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lunes, 15 de agosto de 2016

El Emisario de la Muerte



                Poseo un trabajo muy particular. Es bastante agotador, ya que me mantiene ocupado a tiempo completo. Manteniéndome viajando por cualquier parte del mundo, haciendo de todas las personas mis clientes, incluso animales y vegetales no se pueden salvar de mi laborioso oficio.     
                Me visto con mi traje negro y galera brillante, llevo un maletín con mis instrumentos y paso el día recorriendo las calles, visitando casa por casa, desde una mansión hasta un pensión. Un reloj de arena es mi herramienta más útil, con ella puedo medir la deuda vitalicia de cada alma y cuerpo.      
                En fin, mi trabajo se trata de pintar una cana por aquí, una cana por allá, dejar algunas cabezas calvas, marcar arrugas en pieles tersas, dañar los ojos de vistas perfectas obligándolos a llevar anteojos con gruesos vidrios, bajar el volumen de los oídos oyentes, romper algunas caderas, oxidar articulaciones para obligarlos a andar con la ayuda de un tercer pie de madera. Ese tipo de trabajo. Parece fácil, pero no lo es. Debo dejar aquellos mensajes, plantados donde más tarde la muerte arribara.   

                Suelo tener muchos nombres, algunos me llaman embajador de la muerte, tiempo, destino, o simplemente vida. Pero la verdad es que no soy más que un simple emisario, que lleva el mensaje de su empleador, sólo eso.              

martes, 19 de julio de 2016

Algunos le temen


Algunos le temen a la vida,
otros le temen a la muerte,
arraigan en su pecho el peor miedo,
temen a ser encontrados por la soledad
y de padecer dolor y sufrimiento.  

¿Quién es el más cobarde?
¿El que decide que su vida es muy larga
o el que más días reclama?       

¡Qué realidad injusta! 

