sábado, 9 de marzo de 2019

FLASHBACK de Cynthia Soriano: Descargar PDF


SINOPSIS

¿Cómo fue para ti la primera vez que nos conocimos?, ¿Qué sentiste en ese segundo que intercambiamos nuestras miradas?, y ¿La primera vez que tomaste mi mano?
            ¿Cuándo fue que caí rendida a tus pies?
            Estoy enrollada en un grave dilema, estoy enamorada de mi mejor amigo, pero él parece no notarlo, mi cabeza da vueltas como loca, ¿Qué debo hacer?, ¿Continuar con mi vida?, o ¿Hacer que se entere de mi amor?
            Todo comienza a los seis años, cuando lo conocí, y desde entonces nunca nos separamos, somos los mejores amigos, pero ¿Él también querrá traspasar la barrera de la friendzone tanto como yo? 

Géneros: romance, amigos de la infancia, amor no correspondido, friendzone. 

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jueves, 7 de febrero de 2019

Soy un cuerpo hambriento



Soy un cuerpo hambriento,
dame de tu carne,
no me puedo saciar.

No hay recuerdo,
sólo una fantasía,
que cual caldera enciende,
mi templo carnal.

De tu imagen inconclusa,
acabado tengo,
de inferir con imaginación ilusa,
tus zonas de rigor.

Y en el ritual del calor,
traspasar tus fronteras anhelo,
del cual deseo esotérico,
sólo hallo el dolor.

Que existieras
en hueso y carne,
un deseo, un flagelo.
Cada noche,
en soledad y desierto,
cada noche,
yo te deseo.


miércoles, 5 de diciembre de 2018

La reunión

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Siempre odié las reuniones familiares y está no es la excepción. Vinieron todos y de todos lados, incluso mi hermana Ester, que nunca fue capaz de llamar una sola vez en todo este tiempo, ni para saber como me encontraba. Pero ahora, llegado a este extremo, todos se habían reunido. También están sus hijos, mis sobrinos, “los ocupados”, como a mí me gusta llamarles. Nunca tenían tiempo, ni siquiera para tomar una mísera taza de té.   
Luego está Ramiro, el esposo de Ester, siempre me miró con suficiencia, como si yo fuera un mero estorbo en esta familia. Recuerdo esa vez que lo eché de mi casa en Navidad.  No me place recordar el porqué ahora, pero sólo diré que todos se fueron detrás de él, y pasé el resto de la víspera sola, con una copa de sidra en la mano y lágrimas en los ojos.  
Desde ese momento comprendí que mi única amiga era la soledad. Era la única que nunca me traicionaría, ni se iría de mi lado, a pesar de lo dolorosa que resultaba a veces.
Pero ya está en el pasado, aprendí a no vivir en mis recuerdos. Sólo el presente y el porvenir me interesan.  
Seguramente se preguntarán, si odio a todo el mundo, ¿Por qué asistí a esta reunión?. La verdad es que la reunión me encontró a mí.  Voy a irme de viaje, y todos lloran por mi partida. Estoy frente al tren, y tengo a los hipócritas llorando a mi alrededor. Hubieran llorado antes, ahora es tarde para detener mi partida. Me voy y nada me detiene.
Pero tampoco se crean que ellos están tristes porque me mandé a mudar, no señor, si me voy, se van conmigo sus posibilidades de recibir algo de mi parte, a pesar de que yo nunca recibí nada de las de ellos.   
¡Oh, Dios!, ya llegó la peor. Su entrada fue como un torbellino de lágrimas y gritos. Incluso fingió un desmayo, quien Ester atendió con el amor fraternal que nunca me brindó a mí. Clotilde, esa sucia mujer, siempre mirándome como a un insecto, y ella creyéndose una estrella sobre el resto de su familia, pobres mortales inmundos. A pesar de tener la misma sangre de padres, nunca fuimos hermanas, éramos como meras desconocidas. Y ahora es la más afectada por mi viaje. ¡Ja, irónico!, pero a mí no me engaña, la conozco, con y sin su máscara de actriz.  
Luego llegaron mis hijos con sus hijos. Mis hijos lloraron, y me pregunté si sus lágrimas eran honestas o no, talvez no lloraban por mi mudanza, sino por arrepentimiento. Mis nietos ni siquiera se molestaron en mirarme, se sentaron alejados, entre ellos, y se hundieron en el mundo artificial de sus celulares, que les iluminaban los rostros como si fuera una película de terror.
Nunca vi tantas lágrimas de cocodrilo en mi vida y en el mismo lugar, pero esas lágrimas no me detendrán. Este viaje me espera y no pienso volver nunca.
Nunca se interesaron por saber como estaba, y ahora que me voy, todos me rodean como buitres hambrientos. Pero están muy equivocados si piensan que van a ver una moneda de mi bolsillo.
Antes de afrontar este viaje me aseguré que ninguno de ellos vaya a hacerse de mi fortuna, ni de mi casa, ni de mis autos, ni de mis cuentas, nada, me deshice de todo, vendí todo y regalé lo que no se podía vender.  
Es irónico como ayer, mi casa se encontraba vacía, sumida en mi única compañera, la soledad, y hoy, está atestada de amigos y familiares. De algunos que incluso hacía más de media vida que no los veía. Pero ahora ya es tarde. Llegaron muy tarde.  
Me doy una última mirada a mí misma en el cajón y decido emprender el viaje. El tren me espera, está por zarpar, y yo no pienso quedarme ningún segundo más en este lugar.

