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martes, 17 de enero de 2017

Miradas que matan


                Me encontraba sentada junto a la ventana. Hacía varios minutos que el avión había despejado, pero no podía dejar de sentirme intranquila, no es que le tuviera miedo a volar, ni mucho menos, mis nervios afloraban a causa de otra razón. Busqué el sobre en el interior de mi maletín nuevamente, lo tomé de forma poco agraciada y mis dedos temblaron ligeramente al intentar desdoblarlo. Me habían encargado un paciente muy importante y algo especial, que seguramente descubrir el padecimiento de este individuo despejaría mi reputación entre la comunidad médica de alto prestigio. Era joven todavía y el hecho de que me hayan encargado este caso me hacía sentirme insegura.    
                La carta era corta y concisa, me daba la dirección de la casa del paciente, y terminaba diciendo que varios doctores lo habían tratado pero que no habían podido detectar ninguna anomalía en el paciente, y era mi tarea confirmarlo. Mis profesores de la universidad de medicina albergan grandes esperanzas en mí, en una graduada en honores y mejor de su clase. Realmente no me gusta alardear de todo esto, es más, soy bastante insegura aunque nunca me he equivocado en un diagnostico hasta ahora, espero que este caso no me obligue a romper con mi perfecta racha de diagnósticos.  
                Una vez que bajé del avión, tomé un taxi hasta la dirección que señalaba la carta. Era una casa poco ostentosa, con un jardín de pocas flores, paredes altas, pintadas en un color crema, ventanas de madera y una puerta lisa, blanca, con un  picaporte algo despintado y bañado en un leve oxido joven. Llamé a la puerta y esperé unos segundos hasta que alguien del otro lado me atendió. Era una mujer entrada en los cuarenta, con alguna que otra cana blanca infiltrada en su melena negra, era alta, mucho más que yo.
                — ¿Debes ser Alba Balaguer?
— Sí — le respondí al escuchar mi nombre — Vengo por…
— Mi hermano — me interrumpió sin dejarme nombrar al paciente — Adelante — indicó abriéndome la puerta para que ingrese al interior del edificio — Espera en la sala. Lo iré a llamar.
Me senté en un pequeño sofá de tapizado blanco, no pude mirar mucho alrededor y hacerme una idea del ambiente donde residía el paciente, porque la mujer volvió al minuto, acompañando a un hombre, posiblemente unos años menor que ella, que lo escoltó hasta que tomó asiento frente a mí.           
— A pesar de que es mi propia casa, mi hermana insiste en ayudarme a moverme en ella — la voz del hombre era vocalizada en un tono bajo, su voz sonaba algo áspera y grave para mis oídos. No era desagradable para nada.
Le sonreí levemente, a pesar de que él no podía saberlo. Había sido más bien una acción involuntaria que no pude detener.
— Bueno, usted seguramente ya sabe quién soy, mi nombre es Alba, he venido a...
— Claro que lo sé — me interrumpió con una sonrisa agradable en el rostro — Graduada en honores de la universidad de medicina de Harvard, además de poseer una licenciatura en psicología, su coeficiente intelectual es de ciento cincuenta y ocho, dos puntos por debajo del de Einstein…— se quedó inmóvil unos segundos pensando — Creo que no me olvido de nada… ¡Ah sí!, además es intérprete de ocho idiomas.
Me quedé muda unos milisegundos, me había impresionado como sabía tanto de mí.
— ¿Cómo sabe todo eso? — le pregunté, intentando ocultar mi desconfianza.
— No se preocupe. No soy un acosador ni nada por el estilo, simplemente quería saber quién era el que se haría cargo de mi... ¿Discapacidad?, realmente no sabría cómo llamarlo.    
— Bueno para eso mismo estoy aquí, así que empecemos de inmediato — tomé una ficha de notas de mi maletín y me removí en mi mismo lugar, intentando ponerme cómoda — Empecemos por lo más básicos: nombre.
—  Andrea Cicero Romano.
— Muy bien, Andrea— luego de anotar su nombre completo, seguí con la siguiente categoría — Lugar y fecha de nacimiento.
— Veintidós de julio de mil novecientos ochenta y cuatro, en Siena, aunque resido en Madrid desde los últimos diez años.  
— Bien, ahora cuénteme sobre lo que le ha sucedido, por favor no omita ningún dato, el detalle más pequeño puede ser altamente relevante.  
Andrea asintió, como en un signo de comprensión y se dispuso a contarme su historia.   
— Cuando tenía veintidós años, luego de recibirme en la universidad de ingeniería, decidí mudarme a Madrid, siempre había sido un sueño desde niño: Vivir en España. Aquí conocí a alguien muy especial. Su nombre era Elena. Era una chica algo misteriosa, pero sumamente agradable. No fue muy difícil acercarme a ella, y rápidamente nos convertimos en amigos. Ella pasó a ser una persona muy importante para mí, pero nada más que eso, una amiga, una hermana con quien pasar el rato. No me di cuenta del momento que ella comenzó a enamorarse de mí, desearía haberlo hecho, así me hubiera ahorrado de todo el dolor que le ocasioné, y de las consecuencias que vinieron a causa de ese dolor. Ella me confesó su amor. Intenté rechazarla de la manera menos dolorosa, pero no fue suficiente, ese día descubrí que Elena era una persona rencorosa. Ella dijo “Como no eras capaz de ver lo que estaba frente a ti, cuando quieras hacerlo ya será tarde, porque morirás”. Desde entonces llevó esta venda en los ojos, evitando la muerte. Si bien soy capaz de ver, debo obligarme a ser como un ciego. Los colores, la luz, incluso la oscuridad, debo ocultarlos de mis ojos.
Quise decir algo, pero las palabras no salían de mi boca, estaba lo suficiente impactada como para pronunciar cualquier cosa inteligible. ¿Acaso era una broma?, se supone que vendría a ver a alguien enfermo de ceguera, no alguien con un claro síntoma de hipocondría, y en el peor de los casos que podría estar desarrollando esquizofrenia. Tal vez podría recetarle algún medicamento para contrarrestar esta percepción errada de la realidad que estaba experimentando, pero lo que más me extrañó fue que Andrea no aparentaba ser un paciente que sufriera psicosis, todo lo contrario, su forma de hablar, su lucidez, eran signos de una persona mentalmente sana, pero también debía recordarme que ninguna persona normal llevaría una venda veinticuatro horas al día en los ojos a causa de una maldición. Realmente me encontraba muy confundida, a pesar de que el diagnostico era simplemente lógico, por más que intentara ignorar aquella sensación, esa corazonada, estaba ahí y no se apartaba de mí, obstruyéndome para tomar una decisión final.
— Entonces, su ceguera es a causa de una maldición — no estaba muy segura si aquellas palabras sonaron como una afirmación o una pregunta.  
— Yo no creía en las brujas, hasta que mi examiga me maldijo — lo dijo de manera cómica, parecía tomarse el tema de su maldición de muerte de muy buena manera.   
— Y ¿Nunca se sacó la venda de los ojos?
— Claro que no, si no ya estaría muerto.
— Primero haremos un par de análisis, para comprobar que no haya ninguna anomalía física.
Andrea pareció complemente dispuesto a colaborar y someterse a cualquier estudio que fuera necesario.
Pasaron varios días, entre estudios de sangre, tomografía computada, incluso se sometió a algunas pruebas para comprobar su esquema cognitivo y mental. Los resultados fueron sorprendentes, no existía ninguna clase de anormalidad. Es más descubrí que era un hombre muy inteligente, era capaz de resolver cuentas matemáticas con solo la mente, y fue competente a la hora de solucionar juegos lógicos en tiempo récor. Su cerebro estaba completamente sano. ¿Entonces que estaba mal en él? Le insistí en varias oportunidades que retire la venda, pero él se opuso amablemente, siquiera era una persona violenta, incluso resultaba que tenía una personalidad muy alegre y simpática, acostumbraba a recurrir a chistes o reírse de sus propias desgracias con aquella suave carcajada, que parecía lanzar desde lo más profundo de su ser, como si realmente disfrutara reír.   
Pasaron las semanas y el caso de Andrea cada vez se metía más en mi cabeza. Incluso estaba comenzando a desvelarme en solo pensar en su ello. No sólo la idea de no saber qué hacer era lo que ocupaba mi mente, Andrea también lo hacía, ese hombre se había ganado un lugar en mi corazón, no había podido evitar encariñarme con él, tal vez era su carácter cálido, su voz algo seductora o su carcajada cargada de vida, no lo sabía, pero no podía dejar de pensar en él. Y me avergonzaba reconocerlo, pero la delgada línea de profesionalidad que nos separaba de la amistad estaba comenzando a desaparecer, se erosionaba como la piedra expuesta al agua o al viento, lo hacía lentamente, pero podía sentir como desaparecía.  
Estaba sentada sobre mi cama intentando pensar en otra cosa, pero no podía. Una vibración acompañada de una melodía que conocía  a la perfección resonó en el silencio, cortando el hilo de mis perennes pensamientos que parecían no tener fin. Era una llamada de voz. Si bien Andrea no podía escribir mensajes de texto, eso no se significaba que debía estar incomunicado.  
— Buenas tardes, doctora ¿Qué harás en la noche?
— Estaba pensando en revisar tus estudios una vez más, tal vez puede que se me haya pasado algo por alto.
— Ya los revisaste muchas veces, déjalos para otro momento. Tengo antojo de Tostones de queso y tomate. Conozco un restorán que hace entregas a domicilio, y que realmente es para chuparse los dedos.
Me mantuve en silencio unos segundos, como si estuviera pensando si aceptar su oferta, cuando la decisión la había tomado desde el momento que escuché su voz.
— No sé, tengo mucho que hacer, también tengo que llamar a mi universidad por unos asuntos de suma urgencia.
— Déjalo para mañana.
— ¿Nunca escuchaste el dicho de “Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”?
— Sí, por eso mismo, no me rechaces, porque puede que mañana ya no tenga antojo de tostones de queso y tomate — reí levemente a causa de su chiste.
— Bueno, bueno, por esta vez ganas.
No pude ocultar la sonrisa de mi rostro, desde un principio mi respuesta era un “Sí”, pero tuve la absurda necesidad de obligarlo a insistirme un poco.
No tardé mucho en prepararme. Me bañé y vestí, a pesar de saber que no me vería quería verme atractiva. Un sentimiento doloroso cruzó por mi mente cuando estaba peinándome frente al espejo. Si alisaba mi cabello, él no lo sabría, si usaba maquillaje sutil pero seductor, él no lo vería. Pero en cambio elegí el perfume más sabroso que tenía, eso podría percibirlo.   
Toqué a su puerta y Andrea me recibió con un cálido abrazo. Hoy su hermana no nos haría compañía, si bien, ella tenía su propia familia y vivía en otra casa, todos los días pasaba a visitar a su hermano para asegurarse que todo anduviera en su respectivo lugar. Era una hermana bastante sobre protectora, sin importar que su hermano tuviera treinta y dos años.
Andrea y yo caminamos hasta el comedor, tomados de la mano, no estaba segura si era un gesto de asistencia por que él no podía ver, o si ese contacto significaba algo más, porque si fuera un toque casual, mi corazón no se agitaría de manera tal alocada, como lo hacía en ese momento.
El repartidor del restorán no tardó en llegar, Andrea le pagó y yo en cambio tomé la bandeja envuelta en aluminio. Serví los tostones y nos sentamos uno en frente del otro, a degustar la comida, el queso aun caliente era delicioso, y el tomate jugoso y dulce, una delicia para el paladar. Mis ojos no se apartaban de Andrea un segundo, lo admiré, aun que parte de su rostro estaba oculto detrás de una venda blanca, podía decir que tenía facciones atractivas y rasgos masculinos marcados suavemente, una nariz recta oculta debajo de la tela blanquecina, y labios delgados y de poco color, hacedores de sonrisas brillantes y carcajadas tentadoras.  
— ¿Sabes?, a pesar de que no puedo ver generalmente siento la mirada de la gente sobre mí. Es una sensación extraña.
Me sonrojé de inmediato. Agradecí que Andrea no pudiera verme, si no moriría de la vergüenza.
— No te preocupes, yo me siento de la misma manera.
Me quedé estática, sus palabras fueron como un interruptor que detuvieron mi corazón. Quería preguntarle a que se refería con aquellas ambiguas palabras, pero sería hipócrita de mi parte hacerle aquella pregunta, yo era lo bastante perspicaz como para interpretar el ambiente a mí alrededor.                 
— Me he enamorado de ti, y sabiendo que siendo capaz de verte con mis ojos, el deseo de conocerte de aquella manera es casi insoportable, el deseo de deshacerme de la venda que obstruye un paso más para conocerte mejor es el peor de los castigos. Es cierto que si veo moriré, pero el no verte me está matando.      
Andrea llevó sus manos a su venda y las mantuvo allí unos segundos. Sus dedos se movieron una milésima de centímetro y los detuve allí asustada, con miedo a verlo morir, con miedo a perderlo.    
— No lo hagas.
— No me importa morir, si al hacerlo lo último que veré será tu rostro.
No pude objetar nada contra aquellas palabras, entonces fui testigo como, Andrea, lentamente llevó las manos a su nuca para desanudar la venda. Retiró el velo blanco que resguardaba sus ojos del resto, pausadamente, temiendo a la muerte, pero impulsado por un  sentimiento mayor.
Sus pestañas eran oscuras y largas. Mantuvo los parpados cerrados, unos segundos que parecieron una eternidad, cuando se decidió a abrirlos mostró un color café, brillantes, era como si dos hermosos topacios imperiales me mirasen con amor.  
Andrea se acercó hacía mí, recostándose levemente sobre la mesa, sus dedos viajaron hasta el fondo de mi cabeza, entrelazándose con mi cabello.  
— Hermosa.  
Dijo una sola palabra, la única que pudo decir al verme. Me miró durante minutos, me observó como si fuera una obra de arte. Al principio entrecerraba sus ojos, los cuales estabas desacostumbrado a la claridad, pero lentamente los fue abriendo, sus pupilas se dilataron captando la luz que le rodeaba, y yo me veía reflejada en ellos, era como un espejo, podía ver lo que Andrea veía.  
Andrea acortó la distancia que nos separaba, la consumió como las llamas lo hacen al oxigeno, y a las flores. Sus labios se depositaron sobre los míos, de manera delicada, como si su destino fuera un  puerto de porcelana, y me besó como si mis labios supieran a frutillas, y a azúcar. Nuestras bocas eran mensajeras, llevaban buenas nuevas de amor y cariño.
El resto de la noche fue escenario para nuestro amor profesado, si bien nunca abandoné el temor de su muerte, él siguió viviendo, siguió besándome y dándome su amor. Tal vez la maldición nunca existió.   
Dormí a su lado, viéndolo dormir, hasta que el propio sueño me venció.       
La calidez de la mañana fue lo que me despertó. Me senté en la cama, algo confundida hasta que logré reconocer la habitación y recordar lo que había sucedido la noche anterior. Me giré en dirección a Andrea, quien seguía recostado en la misma posición de ayer.
— Andrea — lo llamé, pero no respondió. Un familiar sentimiento de temor se alojó en mi pecho — Andrea — volví a insistir, pero esta vez lo sacudí del brazo levemente. No hubo respuesta.    
No podía ser cierto, las maldiciones, brujas, fantasmas, extraterrestres y todas aquellas cosas extrañas no existen, no eran más que un producto de la imaginación humana. Los mitos siempre seguirán siendo mitos. Y las cosas inexplicables nunca se podrán explicar, porque simplemente no existen. Me obligaba a tener esos pensamientos, a no desistir, a no pensar de manera pesimista, a no dejarme llevar por la superstición, a no pensar lo peor. Seguramente Andrea tenía el sueño pesado.   

