diario de mi abuelo —El último hijo de una familia noble fue encontrado muerto en su habitación. Su presunto asesino se encuentra desaparecido...         
— Es suficiente — me detuvo Jeb, era la primera vez que el muñeco se dirigía a mí de aquella manera, pero no iba a reprenderlo, necesitaba saber todo de él.
— Explícamelo por favor— dije en un ruego, la verdad era bastante patético que una joven de una familia nobleza como la mía, le ruegue a un mayordomo, pero no podía hacer nada al respecto, ya que este no era un mayordomo corriente.    
—Su nombre era Lilith, la conocí en uno de los famosos bailes que organizaba mi madre, era varios años mayor que yo, pero no me importo, le propuse casamiento y ella aceptó sin vacilar, en ese momento no me pareció extraño que una mujer mayor que yo aceptara el compromiso, pensé que realmente me amaba, por eso no le importaban los prejuicios que pudieran surgir de nuestra unión, ¡Qué equivocado estaba!, ella sólo iba detrás de mi fortuna. Luego del casamiento, todos mis hermanos murieron de forma sospechosa, dejándome a mí como único heredero. Ella se deshizo de todos, de mis hermanos, de mis padres, y a lo último de mí, para heredar de aquella manera todo el dinero que tenía. Ella vendió la casa, pero mi alma se quedó estancada aquí. Varios dueños de casa pasaron, todos asegurando que la casa estaba maldita, no duraban más de uno o dos meses ara que otro nuevo compre la casa, hasta que tu abuelo, el señor Collingwood, él no me vio como el resto, no me tuvo miedo, sino que se apiado de mí. Nunca me pude perdonar de lo que pasó, si hubiera sido más perspicaz, un poco más observador, mi familia no hubiera sufrido aquel final.                
Jeb se inclinó, y apoyó ambas manos sobre el modular más cercano, se lo veía afligido, presionando sus nudillos con fuerza. Fue solo una acción de unos segundos, luego volvía  retomar la compostura, parándose recto a mi lado, como todo buen mayordomo.  
— ¿Quieres ser liberado? — le pregunté, aunque al formular aquella palabra se anudó mi garganta repentinamente. ¿Por qué acaso quería conservarlo?, ¿No quería dejarlo ir?, no, no, eso sería muy egoísta de mi parte. Ese chico ya había sufrido suficiente.
El muñeco me miró un momento en silencio, como si estuviera analizando mí pregunta, ¿Él quería ser liberado de su cuerpo?    
—Desear cosas imposibles es una pérdida de tiempo. Prefiero concentrarme en el presente, y disfrutar el ahora — me respondió con una sonrisa que hizo acelerar mi corazón.  
Las sombras cubrieron el cielo, anunciando la extinción de un nuevo día. Me recosté sobre mi lecho, mientras Jeb con una mano sostenía una vela encendida y con la otra subía las sabanas para taparme hasta el cuello.
— Buenas noches, mi Lady— dijo dando media vuelta en dirección a la puerta.
Me senté sobre la cama velozmente, y mis dedos se aferraron a su manga, impidiendo su marcha.
— Espera no te vayas todavía.
El muñeco volvió a girar, hasta encararme con su mirada, sus ojos denotaban cierta sorpresa ante mi accionar. Mis mejillas se tiñeron de carmesí, y en un impulso nervioso solté su manga. Sentía mi cuerpo quemar por una acción tan descarada y vergonzosa, apenas pude hablar correctamente, las palabras escapaban de mi boca en medio de un torbellino de balbuceos.
— Emm…eh… — estaba haciendo el ridículo frente a él, la razón era que con sólo mirarlo lograba revolucionar mi interior, estaba comenzando a admirar, todo él me fascinaba — ¿Q…que harás ahora?         
— Ya que no puedo dormir, creó que leeré algún libro.
— ¿Podrías leerme algo? — mis mejillas quemaron mucho más de lo que antes lo hacían, no podía creer que le estuviera pidiendo algo así. Ni tampoco entendía porque me sentía avergonzada, era i mayordomo, podía pedirle lo que quisiera y debía cumplirlo, pero no podía evitar sentirme nerviosa.   
