miércoles, 7 de junio de 2017

Último relato escrito con la pluma de sangre



Las palabras tienen fuerza, tienen vida. Son tan misteriosas como el océano y tan profundas como el infinito. Nunca sabes hasta donde llegarán y las consecuencias de escribir una. Son como un arma de fuego, que al disparar pueden herir, pueden matar.
¿Quién dijo que las palabras no  son peligrosas?, si alguien lo pensó no sabe nada, es un pequeño incrédulo, un suertudo que no tiene idea de lo que habla.
Soy Rebeca Aja, soy una de aquellas, incrédula, ignorante. Que despilfarraba letras por doquier, escribía insistentemente, como un ciego terco, sin tener presente el enorme peso que llevaba mi pluma.
Mi musa tenía carne y piel, la hallaba a mí alrededor, miraba por la ventana, y lo que veía se convertía en inspiración. Mi musa era cambiante y mudaba constantemente. Un día se encontraba sobre un ave, y al otro sobre un anciano que solía pasar caminando todas las mañanas sobre la vereda de mi casa. Mis musas se agotaban y las reemplazaban nuevas. Cualquiera podía ser mi fuente de inspiración, y no tenía vergüenza de observar por aquella ventana, o de salir a deambular en busca de un nuevo soplo de estímulo.
Pero nunca fui consciente de la fuerza que arraigaban las palabras, gustaba de escribir todas las noches, creía que recrear un ambiente antaño y rústico me ayudaría a exprimir lo mejor de mí misma. Relataba sobre hojas algo ya amarillentas, a la luz de una lámpara, solía mojar la pluma en el tintero repetidas veces, mientras suspiraba intentando evocar a mi imaginación. Así pasaba varias noches hasta acabar con un cuento o una novela. Nunca había pedido la opinión de nadie, pero estaba segura que mis obras eran confeccionadas a la perfección, haciendo uso de buena gramática y valor estético. Solía leer y releer mis obras una y otra vez, mientras me embargaba un sonrojo acalorado, ¡Yo había escrito eso!, y sentirme tan orgullosa resultaba vergonzoso. Las cosas fluyeron bien por un tiempo, pero el ave que había sido plasmada en mi poesía, ya no venía a cantar a mi ventana, y el anciano que solía pasear por la vereda, no volvió nunca más por aquí. Una sensación extraña muy parecida al horror me embargo. Hice caso omiso a aquella sensación que tenía aires de señal, y predispuse mis dones en un nuevo relato, que esta vez tendría sensaciones pueriles y un matiz algo infantil. 
Era de mañana cuando la musa que me frecuentaba se presentó ante mí. Era un canino de pelaje blanquecino, acompañado de un niño pequeño, que rondaba los seis años, se lo veía activo y alegre, correteando por el jardín de la casa vecina. Parecía que ambos estaban inmiscuidos en un juego de persecución, por momentos el perro perseguía al niño, y a veces los papeles se invertían. Era una escena agradable, y fue fácil inspirarse con ella. Describí primero al niño y a su mascota, al igual que su relación juguetona y cálida, de amistad y camaradería. Pero no todo en la vida es color de rosas, la muerte es parte de la vida, y en ese relato se presentó de manera triste y oscura. Los animales no viven mucho, y allí se mostró, el personaje perruno enfermó inesperadamente, y luego de una muerte imprevista, dejó al niño desolado y hecho un mar de lágrimas. La solución fue fácil, sus padres le compraron un nuevo cachorro, como resultado el infantil dejó de llorar porque había conseguido un nuevo amigo. Pero ¿El nuevo cachorro era un remplazo del anterior?, lo era y al  mismo tiempo no, el nuevo amigo nunca podría remplazarlo pero servía para mitigar el dolor. Sonaba triste, y sí lo era, la vida animal era frágil y breve, como la humana, solo que mucho más, pero servía al niño para hacerse fuerte y enfrentar dolores futuros, porque la adultez del hombre es asediada por plagas de infortunio y tristezas aun mayores.  