jueves, 7 de julio de 2016

Jeb


La llave de metal cobrizo era fría al tacto, el óxido se aferraba  a su metal como un parásito. La miré extrañada, parecía un chiste de muy mal gusto.   
— ¿Mi abuelo… — pregunté incrédula — … me dejó su mansión?
Corrección: Me había dejado todo lo que tenía, su monstruosamente enorme casa, su negocio y taller de muecas, junto con una abultada cuanta bancaría. Con esta fortuna no haría falta ni que busqué esposo, podía vivir tranquilamente hasta el lecho de mi muerte.
Me paré frente a la enorme casona, la miré con ojos nostálgicos, la última vez que había estado aquí fue cuando era una pequeña. Me había mudado de Londres con mis padres a los diez años, y desde entonces no había vuelto a ver a mi abuelo, siempre recibía sus cartas, pero no era lo mismo. Y ahora volví, llegando justo para su funeral. Una dolorosa despedida.  
— Gracias, abuelo — musité para mí misma, con una sonrisa en el rostro, mientras abrazaba la llave contra mi pecho, sintiendo el calor del amor que mi abuelo alguna vez me brindó.      
Abrí la verja, escuchando su agudo chirrido al correrse a un lado, haciéndome espació para pasar. Caminé por el sendero de piedra, sintiendo el ambiente muy diferente a como lo recordaba, ya no estaba aquella sensación acogedora y cálida, de simpatía y cariño, que brindaba la presencia de mi abuelo. Ahora no sentía nada de eso, todo se veía frio y oscuro, ni siquiera había una brisa que avivara la vegetación.         
Metí la llave en la cerradura de la puerta principal, y al girarla, escuche como el mecanismo interior giraba hasta destrabar la puerta.     
Si afuera se veía desolado, dentro de la casa era aun peor. Los muebles estaban ocultos detrás de sabanas y cortinas blancas, el piso estaba cubierto por una débil capa de polvo, señal de que la casa estaba siendo deshabitada desde hacía un tiempo.   
Subí las escaleras de madera, en dirección al segundo piso, mientras me dejaba llevar por una ola de recuerdos, como cuando sentada juntó a la chimenea, recibía mi primera muñeca de porcelana, obsequio confeccionado por mi mismo abuelo. 
Me paré frente a una puerta que reconocía muy bien, era el taller personal de mi abuelo, él era de los hombres que amaban tanto su trabajo que se lo llevaban a su casa. Abrí la puerta lentamente, encontrándome estantes de muñecas, con sus finos trajes de seda, y sus pieles de porcelana perlada. Otras estaban aun sin terminar, se hallaban sobre el escritorio, junto a las herramientas. Caminé hasta dicho escritorio y comencé a revolver los cajones, sólo por curiosidad. Mis ojos encontraron un diario, de tapa azul, lo tomé entre mis dedos, y lo admiré un momento antes de abrirlo, allí podría encontrar cierta privacidad de mi difunto abuelo, tal vez por un pequeño momento, si leía su diario, podría sentirlo vivo.    
Abrí el diario en una página al azar. Era un diario de trabajo, había diseños de muñecas algunos textos al azar, como recordatorios o ideas a desarrollar. Pero a mitad del diario, el contenido cambiaba drásticamente.
— 6 de agosto de 1735: Mis ojos todavía no pueden creerlo. Apenas puedo confiar en lo que he visto. Los fantasmas no existen—  me quedé en silencio un momento, procesando lo que acababa de leer. Antes de armar una conjetura al respecto en mi cerebro, preferí continuar con la lectura del diario — 13 de agosto de 1735: No fue un error. Realmente lo había visto. Hay un fantasma en mi casa. No parece peligroso, pero si muy triste y solitario.   
Las siguientes páginas mostraban modelos de lo que parecían ser un nuevo muñeco, que estaba titulado como Jeb, pero lo que indicaba las medidas y otras características, se salía de lo convencional. ¿Qué pretendía hacer? Un escalofrió recorrió mi espalda, obligándome a cerrar el diario. Dejé el cuaderno sobre el escritorio de madera, y giré sobre mi eje, hasta encontrarme con la última cosa que no había inspeccionado en la habitación.  
Caminé en su dirección, y tirando la cortina blanca que lo cubría, lo descubrí, al verlo, un grito se ahogó en el fondo de mi garganta. Un cadáver.  
Cuando lo volví a ver con más detenimiento me di cuenta que no se trataba de un cadáver, estaba en muy buenas condiciones para ser uno. Tal vez estaba dormido o algo por él estilo. Di un paso hacía él, con el corazón palpitante en el fondo del pecho, él miedo calaba por debajo de mi piel, erizándola. Todo era tan extraño.     
Toqué con la punta de mi dedo, la piel de su rostro, percatándome de esta manera que no estaba muerto, ni tampoco vivo, y mucho menos durmiendo. Era un muñeco de porcelana, pero se veía tan real que parecía real. Era la figura de un joven, de cabellos azabache y brillosos, su piel era perlada, y su cuerpo, su ropa, todo estaba tan bien confeccionado, que parecía que en cualquier momento podía levantarse y decirme algo. Incluso las facciones de su rostro eran impecables. Mentón fino, nariz respingada, pómulos hinchados, labios de curvas profundas, parpados suaves y pestañas largas. Tenía los ojos cerrados, como si ocultaran un secreto, un tesoro.
Mis dedos acariciaron su rostro, comprobando por segunda vez que lo que mis yemas tocaban no era piel humana, sino una porcelana muy fina y poco común. Mis dedos bajaron por su cuello, hasta encontrar detrás, en su nuca una abertura. Lo corroboré con mis ojos, se trataba de una cerradura.  
Tomé el diario nuevamente, y comparé los bocetos del muñeco con la figura delante de mí, eran el mismo muñeco, al parecer este era el último modelo en el que trabajaba mi abuelo. Y debo decir que hizo un gran trabajo. Era un muñeco estupendo y hermoso. En la tapa al final, me percaté que había una llave  pegada. La arranqué del diario, y mirando al muñeco con algo de recelo, debo decir que me daba miedo darle cuerda. Pero finalmente lo hice, tomando coraje, ignoré mi corazón palpitante, e introduje la llave en la cerradura de su nuca, le di tres vueltas y retiré la llave. Preparándome para lo que lo que pudiera suceder.   
Pasó un segundo, dos y tres, no pasó nada. Parecía que mi abuelo no había terminado su último proyecto. Una lástima.
De repente el muñeco abrió sus ojos.
Me quedé sin habla, y un calor ascendente quemó mi cuerpo, caminé hasta la pared opuesta, mirando al muñeco con miedo. Eso fue aterrador. 
Sus ojos eran de un color irreal, eran tan claros que parecían ser de hielo. Giró sus pupilas hasta localizarme, me miró por unos segundos, estudiando todo mí cuerpo hasta que se detuvo en la llave que llevaba en las manos, fue entonces que se levantó de su asiento en un grácil movimiento.
Sentía mis manos pegajosas por el sudor, y mis rodillas estaban perdiendo fuerza a causa del miedo que causaba el muñeco en mí. ¿Qué era esto?      
El muñeco lo que hizo a continuación me dejó sin habla, realmente no lo esperaba. Me hizo una reverencia y habló.  
— Mi nombre es Jeb. Mi anterior dueño murió, por eso caí dormido hasta encontrar un nuevo amo.
¿Jeb?, llevaba el mismo nombre que el título de los bocetos. Pero eso no era lo más impresionante, el muñeco me había hablado. Un muñeco de porcelana a escala humana estaba hablando, era una situación totalmente irreal.     
Esto debía ser una pesadilla. Estaba segura. Una muy mala y horrible pesadilla.
El muñeco dio un paso en mi dirección y volvió a abrir su boca de porcelana para proferir palabras.
— ¿Puedo conocer el nombre de mi nueva ama?
¿Nueva ama?, le di una rápida mirada a su ropa, tenía un frac negro, elegante, que se ceñía a su cuerpo, como si hubiera sido confeccionado a su medida. Era un mayordomo.  
— Amelie Collingwood — le respondí temerosamente.
— ¿Collingwood? — preguntó Jeb de repente, mientras los rasgos de su cara formaban una expresión de sorpresa. Me resultó fascinante de la manera que se movía su rostro. ¿Cómo podía un muñeco de porcelana mostrar ciertas emociones tan naturalmente? — Ese era el apellido de mi anterior amo.
— Sí, era mi abuelo.
Los labios del muñeco formaron una sonrisa. Me quedé mirando fascinada como mostraba sus dientes detrás de sus labios. Era aterradoramente asombroso.
— Entonces será un honor servirle a usted también — dijo y luego tomó mi mano entre sus dedos enguantados para besarme los nudillos. Un calor se rebalsó por todo mi cuerpo como un volcán ante aquella acción, era un muñeco, lo entendía, pero no podía dejar de sentirme de aquella manera extraña ante su presencia. Era tan imponente, y tan hermoso al mismo tiempo.       
— ¿Mi abuelo te creó? — era obvio que sí lo había hecho, pero quería escuchar su respuesta de todas maneras.      
— Esa no es la palabra correcta — me respondió, con su voz, que me resultaba tan adictiva de escuchar — Yo no diría que me “creó”, sino que me “atrapó”.
— ¿Qué quiere decir eso?  
— Mi alma está atrapada dentro de este muñeco, tu abuelo sólo confeccionó este cuerpo de porcelana para que yo pudiera habitar.  
— ¿Antes estabas vivo?, ¿Eras un humano?
— Antes de ser un muñeco era un fantasma, y antes de eso era un humano.
Lo escuché atentamente, sus palabras eran tan difíciles de procesar, un alma humana dentro de un cuerpo de porcelana.  
— ¿Eres la presencia que mi abuelo relataba en su diario?   
— Luego de aparecer varias veces ante él, le mostré mi aflicción más grande, la tortura que un alma errante como era yo podía sufrir: La soledad eterna. Sin poder interactuar con nadie, estar entre medio de los vivos y los muertos, sin poder abandonar mi anterior vida, me era imposible descansar en paz. Sólo me quedaba errar eternamente entre los vivos, en soledad absoluta — se lo oía apenado, y mi corazón se movió ante sus palabras — Tu abuelo fue mi salvador, me regaló un escapé, no estoy vivo, pero esto es mejor que no estar muerto tampoco, y que errar para siempre entre los vivos — me respondió mirando su propio cuerpo, mientras extendía las manos a los costados.   