Una sonrisa apareció en su rostro de porcelana.
— ¿Qué libro desea que le lea?
— Él que elijas está bien — le respondí velozmente, esquivando su mirada.
Seguí a Jeb con la mirada, viendo como desaparecía por la puerta de mi habitación, para volver un momento después con un libro en mano. Se sentó en el banco junto a mi cama, y abriendo el libro en la primera página leyó. Me dejé llevar por las palabras que relataban una historia ficticia. Me concentré en el tono de voz de Jeb, tan profundo y grave, la matiz en su voz, provocaba que mis parpados se sintieran pesados, como si estuvieran pintados en plomo. Lentamente fui cerrando los ojos, presintiendo que el sueño llegaría pronto. Cerré los ojos, y me dejé llevar, solo prestándome a la voz del mayordomo, que me era extrañamente deleitosa.  
Jeb creyendo que ya estaba dormida interrumpió la lectura, cerró el libro, y todavía con los ojos cerrados pude escuchar como se levantaba de su asiento, y dando un paso, se paró a un lado de mi cama. Podía sentir su mirada sobre mí, haciendo a mi corazón acelerar a un ritmo anormal. La respiración se atoró en mi boca cuando sentí unos dedos enguantados acariciar mi mejilla, pero me quedé quieta, simulando que todavía seguía durmiendo.        
— Si solo pudiera sentir algo en este cuerpo, las cosas serían distintas. Es tan injusto — escuché que el muñeco susurraba para sí mismo, luego lo último que percibí fueron sus pasos alejándose de mí, y el sonido de la puerta al cerrarse.      
Ya sola en mi habitación me incorporé, quedando sentada en mi cama. Mis dedos viajaron hasta mi mejilla, todavía con el recuerdo del toque de Jeb. ¿Qué fue eso?, todavía recordaba el tonó de Jeb al decir esa frase, cargada de cierta tristeza resignada. Él había confesado eso, pensando que yo estaba dormida, pero ¿Qué había querido decir?, ¿Qué sería diferente para nosotros?     
Me levanté de la cama, pisando con mis pies descalzos el frio suelo, sólo sabía una cosa, y eso era que Jeb no era feliz como estaba ahora, y yo no podía soportar que fuera infeliz, no importara lo que tendría que hacer, lo liberaría.
Caminé por la habitación procurando hacer el menor ruido posible, no tenía tiempo de vestirme, así que solamente me calcé y me abrigué con una caperuza de piel negra.   
Anduve por el pasillo en puntitas de pie, me detuve un segundo frente a la puerta de la biblioteca, y allí´ estaba el, sentado sobre el sillón, leyendo un libro, parecía tan absorto en su lectura, que ni siquiera se percató de mi presencia, aproveche esta ocasión para continuar mi camino hasta la puerta principal.
Sintiendo que mi corazón quisiera escapar de mi pecho, me aventuré por las calles de Londres, en dirección al único lugar donde podría encontrar un poco de información útil.
Llamé a la puerta, y a pesar de que era muy tarde en la noche, me atendieron igual, el escribano de mi familia, abrió la puerta de su casa, todavía con su pijama a rayas puesto. 
— Señorita Collingwood, ¿Qué hace aquí a estas altas horas de la noche? — el anciano me miró con preocupación, abriendo la puerta de par en par e invitándome a ingresar a su casa.   
— No se preocupe no me ha pasado nada malo, y disculpé la hora que vengo a molestarlo, es que necesito su ayuda urgentemente.
— Entonces tome asiento y cuénteme en que necesita que la ayude.
Me senté sobre el sillón más cercano, retorcí el cordón de la caperuza entre ms dedos, estaba comenzando a ponerme nerviosa, grandes preocupaciones me atacaban interiormente, ¿Qué pasaría si no podía recoger de este hombre la información que necesitaba?, ¿Qué haría?
— Me gustaría conocer sobre los antiguos propietarios de la mansión de mi abuelo.  
El escribano me miró en silencio por un segundo, y luego se sentó en la silla de enfrente, totalmente predispuesto a hablarme sobre el tema.  