jueves, 30 de agosto de 2018

Ellos



  

  Me ofuscaba. El aire estaba viciado de vanas promesas y esperanzas.  
              Estaba sentado sobre el suelo, de penetrante frío, totalmente incómodo, al punto que se me acalambraban los músculos en mis propios huesos.     
              Había sido confinado a esta habitación aislada. Tenía dos ventanas solamente, con ellas miraba al exterior y aprendía algunas cosas, y a veces en cuando, saludaba a los vecinos cuando pasaban. Y también estaba ese libro amarillento, que leía cada vez que quería saber algo.   
              — Me duele la espalda — dije.
              — Hazlo saber.  
              — ¡Me duele la espalda!
              Mi queja fue oída por ellos, abrieron la puerta         y dejaron una cama de impoluto blanco en medio de la habitación. Pero las cosas que te dan tienen un precio. Cerraron las ventanas, dejando la habitación a completa oscuridad. Ellos las trabaron para nunca ser abiertas de nuevo. Ya no podía ver lo que se hallaba afuera. Me sentía solo.  
               — Y ¿Ahora qué haremos? — me preguntó. No podía verla, pero siempre la oía.  
No entendí a que se refería, pero no cuestioné, el nuevo objeto había cautivado toda mi atención. Me acomodé, y convertí aquellas sábanas perfumadas y ese colchón espumoso en mi lecho más confortable. Ya no quería levantarme nunca más en la vida.
              — Estamos encerrados. ¿Qué harás al respecto?
              — No quiero hacer nada.
              Calló por un momento, para luego agregar — Nos quieren cómodos. 
              Estaba tan cómodo, que cada vez leía aquel viejo libro, con menor frecuencia. No quería destaparme, y dejar el calor de mi cama, porque sabía que, si caminaba hasta la mesita que guardaba el libro, me enfriaría en el camino. Tenía miedo que tanto frío me congelara hasta el corazón. Así que sólo me levantaba a leer cuando lo veía extremadamente necesario, y la curiosidad de saber tal cosa, se volvía insoportable.  
              Llegó la comida. Siempre comía lo mismo, arroz blanco, sin sabor ni condimentos, y agua insípida y aburrida.  
              — No me gusta comer esto.
              — Hazlo saber.
              — ¡No me gusta comer esto!
              De inmediato se volvió a abrir la puerta, y por ella entró uno de ellos, traía entre sus garras una bandeja de plata, con un platillo de rebosante carne roja, de un buen aroma que inundaba la habitación, al punto de opacar el tufo de la humedad, y era de contextura jugosa. A los ojos era arte y a la boca una ambrosía. Lo acompañaba una copa de vino, de sabor exquisito, y textura burbujeante. Estaba feliz, y no me importaba lo que se llevaran a cambio.  
Esta vez se llevaron unos metros de la habitación, ya no tenía lugar para caminar con libertad. Si quería llegar hasta el libro tenía que bordear la cama y pasar entre un pequeño pasillo, muy delgado. Debía caminar de costado, y tardaba casi tres horas en llegar a la mesa, y otras tres de regreso. Esa fue otra razón para frecuentar menos esas letras añejas, pero cargadas de saberes.   
Estaba recostado sobre la cama y no tenía nada que hacer. Miraba el libro a la distancia, y de sólo pensar en el recorrido dificultoso, me quitaba las ganas que poseía de intentar llegar a él.  
— Estoy aburrido.
— Hazlo saber — dijo aquella voz en mi cabeza.
— ¡Estoy aburrido!
Ellos contestaron a mi llamado de inmediato. Trajeron con ellos una enorme televisión. Me puse feliz de inmediato. La colocaron frente a la cama, y para mirarla no necesitaba ni levantar la cabeza de la almohada.
A cambio se llevaron el libro. No me angustié por la perdida, ya que casi no lo leía, porque era difícil llegar a él. La televisión era mejor. No podía aprender de ella, pero era fácil prenderla y podía verla cuando quisiera con el menor esfuerzo.    
              — No tenemos lugar, y ya no podemos saber.
              Se hizo el silencio. Ella esperaba mi respuesta. Pero la ignoré, el ruido del televisor cubría su voz.
              — ¿Qué harás al respecto?
— No lo sé — le respondí, y era cierto.
— Nos quieren idiotas.
Cada día me volvía más débil, al no levantarme de la cama, mis músculos eran consumidos por el tiempo y mi vista comida por las luces banales. Creo que moriría.
Luego llegaron los otros. Abrieron la puerta, dejaron el umbral a la libertad, fuera de cualquier escollo. Podía irme. Podía salvarme y ser libre. Intenté levantarme. Hice fuerza con ambas manos, pero no hubo caso. Tiré de las sábanas con los dedos hechos puños, pero me faltaban fuerzas suficientes. Estaba casi ciego, y con la fuerza consumida, entonces, mi voluntad se vio flaqueada. ¿Ya era tarde?, efectivamente lo era, ellos me consumieron, me alimentaron, me divirtieron, ganaron parte de mí, perdí, perdí y perdí todo lo importante. La vida se me consumía como la llama de una vela, y mi alma interna se sofocaba en medio de una habitación enmohecida. Ella intentó hablarme, pero ya no podía escucharla. Y mi reloj se detuvo, sin que los otros pudieran detenerlo, porque ellos así lo quisieron, porque ellos me mataron.         