Me recliné para comprobar su respiración y su pulso, y fue cuando el peor de mis miedos se hizo realidad. Andrea estaba muerto.   

martes, 27 de diciembre de 2016

Marasmo



¿Cuándo llegué aquí?, no lo recordaba.  
Mis pies estaban parados sobre la madera del puente, miraba hacia abajo. El agua producía un sonido que sabía a metal cuando corría en dirección contraria. Mi nariz captó el azufre que desprendían los rayos del sol que viajaban hacia mi lugar. Estiré mi mano, y con la yema de los dedos pude palpar la aspereza del viento, que con una fuerte ventisca intentaba bailar a mí alrededor. ¿Siquiera sentir eso era posible?           
Me giré levemente, a la distancia podía verla, la cabaña de pino, algo antigua pero fuerte, siquiera el más fiero temporal podría tirarla abajo. Parada sobre el porche me saludaba, era mi abuela, vestida con sus habituales vestidos de estampados de flores, que agitaba su mano en mi dirección. Dudé unos segundos pero al final le devolví el saludo, recibiendo de su parte como respuesta una sonrisa complacida. Entonces fue cuando lo comprendí.   
No me detuve en seguir pensando o calculando las posibilidades, porque si lo hacía seguramente me entraría el miedo, y me echaría atrás, pero la verdad es que ya no podía soportarlo. La incertidumbre, era un sentimiento que apresaba mi corazón y que por todos los medios ansiaba deshacerme de él. Así que lo hice de la única manera que podría hacerlo.
Me subí a la baranda del puente, era algo delgada, pero pude hacer equilibrio sobre ella. Respiré hondo y me lancé al vacio.
Abrí los ojos de inmediato, mi pecho subía y bajaba con insistencia, mientras mi corazón palpitaba violento. Cerré los ojos, y apreté mis palmas contra mis parpados, intentando calmarme. La tensión desapareció de mi cuerpo de manera gradual.
Recordaba todo. La casa de campo, mi abuela saludando y el salto del puente. Mi abuela había muerto hacía diez años, y desde que ella falleció su casa en el campo se encontraba abandonada. 
Cuando abrí los ojos una quemante luz me envolvió, cegándome por unos segundos. Cuando pude acostumbrar la vista a la claridad que entraba a la habitación por la ventana, giré mi rostro encarando el reloj despertador que se encontraba a un lado de la cama.
Los números digitales marcaban medianoche. Esta claridad no concordaba con la hora. Miré con más atención, no me equivocaba, el reloj indicaban las doce p.m.
Algo no andaba bien. Existía la posibilidad de que el reloj estuviera descompuesto, pero el incesante tic tac, me ponía inquieto. Me levanté de un salto de la cama, y sin mudarme de ropa salí corriendo de mi casa, todavía con la ropa de dormir puesta. La calle estaba desierta, era raro que con tanta luz no abundaran autos y transeúntes, mucho más en una ciudad de tantos habitantes como esta.  
Corrí hasta la autopista, que no estaba tan lejos de mi casa. Me paré sobre el puente de asfalto, lo bastante alto, respiré hondo mientras cerraba los ojos, podía sentir como el aire frio congelaba mis pulmones al ingresar, como si el hielo se alojara filosamente en las paredes de mi carne.  
Volví a abrir los ojos y un sonido atronador llenó mis oídos, provenía de debajo del puente, miré hacía aquella dirección. Decenas de ruedas giraban sobre el alquitrán, creando un ruido aplastante, las luces encandilaban mis pupilas y las bocinas aullaban como perros salvajes. ¿Acaso no estaba desierto?, ¿De dónde aparecieron?, tal vez me estaba volviendo loco.  
Pude sentir el momento en que la desesperación se apoderó de mi interior. Estaba cansado de esta incertidumbre, de no saber cuándo soñaba o cuando estaba despierto. Todo parecía un sueño, tan irreal. La duda se volvía insoportable. Necesitaba la calma, sentir la realidad, llegar al marasmo. Y solo conocía una forma de hacerlo.  
Subí a la baranda de metal, y miré a mi alrededor, intentando descifrar si lo que veía era la realidad o no, esa era la última oportunidad que le daba a lo que veía, pero como siempre, no podía saberlo, nunca podía descubrirlo, la realidad nunca parecía serlo y los sueños me confundían aun más. Con la duda encastrada en lo más profundo e irrevocable de mi mente decidí caminar hacía el vacio y descubrir la verdad.       
  