— Es una historia bastante aterradora.
— Me gustaría escucharla de todas formas, por motivos personales que no puedo revelarle, pero le aseguro que agradecería mucho su ayuda.
— En ese caso le contaré: La última dueña heredó la casa luego de que su marido muriera, su nombre es Lilith Wolff, es una pobre mujer, que según dicen los que la conocen, sufre una maldición que la vuelve tan desgraciada y feliz, no importa cuánto ame, todos sus matrimonios terminan mal.
— ¿Maldición? — pregunté irónicamente, aunque el anciano no captó la ironía en mi voz.
—Se dice que una gitana la maldijo en su niñez, y desde entonces no puede tener un amor feliz, pero ella nuca se rinde, realmente es una mujer valiente.
Realmente era una excusa ridícula, estaba segura que la misma Lilith había empezado ese rumor.      
— Y ¿Ahora que es de ella?
— Está probando suerte en un nuevo amor, se volvió a casar. Si deseas buscarla, yo puedo darte su dirección.
— Sí, sí, gracias, es lo que necesito.
Luego de que me diera la información sobre su paradero, me despedí del anciano.
— Muchas gracias por su hospitalidad.
— No es ningún problema. Espero que puedas encontrarla, la verdad es una mujer muy agradable.  
— Sí, estoy segura de eso. 
Con la nota en la mano, caminé hasta la dirección señalada, casi sin pensar demasiado, ya que si lo hacía, el miedo se colaría en mi interior. Iba al encuentro de una asesina. Pero me recordaba a mi misma que esto lo hacía por Jeb, y dicha razón era suficiente para seguir adelante.     
Siguiendo la dirección en la nota llegué hasta una enorme mansión, la cual no me sorprendió, esta viuda negra buscaba solteros adinerados.
Trepé una enredadera para escalar el muro, fue un trabajo forzoso, ya que una señorita no acostumbra a realizar estas acciones descaradas, y mucho menos por un simple mayordomo, pero no podía evitarlo, rebajarme de aquella manera. Jeb era especial, yo lo sabía. 
Caí sobre tierra húmeda, y corrí sin detenerme hasta la puerta de entrada, la cual al inspeccionarla con mis manos, me percaté que estaba abierta sin cerrojo. La abrí lentamente, encontrándome con un salón vacio, no escuchaba movimientos por ningún lado, ni siquiera de sirvientes, ¿Dónde estaba todo el mundo?, algo andaba mal aquí.    
Comencé a subir la escalera de mármol, alfombrada con un tapiz carmín. Fuera donde miré, toda la mansión era lujosa. Solo había una habitación iluminada, y aquella era mi destino. Llegué a la puerta de la habitación, la cual estaba abierta. Me coloqué debajo del umbral mirando hacia el interior, y lo que vi me heló la sangre. Fue una escena aterradora, un cuerpo ensangrentado yacía en el suelo, era un hombre adulto, ahora muerto, y encima de él se hallaba una mujer hermosa, con cabellos escarlatas, sosteniendo un cuchillo, con su hoja de metal bañada en sangre, no cabía duda, ella era Lilith, y acababa de llegar justo en el momento que mataba a su nuevo esposo.
— ¿Quién eres tú? — me preguntó levantándose del cuerpo de su esposo, ahora difunto.
Las palabras se atoraron en mis labios, ¿Qué podía decirle?, nunca esperé encontrarla en esta situación. Inconscientemente di un paso hacia atrás, alejándome de la asesina unos centímetros más.           
— Bueno, no importa quién seas, ahora eres un testigo quien puede sabotear todo lo que hasta este momento he creado— sus palabras sonaron como una amenaza, la cual provocó un escalofrió en mi cuerpo, realmente me encontraba en una muy mala situación — Debería deshacerme de ti también — dijo dibujando en su rostro la sonrisa más macabra que vi en  mi vida.      