Mi corazón se aceleró de manera frenética, no entendía la verdadera causa de su acelerado ritmo, no sabía si era el hecho de escuchar la historia de Jeb y todo lo relacionado a mi abuelo, que hasta entonces había sido un misterio para mí, o si era la simple presencia del mayordomo. Tal vez era un poco de ambas cosas. Después de todo todavía no acababa de procesar aquella extraña historia sobre fantasmas y muñecos poseídos.
Las próximas horas fueron extrañas, Jeb se había dedicado a limpiar la casa de arriba abajo, los pisos estaban relucientes, incluso las habitaciones se veían más iluminadas, ya no se veía como una casa abandonada. Yo me había dedicado a mirar a Jeb mientras hacía su trabajo, lo miraba como una obra de arte, y verdaderamente lo era. Debía reconocer el talento de mi abuelo, era un muñeco maravilloso, sus movimientos tan naturales, su aspecto tan real. Sus facciones tan atractivas.
Me senté sobre el sillón de la sala, con el diario de mi abuelo en mano, estaba decidida a leerlo completo, así de esa manera, tal vez podría entender mejor a Jeb. 
Había un recorte de periódico sujeto a las hojas del diario con un broche de metal, que databa de 1720, quince años atrás, justo antes que mi abuelo comprara esta casa. Hablaba sobre un caso de asesinato, terrible y sangriento, como nunca se ha visto en los últimos años de Londres.    
— Su té, mi Lady — Jeb se acercó con una bandeja en mano.
Levanté la vista del diario para recibir la merienda que había preparado. Este muñeco había limpiado toda la casa, y todavía le había sobrado tiempo para preparar té y una tarta de moras.
— ¿No te sientes cansado?, has hecho mucho por hoy — le pregunté, mirando como Jeb dejaba la taza de fina porcelana china sobre la mesa ratonera, seguida de una porción de la tarta.
— Este cuerpo no necesita descansar — me respondió, parándose recto, a un lado de mi silla.  
— Eres como un súper humano entonces, ¿Qué otros poderes mágicos tienes? — le pregunté emocionada, por conocer más de este muñeco.  
— En verdad no son poderes mágicos, yo lo llamaría más como desperfectos de poseer un cuerpo de porcelana.
— ¿Qué quiere decir eso?
— Un cuerpo de este material no necesita recargar energías, por lo tanto no duermo ni como. Tampoco posee nervios, por lo tanto no puedo sentir nada al tocar algo, ni frio, ni calor, ni dolor, ni nada. Me pierdo de los mejores placeres de estar vivo.    
Me quedé en silencio un momento. Realmente era muy mala su situación había sido bastante estúpida al envidiar, por un omento, un cuerpo como ese. 
— Sólo existe una cosa que me hace en parte humano, y eso es mi alma, sólo puedo percibir las cosas abstractas, como emociones o sentimientos.    
— Lo siento mucho — me disculpé, sintiéndolo realmente, de sólo imaginarme una situación así, mi corazón se estrujaba de tristeza.
— No lo sientas, como dije antes, esto es mejor que estar vagando como un espíritu errante.
— ¿Hay una manera de liberarte?, ¿Sin que vuelvas a ser un espíritu errante? — le pregunté cambiando de tema repentinamente — Aquí dice: “Rompe el envase y liberaras el alma” — leí el diario, escrito con la letra de mi padre — Pero si te liberara ahora volverías a tu estado anterior, nuevamente serías un alma que no puede descansar en paz. Se dice que las almas que permanecen en la tierra, lo hacen porque han dejado un asunto sin resolver, algo que todavía los une emocionalmente. ¿Qué es lo que te ha tenido anclado aquí? —la expresión en el rostro de Jeb cambio, mostrándome una atormentada comprensión — ¿Tiene algo que ver con esto? — le dije mostrándole la noticia periodística, que hacía unos minutos atrás había encontrado dentro del diario de mi abuelo —El último hijo de una familia noble fue encontrado muerto en su habitación. Su presunto asesino se encuentra desaparecido...         
— Es suficiente — me detuvo Jeb, era la primera vez que el muñeco se dirigía a mí de aquella manera, pero no iba a reprenderlo, necesitaba saber todo de él.
— Explícamelo por favor— dije en un ruego, la verdad era bastante patético que una joven de una familia nobleza como la mía, le ruegue a un mayordomo, pero no podía hacer nada al respecto, ya que este no era un mayordomo corriente.    
—Su nombre era Lilith, la conocí en uno de los famosos bailes que organizaba mi madre, era varios años mayor que yo, pero no me importo, le propuse casamiento y ella aceptó sin vacilar, en ese momento no me pareció extraño que una mujer mayor que yo aceptara el compromiso, pensé que realmente me amaba, por eso no le importaban los prejuicios que pudieran surgir de nuestra unión, ¡Qué equivocado estaba!, ella sólo iba detrás de mi fortuna. Luego del casamiento, todos mis hermanos murieron de forma sospechosa, dejándome a mí como único heredero. Ella se deshizo de todos, de mis hermanos, de mis padres, y a lo último de mí, para heredar de aquella manera todo el dinero que tenía. Ella vendió la casa, pero mi alma se quedó estancada aquí. Varios dueños de casa pasaron, todos asegurando que la casa estaba maldita, no duraban más de uno o dos meses ara que otro nuevo compre la casa, hasta que tu abuelo, el señor Collingwood, él no me vio como el resto, no me tuvo miedo, sino que se apiado de mí. Nunca me pude perdonar de lo que pasó, si hubiera sido más perspicaz, un poco más observador, mi familia no hubiera sufrido aquel final.                
Jeb se inclinó, y apoyó ambas manos sobre el modular más cercano, se lo veía afligido, presionando sus nudillos con fuerza. Fue solo una acción de unos segundos, luego volvía  retomar la compostura, parándose recto a mi lado, como todo buen mayordomo.  
— ¿Quieres ser liberado? — le pregunté, aunque al formular aquella palabra se anudó mi garganta repentinamente. ¿Por qué acaso quería conservarlo?, ¿No quería dejarlo ir?, no, no, eso sería muy egoísta de mi parte. Ese chico ya había sufrido suficiente.
El muñeco me miró un momento en silencio, como si estuviera analizando mí pregunta, ¿Él quería ser liberado de su cuerpo?    
—Desear cosas imposibles es una pérdida de tiempo. Prefiero concentrarme en el presente, y disfrutar el ahora — me respondió con una sonrisa que hizo acelerar mi corazón.  
Las sombras cubrieron el cielo, anunciando la extinción de un nuevo día. Me recosté sobre mi lecho, mientras Jeb con una mano sostenía una vela encendida y con la otra subía las sabanas para taparme hasta el cuello.
— Buenas noches, mi Lady— dijo dando media vuelta en dirección a la puerta.
Me senté sobre la cama velozmente, y mis dedos se aferraron a su manga, impidiendo su marcha.
— Espera no te vayas todavía.
El muñeco volvió a girar, hasta encararme con su mirada, sus ojos denotaban cierta sorpresa ante mi accionar. Mis mejillas se tiñeron de carmesí, y en un impulso nervioso solté su manga. Sentía mi cuerpo quemar por una acción tan descarada y vergonzosa, apenas pude hablar correctamente, las palabras escapaban de mi boca en medio de un torbellino de balbuceos.
— Emm…eh… — estaba haciendo el ridículo frente a él, la razón era que con sólo mirarlo lograba revolucionar mi interior, estaba comenzando a admirar, todo él me fascinaba — ¿Q…que harás ahora?         
— Ya que no puedo dormir, creó que leeré algún libro.
— ¿Podrías leerme algo? — mis mejillas quemaron mucho más de lo que antes lo hacían, no podía creer que le estuviera pidiendo algo así. Ni tampoco entendía porque me sentía avergonzada, era i mayordomo, podía pedirle lo que quisiera y debía cumplirlo, pero no podía evitar sentirme nerviosa.   
Una sonrisa apareció en su rostro de porcelana.
— ¿Qué libro desea que le lea?
— Él que elijas está bien — le respondí velozmente, esquivando su mirada.
Seguí a Jeb con la mirada, viendo como desaparecía por la puerta de mi habitación, para volver un momento después con un libro en mano. Se sentó en el banco junto a mi cama, y abriendo el libro en la primera página leyó. Me dejé llevar por las palabras que relataban una historia ficticia. Me concentré en el tono de voz de Jeb, tan profundo y grave, la matiz en su voz, provocaba que mis parpados se sintieran pesados, como si estuvieran pintados en plomo. Lentamente fui cerrando los ojos, presintiendo que el sueño llegaría pronto. Cerré los ojos, y me dejé llevar, solo prestándome a la voz del mayordomo, que me era extrañamente deleitosa.  
Jeb creyendo que ya estaba dormida interrumpió la lectura, cerró el libro, y todavía con los ojos cerrados pude escuchar como se levantaba de su asiento, y dando un paso, se paró a un lado de mi cama. Podía sentir su mirada sobre mí, haciendo a mi corazón acelerar a un ritmo anormal. La respiración se atoró en mi boca cuando sentí unos dedos enguantados acariciar mi mejilla, pero me quedé quieta, simulando que todavía seguía durmiendo.        
— Si solo pudiera sentir algo en este cuerpo, las cosas serían distintas. Es tan injusto — escuché que el muñeco susurraba para sí mismo, luego lo último que percibí fueron sus pasos alejándose de mí, y el sonido de la puerta al cerrarse.      
Ya sola en mi habitación me incorporé, quedando sentada en mi cama. Mis dedos viajaron hasta mi mejilla, todavía con el recuerdo del toque de Jeb. ¿Qué fue eso?, todavía recordaba el tonó de Jeb al decir esa frase, cargada de cierta tristeza resignada. Él había confesado eso, pensando que yo estaba dormida, pero ¿Qué había querido decir?, ¿Qué sería diferente para nosotros?     
Me levanté de la cama, pisando con mis pies descalzos el frio suelo, sólo sabía una cosa, y eso era que Jeb no era feliz como estaba ahora, y yo no podía soportar que fuera infeliz, no importara lo que tendría que hacer, lo liberaría.