     



domingo, 25 de diciembre de 2016

A todos mis lectores...



A todos mis lectores les deseo muy FELICES FIESTAS, y recuerden que lo más importante no es recibir regalos sino el cariño de los seres queridos. Es una fecha importante, que además del significado religioso que abarca (el cual comparto como cristiana), también une a la familia, así que sean buenos y disfruten lo que les regala estas fechas.       

Este último mes el blog ha estado bastante inactivo por dos grandes razones, la primera porque he tenido que estudiar arduamente, y la segunda es porque se quemó la batería de la computadora, pero ahora, que han empezado las vacaciones (eso no quiere decir que deje el estudio de lado, pero puedo relajarme un poco más) y he arreglado la netbook, retomaré la escritura, así que más tardar, posiblemente la semana que viene el blog tenga una nueva entrada.   


Y como dije al principio, ¡Muy Feliz Navidad y buen comienzo de año! 


martes, 22 de noviembre de 2016

La cura


                Alban Hamill insertó la aguja hueca penetrando lentamente el tegumento escamoso del hombre-lagarto que, recostado inconsciente, se hallaba sobre la camilla metálica del laboratorio. Sus ojos, extrañamente turquesas, no despegaban su fijación en el instrumento, estaba empecinado en hacer su trabajo a la perfección, ya que por una extraña razón, su jefe, a pesar de haberlo aceptado, seguía mirándolo con desconfianza, como si fuera un mocoso recién salido del secundario que sólo tiene en la mente a chicas hermosas. Quería demostrarle lo que en verdad valía, no por nada se había graduado con honores de la universidad de ciencias de Londres. Tirando del émbolo con sus dedos, llenó el recipiente de oscura sangre. Luego caminó a la camilla siguiente, donde descansaba, en igual condiciones, el segundo espécimen. El hombre-alacrán mantenía sus ojos de insecto cerrados.
A pesar de saber que aquellos monstruos estaban inconscientes tras una fuerte dosis de anestesia como para dormir un elefante, sentía la piel de gallina aflorando en todo su cuerpo, más el miedo aferrándose a su pecho. Esas bestias eran horrendas a la vista, no solo eso, eran altamente peligrosas. Ignorando lo que los especímenes causaban en él, extrajo la sangre del alacrán en una segunda jeringa. Luego de volver a las bestias a sus respectivas celdas, procurando internamente que no despertaran antes de cerrar la puerta, volvió al laboratorio, para preparar las pruebas para cuando llegara su jefe.  
Un familiar sonido se hizo presente en la habitación, era el giró del picaporte, y el rechistar de la puerta al virar sobre sus bisagras. Natalia y Mark habían vuelto de la oficina de René García, quien los había citado con un nuevo caso especial por resolver. Natalia entró al laboratorio, seguida por Mark, quien caminaba con una carpeta de folios colgando debajo de su axila.
Mark caminó hasta el escritorio, dejando la carpeta sobre la tabla de madera, abriéndola en la primera hoja. Alban caminó hasta el escritorio, parándose junto a Natalia.
— Buenos días, Alban, veo que hoy has venido temprano al trabajo — lo saludó cordialmente Miller, con una enorme sonrisa plasmada en su rostro.
— Sí, quería terminar cuanto antes con las pruebas de sangre. Es prioridad avanzar con la cura— Alban dijo eso, y miró de reojo a Mark, esperando ver una expresión de orgullo, o por lo menos de asombro por su parte, pero no encontró nada de eso, apenas le estaba prestando atención a lo que decía. Parecía que no importara cuanto se esforzara, nunca ganaría el reconocimiento de su jefe.    
— ¿Cómo están la muestras? — preguntó Mark de repente.
— Eh, eh — tartamudeó un poco antes de recobrar la compostura, su pregunta lo había tomado por improvisto. Aparentemente si lo estaba escuchando — Solo debo prepararlas para el análisis.
— Bien, tenlas listas para cuando vuelva.   
— Sí — se agregó Natalia a la conversación — René García nos encargó un nuevo caso especial — la muchacha acarició su propia barbilla mientras pensaba — ¿No quieres venir con nosotros?, la última vez ayudaste bastante en el caso.
Alban miró de Natalia a Mark, y aunque en el fondo si quería ir, ya que era mucho más interesante que quedarse en el laboratorio rodeado de pipetas y muestras de ensayo, pero Mark le había encargado algo, y no quería que pensara aun peor de él. Es cierto que la última vez hasta se había disculpado con él por juzgarlo tan tempranamente, pero sin embargo, Alban no estaba satisfecho con ello, él era de aquellas personas que aman el reconocimiento, que lo alaben y elogien, y no importaba cuanto le costara, haría que Mark lo reconociera.
— Mejor me quedaré a terminar las muestras, como dije antes, son prioridad.
Giró el rostro para mirar a Mark esperando un “Bien dicho” o un “Me alegro que me hayan asignado a un aprendiz tan responsable” por parte de este que nunca llegó.
— Oh, bueno — Miller se veía algo desilusionada. Mark ante su reacción frunció el ceño, fue un gesto efímero, que se disolvió un segundo después de estar allí.      
— Vamos, tenemos trabajo que hacer — Mark caminó de vuelta hacía la salida, tenía muchas cosas en mente, este nuevo caso era distinto a los anteriores, tenía una corazonada que apenas podía interpretar, no había pistas al respecto, solo testigos, lo cual lo volvía más difícil de resolver, e incluso de verificar siquiera si era real.
El agente especial le dio unas últimas indicaciones a su aprendiz y luego salió del edificio, junto a su compañera, quien se veía mucho más enérgica de lo habitual. Subieron al auto, y en él se dirigieron al destino de las denuncias, “Barrio Jardín”, donde todas las calles habían sido bautizadas con nombres de flores o algún otro vegetal. La primera parada era en “Camino de los Sauces, 2051”, el primer testimonio, facilitado por una adolescente, que aseguraba que mientras volvía tarde a su casa, se cruzó una sombra extraña en la intersección de calles a dos cuadras de su casa. No pudo ver bien que era porque todo estaba oscuro, pero era una bestia grande y de cuerpo redondo.         
— ¿Cuerpo redondo?, no conozco ningún animal así.   
Mark intentó mantener su carcajada al límite al escuchar la ocurrencia de Miller, sabía bien que ella lo decía con una intensión irónica, a pesar de todos los casos especiales que habían presenciado juntos, ella mantenía la esperanza de entre todos los casos recomendados, que entre ellos se encuentre uno que no tenga que ver con mutantes o cosas sobrenaturales.     
— Todavía no te adelantes, nos quedan una entrevista más todavía — decía mientras manejaba hacía la siguiente casa.  
“Calle de los Jazmines, 509”, era una casa grande, de paredes amarillas y ventanas azules, algo extravagante, que resaltaba sobre el resto de las casas de la cuadra. Una anciana los atendió luego de llamar a la puerta, y los invitó a pasar.  
Natalia sostenía la taza entre sus manos, mientras soplaba el té disimuladamente, ya que un minuto atrás se había quemado la lengua cuando había querido probarlo en un sorbo. En cambio Mark había dejado la taza sobre la mesa ratonera, intentando interrogar a la anciana, la cual tan ensimismada en su anécdota charlatana, parecía no escucharlo con la atención debida.   
— ¿Así que vienen de la casa de esa niñita? — preguntó sin esperar siquiera una respuesta, para retomar la palabra un segundo después — Pobre Clotilde, tener una nieta así, vuelve a cualquier hora, falta a la escuela, y tiene unas amistades que ¡Madre mía!, se llenan la cara de aros y se tintan el cabello de… 
— Disculpe, señora, pero me gustaría preguntarle sobre… — Mark intentó interrumpirla, pero la anciana ni siquiera perdía tiempo para probar a que sabía su té.
— Pero yo le echo la culpa a su madre, completamente. El otro día, cuando fui a comprar manzanas a la verdulería para hacer un pastel, ya que mis nietos venían a visitarme…
— Eh, mmm, eh — Natalia intentó interrumpirla, pero siquiera pudo formular una palabra, intentaban ser corteses, pero parecía que no funcionaba.       
— Entonces lo vi, Anna, su madre estaba hablando con el verdulero, no sé qué le decía que se reía muy coquetamente, ¡Esa mujer!, ¿Qué clase de ejemplo le da a su hija?, ¡Pobre Clotilde!, y ¡Pobre su esposo, que de seguro no sabe nada!, en mis tiempos esto no suced…
Natalia ya no lo soportó, realmente no estaban allí para ese chismerío de personas que ni siquiera conocían, y levantándose de su asiento la interrumpió fuertemente. 
— ¡Disculpe señora!, ¡Pero no me interesa la historia de Clotilde y de toda su familia! — Natalia al darse cuenta que estaba parada y que había levantado la voz, sintiendo culpa de inmediato intentó disculparse suavizando la voz — Eh, lo siento, no era mi intención lo que pasa es que…que — no sabía que escusa dar al respecto, por suerte Mark salió a su rescate.
— Lo que mi compañera quiere decir es que estamos cortos de tiempo, si no le es mucha molestia necesitamos hacerle unas preguntas.
La anciana miró a Natalia de reojo, y embozándole una sonrisa coqueta a su compañero, por fin estuvo dispuesta a escucharlo.
— Necesitamos escuchar su testimonio con todos los detalles.  
— Por supuesto, cariño — la anciana hablaba como si su boca estuviera endulzada con miel — El martes a la madrugada, me levanté temprano, como siempre para regar las plantas del jardín de mi casa, entonces fue cuando lo vi, por supuesto había olvidado mis lente adentro, por lo cual no lo vi bien, solo puedo decir que era una enorme masa rosada que se movía como si fuera una gelatina, realmente sentí mucho miedo, por lo cual volví al interior de mi casa y no volví a salir hasta la tarde.    
Mark la escuchó detenidamente, ¿Una masa rosada?, no había nada que se le pudiera ocurrir al respecto. ¿A que se estaban enfrentando esta vez?
Mark se levantó de su asiento y Natalia imitó su acto.
— Muchas gracias ¿Señora?    