Había quedado conforme con el relato, enseñaba a valorar la vida, según yo creía, porque  es frágil el hombre y su vida misma también lo es. La muerte camina entre nosotros, y nos selecciona con su índice lúgubre en un juego de azar.     
Pasaron varios días, y mientras miraba hacía el jardín vecino desde mi ventana, una sonrisa no dejaba de asomarse por mis labios, estaba conforme, y mucho, el relato era simple, pero al mismo tiempo cargado de ideales y tópicos entrañables, comunes a todos. Mi sonrisa se borró cuando fui testigo de algo que me descolocó. El niño estaba en el jardín, pero no estaba jugando, no, ni tampoco su amigo canino lo acompañaba. El niño lloraba, su pena era grande, y sus lágrimas pesadas. Una sensación que había sentido antes volvió sobre mí. Paseé mi mirada por todo el jardín en una búsqueda desesperada. El perro no estaba por ningún lado, y las lágrimas desconsoladas del niño solo podían significar una cosa.
Era mucha coincidencia.
Esa sensación parecida al horror volvió más fuerte que antes.
Me tomé las sienes en un impulsó de frenar mi propio miedo. ¿Había matado al perro?, ¿O había sido mi pluma?
Las coincidencias existen, fue lo único que me calmó, pensé aquella frase una y otra vez, incluso llegué a pronunciarla en voz alta. Las coincidencias existen.
Aquella noche dormí envuelta en pesadillas. Soñaba con la pluma y el tintero, escribía y las palabras que salían de la pluma se volvían de azul a rojas. La tinta añil era remplazada por sangre, por muerte.
La noche me había servido de catarsis. Mis ideas se habían aclarado y el miedo apaciguado. Podía pensar con claridad e idear un plan que comprobara lo que temía. 
Volví a sentarme en aquel escritorio rústico, bañé la punta de metal en el tintero, que anoche en mis sueños estaba llenó de sangre. Y comencé a escribir, sin importarme que el sol se filtrara por la ventana, no podía esperar a la noche para comprobarlo, necesitaba tener las pruebas ahora mismo, y no había mejor manera que comprobarlo en carne propia. Yo sería la protagonista de mi nueva historia. Sé que podía morir si mi pluma era asesina, lo sabía bien, pero no podía quedarme de brazos cruzados, si resultaba que tenía la capacidad de matar mediante mi escritura, incluso sabiéndolo no desistiría en mi menester, no podía, nunca podría soltar la pluma, y lo sabía y por eso mismo opté que él último cuento que escribiría, yo sería el objetivo. No mataría a nadie más.    
Entonces este pedazo de papel que has encontrado, podría ser mi último relato. Y si me preguntas como pienso terminar con mi vida, pues te lo diré. Soy amante de personajes de vidas trágicas, adoró que las palabras tengan imagen fría y oscura, pero al mismo tiempo que causen sensaciones de calor y misterio. Entonces si tuviera la posibilidad de elegir mi propia muerte, lo haría de la siguiente manera:
Rebeca Aja aquella noche no durmió. Sabía que era su fin, y esperó a la muerte sentada en su cama, expectante, envuelta por cientos de diferentes emociones, era verdad que tenía miedo, esa misma noche conocería a la muerte, era muy joven todavía, y lo sabía, pero al mismo tiempo estaba emocionada, porque sería la única persona que sería capaz de ver la muerte con sus propios ojos. Ella lo deseó, y sabía que si lo deseaba y lo ponía por escrito se haría realidad. Deseó ver a la muerte a la cara antes de morir. Deseó ser la única persona en la historia de la humanidad que fuera capaz de conocerla, de adelantarse a ella, de ordenarle. Y todo eso lo escribió, aquí esta su última escritura, y esta noche esperara a la muerte sentada en su cama.  
Rebeca Aja
         