Caminé por la habitación procurando hacer el menor ruido posible, no tenía tiempo de vestirme, así que solamente me calcé y me abrigué con una caperuza de piel negra.   
Anduve por el pasillo en puntitas de pie, me detuve un segundo frente a la puerta de la biblioteca, y allí´ estaba el, sentado sobre el sillón, leyendo un libro, parecía tan absorto en su lectura, que ni siquiera se percató de mi presencia, aproveche esta ocasión para continuar mi camino hasta la puerta principal.
Sintiendo que mi corazón quisiera escapar de mi pecho, me aventuré por las calles de Londres, en dirección al único lugar donde podría encontrar un poco de información útil.
Llamé a la puerta, y a pesar de que era muy tarde en la noche, me atendieron igual, el escribano de mi familia, abrió la puerta de su casa, todavía con su pijama a rayas puesto. 
— Señorita Collingwood, ¿Qué hace aquí a estas altas horas de la noche? — el anciano me miró con preocupación, abriendo la puerta de par en par e invitándome a ingresar a su casa.   
— No se preocupe no me ha pasado nada malo, y disculpé la hora que vengo a molestarlo, es que necesito su ayuda urgentemente.
— Entonces tome asiento y cuénteme en que necesita que la ayude.
Me senté sobre el sillón más cercano, retorcí el cordón de la caperuza entre ms dedos, estaba comenzando a ponerme nerviosa, grandes preocupaciones me atacaban interiormente, ¿Qué pasaría si no podía recoger de este hombre la información que necesitaba?, ¿Qué haría?
— Me gustaría conocer sobre los antiguos propietarios de la mansión de mi abuelo.  
El escribano me miró en silencio por un segundo, y luego se sentó en la silla de enfrente, totalmente predispuesto a hablarme sobre el tema.  
— Es una historia bastante aterradora.
— Me gustaría escucharla de todas formas, por motivos personales que no puedo revelarle, pero le aseguro que agradecería mucho su ayuda.
— En ese caso le contaré: La última dueña heredó la casa luego de que su marido muriera, su nombre es Lilith Wolff, es una pobre mujer, que según dicen los que la conocen, sufre una maldición que la vuelve tan desgraciada y feliz, no importa cuánto ame, todos sus matrimonios terminan mal.
— ¿Maldición? — pregunté irónicamente, aunque el anciano no captó la ironía en mi voz.
—Se dice que una gitana la maldijo en su niñez, y desde entonces no puede tener un amor feliz, pero ella nuca se rinde, realmente es una mujer valiente.
Realmente era una excusa ridícula, estaba segura que la misma Lilith había empezado ese rumor.      
— Y ¿Ahora que es de ella?
— Está probando suerte en un nuevo amor, se volvió a casar. Si deseas buscarla, yo puedo darte su dirección.
— Sí, sí, gracias, es lo que necesito.
Luego de que me diera la información sobre su paradero, me despedí del anciano.
— Muchas gracias por su hospitalidad.
— No es ningún problema. Espero que puedas encontrarla, la verdad es una mujer muy agradable.  
— Sí, estoy segura de eso. 
Con la nota en la mano, caminé hasta la dirección señalada, casi sin pensar demasiado, ya que si lo hacía, el miedo se colaría en mi interior. Iba al encuentro de una asesina. Pero me recordaba a mi misma que esto lo hacía por Jeb, y dicha razón era suficiente para seguir adelante.     
Siguiendo la dirección en la nota llegué hasta una enorme mansión, la cual no me sorprendió, esta viuda negra buscaba solteros adinerados.
Trepé una enredadera para escalar el muro, fue un trabajo forzoso, ya que una señorita no acostumbra a realizar estas acciones descaradas, y mucho menos por un simple mayordomo, pero no podía evitarlo, rebajarme de aquella manera. Jeb era especial, yo lo sabía. 
Caí sobre tierra húmeda, y corrí sin detenerme hasta la puerta de entrada, la cual al inspeccionarla con mis manos, me percaté que estaba abierta sin cerrojo. La abrí lentamente, encontrándome con un salón vacio, no escuchaba movimientos por ningún lado, ni siquiera de sirvientes, ¿Dónde estaba todo el mundo?, algo andaba mal aquí.    
Comencé a subir la escalera de mármol, alfombrada con un tapiz carmín. Fuera donde miré, toda la mansión era lujosa. Solo había una habitación iluminada, y aquella era mi destino. Llegué a la puerta de la habitación, la cual estaba abierta. Me coloqué debajo del umbral mirando hacia el interior, y lo que vi me heló la sangre. Fue una escena aterradora, un cuerpo ensangrentado yacía en el suelo, era un hombre adulto, ahora muerto, y encima de él se hallaba una mujer hermosa, con cabellos escarlatas, sosteniendo un cuchillo, con su hoja de metal bañada en sangre, no cabía duda, ella era Lilith, y acababa de llegar justo en el momento que mataba a su nuevo esposo.
— ¿Quién eres tú? — me preguntó levantándose del cuerpo de su esposo, ahora difunto.
Las palabras se atoraron en mis labios, ¿Qué podía decirle?, nunca esperé encontrarla en esta situación. Inconscientemente di un paso hacia atrás, alejándome de la asesina unos centímetros más.           
— Bueno, no importa quién seas, ahora eres un testigo quien puede sabotear todo lo que hasta este momento he creado— sus palabras sonaron como una amenaza, la cual provocó un escalofrió en mi cuerpo, realmente me encontraba en una muy mala situación — Debería deshacerme de ti también — dijo dibujando en su rostro la sonrisa más macabra que vi en  mi vida.      
Lilith saltó sobre mí, con el cuchillo en alto, dispuesta a herirme con él. Todo sucedió tan rápido, que ni siquiera tuve tiempo de reaccionar, solo me quedé allí quieta, viendo como la pelirroja acortaba la distancia entre nosotras de manera furtiva, con una llama asesina brillándole en los ojos.
Cerré los ojos y escuché como la hoja del cuchillo golpeaba contra algo, que no pude saber que era. Abrí los ojos y me encontré a Jeb, bloqueando el paso de Lilith, usando sus manos como escudo.   
Mis labios se separaron en una expresión de asombro, nunca me esperé que él saliera a mi rescate.  
Lilith dio un salto hacia atrás, temblando ligeramente, como si estuviera viendo un fantasma.
— ¿Jeb?, ¡No es posible! — su voz sonó perturbada y confundida, podía ver en sus ojos el miedo acrecentándose sin parar, al ver en persona a alguien que unos años atrás había matado con sus propias manos.     
— ¿Qué haces aquí? — pregunté casi en un susurro.
— Cuando me di cuenta que no estabas en casa, salí a buscarte — me respondió, dándome una breve mirada, para posar los ojos nuevamente en Lilith.
— Bueno, no importa — retomó la palabra la pelirroja —Deberé matarte dos veces al parecer— y al decir eso largó una carcajada y se lanzó sobre el muñeco, con el cuchillo en dirección a su pecho.
Jeb no tuvo tiempo de esquivar el ataque sorpresivo, el cuchillo penetró su cuerpo, dejando detrás un sonido vidrioso al traspasar su piel de porcelana. Un grito escapó de mi boca al presenciar esa escena, con el mango sobresaliendo de su saco negro, pero no salió sangre de la herida, ni siquiera Jeb lanzó un aullido de dolor como cualquier persona lo haría, él no podía sentir dolor.   
Lilith retiró el cuchillo del pecho de Jeb en un  rápido movimiento, y a continuación intentó apuñalarlo de nuevo, pero esta vez Jeb estaba preparado para su ataque, esquivó el cuchillo y tomó su muñeca con fuerza. La pelirroja se sacudió con fuerza intentando zafarse de su agarré, pero lo que provocó fue que ambos cayeran al suelo.
— ¡Jeb! — grité, esperando respuesta de él, quien se encontraba inmóvil, al igual que Lilith. Segundos después alguien se movió, fue la pelirroja.
Un charco de sangre se esparció por el suelo, producto de la caída, Lilith había hundido el cuchillo en su propio pecho, abriendo una hendidura por donde escapaba un caudal escarlata brillante. Gimió, suspirando entrecortadamente y luego murió lentamente, arrastrándose lejos del inmóvil Jeb.
Corrí y me arrodille junto al cuerpo de mi mayordomo, lo giré poniéndolo boca arriba, descubriendo que seguía con vida pero no se lo veía muy bien. Su pecho estaba descubierto, mostrando una grieta en su piel de porcelana, la cual seguía creciendo y ramificándose por el resto de su cuerpo.
“Rompe el envase y liberaras el alma”
— Jeb — mascullé, mirando como sus ojos iban perdiendo lentamente aquella luz, símbolo de vida — Lo lamento, por mi culpa volverás a vagar como un alma solitaria, lo siento mucho — me disculpé mientras las lágrimas se agolpaban en mis parpados.    
— No, yo tengo que agradecer, me has liberado — dijo esbozando una sonrisa débil — Por fin podré descansar en paz, aun que lo que más me duele es dejarte, me hubiera gustado pasar más tiempo contigo.
— Yo, no quiero que ye vayas — mi garganta se sentía anudada, y mi corazón prisionero de un gran dolor de inminente perdida, que sabía que no podía detener.     
Su cuerpo terminó por agrietarse todo, todo su rostro estaba inundado de raíces y hendiduras que se abrían mostrando un interior brillante, liberando su alma cautiva. Su cuerpo se desalmó dejando su alma libre, era brillante como un sol, pero no quemaba la visa al contemplarlo, era hermoso en todo su esplendor, tan puro. Jeb estiró su mano y me tocó la mejilla con sus dedos cálidos, que se sentían tibios al contacto con mi piel, embriagándome en una sensación nunca antes sentida.   
— Por fin puedo sentirte — dijo con su boca envuelta en llamas doradas, y luego me besó, envolviéndome con un calor apabullante, puro e embriagador, que llenaba mi interior de una manera amena, haciendo que mi corazón se encendiera, deleitándose de su presencia.
La luz que me rodeaba fue desapareciendo de a poco, la figura de Jeb comenzó a verse menos intensa, hasta que segundo tras segundo, desapareció de mi vista, dejándome sola en la habitación. Jeb se había marchado.        
  