— Teresa, pero tú puedes llamarme Teresita, como me llamaban mis novios de joven — la anciana pellizcó los mofletes de Mark sin que él pudiera prevenir su muestra de efecto exagerada.
Natalia intentó reprimir su carcajada, miraba la escena tapándose la boca con la palma de su mano, mientras achinaba los ojos debido a su diversión. Era una ancianita bastante particular.
— Muy bien cualquier cosa que sepa puede llamarnos — dijo Mark una vez que se libró de Teresa.
— ¡Esperen!, no se vayan. Hay una cosa más que podría interesarles, en la carnicería de Amy, su esposo ha desaparecido, ella dice que estaba enfermo, pero yo no le creo, todo parece muy extraño, creo que deberían ir a investigar allí.    
Mark y Natalia, tomando el consejo de Teresa y se dirigieron a “Avenida del Álamo”, no tardaron mucho en encontrar la carnicera a la que se refería la anciana. Entraron empujando una puerta de cristal, dentro se podía oler la sangre fresca mesclada con el aroma del lustra pisos. Una mujer de tez aceitunada atendía el mostrador. Parecía matar el tiempo leyendo una revista ya que el local estaba vacío, pero cuando vio entrar a los agentes guardo la revista y se dispuso a atenderlos con la típica sonrisa brillante de comerciante.   
— ¿En qué puedo ayudarlos?
— Estamos buscando al dueño de la carnicería — le informó Mark de inmediato.
El rostro de la mujer se transformó de un instante a otro, pero intentó ocultar su compostura detrás de una mueca parecida a una sonrisa.
— Yo soy su esposa, mi esposo en este momento se encuentra enfermo.
— ¿Cree que podamos verlo?, solo será un momento — insistió el agente.
— No lo creo — respondió secamente sin dar una explicación mejor.
— Entonces volveremos cuando se sienta mejor — le aclaró Miller, al ver que Amy no daba el brazo a torcer.  
Antes de dirigirse a la salida, Mark buscó en el interior de su chaqueta y le entregó a Amy una tarjeta de presentación.
— Este es mi número telefónico — le dijo hablándole seriamente, estudiándola con sus ojos de forma almendrada — Confié en nosotros, estamos aquí para ayudarla— Amy recibió la tarjeta con una expresión asombrada, como si sus palabras tuvieran un significado profundo para ella.   
Luego de eso Mark y Natalia volvieron al automóvil, y prendiendo el motor encaminaron el transporte de vuelta al laboratorio.    
— ¿Crees que nos contactara? — le preguntó Natalia a su compañero.
— Eso espero.
De vuelta en el laboratorio Alban los esperaba con las muestras terminadas, totalmente preparadas para ser analizadas por Mark.
— Bien hecho — dijo Mark palpando la espalda de Alban en un gesto amistoso.
Alban Hamill sintió la adrenalina aflorarle en el pecho, era el orgullo embullando en el interior de sus costillas. Esa manía, ese vicio de querer ser elogiado lo había ganado al crecer en una familia noble de cinco hijo, y él siendo el hijo menor, debía esforzarse el triple del resto de sus hermanos si quería algún tipo de reconocimiento, su padre se atenía a las viejas costumbres, y sabía que al estar en el último lugar que le correspondía dependiendo de su nacimiento, era poco lo que su padre dependería de él, a no ser que le demostrara lo contrario, que valía más que el primogénito y el resto de sus hermanos en conjunto. Por eso mismo siempre buscaba la aprobación y la enhorabuena en los demás. Era un defecto que no podía evitar, pero dicho vicio le había llevado a hacer grandes cosas en poco tiempo y recibir un reconocimiento que naturalmente nunca recogería de su familia.       
Mark analizó las muestras en el microscopio, estuvo varias horas sin detenerse, si bien el trabajo ya casi estaba hecho, gracias a Alban, faltaba la parte más difícil, debía sintetizar la proteína correcta, para facilitar la tan esperada cura, que ahora mismo parecía imposible, pero él no perdía las esperanzas.
El gente pasó toda la noche despierto, permitió que Miller y Hamill volvieran a sus casas a descansar, aun que él último se negó al principio, necesitaba estar solo, porque en soledad era cuando mejor se concentraba.   
A la mañana siguiente, Miller llegó una hora antes a trabajar, quería ver a Mark, quien conociéndolo desde tiempo sabía que se había desvelado toda la noche. Cuando abrió la puerta del laboratorio, se encontró con una escena que la dejó absorta.
Mark dormía plácidamente, recostado sobre el escritorio, con la computadora encendida delante de él, mientras un gráfico de proteínas se movía circularmente.
— ¿Mark? — lo llamó en un susurro, mirando su rostro dormido, se veía tan pacifico e hipnotizante que Natalia se quedó viéndolo como si no hubiera nada más alrededor.
Mark se removió en su lugar, y con la voz algo ronca secuela del sueño, preguntó, con los ojos entrecerrados:
— ¿Agente, Miller? — se levantó de repente mirando el reloj en su brazo — ¿Qué hora es?, me quedé dormido.      
Al segundo entró Alban, saludando como lo hacía habitualmente, con una sonrisa enérgica tatuada en su rostro, pero esta vez lo acompañaba el jefe de la policía, René García.  
— ¡Buenos días! — Alban al ver el monitor de la computadora se acercó velozmente al escritorio — ¿Está terminada la cura?
— Es un prototipo, pero no tenemos donde probarla.      
— ¿A qué te refieres, Johnson? — le preguntó Miller algo entusiasmada sobre el tema.
— No podemos probar la muestra en humanos, pero no tenemos animales al que podamos probarlo. Solo hemos encontrado humanos mutados, ningún animal mutado, y por más de que los hemos expuesto a radiación, todas las ratas han muerto.
— ¿Hay alguna manera de probarlo en los mutantes humanos? — le preguntó Miller al jefe de policía.
René García se aclaró la voz mientras presionaba su barbilla, era un signo de que estaba considerando sus palabras.
— Tal vez podríamos pedir autorización de sus familias, hacerles que firmen un comodato, donde no nos hacemos responsable de los resultados y que ellos están conformes a que se lleve a cabo el procedimiento.
— ¿Podrías hacer eso por nosotros? — le preguntó Mark en confianza.
— Ahora mismo vuelvo a la oficina para llamar a las familias, cuando tenga noticias les comunicaré al respecto — René García volvió por donde había venido, después de despedirse de los agentes y del aprendiz.
Los agentes tuvieron que esperar un día más para recibir la aprobación por parte de René García para utilizar las muestras en los mutantes que mantenían prisioneros en las celdas del sótano.       
Bajaron al recinto con una jeringa en mano, habían obtenido la autorización por parte de la familia del hombre-alacrán, sus padres habían firmado la autorización del ex convicto. Por parte del segundo espécimen, el hombre-lagarto, no tenía familia, solo una hermana quien había muerto hacía una década. Por lo tanto optaron por probar la muestra en él último, el anciano que vivía junto a una laguna.  
Le inyectaron el líquido amarillento a través de la ventanilla de la celda de vidrio blindado, el enorme lagarto se agitó furioso, reaccionando al pinchazo de la jeringa, se estrelló contra las paredes de la celda, una y otra vez, mientras rugía nasalmente, sacando la lengua bífida de manera amenazante.     
Con cada segundo que pasaba, la droga comenzaba a hacer su efecto en el cuerpo del anfitrión, la bestia se fue calmando de a poco, mientras que iba perdiendo sus escamas gradualmente, y en su lugar lo reemplazaba piel rosada y brillante, propia de un humano. Emilio Díaz volvía a su forma anterior, al humano que una vez fue. Delante de ellos aparecía un hombre anciano, sin cabello en su cuerpo, ni escamas, solo un cuerpo de piel rosada. Pero sus ojos seguían siendo los de antes, como gemas verdes, reptilianos, y su comportamiento sin razón, como un animal, había cambiado su aspecto, pero en su mente seguía siendo un mutante, un hombre-lagarto.
— ¿Funcionó? — preguntó Miller mirando al anciano quien se encontraba encorvado sobre el suelo de la celda, ocultando su mirada asustado, temblando ligeramente.
De un momento al otro, el mutante comenzó a gritar, con voz humana, pero de una manera animal, como si estuviera sufriendo. Se retorcía de un lado al otro, de su boca surgió espuma blanca y de a poco, el espécimen perdió fuerza y se quedó inmóvil en el suelo.
— ¿Qué ha sucedido? — Preguntó Alban preocupado.
Mark tomó la llave de su bolsillo y abrió la celda adentrándose en ella.
— ¿Qué haces Johnson?, es peligroso — por más de que Miller intentó detenerlo, Mark ya había llegado al anciano.
— Está muerto — informó después de tomarle el pulso. El rostro de Mark se oscureció, asimilando lo que la “cura” había hecho en el mutante, no lo había curado, lo había matado, y no podía evitar sentirse culpable al respecto.                
Miller recargó su brazo sobre el hombro de su compañero, de manera reconfortante, no necesitaba que dijera ninguna palabra para saber qué era lo que rondaba sobre su cabeza. 
— No hay que deprimirse, por lo menos hemos hecho un gran avance — dijo Alban, mirando al cuerpo del viejo quien yacía muerto.
— ¿Un gran avance?, ¡Está muerto! — exclamó Mark levantándose del suelo de un tirón, sonando molesto — No hemos avanzado nada, hemos retrocedido, no es una cura, sino que es un arma mortal.   
— Yo estoy viendo a un anciano HUMANO — dijo el joven enfatizando en la última palabra — no un lagarto gigante.
Mark sacudió la cabeza con fastidio incapaz de responder algo más, no quería discutir al respecto, le parecía una falta de respeto hacía el muerto. Aunque lo que decía podía tener un grado de verdad, de esta versión podrían mejorar hasta llegar a una verdadera cura, ¿Pero cuántos hombres morirían en el camino hasta llegar a la correcta?, no dejaba de asquearle la idea.
— Después de todo tenemos la aprobación de René García — Alban volvió a argumentar, no era que la muerte no le afectara, los fracasos siempre afectan de una manera u otra, solo intentaba ver el lado positivo.
Mark lo ignoró y comenzó a subir la escalera para volver a su laboratorio.
— Alban, encárgate del cuerpo, y Miller, de organizar el funeral — y con eso desapareció por la puerta.  