viernes, 18 de mayo de 2018

Suprarrealidad


  

Los poetas han encontrado, durante siglos, en las letras una alternativa a la realidad. Era el vate el del privilegio de huir de su vida, y de crear nuevas, para él mismo y para los ojos que lo leyeran. Pero lamentablemente este pequeño errar a la congoja vitalicia, era efímera, temporal. Cuando el hombre levanta los ojos, se allá de vuelta en su entorno, con sus cuitas y dolores.
            — Estar despierto, que desilusión — Beltrán tenía los ojos abiertos y una mirada ofuscada los acompañaba. Se sentía de mal humor, siempre lo estaba después de despertar.
            Cerró los ojos con fuerza, pero por más que insistió, Orfeo no volvió sobre él. Estaba lo suficientemente descansado como para mantenerse despierto el resto del día. Si de él dependiera, pasaría todo el día durmiendo. Allí, en ese mundo onírico, hallaba la paz que su mente necesitaba. Cuando estaba levantado, buscaba un escape, si bien no era tan efectivo como un sueño, lo hacía olvidarse del dolor de su corazón por unas horas. Se preparó un café, y con la taza de porcelana en una mano, rebuscó con la otra en la estantería hasta que dio con el libro que buscaba.   
            Era una buena historia. Era fácil identificarse con los personajes, se transmitían los sentimientos y las emociones a tal punto de volverlas propias. El amor, la felicidad, la adrenalina, las sentía en su interior, como si él mismo hubiera vivido ese romance, esas aventuras. Pero esas emociones no podían durar para siempre, el dolor de sus tripas al rugir eran la alarma que le recordaba que tenía que despegarse de ese mundo ficticio para volver a la realidad. El hambre, al igual que con el resto de las necesidades, le impedía viajar en un escape completo. Y ahora tenía que hacer lo que más odiaba, salir de su guarida, ya que se le habían acabado las viandas.    
            Las calles tenían un color gris, al igual que el cielo, que se veía triste y amenazaba con llorar. Los días como estos avivaban a un más la tristeza de su alma. Era como si el cielo lo invitara a llorar con él.     
Fue rápido a la feria y compró en cantidad. Tanto que le sería imposible llevarlo él solo. Le encargó al joven de la carreta para que le llevara todo lo que había comprado a su casa, prometiéndole unas monedas de propina. No tenía problema en escatimar dinero, ya que vivía de una harta herencia. Con tanta plata y oro en monedas no necesitaría trabajar por el resto de su vida. El muchacho se imaginó las monedas con emoción y le prometió que partiría de inmediato para dejar la mercancía en su casa. Beltrán no acompañó al chico, ya que antes, quería pasar por otra tienda más. Caminó por la calle de la feria, hasta el puesto que bien conocía. Allí estaba un mulato, algo estrafalario y místico en su vestir. Beltrán sabía que esas ropas no eran propias de la tribu de donde procedía, pero las vestía para llamar la atención de más clientela. Muchos hombres se veían atraídos por su exotismo, y se veían tentados en gastar unas cuantas monedas en artículos tribales o pocos comunes. Pero esas cosas no eran las que le competían a Beltrán, el mulato solía traer del extranjero libros poco comunes, que si bien del otro lado del mar eran historias que todos conocían, en estos lares, la difusión de las letras era bastante pobre. Y unos pocos afortunados, como él, se daban el lujo de cultivarse en dichas culturas e inteligencias.
— Don Beltrán — lo saludó el mulato con su acento forzado. Beltrán una vez lo había escuchado, por accidente, hablando con su gente, y el mulato hablaba normalmente, sin ese rítmico vocal tan acentuado. Ese era otro de sus artilugios de negocios — ¿Qué lo trae a mi humilde puesto?— el mulato sabía bien lo que venía a buscar Beltrán en su negocio, pero siempre que lo veía le formulaba la misma pregunta.     
— ¿Tienes nuevos libros?
— Estos libros son de la biblioteca secreta del conde Filiberto de la Berta — Beltrán dudaba que dicho conde siquiera existiera en realidad. El mulato le mostró un libro tras otro, inventando su procedencia en el momento — y este lo encontré enterrado en una cueva, con una nota en un idioma desconocido.
— ¿Y la nota?
—Se convirtió misteriosamente en un ave, y se fue volando. Desde entonces no la volví a ver.  
Beltrán entornó los ojos de manera inquisidora, y el mulato se mantuvo en silencio, rezando internamente que sus palabras no filtraran las mentiras. Pero lo que el vendedor no sabía era que Beltrán nunca había creído sus historias, si bien sus libros eran valiosos, el hombre siempre intentaba ganarle unas monedas más con sus mentiras. Podía engañar a un idiota, pero Beltrán sabía muy bien leer a través de las palabras, y las del mulato sabían a mentiras. Pero Beltrán no le daba mucha importancia a eso, escuchaba sus falacias sin ninguna expresión, elegía los libros que llamaran más su atención y volvía a su casa con las manos cargadas.   