  

miércoles, 1 de junio de 2016

La chica con cabellera de fuego



                Las llamas se inflaban y alzaban, danzarinas, mortíferas, llenando las paredes de la casa como serpientes, pintando en negro ceniza el camino por donde habían pasado. Las ráfagas, hambrientas habían consumido el oxigeno de la atmosfera, saturándola, haciéndola imposible de respirar.  
                — ¡Todo esto es tú culpa!— Le recriminó el hombre mientras tomaba el brazo de la joven con brusquedad.
Eglantine se cubrió el rostro con la otra mano, apenas podía respirar en medio de aquella nube de humo y cenizas.
— Lo siento — Masculló en medio de una tos, luchando por respirar.
— Un lo siento no arreglara esto — Su prometido se veía enfadado, en sus ojos brillaba el reflejo del fuego que lo rodeaba.
— Debemos irnos, huir… ¡Suéltame! — Dijo sacudiendo su brazo, sin poder lograr zafarse del agarre de su prometido.   
— ¿Huir?, ¿A dónde?, ¡Ya no me queda nada!— Clavó su mirada sobre la joven, mirándola con ira contenida — ¡Mi casa!, ¡Mi riqueza!, ¡Lo he perdido todo!, ¡Y todo es por tu culpa! — Volvió a sacudir a la joven, mientras esta gemía de dolor sintiendo como los dedos del hombre se cerraban con fuerza sobre su antebrazo.   
Las llamas se incrementaban, extendiéndose por toda la casa, tomando las paredes, inundando el segundo piso también.  
El hombre levantó su mano sobre la chica, dispuesto a golpearla, a descargar toda su furia y bronca sobre ella. Moriría allí, él y ella. Estaba dispuesto a perecer con su fortuna.
Eglantine viendo como la mano del hombre se movía hacía su rostro, gritó, llamando al que sabía que sería el único en ayudarla.
— ¡O´Niasrax!      
La mano del hombre se detuvo antes de llegar a la chica, un fuerte temblor por toda la casa lo detuvo en el acto.  
El prometido comenzó a correr, arrastrando a la joven, mientras esta intentaba soltarse, pero le era inútil, el hombre era muy fuerte. El hombre subió la escalera, en dirección al segundo piso. Tomó a su prometida por el cabello rojillo y la arrojó dentro de una habitación.  
— No dejaré que nos encuentre. Tampoco te entregaré a él — Dijo con rabia en su mirada azul, mientras tomaba un arcabuz que colgada encima de la chimenea, lo cargó con pólvora y una bala.     
Eglantine comenzó a llorar, las lágrimas surcaron por sus mejillas empapadas en grises cenizas.
— Cállate, o lo atraerás aquí — Y fue muy tarde O´Niasrax ya había escuchado su llanto, e iba por ella. Con su impecable habilidad trepó por las paredes exteriores, en el tejado sintió el aroma de la joven llenar sus pulmones, dándole con precisión su ubicación.  
O´Niasrax rasgó con sus patas las tejas del techo, abriendo una entrada en la casa, un rugido aterrador dio a conocer su imponente presencia.   
El prometido viendo al enorme dragón sobre su cabeza, por un momento se quedó congelado, era tan imponente, aterrador e intimidante, pero el rugido que soltó a continuación le sirvió para salir del trance. Apuntó el arma a la cabeza de la criatura y disparó. La bala voló por el aire, hasta impacta en el hocico del dragón.  
O´Niasrax sacudió su cabeza con un gemido de dolor, la bala le había abierto el labio, haciendo que su quemante sangre, encendida como la lava se escapara de su interior, quemando la madera del suelo al gotear sobre esta.
La criatura alada volvió a rugir, aun mucho más enfadada que la vez anterior. Mirando al hombre de ojos azules como una criatura odiosa e insignificante, y la verdad que a su lado lo era.  
El prometido quiso volver a cargar su arcabuz, pero el dragón no le dio suficiente tiempo para hacerlo. Abrió sus fauces humeantes y de ellas dejó escapar una ráfaga que envolvió en fuego al hombre, este gritó, siendo víctima de una gran tortura y dolor, quemado vivo, hasta la muerte.
El cuerpo incinerado del hombre cayó al suelo inmóvil.
Eglantine se levantó del suelo, y corrió hasta el centro de la habitación, alzando los ojos hacía el techo donde se encontraba la abertura y el dragón de escamas plateadas mirando por ella.
—Viniste por mí — Dijo con una enorme sonrisa.
El dragón tomó a la joven entre sus jarras con suma delicadeza, y ampliando las alas de su espalda se lanzó a la noche, huyendo lejos de aquella casa.
Mientras volaba rodeada de la noche, sostenida por las zarpas de O´Niasrax, recordó como había llegado exactamente a este momento:    
Un matrimonio arreglado con un hombre horrible, violento e irrespetuoso. Embargada por esta nueva realidad, escapó al bosque, corriendo si rumbo fijo, se rehusaba a vivir una vida a lado de aquel despreciable ser.  
En el bosque lo conoció, era un hombre misterioso y solitario, que vivía en el límite del bosque, al pie de una montaña, en una cueva oculta por una espumosa cascada. Su nombre era O´Niasrax, y no era un humano común, su alma estaba ligada a una extraña magia que le permitía trasmutar en otro ser mucho más grande y poderoso.
O´Niasrax cuidó de ella, la llevó a su cueva cuando la encontró desmayada en medio del bosque, después de todo seguía siendo un humano, y su corazón se había apiadado de la pobre joven lastimada.           
Pasaron los días y su prometido había organizado un grupo de treinta hombres a caballo que cruzara todo el bosque buscándola sólo a ella, la quería de vuelta, se había burlado de él descaradamente al huir de esa manera, él era el hombre más rico de la cuidad y no aceptaría semejante deshonra, la recuperaría y la haría su mujer a la fuerza.
El grupo encontró a Eglantine bañándose en el lago, junto a la cascada. Cuando intentaron capturarla una enorme bestia alada los atacó, perdieron varios hombres, pero estaban armados, lucharon contra la bestia, hiriéndola con sus flechas y arcabuces.
Mientras el dragón estaba ocupado luchando contra los intrusos, el prometido aprovechó su distracción para tomar a la joven de cabellera rojilla, tan roja como un fuego encendido, y llevársela en su caballo de vuelta a su mansión.       
O´Niasrax no tardó en percatarse de la ausencia de la mujer, siguió su aroma por el bosque hasta una mansión en la ciudad. Rugiendo con rabia incendió las paredes de la casa con su aliento de fuego, esperando que le devolvieran a la joven de cabello escarlata.        
La criatura voló por encima del bosque dejando la mansión, ahora hecha ceniza, atrás, sus alas cortaban las nubes, mientras que la luna llena proyectaba su sombra alada sobre los árboles.
La joven pelirroja sonreía embobada deleitándose de la sensación del viento abrumando su cabello, y abrazándola con cada aleteó que daba.
El dragón entró por la cascada, dejando que la cortina de agua mojara su lomo herido por las flechas. Aterrizó en el suelo de roca, dejando delicadamente a la joven de pie, para luego volverse humano.   
O´Niasrax cayó de bruces con un quejido atorado en su garganta, la batalla lo había agotado.
— O´Niasrax —Murmuró Eglantine mientras abrazaba a su amado con delicadeza, procurando no darle más dolor del que sentía. El joven correspondió su abrazó y la besó dulcemente, mientras le prometía estar con ella por siempre, protegiéndola de cualquiera que quisiera hacerle daño.


   

miércoles, 11 de mayo de 2016

Manos de Tinta



¿Qué has escrito esta vez?
le pregunté acercándome
busque sus manos en un acto insomne,
percatándome del añil de sus dedos,
tinta brillante como azulejos,
signo de que una nueva puerta se había abierto.  

¿Qué ha sido esta vez?
¿Qué cosa nueva has creado?
¿Un océano desértico?
¿Un castillo encantado?

Miré las hojas sobre la madera,
envueltas en letras cursivas y recuas,  
danzantes, llenas de vueltas amenas,
escondiendo secretos e ilusiones,
que todos ojos lectores,
buscan en los trazos de un trovador inmoble.              

¿Qué magia has usado esta vez?
¿Qué creación desprenden las palabras?
¿Un villano de vana mirada?   
O ¿Un héroe de mente sensata?  


miércoles, 20 de abril de 2016

Alejo o Albina


                Desperté como cada mañana, con las cortinas abiertas, y las paredes azules envolviéndome como un cielo artificial. Un remolinó de imágenes se agruparon en mi mente, de lo que soñé anoche, siempre recordaba el sueño completo, pero hoy, sin ninguna explicación sólo recordé fragmentos de él: Un despertador rojo estrellándose contra un piso de madera, una joven de cabellos rubios, tan claros que parecían haber sido pintados por la nieve, se peinaba frente a un espejo de marcó amarillo, la misma joven, caminando por una vereda repleta de gente. Todos los días era lo mismo, una y otra vez, no importara que hiciera, no podía librarme de esta maldición, ni siquiera sabía si llamarlo así.         
Me incorporé con desganó, sentándome sobre el colchón. Busqué con los pies descalzos las pantuflas y cuando las encontré, caminé arrastrando los pies, hasta el baño. Miré mi reflejo en el espejo, como todas las mañanas, a veces era frustrante y otras veces no le daba importancia, pero todas las mañanas despertaba con el mismo sentimiento, con esa sensación de no saber quien soy en realidad, ¿Por qué me sucede esto?, ¿Qué está mal en mí?, ¿Por qué nací de esta manera?, la vida se volvía ridículamente irreal, por más que intentara explicarlo nadie me creería, solo había una persona que me entiende, pero no hablaría con ella, nunca nos hemos visto en persona.    
La espuma del dentífrico se escabullía de mis labios mientras cepillaba mis dientes, mis ojos oscuros buscaban en el reflejo mi imagen, como si no fuera real, como si algo pudiera indicarme que no estaba despierto, pero si lo estaba, aunque nunca podía confirmarlo completamente. Mi piel ligeramente oscura, en contraste con mis blancos dientes, mi cabello castaño oscuro, mis rasgos musulmanes, apenas perceptibles. Todo estaba allí.  
Mi nombre es Alejo, tengo veinticinco años, curso mi último año en ingeniería. Y todos los días es lo mismo, padezco de una extraña existencia, que apenas yo comprendo.
Me encaminé a la puerta, con los pies pesados, todavía repasando los fragmentos del sueño en mi cabeza, sin comprender porque no podía recordarlo, nunca me había sucedido esto en mis veinticinco años de vida. Nunca.    
Caminé por la vereda mirado al sucio suelo de la vereda, perdido en mis pensamientos, ¿Acaso algo iba a suceder?, ¿Qué andaba mal?, me encontraba muy inquieto.        
Mis pies se detuvieron inconscientemente cuando sentí unos ojos sobre mí. Un escalofrió recorrió toda mi espalda, y un frio helado se alojó en mi pecho. Levanté la mirada lentamente, con el corazón golpeando en las sienes como un martillo asesino. Ella estaba allí. Enfrente de mí Albina se encontraba parada en medio de la vereda, mirándome como si fuera un fantasma, con los ojos bien abiertos y su cabello blanquecino hondeando como una bandera blanca.
¿Debía decir algo?, ella sabía todo sobre mí y yo todo sobre ella, y sin embargo era la primera vez que nos encontrábamos en persona. Siempre había arreglado todo para que nuestros cuerpos no se cruzaran, pero las cosas hoy cambiaron.  
¿Qué hice mal?, ¿Qué está sucediendo?
Ella se encontraba aquí. Yo me encontraba aquí. Nosotros nos encontrábamos aquí. Y no había nada que decir, porque sabía cómo pensaba y sé que en este momento ella se está haciendo las mismas preguntas que yo. La conozco perfectamente. Sé todo sobre ella.                
Mis pies se movieron y los de ella también. Su cuerpo pasó junto al mío, y paso a paso nos fuimos distanciando hasta que ya no pudimos percibir la presencia del otro.
Estuve todo el día inquieto, ni siquiera pude prestar atención en las clases de la universidad. Era la primera vez que la veía en persona, era la primera vez que no recordaba mi sueño y estaba seguro que nuestro encuentro había tenido algo que ver con ello.  
Después de la universidad volví a mi casa y allí me quedé, mirando al techo, pensando en nuestro encuentro hasta que me dormí. 