A la mañana del día siguiente Mark recibió una llamada a su teléfono celular, cuando reconoció la voz al otro lado de la línea se sorprendió un poco, pero se alegró de inmediato, era lo que necesitaban para resolver este caso.
Miller, Johnson y Hamill, se dirigieron en dirección a la carnicería, Amy tenía algo muy importante que hablar, o por lo menos eso había dicho por el teléfono.
Amy los recibió en la carnicería algo nerviosa, se podía ver en sus ojos inquietos que estaba dudando si lo que hacía era lo correcto.
— ¿Quería hablar con nosotros, Amy?, ¿Es sobre su esposo? — le preguntó  Miller amablemente intentando entrar en confianza para tranquilizarla.  
— Sí, pero deben verlo por ustedes mismos, yo ni siquiera sé cómo explicarlo con palabras.
Los agentes siguieron a Amy hacía una puerta que tenía un cartel que indicaba: “Solo personal autorizado”, donde los llevaba al interior de la tienda, ese lugar donde se preparaban los cortes de carne o se guardaban las reces, fuera de la vista de la clientela. Y allí estaba, Mark al verlo se olvidó de respirar por un segundo, la impresión era muy grande, Alban sintió un frio helado recorrerle el cuerpo, mientras Natalia miraba la escena sorprendida, con los ojos bien abiertos y el pulso algo acelerado.
Los testimonios habían estado en lo correcto en su mayoría, delante de ellos se encontraba una enorme bola de piel rosada, con orejas gachas, nariz gorda y respingada, y un cigarrillo encendido que colgaba de dos labios gruesos. Era un mutante, en eso cualquiera podía verlo, pero era el primero que veían de esta clase, si bien tenía medio aspecto de cerdo y su otra mitad de humano, se lo podía ver actuando con el raciocinio propio de un hombre. Llevaba ropa de trabajo mientras dejaba caer el cuchillo afilado sobre la carne, cortando una chuleta detrás de la otra. Sus ojos se movieron asustados cuando se percató de la presencia de los extraños. Dejó el cuchillo sobre la mesa de metal y luego hizo algo aun más extraño, habló.   
— ¿Amy?, ¿Quiénes son ellos? — el mutante se removió detrás de la mesa nervioso, seguramente los peores escenarios se reproducían en su mente todavía humana.
— Cálmate, Cesar, ellos pueden ayudarte — dijo Amy llegando hasta el mutante.
Los agentes estaban anonadados, ninguno había dicho nada hasta que Amy había tratado de tranquilizar a su esposo.
— Cesar, mi nombre es Mark Johnson, pertenezco a la unidad de casos especiales, mis compañeros y yo estamos aquí para ayudarlo — Mark hablaba intentando que no se notara en su voz que todavía no había salido del shock de haber encontrado semejante mutante. Tal vez era lo que necesitaba para su cura.
— De un día para el otro Cesar se descompuso y comenzó a sufrir físicamente, su cuerpo cambio, se transformó en…— Amy se detuvo, no quería decir algo hiriente.
— En un monstruo. No puedo atender a los clientes, ni tampoco salir a la calle, nuestro hijo se asusta y llora cuando me ve. Un monstruo, en eso me he convertido — Terminó la frase su marido.
— Tú no eres un monstruo, sigues siendo el mismo Cesar de siempre, solo cambio tu aspecto, no sé porque… — su mujer intentó consolarlo, pero la situación se había tornado algo tensa.    
—Por eso mismo estamos aquí— Natalia Miller se acercó a Cesar sin mostrar una pizca de miedo, porque podía ver la humanidad en los ojos del mutante, no tenía nada que temer.
La agente colocó su mano sobre el hombro del hombre-cerdo, y esbozando un gesto de confianza le habló nuevamente. Alban al ver su confianza en el monstruo se removió en su lugar nervioso, es cierto que todavía era humano, pero sin embargo no podía deshacerse del miedo que su imagen de mutante causaba en él y en la mayoría que lo mirara.  
— Confié en nosotros. Vinimos a ayudarlo.
— ¿Volveré a ser el mismo de antes?    
— No es seguro, nunca hemos tenido un caso como usted, pero lo que puedo prometerle es que lo intentaremos con todas nuestras fuerzas para volverlo a quien era antes— lo animó Mark, siendo totalmente sincero — Estoy seguro que lo necesitamos a usted para poder desarrollar la cura que devolverá a los mutantes su humanidad. ¿Por favor trabajaría con nosotros?
Cesar miró a Mark con la boca entre abierta, provocando que el cigarro se callera de sus labios apagándose al tocar el frio suelo. Luego asintió con entusiasmo.  
— Si puedo ser útil como para ayudar a los demás, será un honor. Así que espero trabajar con usted — dijo intercambiando un apretón de mano con el agente.
Ya en el laboratorio, Cesar miraba en todas direcciones algo sorprendido y asustado, ¿Qué pruebas le harían en ese lugar?  
— Primero le haremos unos análisis. Necesito recolectar datos sobre su condición, sobre que es aquello que lo hace distinto al resto de mutantes como para conservar su conciencia — Le explicaba Mark mientras que Alban preparaba el brazo del mutante para extraer sangre. 
Cesar siquiera sintió la aguja penetrando su piel, ser mutante tenía ciertas ventajas, había aumentado su fuerza considerablemente, su nariz le hacía oler aromas que nunca antes había sido capaz de percibir, y su grueso tegumento era poco sensible, así que cuando le extrajeron sangre casi no sintió dolor.  
Luego le realizaron una tomografía de cuerpo completo, donde fueron capaz de recoger además de los datos sobre su sistema nervioso, se percataron que todos sus órganos internos habían sufrido una transformación de tamaño, sólo el cerebro era el que se había mantenido en su lugar, exceptuando algunas partes, como por ejemplo el órgano de Jacobson el cual se encontraba más desarrollado de lo normal, seguramente esa era la causa del aumento en la capacidad olfativa de Cesar.  Los casos de mutantes anterior habían tenido cambios drásticos en cuanto al grosor o tamaño del cerebro, inclusive habían cambiado su forma, pero el de Cesar conservaba la mayor parte en su lugar, ¿Esto era lo que lo hacía conservar su humanidad?
Luego de analizar las muestras de sangre y sintetizar las proteínas del ADN, Mark llegó a la conclusión de que había algo en su información genética, una proteína que se había activado a la hora de la mutación y había actuado como anticuerpo, manteniendo el cerebro protegido en su mayor parte. Fue un trabajo que le consumió muchas horas de sueño, estuvo una semana entera encerrado en el laboratorio, durmiendo y comiendo escasamente. Cuando creyó que la cura podría funcionar, que había llegado a resolverlo por fin, llamó a Alban y a su compañera, prefería ver los efectos de la droga con ellos presentes, no sería capaz de enfrentarse a otro fracaso solo.    
Los tres se encontraban frente a la celda del hombre-alacrán, quien mientras era humano, Finn Ciofi, estaba cumpliendo una condena  de veintiocho años por asesinar a su esposa. Tal vez la cura lo volvería humano de vuelta, pero ¿Valía la pena devolverle la conciencia a una persona así?, tal vez sí, todos merecen una segunda oportunidad, una oportunidad para redimirse de sus pecados.     
Mark insertó la aguja por la ventana, y sin que Finn se percatase de ello, le inyectó el nuevo prototipo de la medicina, rogando internamente que esta vez los resultados de la misma no sean calamitosos como la versión anterior.   
El mutante comenzó a actuar de manera agresiva, salvajemente, se había sentido amenazado y como todo animal o insecto había reaccionado de una manera violenta, corría alrededor de la jaula y golpeaba sus tenazas oscuras sobre el vidrio blindado. Sus movimientos se volvieron lentos pasado unos segundos, como si su cuerpo se sintiera anestesiado, se quedó quieto en un  rincón de la celda, experimentando los siguientes efectos de la droga. El caparazón oscuro que tenía por piel, comenzó a desprenderse, liberando la piel humana que se escondía debajo, sus tenazas se desarmaron, dejando dedos rosados en su lugar, y la larga cola con un aguijón venenoso, propia de un alacrán, se desmoronó de su espalda, cayendo al suelo inerte e inútil. El hombre cayó al suelo, inmóvil, sin hacer ningún movimiento, siquiera se lo veía respirar.    
— ¡De nuevo!, no funcionó — se quejó Mark golpeando el cristal de la celda con su puño, sentía como un sentimiento de impotencia se apoderaba de sus sentidos. Era inútil, no importaba cuanto lo intentara, cuánto tiempo se desvelara, no había cura posible.  
— Mark — Miller presionó el hombro de su compañero con fuerza, sin darse cuenta que lo había llamado por su nombre de pila, pero no era momento de reparar su falta de profesionalismo, estaba mucho más preocupada por cómo se podía sentir su compañero, podía sentir como su hombro temblaba ligeramente — No te desanimes, ya encontraras la cura, no te des por venci…
— Esperen — los llamó Alban Hamill, quien todavía no retiraba sus ojos del hombre-alacrán — Se está moviendo.
El cuerpo del hombre que yacía tirado en el suelo, comenzó a moverse de manera casi imperceptible, sufriendo leves espasmos en sus miembros.  
— ¡Está convulsionando! — exclamó Miller cuando se percató que los espasmos ya no eran sutiles, sino que su cuerpo entero se sacudía con violencia. 
— Es un paro cardiaco — Mark entró en la celda y le aplicó al mutante sus conocimientos sobre primeros auxilios una vez que su cuerpo se quedó inmóvil nuevamente. Presionó su pecho con ambas palmas una y otra vez, durante un intervalo de cinco segundos.   
Pasaron varios segundos y el cuerpo de Finn Ciofi todavía no reaccionaba. Los segundos se convirtieron en minutos, y el corazón del mutante no reaccionaba.     
— Vamos, por favor — Natalia hizo una petición en voz baja, mirando la escena con las esperanzas a flor de piel, aunque parecía que sus esperanzas terminarían siendo en vano, porque el hombre-alacrán no volvía de la muerte.
— Ya es suficiente — dijo Alban acercándose a Mark, poniéndose de cuclillas junto a él, habían pasado más de quince minutos y el hombre no respiraba, ya no había nada más que hacer. Pero Mark Johnson se oponía a renunciar, no podía evitar sentir que era responsable de la vida del mutante, él le había aplicado la droga, por su culpa se había detenido su corazón.   
Ignoró las palabras de Hamill e intentó otra reanimación, y fue cuando Finn Ciofi abrió su boca de inmediato para tomar una bocanada de aire, llenando sus pulmones, que hacía minutos habían dejado de funcionar. Se removió lentamente, totalmente confundido, gimiendo por lo bajo, gruñendo como si estuviera adolorido.
— Está bien — dijo Mark sorprendido, mirando como el mutante se retorcía debajo de él. Todavía no sabía si conservaba su parte animal o si volvió a ser un humano. Así que actuó con precaución — Salgan de la celda, no sabemos si es peligroso.  
Alban y Natalia, quienes habían ingresado a la celda junto con Mark para intentar asistirlo, pero solo se habían limitado a mirar lo que sucedía, volvieron al pasillo del recinto, mirando desde afuera lo que sucedía. Alban le alcanzó a su superior una jeringa con anestesia, en el caso que el espécimen se volviera violento.
— Finn Ciofi, ¿Puedes entenderme? — le preguntó Mark manteniendo una distancia prudente.
— ¿Dónde estoy? — preguntó el hombre que yacía recostado sobre el suelo, su voz sonó despacio y ronca, casi imperceptible, pero llegó a los oídos de Mark, agitando su pecho con emoción, ¡Estaba consiente!, ¡La cura había funcionado! 
Finn Ciofi volvió a la prisión una vez que se hubo recuperado por completo, volvía a ser el mismo Finn Ciofi de antes, no tenía ninguna secuela sobre él, no había perdido ninguna memoria y su cuerpo funcionaba perfectamente. El siguiente en probar los efectos de la medicina fue Cesar, el carnicero, quien pudo volver a su vida habitual, ya no debía esconderse de la sociedad, ni tampoco su animal figura asustaba más a su hijo pequeño. Y estos resultados hicieron que la satisfacción fluyera en el interior de Mark, estaba verdaderamente feliz, la cura había funcionado, ahora sería capaz de devolverles sus vidas a todos aquellos que fueran afectados por las mutaciones.  
— Lo hiciste bien, Johnson— lo animó Natalia mientras llevaba su cerveza a sus labios para tomar un largo sorbo — Tu también, Hamill, gracias a ustedes podremos devolverle a Penynton sus ciudadanos sanos y salvos.