— ¿No tienes algo diferente? — de todos los libros ninguno había causado en él el suficiente interés como para llevárselo. Ninguno parecía que le brindaría eso que él buscaba, ese escape, esa huida.  
El mulato volvió a guardar silencio, pero esta vez fue un silencio distinto, fue uno misterioso, tanto, que por primera vez, captó la atención de Beltrán.  
— Tengo algo… — el mulato enmudeció de inmediato, como si se hubiera arrepentido de hablar.         
— ¿Qué? — lo instó a hablar verdaderamente intrigado.
El vendedor le hizo señas para que se acercara. Beltrán se inclinó levemente sobre el mostrador y su nariz percibió el tufillo salvaje que provenía del hombre tribal. ¿Incluso llegaba a colocarse colonias raras para acentuar su figura de hombre místico?, ¿Hasta dónde podía llegar la ambición de un vendedor?      
— ¿Has escuchado hablar de alquimia? — dijo en un susurro temeroso.
Beltrán no respondió con palabras, pero le envió una mirada interrogativa, sabía bien lo que era la alquimia, había leído sobre ella, pero más que eso no había hecho.
El mulato lo invitó a entrar en la tienda. Beltrán le hizo caso. El vendedor miró en ambas direcciones, asegurándose que nadie estuviera mirando y luego cerró las cortinas, tapando del mundo lo que pasaría allí dentro. Rebuscó en el interior de sus coloridas ropas hasta dar con una llave que con ella abrió un cofre escondido en el suelo. De su interior sacó un libro forrado en cuero y con un extraño pictograma pintado en el frente.
— Lo rescaté de una quema de libros — y esta vez, Beltrán supo que las palabras del mulato eran ciertas — este grimorio le pertenecía a un arzobispo, cuyo nombre no puedo revelar por miedo a lo que podría pasarle a mi familia. Dicen que este hombre había experimentado un poder como ninguno. Tenía habilidades de magias desconocidas, y todo eso lo escribió aquí. Yo no me atreví a abrir el libro, por miedo a que deje en mí alguna maldición, pero pensaba en hacer un buen dinero con él.   
— ¿Cómo conseguiste el libro? — Beltrán dudó un momento en el vendedor, si ese grimorio era tan peligroso, ¿Cómo había llegado a sus manos?
— Este arzobispo fue quemado en la ojera, cuyo fuego se encendió con todos sus libros ocultistas. Me escabullí en la noche y revisé las cenizas, entre ellas estaba este libro. El fuego no pudo con él.
Beltrán sintió un escalofrió al escuchar la historia, y creía en sus palabras, el susto en el rostro del hombre le denotaba que no estaba mintiendo.    
— Si lo quieres serán quinientas monedas.               
Beltrán amplió los ojos impactado. Era mucho dinero, pero si el libro era real, lo valía. Con cuyo dinero podría comprarse otra mansión, pero creía que tal vez ese grimorio le traería respuesta al dolor de todos sus días.           
— Pagaré por ello.
Beltrán no tenía el dinero allí mismo, así que el mulato lo acompañó a su casa. Cuando llegaron encontró en la entrada al muchacho esperando con toda la mercadería que había comprado, solía comprar en cantidad para no volver a salir de su mansión en un largo tiempo. Esperaron a que el muchacho terminara de guardar las viandas en su despensa, y cuando le pagó el dinero prometido y se hubiera marchado, Beltrán y el mulato volvieron a lo que les concernía.
Beltrán retiró de su caja fuerte las monedas de oro que precisaba. Hicieron el intercambio. El mulato se desprendió del libro, y para él fue como un alivio, como si un yunque se desprendiera de su espalda, en cambio sobre Beltrán cayó una sensación pesada en el momento que tuvo el grimorio en sus manos, y un escalofrío lo asaltó por la espina.
— No me volverás a ver. No puedo decirte a donde iré, pero verdaderamente le temo a ese libro y a los que intentaron deshacerse de él. Pueden volver por el grimorio, no lo sé.
Beltrán comprendió su temor, y como había prometido, esa fue la última vez que se vieron, y tampoco volvió a encontrar su tienda en la feria, por lo cual, desde entonces, tuvo que comprar sus libros en otro lugar.       
Pasaron algunos meses, y el grimorio permanecía cerrado, en el mismo lugar donde lo había dejado. No se había atrevido a leerlo, ni mucho menos a abrirlo. Le temía, no le avergonzaba admitirlo.  Estuvo días enteros preparándose mentalmente y dándose valor para leer los esotéricos secretos que guardaran aquellas hojas añejas.    
Cuando estuvo listo, se preparó como si de una ceremonia se tratara, no comió ni bebió nada en todo el día, había cerrado todas las ventanas y corrido todas las cortinas, impidiendo que entrara siquiera una gota de luz externa. Incluso había estado varios días sin dormir, cosa que detestaba, odiaba estar despierto, pero estaba seguro que sacrificar sus horas de sueño valdría la pena una vez que encontrara una solución a sus penas.    