La alarma resonó por la habitación chillando como una bruja, mi corazón, al igual que mi cuerpo, saltó del susto. Intentando apagar la alarma, todavía media adormilada, logré golpear al despertador rojo y hacer que este rodara por la mesa de luz hasta estrellarse contra la madera del suelo.    
Maldecí entre dientes y me levanté rascándome la cabeza. Caminé hasta el baño, donde cepille mi largo cabello blanco. Tengo veinticinco años y me llamó Albina, sí, mis padres tuvieron mucha originalidad al nombrarme con la misma anomalía que padezco. Por cierto, esa no es mi única anomalía, hablando de eso, ahora que lo recuerdo, no logró recordar mi sueño anterior, sólo pequeños fragmentos, pero un sentimiento, residuo del sueño anterior, se alojaba en mi pecho y este era la incertidumbre, de esas que surgen cuando hay algo que no comprendes, un cambio que altera tu día. Pero no me quedé a pensarlo por mucho tiempo, estaba llegando tarde a trabajar, y mi jefa no soporta las impuntualidades.  
Me vestí con lo primero que encontré y salí a la calle, la cual estaba más concurrida de lo habitual. Caminé esquivando a la gente, y de repente algo se removió en mi interior, una sensación extraña y cálida azotó mi pecho. Me paré en seco, y mis ojos hallaron frente a mí a Alejo, aquel chico con que he soñado toda mi vida, allí estaba, caminando mientras miraba al suelo preocupado, como si hubiera perdido algo, pero se detuvo de inmediato, porque había sentido mi presencia, al igual como yo sentí la de él. 
Alejo levantó el rostro y nuestros ojos se encontraron.
¿Qué debía hacer? Nunca nos habíamos visto en persona, siempre en los sueños. Antes de despertar siempre había vivido su día, ambos cumplíamos años el mismo día, fui testigo cuando aprendió a andar en bicicleta, vi su primer beso, su primer novia, soñé la muerte de su madre, estuve cuando ingresó a la universidad, lo acompañé en cada examen, leí con él cada libro que leyó, incluso sé su forma de pensar, y él lo mismo conmigo, Alejo conocía cada día de mi vida. Pero siempre nos habíamos evitado, sería extraño encontrarte con la persona que sueñas su vida cada noche, además no teníamos nada que decirnos porque sabíamos todo del otro.  
Mis pies se movieron y los de Alejo también. Nuestro primer encuentro duro pocos segundos.           