Había sido un día largo, los tres, después del trabajo, se habían dirigido a un bar a compartir unos tragos, estaban agotados, y necesitaban un momento de paz.       



martes, 4 de octubre de 2016

Black Ronin


                Jun se encontraba camino a la prisión, según le habían reportado, debía encontrarse allí de inmediato.
                — ¿Qué es lo que ha pasado? — murmuraba para sí mismo mientras apresuraba el paso.
                Sus ojos se ensancharon una vez que se encontró con la prisión, había sangre recorriendo el piso de las celdas y manchando las paredes, ya no había prisioneros, solo estaban sus cuerpos sin vida, con heridas que abrían su pecho o cuello.
                — Una katana — susurró al ver la superficie fina de las heridas, cortadas limpiamente, seguramente con una hoja metálica fina y afilada. Podía recrear la escena en su mente, los ataques, la espada penetrando la piel, abriendo una hendidura mortal en su víctima.
                Jun camino por el pasillo, encontrándose con la misma escena una y otra vez, todos los prisioneros, sin excepción, estaban muertos.
                — ¿Qué sucedió aquí? — le preguntó a un soldado que había llegado antes que él. Este al ver a su superior primero lo saludo, y luego se dedicó a contarle lo que sabía.  
                — Cuando llegamos ya todos estaban muertos.
                — ¿Y los custodios de la prisión? — dijo mirando detrás del soldado, donde se hallaban dos hombres sentados sobre la pared, se los veía algo perdidos y adoloridos.
— Los encontramos inconscientes. No recuerdan nada, recibieron un fuerte golpe en la cabeza — respondió el soldado.   
Unos gemidos de dolor interrumpió la conversación de los militares, los jadeos provenían de una de las celdas. Jun corrió junto al soldado, hacía donde provenían aquellos lamentos. En la celda se encontraba un extranjero, agonizando, mientras intentaba decir cosas ininteligibles.
Jun se agachó junto al moribundo y exigió una respuesta.
— ¿Quién fue?
— Black ronin… black…black ronin…— el prisionero no dejaba de repetir aquellas palabras, mientras la luz de la vida que albergaba sus ojos, se iba renando lentamente con cada nueva respiración dada, hasta que finalmente murió, todavía con las palabras en la boca.    
— ¿Qué es un black? — preguntó el soldado, quien no conocía la lengua del extranjero.
— No lo sé — confesó Jun despreocupado — Pero por lo menos ahora sabemos que se trata de un ronin.
— Tukusama-sama, ¿Cree que el asesino sea un villano o un héroe?
— ¿Héroe? — preguntó Jun sorprendido.   
— Todos los presos eran enemigos del emperador. Tal vez esa sea su forma de llamar la atención del emperador. Actuando como un  justiciero.  
Jun se quedó en silencio un segundo, pensando en lo que acababa de escuchar.
Ahora mismo el reino estaba en paz, las guerras habían terminado, el emperador había ganado la guerra pero había perdido a su hijo en la batalla, y con él perdió a su heredero, ya no había nadie que pudiera heredar su trono. Entonces, luego de llorar semanas en el funeral de su primogénito, anunció a todos los reinos que conformaban su imperio que había llegado a una decisión, aquel que se casara con su hija, se convertiría en el siguiente emperador, pero él, el mismísimo emperador, sería quien eligiera al esposo de su hija, por eso mismo todos los jóvenes ricos querían resaltar de una u otra manera, para que el Rey los eligiera a ellos. Y seguramente este incidente de la prisión llegaría los oídos del Rey. Y así fue como sucedió, pero no solamente el emperador se enteró del misterioso ronin que había matado a todos los presos políticos, sino que también su fama se desparramó por los reinos, extendiéndose como una enfermedad mortal en un cuerpo, su hazaña estaba en boca de todos, todos los habitantes se preguntaban: ¿Quién era aquel famoso Black Ronin?    
Tukusama Jun, uno de los  samurái de elite más reconocido y uno de los hombres más allegados al emperador, luego de que toda esa fiebre con respecto al Black Ronin estallara, había sido recomendado por el mismo emperador para llevar a cabo una investigación sobre quien podría llegar a ser aquel fugitivo. Solo tenía como pruebas la escena sangrienta que dejó, y el testimonio de los custodios, que por cierto no era gran cosa, solo recordaban haber sido golpeados por un samurái vestido de negro.   Con esa idea en mente se dirigió al templo de samurái donde se encontraban los jóvenes más prometedores del imperio, tal vez uno de ellos quería llamar la atención del Rey de aquella manera.
— Tukusama-sama, ¡Bienvenido! — Lo saludaron con una reverencia los jóvenes al verlo entrar.  
— Continúen con su entrenamiento.
Los chicos obedecieron y volvieron a sus anteriores tareas. Un veterano del clan se acercó a Jun.
— Jun-sama, tanto tiempo — Lo recibió con una sonrisa, ambos habían sido compañero de batalla— ¿Qué te trae a mi clan?
Jun observó a los jóvenes, eran tres, cada uno singular a su manera.
— Cuéntame de los pretendientes.   
El primero era un chico delgado, se lo veía débil, pero veloz al mismo tiempo. Estaba practicando su puntería en un blanco circular, y todas las flechas caían dentro del primer círculo.  
— Él es Shimizu Masaru, su técnica con la espada es muy mala, pero realmente destaca con el arco y flecha, además tiene una inteligencia sobre el promedio. 
El segundo aprendiz, era parecido al anterior, solo que algo más alto y corpulento, estaba sentado en una mesa leyendo unos pergaminos con mucha atención, mientras tomaba apuntes en otra hoja.
— Él es el hermano de Masaru, Shimizu Hideo, a pesar de que es bueno luchando, su fuerte es la medicina, sabe vendar heridas y curar enfermedades.
— Eso es asombro siendo tan joven — agregó Jun, contemplando al joven hundido en su estudio.
Y el tercer joven era distinto a los anteriores, le rodeaba un aura algo oscura, y su manejo del arma y las artes marciales era sorprendente.
                    — Ishinomori Isamu, es el hijo del Samurái Legendario, que luego de terminar muerto en combate su hijo se convirtió en el pretendiente favorito del reino, y la mayoría cree que él heredara el trono.  
— ¿Es decir que su fama se debe  a su padre?
— En parte sí, pero no se puede negar que es un luchador talentoso.    
La conversación entre los dos samuráis fue interrumpida por un joven, que luego de dar una reverencia, habló para llamar la atención del anciano.
— He terminado de limpiar el jardín.
— Muy bien. Ahora encárgate de pulir las espadas de la armería. Que queden brillantes y relucientes, tanto que pueda ver mi rostro reflejado en su metal.
En el rostro del joven se plasmó una expresión difícil de interpretar y luego de hacer una reverencia caminó hasta la armería más cercana, tomó una naginata y procedió a limpiarla con un trapo, frotaba el metal de la hoja, como si su vida dependiera de ello. 
— ¿Y ese chico?, ¿También es tu aprendiz? 
— ¿Quién?, ¿Eiji-kun?, por supuesto que no — se mofó el viejo samurái conteniendo una carcajada.  
Jun le envió una mirada analizadora al joven, era delgado, pero se veía que era fuerte, y su mirada irradiaba fuego, como si en su interior se estuviera quemando un sentimiento de hambre de lucha.  
— Es el hijo de Niimura-sama.
— ¿El traidor?
— Sí, luego del ritual seppuku de su padre, Eiji-kun ha insistido en unirse al clan, pero no es más que un chiquillo pretensioso, la traición se reciente en su sangre, no es alguien que inspiré confianza.
— En otras palabras no es más que un vagabundo. Un ronin.
— Trabaja duro, eso no lo voy a negar, pero no creo que este a la altura. Una persona como él no haría más que traer deshonra a nuestro clan.
Jun miró al chico, su misión era encontrar a Black Ronin, y todos eran sospechosos, ¿Acaso este chico podría llegar a ser quien buscaba?, pero él no era el único, miró al prodigio del clan, Isamu-kun, provenía de una familia de largo linaje de los más grandes samurái de la historia. Pero con mirar no podía hacer más que conjeturas que no llevaban a ningún lado, necesitaba conocer a los jóvenes más de cerca, y su instinto le decía que entre ellos se encontraba el samurái negro que estaba buscando. 
— Furukawa-sama, ¿Podría quedarme unos días?      
— Por supuesto — le respondió el anciano con una sonrisa sincera — ¡Eiji-kun! — llamó de repente, al chico vagabundo — Prepárale una habitación a Jun-sama, se quedara con nosotros unos días.  
— Por supuesto — el joven giró encarando al samurái — por favor venga conmigo —le pidió con una reverencia.  
Jun siguió a Eiji-kun por el templo, hasta una habitación deshabitada. Estaba vacía a excepción de un futón y unos viejos arreglos florales.        
— Cualquier cosa que necesite, no dude en llamarme.