                

               

jueves, 18 de mayo de 2017

Enemigo Imaginario


Soy de esas personas que no se conforman con una amistad. No encuentran placer en una conversación amena, ni mucho menos disfrutan de la compañía cálida. No, la excitación se despierta en el altercado, en el debate. El fuego se enciende junto con el odio. Sentir aquella satisfacción aguerrida que nace producto de una discusión. No necesito amigos, sólo a alguien a quien odiar. Pero al igual que los amigos de verdad son difíciles de encontrar, lo es aún más hacerse un enemigo de calidad.
Si buscas de hacerte de enemigos no necesitas más que hacer un par de cosas, la más rápida es contradecir las convicciones ajenas, pero esa enemistad tiene una falla, puede llegar a ser temporal, si el contrincante no es inundado por el fanatismo desmedido dudo mucho que se cree una verdadera enemistad, o en el mejor de los casos si resulta ofendido por la contrariedad el enojo es de corta duración, y en el momento que la discusión toma un camino en distinto tema, la discusión termina zanjada.
Otro método algo más efectivo es de hacerse a uno mismo enemigo de los demás, con adoptar una expresión altanera y proferir un par de comentarios insultantes, posiblemente te ganes la grima de varios. Pero con todos estos métodos llegó un momento en que no era suficiente, no conseguía encontrar a mi álter ego, no importaba cuanto buscará o cuanto me reforzará. Y sólo pude llegar a una solución.   
Al fin y al cabo el arma más poderosa es la imaginación, e hice uso de ella en su mayor esplendor. Así fue como surgió Napoleón, no se trata del personaje histórico que están pensando. No, se trata del antagonista perfecto. Lo nombre como a un gato, dándole un nombre algo cómico pero al mismo tiempo imponente. Es como aquellas personas que nombran a su perro León, cuando en vedad se trata de un canino, pero lo que nos quieren decir es que el animal es algo salvaje y peligroso. Con esa misma filosofía Napoleón fue bautizado como un militar político, porque tenía una personalidad aguerrida, y parecía que quisiera conquistar al mundo, nadie tenía la razón, sólo él, y su hobbie era imponerse sobre los demás.   
Solíamos discutir todos los días, incluso llegábamos a amenazarnos de muerte, aunque nunca pasó a mayores. Era divertido debatir con él. Nuestras discusiones se volvían eternas y cada altercado era un logro, aunque perdiera, porque lo que en verdad ganaba era un gran placer sentir aquel calor en el pecho, ser consciente de la excitación pueril.
He recibido muchas calificaciones por parte de aquellos a quienes llegué a disfrutar. Cínico y hedonista eran los más recurrentes, y muchas veces me pregunté si estaban en lo cierto, posiblemente lo estaban, porque más que insultos me caían como elogios. 
Napoleón no se creó de un día para el otro. Fue un proceso largo y tedioso. Fue mutando y evolucionando, cada vez se volvía más odioso y pendenciero. Incluso fue partícipe de mis desgracias. Una taza rota, una tostada quemada, un examen desaprobado, un trabajo perdido. Era la causa y la consecuencia de una vida solitaria. Realmente llegué a odiarlo, en la manera en la que me aislaba, pero cuando más lo odiaba más satisfacción recibía a cambio.
Nunca se me pasó por la mente la idea de deshacerme de Napoleón. No quería perder mi fuente de diversión. 
Pero llegó un momento en el que me pregunté la verdadera razón de su existencia. ¿Quién era Napoleón en mi vida?, ¿Era un simple monigote, un juguete sin significado mayor?, ¿O simplemente era a alguien que creé para hacerlo responsable de mis errores y derrotas?