Lilith saltó sobre mí, con el cuchillo en alto, dispuesta a herirme con él. Todo sucedió tan rápido, que ni siquiera tuve tiempo de reaccionar, solo me quedé allí quieta, viendo como la pelirroja acortaba la distancia entre nosotras de manera furtiva, con una llama asesina brillándole en los ojos.
Cerré los ojos y escuché como la hoja del cuchillo golpeaba contra algo, que no pude saber que era. Abrí los ojos y me encontré a Jeb, bloqueando el paso de Lilith, usando sus manos como escudo.   
Mis labios se separaron en una expresión de asombro, nunca me esperé que él saliera a mi rescate.  
Lilith dio un salto hacia atrás, temblando ligeramente, como si estuviera viendo un fantasma.
— ¿Jeb?, ¡No es posible! — su voz sonó perturbada y confundida, podía ver en sus ojos el miedo acrecentándose sin parar, al ver en persona a alguien que unos años atrás había matado con sus propias manos.     
— ¿Qué haces aquí? — pregunté casi en un susurro.
— Cuando me di cuenta que no estabas en casa, salí a buscarte — me respondió, dándome una breve mirada, para posar los ojos nuevamente en Lilith.
— Bueno, no importa — retomó la palabra la pelirroja —Deberé matarte dos veces al parecer— y al decir eso largó una carcajada y se lanzó sobre el muñeco, con el cuchillo en dirección a su pecho.
Jeb no tuvo tiempo de esquivar el ataque sorpresivo, el cuchillo penetró su cuerpo, dejando detrás un sonido vidrioso al traspasar su piel de porcelana. Un grito escapó de mi boca al presenciar esa escena, con el mango sobresaliendo de su saco negro, pero no salió sangre de la herida, ni siquiera Jeb lanzó un aullido de dolor como cualquier persona lo haría, él no podía sentir dolor.   
Lilith retiró el cuchillo del pecho de Jeb en un  rápido movimiento, y a continuación intentó apuñalarlo de nuevo, pero esta vez Jeb estaba preparado para su ataque, esquivó el cuchillo y tomó su muñeca con fuerza. La pelirroja se sacudió con fuerza intentando zafarse de su agarré, pero lo que provocó fue que ambos cayeran al suelo.
— ¡Jeb! — grité, esperando respuesta de él, quien se encontraba inmóvil, al igual que Lilith. Segundos después alguien se movió, fue la pelirroja.
Un charco de sangre se esparció por el suelo, producto de la caída, Lilith había hundido el cuchillo en su propio pecho, abriendo una hendidura por donde escapaba un caudal escarlata brillante. Gimió, suspirando entrecortadamente y luego murió lentamente, arrastrándose lejos del inmóvil Jeb.
Corrí y me arrodille junto al cuerpo de mi mayordomo, lo giré poniéndolo boca arriba, descubriendo que seguía con vida pero no se lo veía muy bien. Su pecho estaba descubierto, mostrando una grieta en su piel de porcelana, la cual seguía creciendo y ramificándose por el resto de su cuerpo.
“Rompe el envase y liberaras el alma”
— Jeb — mascullé, mirando como sus ojos iban perdiendo lentamente aquella luz, símbolo de vida — Lo lamento, por mi culpa volverás a vagar como un alma solitaria, lo siento mucho — me disculpé mientras las lágrimas se agolpaban en mis parpados.    
— No, yo tengo que agradecer, me has liberado — dijo esbozando una sonrisa débil — Por fin podré descansar en paz, aun que lo que más me duele es dejarte, me hubiera gustado pasar más tiempo contigo.
— Yo, no quiero que ye vayas — mi garganta se sentía anudada, y mi corazón prisionero de un gran dolor de inminente perdida, que sabía que no podía detener.     
Su cuerpo terminó por agrietarse todo, todo su rostro estaba inundado de raíces y hendiduras que se abrían mostrando un interior brillante, liberando su alma cautiva. Su cuerpo se desalmó dejando su alma libre, era brillante como un sol, pero no quemaba la visa al contemplarlo, era hermoso en todo su esplendor, tan puro. Jeb estiró su mano y me tocó la mejilla con sus dedos cálidos, que se sentían tibios al contacto con mi piel, embriagándome en una sensación nunca antes sentida.   