Jun ignoró su hospitalidad, no tenía tiempo que perder, quería hablar con él chico, esperaba sacarle algo de información presionándolo un poco con una charla.
— Yo conocí a tu padre, Niimura-sama — Jun pudo ver como la expresión en el rostro del joven había cambiado, estaba teniendo el efecto que él esperaba — Luchamos juntos en las guerras, no puedo decir que éramos amigos, pero me sorprendió mucho lo que sucedió, realmente nadie se lo esperaba.
Jun se quedó en silencio unos momentos, sin despegar los ojos del rostro de Niimura-kun, estudiaba todo de él, cada palabra, cada gesto, cualquier cosa, por pequeña que sea, podía servirle.          
Eiji se quedó unos momentos en silencio, no parecía estar pensando, sino soportando algo, como un sentimiento profundo.
— No puedo defender a mi padre por lo que ha hecho, traicionar al emperador. Es imperdonable. Pero a pesar de haberse redimido y muerto con honor, las personas no olvidan que era un traidor que vendió información al ejército enemigo — las palabras en la boca del joven sonaron sin expresión o emoción alguna, como si estuviera hablando de un tema irrelevante. Esto le llamó la atención a Jun, no podía decir si el chico estaba fingiendo indiferencia o no. Era un joven misterioso.
— Su traición todavía te persigue a ti, fuiste rechazado de todos los clanes, obligado a vagar sin un maestro, a ser tratado como la escoria de un samurái con la esperanza vana que en un futuro te acepten — Jun intentó provocar al joven. La respuesta que diera ahora podría ser indispensable, podía delatarse a sí mismo, así que se abstuvo siquiera de parpadear, clavó los ojos sobre el joven, esperando a su reacción.       
Eiji contestó de inmediato, siquiera se detuvo a pensar una respuesta. Habló sin apartar la mirada del samurái veterano, a pesar de que se dejaba basurear por todos, continuaba manteniendo un aire de fortaleza que parecía ser inamovible de su persona.    
— Es algo que no se puede evitar, ¿Cierto?
Jun se quedó atónito ante su respuesta, esperaba que su respuesta fuera algo más violenta, pero fue todo lo contrario, incluso sonó resignada. Así que se arriesgó con una última pregunta.  
— ¿Has escuchado del incidente en la prisión?
— Por supuesto, ¿Quién no ha escuchado sobre el misterioso Black Ronin?  
Después de eso Eiji-kun se despidió de Jun con una reverencia y desapareció en la noche.
La conversación que habían mantenido había dejado a Tukusama pensando, apenas podía dormir, su mente se llenaba de ideas y conjeturas, pero no podía quedarse con eso solo, todavía debía investigar a los pretendiente, los tres jóvenes samuráis más prometedores del reino, incluso del imperio.
A la mañana siguiente, Jun caminó por el jardín, donde encontró a los hermanos Shimizu sentados debajo de un cerezo. Jun se acercó hasta ellos y se sentó acompañándolos en lo que parecía ser su desayuno. Era una buena oportunidad para rescatar información de los jóvenes.
El hermano más joven le sirvió té, mientras se aventuraba a comenzar una conversación.   
— ¿Por cuánto tiempo se quedara Tukusama-sama en nuestro templo?  
— El tiempo que sea necesario — respondió Jun — Hay algo que debo resolver primero.
— Mmm — el joven lo miró fijamente, con la curiosidad brillando en sus pupilas. A simple vista se podía notar que el hermano menor era mucho más sociable que su hermano mayor, quien hasta ahora no había proferido ninguna sola palabra, se encontraba ensimismado sobre el té que sostenía entre sus manos — Entonces es cierto que estas aquí para investigar a los pretendientes — más que como una pregunta fue una afirmación, como si el chico no necesitara escuchar la respuesta de Jun, porque él solo ya lo había descifrado — Crees que uno de nosotros es el samurái negro.   
Jun se sorprendió un momento por la perspicacia del aprendiz, se lo veía tan joven, pero sus ojos brillaban con una extraña inteligencia que nunca antes había visto. El chico parecía saber más de lo que debía, o simplemente era bueno leyendo el ambiente e intuyendo las situaciones.     
— Eso trato de averiguar — respondió Jun sin obviar sus intenciones, no tenía sentido mentir o esconder la verdad, cuando Masaru-kun sabía muy bien que hacía él allí.   
— Suerte entonces, no me gustaría que un encapuchado se llevé el trono, cuando nosotros hemos trabajado tan duro para ganarnos el favor del emperador — a pesar de que sus palabras sonaban sinceras, Jun no pudo sacarse esa sensación de desconfianza que irradiaba el aura del chico.       
— Y ¿Tú? — dijo esta vez dirigiéndose al hermano mayor — ¿Qué piensas de Black Ronin?
El hermano callado se vio sorprendido e incluso confundido, como si acabara de llegar de un largo viaje, miró a Jun con ojos enredados.
— ¿Quién es ese? — preguntó, su voz era algo ronca y pausada, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por proferir palabras.  
— ¿Black Ronin?, ¿No has escuchado de él? — se sorprendió Jun, aun que le constaba creerse la desinformación del primogénito Shimizu, tal vez era su estrategia, fingir desconocimiento para que no desconfiaran de él, ¿Cómo alguien que apenas sacaba la vista de los libros era capaz de ser un luchador fugitivo?, ¿Pero si todo era parte de su actuación?, ambos hermanos eran sospechosos a su manera. 
— No, no lo he hecho — le respondió, sin preocupación alguna por su falta de información sobre el tema. Al parecer ni siquiera los rumores habían llegado hasta él.      
Jun creyendo que no podría sacarles más información, se levantó de la tierra y fue en búsqueda del pretendiente que le faltaba interrogar, el favorito, que para él resultaba ser el más sospechoso.   
Lo encontró entrenando juntó a la armería, golpeando un muñeco de madera con una tachi. Sus movimientos estaban cargados de una fortaleza y brutalidad poco antes vista, cargando en cada golpe una fuerza que lograba dañar el muñeco cada vez un poco más, que seguramente si estuviera vivo, cada golpe podría ser mortal. Era realmente asombroso, podía verse como la sangre había dejado en el aprendiz nada más y menos que la fuerza de generaciones y generaciones de cientos de los mejores samuráis, formando lo que era en ese momento, un niño prodigio, ahora un joven adulto realmente temible. Pero había algo que en su entrenamiento fallaba, los ojos veteranos de Jun lo percibieron al instante.      
Isamu detuvo sus ataques cuando se percató que Jun lo estaba observado.
— Realmente eres bueno — lo elogió esperando a su reacción, no olvidaba para que había ido al templo.
El joven sonrió con fanfarronería. No era más que un muchacho engreído, podía saberlo de solo verlo sonreír de aquella manera.  
— Mi maestro dice que me convertiré en el mejor samurái de la historia — dijo sin una pizca de humildad. Este chico comenzaba a irritarle.  
— Tu maestro sí que te tiene en estima.
— Por supuesto, de alguien como yo, es lo menos que se podría esperar. 
Jun no pudo detener una carcajada. Es cierto que el chico tenía talento natural, pero le faltaba mucho por aprender, eso lo sabía solamente de haberlo visto hacía un segundo al entrenar.   
— Tus golpes son demasiados brutos — afirmó Jun al mirar las heridas en la madera del maniquí — Te falta precisión, eres fuerte de naturaleza, pero la agilidad no es tu fuerte.
El rostro de Isamu-kun se transformó, seguramente no estaba acostumbrado a recibir críticas semejantes. Frunció el entrecejo, obviamente más que ofendido. Sentía que su orgullo corría peligro.  
— La fuerza lo es todo. Al final siempre gana el más fuerte.
— ¿Estás seguro? — el joven no cambio de parecer —Bueno en ese caso, no tendrías miedo de practicar contra mí, ¿Qué puede hacer un anciano contra un joven de fuerza semejante?
Jun tomó un tachi de la armería. Y de un momento al otro chocaron metales. Jun podía sentir la fuerza de su oponente en cada golpe a su espada, en como vibraba la hoja al bloquear cada ataque. Realmente era fuerte, demasiado, pero sus ojos llenos de experiencia le decían mucho de su oponente, veía cada espacio, cada movimiento brusco y poco grácil, no necesitó más que un movimiento de espada para mandar a volar el arma de su contrincante.
El metal del filo acarició el cuello de Isamu, quien se estremeció al sentir el frio del metal. Había perdido a los pocos segundos de encontrar sus espadas.
— Eres fuerte, sí, pero todavía te queda mucho por aprender.  
El joven hizo una reverencia a modo de disculpa, se sentía avergonzado por sus palabras anteriores, nunca había estado en una batalla de verdad, y sin embargo había creído que era invencible. ¡Qué lejos estaba de la verdad!  
— Levanta la cabeza — le ordenó amablemente — No tienes que avergonzarte. De las derrotas te volverás mejor.
El aprendiz levantó el rostro, mirándolo seriamente.
Ahora que Jun había puesto al muchacho engreído en su lugar, tenía el camino libre para interrogarlo a su antojo.   