jueves, 4 de mayo de 2017

Los beneficios de ser el otro


                Las luces exteriores caminaban de manera intermitente por la pared de enfrente, y cuando terminaban el recorrido volvían al principio. El vagón estaba vacío, a excepción de un hombre algo adormilado, y una anciana sentada al otro extremo, que siquiera lo había mirado una vez. 
                Había sido un mal día. El hombre había perdido su trabajo, pero en vez de sentirse enojado o triste, se sentía con sueño. Simplemente estaba cansado, de luchar contra la vida, de sobrevivir, de intentar. Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación, descendió y arrastrando los pies caminó fuera del lugar en dirección a donde vivía. Estaba decidido a tirarse en el colchón que descansaba en su precario monoambiente y dormir por días y ya nunca despertar. Simplemente quería perderse y ya no saber nada de nada.  
                Mientras caminaba de vuelta a su hogar, con las manos en los bolsillos, y la mirada cabizbaja, percibió de perfil una sombra. Se giró en un segundo, y descubrió, que a unos metros caminaba un hombre, se tambaleaba y se sostenía de la pared más cercana. Se lo veía muy descompuesto.
                — ¿Se encuentra bien? — le preguntó cuando se acercó a él. Su interlocutor no le respondió — Obviamente no — terminó por responderse a sí mismo.
                Pasó el brazo ajeno por su hombro y de aquella manera lo acarreó hasta su precaria casa.
                — Mi casa está cerca, aguanta.      
                Los pies del enfermo daban pasos insignificantes que no eran de mucha ayuda. Agradeció internamente por no encontrarse muy lejos de su casa y de manera dificultosa lo llevó hasta su monoambiente, allí lo dejó sobre su colchón, pero con algo de vergüenza, su casa era extremadamente pequeña y desordenada, se sentía totalmente penoso llevar a alguien con un traje tan caro a una casa tan pobre.
                — Señor, ¿Cómo se encuentra? — el hombre lo sacudió un par de veces, y al ver que no recibía ningún tipo de respuesta por la otra persona comenzó a preocuparse. Lo sacudió con un poco más de vehemencia, pero eso no alteró el resultado. El desconocido seguía sin moverse.
                Comprobó su respiración y luego su pulso, y como le temía. El hombre estaba muerto.  
                Inmediatamente un breve ataque de nervios lo invadió. Lo que le faltaba, encima de haberse quedado desempleado ahora tendría que enfrentar una causa judicial donde lo apuntarían como principal sospechoso de un homicidio, porque después de todo, el hombre murió en su habitación. Este miedo fue esfumado de repente al percatarse del rostro del desconocido. Tenía un gran parecido con él mismo. Era como si se hubiera encontrado con un gemelo perdido. Lo único que los diferenciaba era la forma de la quijada y un lunar en la mejilla izquierda, que ambas cosas eran convenientemente disimuladas por su barba ya algo crecida. Pero fuera de eso, era una reproducción de sí mismo, como verse en un espejo.
                Rebuscó en los bolsillos del traje y encontró una billetera colmada de dinero, más la identificación del hombre. Jacobo Bacon, su apellido era como aquella famosa marca de electrónica. “Empresas Bacon”, cuantas veces había escuchado de aquel famoso imperio, una potencia que no solo se detenía en la invención de electrónica, sino que tenía negocios de indumentaria y comida chatarra. Si este hombre se trataba de quien creía que era, tenía ante él el cadáver de uno de los hombres más influyentes del país, y posiblemente del mundo. Y tenía la dicha que fuera patéticamente parecido a él. 
                No lo pensó mucho, ya no quería dejar de existir como antes, ante él se abría una nueva puerta, una posibilidad que si osaba de ignorar se sentiría verdaderamente estúpido.
                Primero le sacó el traje y los zapatos, y se los probó. Incluso compartían hasta la misma estructura del cuerpo, el traje le acuñaba a la perfección y los zapatos eran el talle correcto.
                Tomó una bolsa de residuo negra, y metiendo el muerto dentro se aseguró de cerrarla bien. No quería que el olor a putrefacción alertara a los vecinos, y por último escondió el bulto en el fondo de su placar cubriéndolo con su ropa vieja y edredón algo deshilachado. Y por último, siguiendo la dirección que encontró en el documento del hombre, se dirigió a su nueva casa, a su nueva vida.
                             Jacobo Bacon vivía en un piso de edificio, era un departamento amplió, enorme y colmado de muebles caros. Pero al parecer el magnate no vivía solo. Cuando entró al departamento lo esperaba una mujer, bella y delgada, de cabello anaranjado. Lo recibió con un abrazo cálido y un pequeño, pero amoroso beso.
                — Jacobo, llegaste a casa antes. Pensé que no volverías hasta mañana — decía realmente feliz.  
                — Es que trabajé horas extras para poder volver a casa cuanto antes. Ya te extrañaba — el hombre improvisó lo mejor que pudo, y pareció funcionar, porque la mujer se veía feliz.
                — ¡Qué bueno!, entonces prepararé una cena especial para festejar tu regreso adelantado— dijo con una adorable sonrisa y se dirigió a otra habitación, a lo que supuso sería la cocina.
                El hombre se quedó parado en su lugar, unos segundos inmóvil, y luego sonrió ampliamente. Se sacó el saco y lo colgó en el perchero de la sala, y recorriendo un poco la habitación fue a sentarse sobre el sillón, que resultaba ser increíblemente cómodo. Tomó el control remoto que descansaba sobre el reposabrazos y encendió la televisión. Realmente le agradaba esta nueva vida. Un departamento lujoso y una hermosa mujer, que era amable y cariñosa, incluso creía que podría hasta enamorarse de ella. Era una vida perfecta.