— Por fin puedo sentirte — dijo con su boca envuelta en llamas doradas, y luego me besó, envolviéndome con un calor apabullante, puro e embriagador, que llenaba mi interior de una manera amena, haciendo que mi corazón se encendiera, deleitándose de su presencia.
La luz que me rodeaba fue desapareciendo de a poco, la figura de Jeb comenzó a verse menos intensa, hasta que segundo tras segundo, desapareció de mi vista, dejándome sola en la habitación. Jeb se había marchado.        
  

  

miércoles, 1 de junio de 2016

La chica con cabellera de fuego



                Las llamas se inflaban y alzaban, danzarinas, mortíferas, llenando las paredes de la casa como serpientes, pintando en negro ceniza el camino por donde habían pasado. Las ráfagas, hambrientas habían consumido el oxigeno de la atmosfera, saturándola, haciéndola imposible de respirar.  
                — ¡Todo esto es tú culpa!— Le recriminó el hombre mientras tomaba el brazo de la joven con brusquedad.
Eglantine se cubrió el rostro con la otra mano, apenas podía respirar en medio de aquella nube de humo y cenizas.
— Lo siento — Masculló en medio de una tos, luchando por respirar.
— Un lo siento no arreglara esto — Su prometido se veía enfadado, en sus ojos brillaba el reflejo del fuego que lo rodeaba.
— Debemos irnos, huir… ¡Suéltame! — Dijo sacudiendo su brazo, sin poder lograr zafarse del agarre de su prometido.   
— ¿Huir?, ¿A dónde?, ¡Ya no me queda nada!— Clavó su mirada sobre la joven, mirándola con ira contenida — ¡Mi casa!, ¡Mi riqueza!, ¡Lo he perdido todo!, ¡Y todo es por tu culpa! — Volvió a sacudir a la joven, mientras esta gemía de dolor sintiendo como los dedos del hombre se cerraban con fuerza sobre su antebrazo.   
Las llamas se incrementaban, extendiéndose por toda la casa, tomando las paredes, inundando el segundo piso también.  
El hombre levantó su mano sobre la chica, dispuesto a golpearla, a descargar toda su furia y bronca sobre ella. Moriría allí, él y ella. Estaba dispuesto a perecer con su fortuna.
Eglantine viendo como la mano del hombre se movía hacía su rostro, gritó, llamando al que sabía que sería el único en ayudarla.
— ¡O´Niasrax!      
La mano del hombre se detuvo antes de llegar a la chica, un fuerte temblor por toda la casa lo detuvo en el acto.  
El prometido comenzó a correr, arrastrando a la joven, mientras esta intentaba soltarse, pero le era inútil, el hombre era muy fuerte. El hombre subió la escalera, en dirección al segundo piso. Tomó a su prometida por el cabello rojillo y la arrojó dentro de una habitación.  
— No dejaré que nos encuentre. Tampoco te entregaré a él — Dijo con rabia en su mirada azul, mientras tomaba un arcabuz que colgada encima de la chimenea, lo cargó con pólvora y una bala.     
Eglantine comenzó a llorar, las lágrimas surcaron por sus mejillas empapadas en grises cenizas.
— Cállate, o lo atraerás aquí — Y fue muy tarde O´Niasrax ya había escuchado su llanto, e iba por ella. Con su impecable habilidad trepó por las paredes exteriores, en el tejado sintió el aroma de la joven llenar sus pulmones, dándole con precisión su ubicación.  
O´Niasrax rasgó con sus patas las tejas del techo, abriendo una entrada en la casa, un rugido aterrador dio a conocer su imponente presencia.   
El prometido viendo al enorme dragón sobre su cabeza, por un momento se quedó congelado, era tan imponente, aterrador e intimidante, pero el rugido que soltó a continuación le sirvió para salir del trance. Apuntó el arma a la cabeza de la criatura y disparó. La bala voló por el aire, hasta impacta en el hocico del dragón.  