Prendió una vela, la cual depositó en la superficie del escritorio, donde yacía el grimorio cerrado. Respiró hondo repetidas veces, hasta que juntando el valor necesario, se dispuso a empezar con su lectura. Primero posó la yema de sus dedos sobre la superficie orgánica del libro. Sintió levemente la textura callosa del cuero, y unos segundos después abrió la tapa encontrándose de frente con la primera página. Esta lucía amarillenta y de muchos años. El libro estaba escrito en latín, y algunas partes en hebreo o griego. Por suerte Beltrán era plurilingüe, y había aprovechado su soledad en aprender muchas cosas, y una de esas eran varios idiomas.
Ocupó toda la noche leyendo, incluso volvía sobre las páginas más de una vez. El corazón le palpitaba cada vez que volteaba una página, lo hacía con lentitud y cuidado, como si las hojas se pudieran desarmar entre sus dedos. El tufo mohoso le llenaba las narices, y los ojos le lloraban por el esfuerzo de leer a medianoche, con sólo la compañía de la luz de la vela.          
Ese libro le había abierto la mente, revelaba tantos misterios, incluso a tantas preguntas extrañas que nunca se le hubiera ocurrido pensar. Cosas como la vida, la muerte y la metafísica hallaba sus respuestas en este libro. Pero cada respuesta era algo oscura, como si estuvieran vistas desde unos ojos pesimistas, al igual que los suyos. Se sentía identificado con el autor de aquellos conjuros, se lo leía tan melancólico y desesperado como él.
El grimorio no estaba terminado, el último conjuro era una hipótesis sin comprobación. Por lo que había aprendido Beltrán de su lectura, el libro seguía una dinámica. El autor formulaba una teoría, y luego de comprobarla anotaba los resultados, el proceso se repetía una y otra vez hasta llegar a la perfección del conjuro. Más que un grimorio o receta de conjuros, se parecía más a un diario, a unos apuntes de estudio, donde el conjurador registraba sus pruebas, ensayos y fallos.        
“Suprarrealidad”, era el nombre del último conjuro, el cual no tenía más información que su teorización. Era un ritual que llevaría al conjurador a una nueva dimensión. A una realidad superior, perfecta, mejor. Sería la invocación al punto justo entre los sueños y la realidad. 
Beltrán en ese momento conoció la verdadera felicidad, cuya emoción era movida por una esperanza que nunca antes había sentido. Podía encontrar ese lugar que siempre había anhelado, vivir en él, sin dolor ni más tristezas, o por lo menos eso prometía dicho conjuro. Pensó que las monedas que había gastado en este libro no eran muchas, lo valía, si ese conjuro podía resolver su congoja, realmente valía las quinientas monedas de oro y más.   
Se preparó para probar el conjuro con varios días de anticipación, le fue difícil conseguir todo lo necesario, pero al final tuvo todos los ingredientes que precisaba. No tardó más de una semana en prepararse, estaba ansioso en ponerse manos a la obra.         
El corazón le palpitaba como loco, y no era para menos, había llegado la hora de la verdad, ese hito que marcaría un antes y un después en su vida.   
Primero sostuvo la bola de vidrio en sus manos. Necesitaba un embase, una cascara que sostendría el conjuro, así que había encargado a un artesano que le confeccionara esta bola de cristal hueca por dentro, pero de hermosos tallados por fuera. Colocó la esfera en medio del piso de la sala y luego fue en busca de los polvos de piedras preciosas. Esto era lo que más le había costado dinero, tuvo que comprar las piedras por un lado, y por otro encargarle a un herrero que las moliera. Tenía una bolsa con polvo de jade verde oscuro, otra bolsa de polvo de amatista, y en otra que contenía polvo de cuarzo.   
Primero dibujó en el suelo con el polvo del jade, un triangulo que encerraba a la esfera, luego hizo lo mismo con el polvo de amatista. La esfera quedó en medio del rombo que se formó al dibujar los dos triángulos, que sobrepasaban levemente los límites del otro. Por lo que decía el grimorio, el jade era la representación del cuerpo y del ambiente físico. El verde oscuro es una conexión con la Tierra y con las cosas materiales, en cambio, la amatista era llamada la piedra de sueño, emulaban la imaginación, la fantasía y los mismos sueños.  Por último vació la bolsa con el cuarzo alrededor de dicho rombo, formando un círculo de polvo cristalizado e incoloro. Dicha gema, era el nexo entre las propiedades del mundo espiritual, fantástico, y el plano físico. Entre lo visible e invisible.  