— ¿Qué opinas de Black Ronin?
— Qué no es más que un perdedor cobarde, si quiere ganar el favor del emperador que no se disfrace y salga a matar como un loco sin sentido. Que demuestre su fuerza y habilidades con la cara destapada.
Esas palabras le habían dado una idea a Jun, tal vez quien se escondía detrás de Black Ronin era nada más y menos que alguien que no podía ganar siendo quien era. Pero ¿Quién era esa persona?, ¿Quién era despreciado de esa manera para no ser tomado en cuenta? 
A la mañana siguiente Jun fue despertado por los murmullos que corrían por el templo, un rumor nuevo había aquejado a la ciudad y se había desparramado por el resto del imperio. Black Ronin había vuelto a atacar, pero esta vez en un camino que era propiedad del emperador. Había cortado la garganta a seis ladrones, que habían atacado al recaudador, para robarle los tributos recogidos de los países sometidos después de las guerras. Tributos que le pertenecían al Emperador.    
Jun observó la escena en el camino, el carruaje del cobrador había sido atacado. El recaudador y sus guardias estaban muertos. Los ladrones fueron encontrados muertos tres quilómetros más adelante. Según el relato de una campesina del lugar Black Ronin los había interceptado y matado a todos en pocos movimientos. La anciana no pudo verle el rostro por que llevaba un hoate, una máscara de metal que le cubría el rostro, además tenía un jingasa que le apartaba el semblante entre oscuras sombras. 
Jun procesó toda la información rescata, que por cierto no era de gran ayuda, no le decía nada nuevo del samurái negro que ya no supiera. Se sentía abrumado y desesperado, parecía que nunca podría llegar al final de esto. Y conocer a los pretendientes no le había hecho más que llenarlo de dudas. Todos eran sospechosos. Y si Black Ronin se encontraba fuera del templo, ¿Si estaba buscando en el lugar equivocado? Todas estas dudas lo enojaban.    
Acudió al palacio luego del llamado del Emperador. El Emperador estaba furioso, no veía al samurái negro más que como una amenaza, se negaba a seguir con este estúpido juego de acertijos y fugitivos, quería ponerle fin a todo esto cuanto antes. Así que el Emperador autorizó un duelo que se llevaría a cabo en el mismo palacio. Tenían tres días, los pretendientes se enfrentarían contra Black Ronin en el patio del palacio, y el ganador de ellos se convertiría en el esposo de su hija, por consiguiente, como había prometido, heredaría el trono también. 
La madrugada del tercer día llegó, y toda la ciudad se había reunido en el patio del palacio, nadie se perdería el duelo, solo esperaban que el samurái negro se presentara a tiempo.
Con la aparición de los tres pretendientes la muchedumbre se encendió en vítores, cada uno alentando a su favorito.     
Los aprendices se posicionaron en medio del palacio, con el sol despertando detrás de ellos, anunciando la madrugada, arrastrando consigo la mañana. Todos estaban expectantes, todo el reino, el Emperador, incluso Jun había asistido, esperaba ver a Black Ronin con sus propios ojos. 
El sol nació dorado en el cielo, la madrugada culminó con el comienzo de un nuevo día, y los corazones excitados se unían en una orquesta de palpitares sincronizados. Pasaron los minutos y el samurái fugitivo tardaba en aparecer. Algunos murmullos comenzaron a brotar en la muchedumbre, mientras la decepción florecía en Jun, ya que había albergado la esperanza de que Black Ronin hiciera su aparición.
— ¡Como lo suponía! — irrumpió el joven engreído en medio del murmullo — El fugitivo no era más que un cobarde. ¡No es dignó de enfrentarse conmigo!, ¡Ni siquiera se atrevió a presentarse al duelo!       
— No te adelantes, Ishinomori Isamu-kun — Irrumpió una voz, era Black Ronin, quien miraba a los pretendientes desde lo alto de la muralla del patio — No faltaría a mi propio duelo — Sonrió por debajo del jingasa, todavía ocultando la mayor parte de su rostro.   
— Al fin te dignas en aparecer ante mí — habló el emperador parándose de su asiento desde donde era espectador. Black Ronin con un ágil movimiento bajó de la muralla parándose en medio del patio, donde todos los ojos podían verlo— No sé cuál es tu intención al vestirte de esta forma, e ir impartiendo muerte donde nadie te ha llamado.  
— ¿No es obvio? — preguntó Black Ronin de manera irónica. Mientras llevaba su mano hasta su rostro. La máscara que le cubría la mirada se desprendió y cayó al suelo, y luego procedió a quitarse el sombrero en forma de cono, revelando por fin su identidad.   
— Eiji-kun — susurró Jun para sí mismo al ver el rostro de Black Ronin por primera vez, a pesar que siempre había sospechado de él, sin embargo de igual manera se sorprendió al verlo, envuelto en su armadura, con los ojos llameantes, nunca había visto a nadie con una presencia igual.  
—Niimura Eiji — lo reconoció de inmediato el Emperador — Tu padre era un hombre con uno de los cargos más altos en la milicia, sin embargo eso no le bastó. ¡Era un traidor!, y al parecer puedo ver que su sangre pesa mucho en ti, saliendo a impartir muerte por tu cuenta, sin mostrar la cara, no es una acción muy honrosa.
Eiji-kun frunció la mandíbula, aguantando una parda de insultos que tenía para decir.  
— He cubierto mi rostro para demostrar que la sangre de mi padre no carga en mí, matar a los enemigos del imperio es todo lo contrario a un traidor. No hago más que demostrar mi sincera lealtad a su majestad. Si lo hubiera hecho con el rostro destapado seguramente mis acciones hubieran tenido otra repercusión. Siquiera era tomado en cuenta antes de convertirme en Black Ronin, yo solo hago esto para recuperar la honra que se me fue quitada solo por ser hijo de mi padre, aun que él murió de forma digna, sus acciones no han sido olvidadas, y pretendo, después de hoy, que lo que ha hecho sea olvidado y ganar el orgullo que siempre merecí.   
El Emperador se quedó en silencio unos segundos, su mirada dibujaba una sensación excitada. Verdaderamente este chico le había llamado la atención, tal vez era el heredero que estaba esperando.     
— Si querías recuperar tu honor debiste haber muerto con tu padre — El joven engreído irrumpió en la conversación, se lo veía furioso, se negaba a perder contra un ronin. Desfundó su katana y con ella pretendió atacar a Eiji, pero el chico fue más rápido y bloqueó su ataque con ambas katanas que portaba.
Isamu atacaba a Eiji como una bestia rabiosa, impartía un golpe detrás del otro, sin medir sus acciones, solo pensaba en cortar y matar. En cambio Eiji mantuvo la cordura, bloqueó cada ataque satisfactoriamente, podía sentir como sus muñecas ardían a causa de la fuerza de su oponente al chocar contra sus katanas. Su contrincante era más fuerte, pero no le temía ni un poco, su padre lo había entrenado hasta el día de su muerte, e incluso después de ese día nunca dejó de adiestrarse, se había convertido en la basura del clan, no con la intensión de ser aceptado un día, porque sabía que nunca lo admitirían, sino porque tenía un lugar donde entrenar, cuando todos dormían, pasaba desvelado practicando sus movimientos, sus ataques y mejorando su defensa, esperando a que este día llegara.   
Esperó el momento justo, y cuando vio en Isamu un espacio, contraatacó, rasgó la carne de la cintura de su oponente, abriendo una franja roja que liberó un río carmesí. Pero el fanfarrón no se rindió, volvió a atacar, pero su golpe poco certero lo puso en desventaja, Eiji volvió a contraatacar de manera efectiva, abriendo una herida en su hombro. Black Ronin parecía intocable, se movía con sutileza y agilidad, ningún golpe parecía efectivo contra él. Al final la batalla terminó cuando la katana de Eiji atravesó la clavícula del muchacho, no fue una herida mortal, pero lo dejó fuera de combate.       
Eiji-kun giró sobre su eje y apuntó a los hermanos Shimizu con una de sus katanas, esperando a que le atacaran, porque el duelo todavía continuaba, pero ninguno de los dos se movió, estaban bastante aterrorizados como para hacer cualquier movimiento, la fuerza y agilidad de Black Ronin los había sorprendido, y sabían que los superaba por mucho, y que les sería imposible ganarle.  
— Veo que tenemos un ganador— irrumpió el Emperador. 
Eiji-kun se arrodilló frente al Emperador, quien lo miraba con las pupilas encendidas. Incluso Jun lo miraba de igual manera, ahora lo veía bien, entendía que el chico siempre había poseído esa aura, esa presencia que obligaba a los otros a respetarlo y admirarlo, sin importar cual sea su pasado, su espíritu lo superaba en gran medida.  
— Prometo cuidar bien de su hija, y de no decepcionarlo al heredarme su lugar. 
— Lo sé, Eiji-kun — le respondió el emperador, sonriendo sinceramente, mientras un sentimiento de devoción lo embargaba por completo.