jueves, 14 de abril de 2016

Aguas turbias


                — ¿Qué hacemos en el Lago? — Preguntó la agente Miller, mirando como su compañero achinaba aun más sus ojos orientales al inspeccionar una rama partida.
                — Una mujer reportó escuchar ruidos extraños y gritos por la noche.
                — ¿Eso no es nada nuevo?, por algo lo llaman el Lago del Fantasma Negro, son leyendas estúpidas, es casi como una tradición, los jóvenes en la noche de su graduación vienen a pasar la noche en el bosque, para probar su valor. Son cuentos solamente.  
— ¿Viniste la noche de tu graduación?, eso no se ve muy propio de ti, Miller — Le preguntó el agente aguantando una risilla, incapaz de creer posible que Natalia se deje llevar por leyendas populares.
— Claro que no, era una pérdida de tiempo y lo sigue siendo. 
— Yo sí vine con mis compañeros de escuela — Confesó Mark Johnson tomando unas fotografías al suelo pantanoso.
Natalia Miller se cruzó de brazos, mirando como el sol se posaba en medio del cielo, brillante y caliente.
— No me sorprende, suena a algo que tu harías — Se volvió, sus ojos buscaron a su compañero, donde lo encontró guardando una deshilachada tela gris en un folio de evidencia — ¿Encontraste algo esa noche? — Le preguntó de manera mordaz, no quería burlarse de su compañero, pero no pude evitar que su tono saliera petulante. Su compañero no pareció molestarse por su pregunta, así que contestó con completa sinceridad.
— No sucedió nada — Le dijo sonriendo — No vimos al fantasma negro.
— Como lo esperaba — Le respondió victoriosa — Si tú mismo comprobaste algunos años atrás que es mentira, ¿Por qué estamos aquí? — La pregunta salió con cierto fastidio, Natalia verdaderamente no querían estar en ese lugar, ya que le parecía una completa pérdida de tiempo.      
— Los reportajes han aumentado en el último mes. Y ya no son sólo adolescentes fumados que dicen haber visto cosas extrañas, incluso hubieron cinco denuncias de pescadores, que dicen haber golpeado con algo en el lago. Esta vez las cosas son distintas. Incluso hay una persona desaparecida, Iván Abella, un pescador que nunca volvió del lago, su canoa fue encontrada a las orillas vacía.        
Miller se quedó un momento callada, observando fijamente a su compañero, le parecía un chico muy ingenuo, bastante supersticioso a decir verdad. Ella había visto cosas extrañas también, desde que abrieron la unidad de casos especiales, había visto cosas inexplicables, pero sin embargo todavía le costaba creer en todas esas cosas, apenas podía comprenderlo, apenas podía aceptar la existencia de mutantes, se repetía una y otra vez que tenía una explicación científica, que no era para nada paranormal, pero sin embargo, por más que insistiera en la idea, le seguía pareciendo increíblemente ridícula.   
— Volvamos al laboratorio, ya tengo toda la evidencia necesari…
— ¡Johnson!, espera un momento, ¡Mira aquí! — Miller corrió unos matorrales descubriendo del otro lado un cadáver en el suelo.
El joven coreano se acercó a la horrenda escena, observando como un cadáver de un anciano se hallaba muerto, su camisa de pescador estaba rasgada en tres pedazos, como un tigre hubiera puesto las zarpas sobre su pecho.    
— ¿Ahora me crees que esta vez es diferente? — Le preguntó Mark a su compañera, quien no respondió al sentirse, por primera vez en su vida, avergonzada por ser tan escéptica a aceptar lo sobrenatural. Esquivó la mirada de su compañero, como si no hubiera escuchado nada.    
Mark se sintió de repente culpable, pareciera que estuviera regañando a Miller, y él no tenía ningún derecho en hacerlo.
— Lo siento — Agregó de inmediato cabizbajo — No debería forzarte, con el tiempo iras aceptando lo que está sucediendo. Debe ser difícil para ti.
— No — Negó Natalia — No te disculpes — Una tímida sonrisa apareció en su rostro, luego volvió la vista al cadáver, como si el tema hubiera finalizado en ese momento y ya no hubiera nada más que hablar — Supongo que este debe ser Iván Abella — Voceó refiriéndose al cadáver.
De vuelta en el laboratorio, el cadáver fue reconocido como Iván Abella, y la muerte fue causada por las incisiones en su pecho, que lo desangró hasta la muerte.      
El cuerpo se hallaba reposando sobre la mesa forense, mientras Mark le hacía la autopsia, Miller solo se quedaba sentada en el escritorio mirando a su compañero trabajar, nunca lo admitiría en voz alta, pero admiraba a Mark Johnson, lo inteligente y valiente que era, y lo que más le sorprendía de él era esa capacidad que poseía de mantenerse calmado, incluso en los peores momentos. Al principio era envidia lo que sentía, pero con el tiempo se convirtió en mera admiración. Por momentos tenía la sensación que el equipo sólo era conformado por Mark y que ella era un simple estorbo, pero su orgullo la obligaba, por momentos, a discutir con Mark, quería dejarlo en ridículo, superarlo de alguna manera, pero siempre él terminaba teniendo razón, nunca se equivocaba con una corazonada. Le era tan frustrante.  
El rechinar de una puerta interrumpió el pensamiento de la agente, levantó la vista, viendo como el jefe de policías entraba al laboratorio acompañado de un joven.
— Les presentó a Alban Hamill, un joven graduado con honores de la universidad de ciencias de Londres, hizo una carrera de ocho años en tres, un verdadero genio — René García alababa al joven, con fascinación brillante en los ojos. El muchacho tenía las mejillas enrojecidas, parecía que se avergonzaba por la festiva presentación. Natalia lo contempló cuidadosamente, el chico parecía tener unos años menos que ella, su cabello tenía el color del chocolate, y sus ojos tenían un matiz extraño de descifrar, eran entre verdes olivas y un azul perlado, tenía una belleza extraña.    
— ¿Alban Hamill? — Le interrumpió Mark Johnson, en su pregunta se deslumbró cierto reconocimiento en dicho nombre — Leí tu tesis sobre la mutación a nivel celular, ¿Es por eso que estas aquí?  
Natalia miró de Mark a Alban, su compañero era muy perspicaz.   
— Tienes razón — Habló por primera vez Alban Hamill, su voz intentaba ser era tranquila y serena, pero se notaba cierto nerviosismo por debajo — Los…los mutantes de Penynton no son un secreto, el consejo universitario convocó a los mejores estudiantes de todo el mundo a realizar una prueba de aptitud, y…y… el ganador sería asignado a la unidad especial — El chico tartamudeaba un poco, se lo veía intimidado por la presencia de Mark Johnson.  
— ¿Supongo que tu sacaste el mejor promedio? — Le preguntó Natalia, aunque la respuesta era obvia.
— Por eso estoy aquí — Respondió Alban, sin una pizca de soberbia en su voz.
— Entonces, bienvenido — Mark le extendió la mano para que el universitario la estrechara, Natalia Miller conocía muy bien a su compañero para saber que algo en el joven  no le agradaba, sus ojos orientales estaban levemente entrecerrados, su mandíbula se mantenía recta y sus cejas se alzaban expectantes, intentando descubrir algo en el chico nuevo.
Alban estiró su muñeca, y recibió el apretón educadamente.        
— Gracias, espero serles de ayuda.       
— Bueno, ya los he presentado — René García, el jefe policía, ignoraba la tensión que se había levantado en el ambiente, su estúpida sonrisa denotaba que tan emocionado se encontraba por la presencia del joven científico, era un  miembro honorable que sería incorporado a su jurisdicción, no podía sentirse más emocionado al respecto— A partir de ahora el señor Hamill, será parte de la unidad especial, estoy seguro que les será de mucha ayuda. Necesitamos a alguien como él para resolver toda esta alocada situación, estoy seguro que él hará algo al respecto con su prestigioso cerebro. Cuídalo Mark Johnson, lo dejo a tu cuidado — Algo en las palabras de García inquietaron a Johnson, Natalia lo vio fruncir el ceño. 
— Tsk —Gruñó Johnson inconscientemente. Nunca se había sentido de esta manera, ¿Ahora tendría que ser niñero de un mocoso?, la idea le hacía verse viejo, seguramente el niño no tendría más de veintiún años, le parecía tan ridículo que un crio tuviera tantos honores y expectativas sobre él. Los treinta le estaban pisando los talones, y aunque no quisiera admitirlo, le molestaba el hecho de que Natalia pudiera ver más atractivo al mocoso que a él, ella apenas había cumplido los veinticuatro años.
— Bueno — Exclamó Alban luego de que René los dejara solos en el laboratorio — ¿Cual es el caso que investigan ahora? — Sus ojos pasearon por el cuerpo de Iván Abella, quien reposaba frio y pálido sobre el metal de la mesa forense.   
— Él es Iván Abella, un pescador que apareció muerto en el lago — Le informó Natalia, quien no dejaba de mirar al joven con cierta admiración, cuya adoración ponía aun de más mal humor a Johnson.     
“Con Hamill aquí, soy invisible ante los ojos de Natalia”, Johnson se sintió culpable por pensar de esa manera, pero no lo podía evitar. Al fin y al cabo el que estaba actuando como un mocoso era él y no Alban.     
— ¿Cuál es la evidencia recogida en la escena del crimen?
Johnson le mostró las imágenes tomadas y el pedazo de tela que recogió del fango.
— Esta fotografía es la más relevante — Mark habló alcanzándole una imagen donde se veía una huella de dedos rectos como conos, hundida en el barro.
— Es la huella de un reptil — Aclaró Alban mirando con sus ojos lúcidos — Posiblemente de un cocodrilo de dos metros, o más.
— No hay cocodrilos en el lago — Informó Natalia, parándose cerca del joven, para mirar la fotografía con él — Sólo algunas lagartijas.
— Entonces ahí tienes tu respuesta — Dijo Alban sonriéndole atractivamente — Lo que estamos buscando es a un hombre-lagarto.
— ¿Tú crees? — Le preguntó Natalia respondiéndole con otra sonrisa coqueta — Eso tiene mucho sentido.
— ¿En serio? — Les interrumpió Johnson totalmente incrédulo — ¿Le crees así de fácil?, a mí siempre me discutes con que dijo muchas fantasías y todo eso — Podía sentir como le escocía la nuca con un sentimiento que nunca antes había sentido.
— Es que lo que dice Alban suena muy convincente — Las mejillas de Natalia se habían encendido como dos fogatas.
Mark frunció el ceño y tuvo que hacer uso de una gran fuerza de voluntad para no responder algo que seguramente se arrepentiría minutos más tarde, sólo se limitó a suspirar resignado.    
— Veamos la siguiente evidencia — Dijo Alban de inmediato, intentando continuar con la investigación ignorando la atmosfera tensa que se había formado de repente.  
— Este pedazo de trapo — Dijo Natalia alcanzándole la bolsa.  
— No es un trapo, es piel de réptil, seguramente de serpiente — Le corrigió Johnson — Pero como buscamos a un “hombre-lagarto”, posiblemente no sirva de mucho…
— Te equivocas — Lo interrumpió el muchacho intentando sonar lo más educado posible, aunque no le salió muy bien — Los lagartos también mudan de piel.
— Esta bien, niño genio — El agenten sonaba irritado — ¿Qué propones que hagamos?  
Alban se mantuvo unos segundos en silencio, era obvio que al corregir a Mark, el agente se había sentido humillado delante de su compañera, y ahora era su momento de ser humillado, debía contestar con cuidado, esta pregunta era una prueba.
— Teniendo en cuenta las pruebas recaud…
— Estuve investigando por mi cuenta… — Lo interrumpió Natalia Miller de inmediato, mientras recogía del escritorio un par de papeles impresos — Antes de actuar debemos asegurarnos bien a que nos enfrentamos — Dijo dándole una mirada penitente a su compañero, por estar actuando de una forma tan poco común de él, Mark Johnson al sentirse regañado frunció aun más el ceño, este era uno de sus peores días — Hay una cabaña cerca del lago, un anciano llamado Emilio Díaz, vive allí, creo que deberíamos visitarlo.  
— Estoy de acuerdo — Afirmó Alban, dejando escapar el aire que estaba reteniendo, era mucha tensión en su primer día, era obvio que Mark Johnson, su jefe, se había llevado una muy mala primera impresión de él.    