Ya le quedaba el último pasó, debía incendiar los polvos, que al ser tan minúsculamente molidos, y yendo contra toda lógica, sería posible encenderlos en fuego, o por lo menos eso aseguraba el arzobispo. Acercó una vela a uno de los ángulos del triángulo de jade y desafiando las leyes naturales, los cristales se encendieron, siguiendo la línea del dibujo, y contagiando las leves llamas a las otras figuras. Las llamas consumieron el polvillo de los fragmentos de piedras, hasta volverlos humo. El humo se mantuvo suspendido hasta que la esfera de cristal lo absorbió. Ese círculo cóncavo, antes vacio, ahora se hallaba lleno de niebla tricolor. Su suelo había quedado limpio del fuego y de los polvos, como si nunca hubiera dibujado esos triángulos en el suelo de su mansión.   
Su cuerpo temblaba producto de la emoción y del miedo. Tenía miedo por lo que sucedería ahora, por la incertidumbre de los efectos de aquel conjuro. Y emoción por que había funcionado, este era el principio del fin de su vida de soledad y sufrimiento.  
Fue por una cadena de oro, de la cual colgó la esfera llena de magia.
Se colgó la cadena del cuello, esperando los efectos que no llegaron. Se sintió defraudado, esperaba ver esa nueva dimensión que prometía el ritual, pero todo se veía igual de sombrío, y su corazón seguía sintiendo la misma tristeza de siempre.           
Con la desilusión palpitando en su ser, se fue a dormir, aun portando aquella cadena en el cuello. Al parecer nunca encontraría un mejor lugar de escape que los sueños. Ningún otro lugar le daría una paz semejante.    
A la mañana siguiente una luz azul lo despertó. Se sintió sumamente extrañado. Su habitación olía a flores, a pesar de que la noche anterior su cama desprendía un tufo de humedad. Cuando corrió las cortinas de su habitación que daban al jardín de su mansión, lo que sus ojos encontraron lo llenaron de asombro. ¿A caso todavía seguía dormido? El sol que se plantaba en el cielo no era común, no brillaba en ese color azufre en el que comúnmente lo hacía, no, ahora era azul, y sus rayos añiles bañaban la ciudad entera, penetrando cada rincón y esquina. Las flores de su jardín se veían más coloridas y alegres que nunca, tanto que si las mirabas con detenimiento descubrías que estaban bailando al compas de la melodía que silbaba el viento.   
No perdió más tiempo, ni siquiera se dio el lujo de cambiarse de ropa, estaba lo suficiente animado como para perder el tiempo en cambiarse. Así que en pijama salió de su casa, fue directo a las calles, y todo era una locura, la realidad convergía con sus sueños, recordaba una vez a ver soñado con una casa que sudaba mariposas amarillas, y allí estaba, al final de la calle, había una casa que expedía de todas sus ventanas, puerta y chimenea tantas mariposas, de un número infinito, que agitaban sus alas elevándose al cielo, llenando la calle con sus colores de sol.   
La tecnología se mezclaba con lo salvaje, había animales parlantes, y aves volando en avionetas de papel. Incluso los elefantes usaban sombreros. En cambio sus vecinos lucían como bufones, recordaba ese sueño, en que los había soñado con ropa llamativa y jugando con malabares.
Su corazón latía a un ritmo acelerado, y su cuerpo sudaba en demasía, tenía algo de miedo, y emoción. En ese revoltijo de emociones no había lugar para la tristeza.      
Pero los sueños a veces se vuelven pesadillas.
Es cuando se dio cuenta que no sólo había liberado a sus sueños alegres y divertidos, sino que también se habían emulado hasta los sueños más horripilantes y los miedos más escandalosos. Lo supo cuando después de caminar se halló en medio de un callejón, recordó aquella pesadilla de inmediato, la había soñado en una noche que lo había atacado una fiebre que casi lo mata de niño.  
Escuchó los gritos y luego olió la sangre. Todo estaba pasando igual que en su sueño. Giró la vista, y allí estaba, entre una montaña de basura salió un monstruo que sólo podría crear la imaginación humana, con más ojos de los que debería tener, de garras puntiagudas, y un aliento a podredumbre, aun más nauseabundo que de la basura de la cuál nació. Esa criatura saltó, Beltrán sabía lo que venía a continuación, en su sueño era devorado vivo por esa bestia, lo mordía y le desgarraba las partes mientras agonizaba entre gritos. No quería vivir eso, debía huir.    
Beltrán corrió por el callejón, escapando del monstruo que intentaba devorarlo. Esquivo sus nauseabundas fauces y sus sangrientas garras repetidas veces.
Un estruendo doloroso hizo que la esfera que posaba en su pecho se rompiera en miles de pedazos y de esa manera verse liberado del conjuro. Ya no habían más animales con sombreros, ni flores danzantes, todo era como debía ser, con calles grises e insípidas, con un cielo pintado de nubes y un sol amarillo.  
La criatura pestilente ya no estaba, pero igual que en su sueño, se había hallado la muerte. En los últimos segundos que le quedaron de vida pudo distinguirse a él mismo debajo de las ruedas de un carruaje, y un charco de su misma sangre que lo rodeaba cual laguna escarlata.                     