O´Niasrax sacudió su cabeza con un gemido de dolor, la bala le había abierto el labio, haciendo que su quemante sangre, encendida como la lava se escapara de su interior, quemando la madera del suelo al gotear sobre esta.
La criatura alada volvió a rugir, aun mucho más enfadada que la vez anterior. Mirando al hombre de ojos azules como una criatura odiosa e insignificante, y la verdad que a su lado lo era.  
El prometido quiso volver a cargar su arcabuz, pero el dragón no le dio suficiente tiempo para hacerlo. Abrió sus fauces humeantes y de ellas dejó escapar una ráfaga que envolvió en fuego al hombre, este gritó, siendo víctima de una gran tortura y dolor, quemado vivo, hasta la muerte.
El cuerpo incinerado del hombre cayó al suelo inmóvil.
Eglantine se levantó del suelo, y corrió hasta el centro de la habitación, alzando los ojos hacía el techo donde se encontraba la abertura y el dragón de escamas plateadas mirando por ella.
—Viniste por mí — Dijo con una enorme sonrisa.
El dragón tomó a la joven entre sus jarras con suma delicadeza, y ampliando las alas de su espalda se lanzó a la noche, huyendo lejos de aquella casa.
Mientras volaba rodeada de la noche, sostenida por las zarpas de O´Niasrax, recordó como había llegado exactamente a este momento:    
Un matrimonio arreglado con un hombre horrible, violento e irrespetuoso. Embargada por esta nueva realidad, escapó al bosque, corriendo si rumbo fijo, se rehusaba a vivir una vida a lado de aquel despreciable ser.  
En el bosque lo conoció, era un hombre misterioso y solitario, que vivía en el límite del bosque, al pie de una montaña, en una cueva oculta por una espumosa cascada. Su nombre era O´Niasrax, y no era un humano común, su alma estaba ligada a una extraña magia que le permitía trasmutar en otro ser mucho más grande y poderoso.
O´Niasrax cuidó de ella, la llevó a su cueva cuando la encontró desmayada en medio del bosque, después de todo seguía siendo un humano, y su corazón se había apiadado de la pobre joven lastimada.           
Pasaron los días y su prometido había organizado un grupo de treinta hombres a caballo que cruzara todo el bosque buscándola sólo a ella, la quería de vuelta, se había burlado de él descaradamente al huir de esa manera, él era el hombre más rico de la cuidad y no aceptaría semejante deshonra, la recuperaría y la haría su mujer a la fuerza.
El grupo encontró a Eglantine bañándose en el lago, junto a la cascada. Cuando intentaron capturarla una enorme bestia alada los atacó, perdieron varios hombres, pero estaban armados, lucharon contra la bestia, hiriéndola con sus flechas y arcabuces.
Mientras el dragón estaba ocupado luchando contra los intrusos, el prometido aprovechó su distracción para tomar a la joven de cabellera rojilla, tan roja como un fuego encendido, y llevársela en su caballo de vuelta a su mansión.       
O´Niasrax no tardó en percatarse de la ausencia de la mujer, siguió su aroma por el bosque hasta una mansión en la ciudad. Rugiendo con rabia incendió las paredes de la casa con su aliento de fuego, esperando que le devolvieran a la joven de cabello escarlata.        
La criatura voló por encima del bosque dejando la mansión, ahora hecha ceniza, atrás, sus alas cortaban las nubes, mientras que la luna llena proyectaba su sombra alada sobre los árboles.
La joven pelirroja sonreía embobada deleitándose de la sensación del viento abrumando su cabello, y abrazándola con cada aleteó que daba.
El dragón entró por la cascada, dejando que la cortina de agua mojara su lomo herido por las flechas. Aterrizó en el suelo de roca, dejando delicadamente a la joven de pie, para luego volverse humano.   
O´Niasrax cayó de bruces con un quejido atorado en su garganta, la batalla lo había agotado.
— O´Niasrax —Murmuró Eglantine mientras abrazaba a su amado con delicadeza, procurando no darle más dolor del que sentía. El joven correspondió su abrazó y la besó dulcemente, mientras le prometía estar con ella por siempre, protegiéndola de cualquiera que quisiera hacerle daño.