— ¡¿Emilio Díaz?! ¿Se encuentra en casa?— Preguntó la agente Miller al tocar a la puerta, los tres habían viajado en el auto de Mark, en silencio hasta la cabaña del anciano solitario. 
Nadie respondió del otro lado. Natalia miró por encima del hombro a su compañero Mark, pidiéndole ayuda silenciosamente.   
El agente Johnson empujó la puerta, y esta sin resistirse se abrió de par en par. Dentro la casa se hallaba vacía y desordenada.  
— Parece que por aquí hubiera pasado un tornado — Murmuró Natalia al ojear las condiciones en las que se encontraba la sala, los sillones dados vuelta y las cortinas rasgadas en varias piezas.
— No, un tornado no — Agregó Alban — Un hombre-lagarto.
Mark Johnson no pudo evitar blanquear los ojos con fastidio, no importara que fuera lo que Hamill dijera, solo escuchar su serena voz le sacaba de quicios. Ignorando lo siguiente que estaba por decir el chico, se adentró en la casa, buscando signos del anciano o del mutante. Llegó hasta el baño, donde encontró el espejó roto, y manchado en sangre, como si alguien hubiera estrellado su puño en él.
— ¿Qué habrá pasado aquí? — Preguntó Miller, al ver que por el suelo se encontraba más de esa piel mudada.
— Aquí se llevó a cabo la transformación — Le aclaró Johnson armando en su cabeza la escena, se imaginó a Emilio viéndose en el espejo y sin poder detener lo que le sucedía rompió el espejo asustado — ¿Esto quiere decir que durante la transformación fue consiente?— sus últimos momentos como humano, fue consciente de su cambio, ¿Habrá sufrido?, ¿En qué momento perdió su humanidad?
— No está aquí — Informó Alban, llevándolos hacía la cocina para mostrarles su descubrimiento — Huyó por aquí — La puerta trasera estaba destruida, y unas pisadas se extendían por la tierra del patio, las mismas que encontraron en la escena del crimen. 
— Se dirigen hacia el río — Reconoció Johnson la dirección — Eso aclara quien atacó al pescador.
— Todavía debe estar en el lago, cuando fuimos a la mañana se habrá escondido de nosotros — Supuso Miller.    
— Entonces debemos volver al lago.
Mark caminó hasta su auto, y abriendo la puerta de su baúl, descubrió en su interior un fusil, lo tomó y se lo extendió a su compañera.
— Está cargado con la misma anestesia que usamos para dormir al alacrán. 
Miller tomó el arma entre sus manos y la revisó, comprobando que todo estuviera en orden. 
— Ahora no te expondrás tanto para dormirlo — Le dijo Mark, mirándola protectoramente. Alban observó la expresión de Mark al mirar a su compañera, y su mente se movió inquieta, creando hipótesis, ¿Acaso su jefe, Johnson, escondía algún sentimiento hacía la agente Miller?, esto le dio cierta curiosidad, pero decidió que ahora mismo lo olvidaría, y más adelante se encargaría de averiguar qué sucedía entre estos dos, tal vez no debía inmiscuirse en relaciones ajenas, pero no podía evitarlo, le divertía.       
La agente asintió a las palabras de su compañero, y aferrando el arma tranquilizante con fuerza, los tres salieron al patio, caminando en dirección al lago.
Al llegar, el lago se veía tranquilo, como dormido.
— Parece que aquí no hay nadie — Murmuró Natalia.
— Se está escondiendo — Le aclaró Hamill — Los lagartos se alimentan de roedores, podríamos usarlos como carnada y de esa manera atraerlo — Propuso hablando en un tono bajo, ya que la mirada de Mark sobre él le era intimidante.
— Esta bien, inténtemelo — Dijo el agente sin ninguna expresión en su voz. Albans de sorprendió que su jefe hubiera aceptado la idea de inmediato, sin cuestionamientos.     
Johnson y Hamill usaron de carnada algunos roedores muertos, con la intensión de atraer al mutante. Los apilaron cerca del lago, y escondiéndose detrás de un bote de madera, esperaron a que el culpable del asesinato se acercara.      
Pasó una hora y media cuando sintieron agitación en las aguas del lago, parecía que el mutante se decidió a salir.  
Y Hamill tenía razón, esta vez se estaban enfrentando a un hombre-lagarto, un réptil de casi dos metros salió caminando del lago en sus dos patas traseras, sus dedos terminaban en curvadas garras, todo su cuerpo era cubierto por una áspera y rugosa piel verde oliva, todavía habían en él huellas de que en el pasado había sido humano, estaba la forma de su torso, sus brazos largos y ágiles, pero el resto era un reptil, incluso su rostro, llenó de duras escamas y dientes como espinas.     
El mutante caminó hasta la carnada, ignorante de que lo observaban desde un bote cercano.  
— Desde aquí no puedo acertarle — Refunfuñó Natalia, mirando a través de la mira, donde el tronco de un árbol se interponía entre ella y su objetivo. Se levantó sigilosamente del lugar en donde estaban vigilando, y caminando, paso a paso, procuró acercarse lo más posible antes de hacer un tiro, no quería fallar, ya que fallar podría significar la diferencia entre la vida o muerte.  
— Miller — Mark la llamó en voz baja, pero ella ignoró su voz — Regresa aquí, es peligroso — Mark se removió en su lugar, pensando porque le había tocado una compañera tan desobediente, debía admitir que era valiente hasta en la última de sus hebras, pero en estos momentos no necesitaba una demostración de su grande valía. 
La agente dio otro paso, y accidentalmente pisó una rama, que crujió llamando la atención del enorme lagarto. Los ojos amarillos se clavaron en la joven.  El mutante reaccionó de inmediato al verse amenazado, se levantó a una velocidad atérrate de la carnada y saltó en dirección a Natalia.
La chica no tenía el tiempo suficiente de huir, se encontraba muy cerca como para esquivarlo, entonces la única opción que tenía era dispararle, y así lo hizo.
El proyectil en forma de jeringa salió volando de la boca del rifle, chillando agudamente al nadar por el aire, en dirección a su objetivo, pero nunca llegó, la aguja se hundió en la tierra, mientras el lagarto seguía su camino hacia la agente.
Natalia rebuscó en su bolsillo otro proyectil, pero no tuvo tiempo de cargarlo en el arma, el lagarto mutante ya había llegado hasta ella, extendiendo sus garras para herirla.  
Natalia se cubrió con la culata de madera del fusil, haciéndole de escudo de las garras del mutante, quien la atacaba insistentemente, una y otra vez. La bestia era mucho más fuerte que ella, y sin poder contrarrestar su peso, calló hacía atrás. Su espalda chocó contra el fango, infiltrándose la humedad en la tela de su ropa. El lagarto, encima de la agente, ahora le era fácil acabar con ella, solo debía propinar otro de sus zarpazos. Levantó sus garras en alto, y cuando se dispuso a bajarlas, un fuerte y punzante dolor le mordió las costillas, obligándolo a rodar de lado, liberando a Natalia Miller.
La agente levantó la vista, con el corazón palpitante, y el terror alojado en su pecho, había estado cerca de la muerte, y fue cuando vio a su compañero Mark Johnson, con su revólver en alto, había disparado al mutante sin pensarlo dos veces, no dejaría a su compañera morir.
Mark sin perder tiempo corrió junto a Miller, y tomando el rifle tranquilizante en sus manos, apuntó y disparó. Un proyectil tranquilizante se hundió en la piel del lagarto, quien se agitaba enfurecido por haber sido herido. Segundos después cayó en los efectos de la anestesia y se durmió.

Mark, aprovechando que el lagarto todavía seguía anestesiado, en su laboratorio se encargó de sustraerle la bala del pecho y curar su herida.
Pusieron a Emilio Díaz, ahora el hombre-lagarto, en una celda junto al hombre-alacrán. Quien fue despertando de su sueño lentamente, y al verse encerrado luchó contra las barras de metal, en vano, intentando huir. 
— Bien hecho — Lo elogió René García, golpeteando el hombro del oriental.
— Fue un trabajo en equipo — Le respondió este echándole una mirada condescendiente a Miller y otra a Hamill, quien ahora era parte del equipo, todavía le quedaba mucho por aprender, pero si no ponía su mejor disposición, nunca sería un buen maestro para él.  
René García luego de agradecerles y recomendarles que sigan trabajando así de duro, se marchó dejando al equipo solo.       
— No quiero que vuelvas a arriesgarte de esa manera — Mark reprendió a Natalia sonando duro, pero sentía que debía hacerlo.
— Lo siento, puse a todo el equipo en peligro — Se disculpó cabizbaja.
— Ese no es el verdadero problema. Corriste peligro — Esta vez su voz se había suavizado, y sus palabras parecían esconder mucho más significado del que aparentaban.
Miller levantó sus ojos ambarinos, y carraspeó sin saber que responderle, sus mejillas se habían teñido en rojo, sintiendo las palabras de su compañero mucho más íntimas de lo que intentaban ser.     
Mark captó la incomodidad de su compañera y regalándole una sonrisa intentó tranquilizarla.
— Ve a descansar. Necesitas recomponerte luego de esa batalla.
Miller asintió a sus palabras y luego de despedirse subió por las escaleras desapareciendo del recinto de mutantes.
— Lo siento — Dijo Mark de repente.
Hamill se sorprendió por la repentina disculpa.  
— No debí despreciarte de aquella manera, eres joven pero no un estúpido. Tienes un gran futuro por delante. Me enorgullece prepararte en esta unidad.  
— Yo…he...mm — Alban tartamudeó nervioso, la presencia del agente Johnson era intimidante en cierta manera, demandando un respeto inquebrantable a su persona— Aprecio… mucho sus palabras. Lo admiro, por cierto, nunca quise faltarle el respeto ni humillarlo.  
— Lo sé — Mark palmeó el hombro de Hamill de manera paternal y se encaminó hacia la escalera — Tómate el día libre, tengo que trabajar en la cura.     
— ¿En la cura? — Los ojos del muchacho brillaron con emoción — ¿No le molestaría… si… si… yo… lo ayudo?  
Mark se paró en la escalera, y mirándolo desde lo alto asintió en aprobación.
— Pero si me eres de estorbo juro que…

— No, no lo seré, ¡Lo prometo! — Y con una enorme sonrisa plasmada en su rostro, Alban subió la escalera pisándole los talones a su jefe.