miércoles, 14 de marzo de 2018

El monstruo del subsuelo




            Estaba completamente solo. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero mi padre había muerto. Con su último aliento, me dio vida. Y ¿es así como se lo pago?    
No me atrevía a abrir los parpados ni a mover cualquier parte de mi cuerpo, aun que fuera el más mínimo movimiento al menor tiempo posible, me negaba rotundamente. ¿Por qué?, la razón es muy simple. Tenía miedo. Pero no cualquier miedo irracional, no, tenía miedo de vivir, de ser alguien, de abrir los ojos y de esa manera adentrarme en aquel mundo que me esperaba. Sabía muy poco de mí, pero mucho de mi padre. Toda su vida para ser preciso. Tenía una película con los recuerdos de mi padre, quien antes de morir los grabó en mi cerebro. Podía ver todo lo que él vivió como si yo mismo lo hubiera vivido. Las calles descuidadas, las casas de aspecto lúgubre, el gato arisco del vecino, el cielo con sus nubes grises, la noche pintada en estrellas parpadeantes. Era todo tan real, a pesar de que nunca salí de este contenedor, era como haber vivido una vida sin moverme de donde estaba. Pero esos recuerdos, no eran agradables, al parecer mi padre no era una persona feliz. Peleas, vicios, desprecios, odios y soledad. Los sentimientos no se transmitían en aquellos recuerdos que eran sólo imágenes, pero los adivinaba en las expresiones y acciones de mi padre. Estaba solo, y eso era lo que lo volvía infeliz. Era enfermizo, enclenque, temperamental y de rostro grotesco. Sólo tenía una cosa a su favor, y eso era su inteligencia. Se creía inteligente, y sí que lo era, sino no estaría pensando esto ahora mismo.  
Por alguna extraña razón mi padre se privó de hacerme llegar los recuerdos que concernían a mi persona. Por eso mismo sabía poco sobre mí, casi nada. No sabía lo que era, de que estaba templado mi cuerpo, ¿Metal y baterías?, ¿Carne de animales?, ¿Otros cuerpos humanos?, ¿O era algo completamente nuevo nunca antes creado?, no lo sabía, y si no abría los ojos, seguiría sin saberlo.    
Mi padre pasó cincuenta años de su vida en crearme, se encerró en un laboratorio escondido bajo la tierra. Anhelaba una compañía, detestaba estar en su casa, oscura, fría y vacía, nadie lo quería. Él era difícil de querer y lo sabía muy bien. Estaba algo desquiciado, e incluso era violento con las personas que le rodeaban. Pero también era orgulloso, se negaba a doblegarse, a humillarse para cambiar para los demás. Se negaba a que no lo aceptarán tal cual era, ¿Qué sentido tiene cambiar para que te acepten?, si cambias, ya no eres el mismo. No te estarían aceptando a ti, sino a la nueva versión que ellos crearon de ti mismo. “Los demás serán estúpidos, pero por suerte yo no lo soy. Nunca me verán doblegado a sus ideales moralistas. Soy esto, mi única y verdadera versión. No crearán de mí, un títere con emociones infundadas” eso había dicho en una fiesta enfrente de todos sus amigos, luego de que le recriminaran su mal carácter. Esa fue la última vez que los vio. A pesar que ese fue el inicio de su soledad, no se arrepentía, y estaba orgulloso de permanecer siendo él mismo. Era una persona fuerte y de convicciones duramente arraigadas, ahora mismo yo me sentía de ánimo enclenque, y saber que si abría los ojos estaría solo en el mundo, me asustaba, yo no era como mi padre, le temía al mundo, a la gente y a mí mismo.  
Mi padre quería a alguien que lo acompañara y lo aceptara tal cual era, y ese era yo, había sido creado para amarlo tal cual era, con su violencia y su mal carácter. Y era doloroso saber que nunca lo vería con vida. Porque la vida de un humano no alcanzó para crearme. Son pocos días, y mi muerte se ve lejana, o incluso imposible. No sabía siquiera si algún día moriría. Como ya dije, no sabía nada de mí. Mi padre sabía bien quién era, y se negaba a cambiarse a sí mismo. El hijo que creó era su alter ego, completamente asustadizo, atemorizado de abrir los ojos y vivir. De verse a sí mismo.  
Lo único que sabía de mí era que era un monstruo. Se me permitió conservar ese recuerdo. No era un humano, ni nada parecido. Era un monstruo. Mi padre ya estaba anciano, y me miraba frente al contenedor de cristal que me guardaba. Obviamente yo no puedo verme en este recuerdo, solo puedo verlo a él. “Eres un monstruo” dijo “O tal vez el monstruo soy yo”, no entendí bien que quiso decir con eso último. Soy como un niño que no conoce al mundo, ni nunca ha hablado con alguien. Por eso mismo me cuesta entender el verdadero significado de las palabras cuando estas suenan ambivalentes.     
Otro de los recuerdos en los que estaba con mi padre, es el último antes de darme vida a mí para darse muerte a él. “Ya no tengo la fuerza de un joven”, mi padre se veía demacrado, tan viejo pero lúcido, “Esperé toda la vida para crear este momento, pero la fuerzas que requieres para dar inicio a tu vida, es probable que mi cuerpo no sea capaz de soportarla” lo veo ahogarse con su propia respiración, sus pulmones ya no son tan sanos como antes y suelen fallarle momentáneamente “¿Vale la pena acabar mi vida para dar inicio a algo que nunca veré vivo?”, estaba triste, frustrado y enojado consigo mismo, se culpaba por no ser lo suficientemente inteligente, tal vez si hubiera sido un poco más clarividente de lo que ya era, podría haberme terminado unos años antes, cuando todavía poseía la fuerza para soportar lo que estaba por hacer a continuación “Pero, si no te doy vida, mi vida no habría tenido ningún sentido. Dediqué mis últimos cincuenta años a ti solamente. Así que sé un monstruo que vive. Vive por mí”, y después de eso, mi padre hizo algo, pero el recuerdo está confuso, y cuando recién se vuelve claro nuevamente, me hallo a mí mismo, despertando de un subidón confuso y llenó de luz, que fue momentáneo, y le siguió una paz indescriptible. Entonces ya entendía todo. Los recuerdos de mi padre me dieron una lengua y un entendimiento. Y aunque no me atrevo a abrir los ojos, sé que mi padre está muerto a mi lado, y que no hay nada que hacer por él.          
Entonces, si él está muerto, ¿De qué me sirve a mí estar vivo?, fui creado para mitigar su soledad, darle sentido a su existencia, pero mi padre ya no era nada ni nadie. Estaba muerto. ¿De qué me servía abrir los ojos y vivir?       



jueves, 8 de febrero de 2018

Me iré sabia


De artilugios sólidos, que pesan, que quedan,
no pasan al éter.
Feliz de aquel que cultiva con la mente,
y pasan la muerte.  

Pan de sabiduría, engorda al espíritu,
única riqueza.  
Oro, plata, mármoles y piel añeja,
pesan, todo queda.  

Cuando la deuda vitalicia me reclame,
me iré liviana,
de cuerpo vacío, pero de alma colmada,
me iré sabia.