                A la mañana siguiente lo despertó el sonido del despertador, era un suave pitido intermitente, mas una caricia de la mujer que dormía junto a él.
                — Cariño, es hora de levantarse. Tienes trabajo hoy.
                Luego de desayunar y no poder seguir la conversación de la esposa, ya que hablaba de personas que no conocía, pero que disimuló bien su expresión por una de interés. No podía levantar sospechas, estaba seguro que se acostumbraría a esa vida en poco tiempo. 
                Suerte que tenía un chofer con un auto de negro lustroso, esperándolo en la entrada del edificio, porque no sabía donde debía ir para trabajar. El chofer era un hombre amable, y de conversación, aunque ligera, cálida.
                El edificio donde trabajaba era enorme, ni siquiera pudo contar los pisos a simple vista. Por suerte en la recepción había un mapa del edificio, sino no sabría donde se encontraba su oficina.
                — El señor Fisher lo está esperando — le dijo la secretaría que antecedía a su oficina.
                El hombre le dijo un “buen trabajo” que fue recibido con una sonrisa sorprendida, y luego de leer la placa de la puerta “Gerente General”, realmente tenía un puesto importante y leer esas dos palabras fue el detonante a una sensación placentera que lo llenó por completo. Era importante, rico e influyente como ninguno. Nunca se cansaba de seguir redescubriendo su nueva vida. La vida de Jacobo, que ahora le pertenecía a él.
                En la oficina lo esperaba un hombre de piel algo dorada, tenía ojos negros e intimidantes y su sola presencia parecía evocar el misterio y las sombras.   
                — Bacon… — dijo sonriendo de manera extraña.
                — Buenos días, Fisher. ¿Qué lo trae a mi oficina?  
                — Déjate de formalidades — siempre había sido bueno para leer el ambiente, y este en particular le ponía la piel de gallina — Ya sabes por qué vine.
                El impostor intentó mantener su rostro libre de cualquier expresión, era como un muerto, con los músculos del rostro tiesos. No podía arriesgarse a mostrar confusión o que no sabía de qué le hablaban, ya que la mirada de su interlocutor era tosca y decidida, incluso desafiante.
                — Sí — se limitó a responderle, debía tener cuidado, pero siquiera sabía de que le estaban hablando.      
                — Lo tienes inquieto, y dijo que si no lo tiene para hoy en la noche… — se interrumpió a sí mismo — Bueno, ya te imaginas que te sucederá.
                Sí, era una amenaza y una muy aterradora.    
                — Dile que se quede tranquilo — debía improvisar, estaba seguro que si no actuaba de esa forma  la situación se podría volver peligrosa para él — Lo tendrá — Fisher lo miró de manera desconfiada,. Lo que lo instigó a insistir en su respuesta — Lo tendrá todo.
                Fisher pareció satisfecho con la respuesta, y con una despedida tosca y desinteresada, salió de su oficina.
                ¿En qué negocios estaba metido Jacobo Bacon?, ¿Quién estaba intranquilo?, ¿Qué era eso que quería para la noche?, obviamente la respuesta a esas preguntas le llevarían a lugares alejados de los límites de la legalidad.
                Caminó hasta su escritorio y se sentó, todavía con la piel erizada, se llevó los dedos a las sienes y se masajeó allí, como si aquel masajeó a los costados le ayudara a pensar. ¿Qué debía hacer?, las cosas se estaban tornando peligrosas, pero se creía capaz de salir de esto. Debía terminar con los negocios dudosos en los que participara la empresa, o por lo menos mantenerlos a raya, en un lugar donde no supusiera ningún peligro para él.        
                Mientras pensaba en esto, lo interrumpió el crujido de la puerta al abrirse de repente, unos pasos de tacón resonaron sobre la moqueta, y su vista fue robada por las curvas de un cuerpo de mujer. La mujer llevaba el cabello corto, y un vestido que no dejaba mucho para la imaginación. Dejó una pila de documentos sobre el escritorio, y bordeando la mesa se sentó sobre las piernas del hombre.
                — Jacobo,  necesito que le dé una revisión a esos documentos — dijo mirando a la pila de hojas que había traído consigo — pero siempre lo dejamos para más tarde — y riendo coquetamente paseó sus dedos por el pecho ajeno, mientras jugueteaba con la corbata con la otra mano, la cual subió segundo después hasta su rostro, se relajó un poco más e inclinándose levemente comenzó a besarlo — me gusta como le queda la barba — dijo paseando un dedo por su mentón y luego siguió en la labor de besarlo de manera profunda. 
                Jacobo teniendo una dulce y amorosa esposa esperándolo en casa, ¿Necesitaba jugar con otras mujeres?, no lo entendía, en su monoambiente no lo esperaba nadie, ni siquiera un hámster, porque no tenía ni siquiera dinero suficiente para darse el lujo de criar una mascota. Y Jacobo que tenía la suerte de formar una familia, ¿Lo desperdiciaba de esta manera?, sí, la mujer que lo estaba besando era hermosa, e incluso mucho más sensual que su esposa, ¿Pero lo valía?
                El altavoz del teléfono resonó en el aire, y fue la voz de la secretaria la que se hoyó.
                — Señor, su esposa vino a verlo — y con eso se abrió la puerta mostrando en el umbral a una segunda mujer algo animada. 
                — ¡Cariño!, te he traído el almuerzo, ya que como tienes mucho trabaj…
                La mujer de cabello corto despejó su boca de la suya en un movimiento veloz, pero todavía permanecía sentada sobre su regazo.    
                — ¡Lo sabía! — la esposa había comenzado a llorar — cuando decías que no podías volver por trabajo, seguramente era porque ibas a ir a un hotel con ella, o tal vez lo hicieron en tu oficina, aquí mismo, ¡No me importa! — se secó las lágrimas con su propia mano y comenzó a llorar más fuerte — ¡No vuelvas a casa nunca más, porque no te abriré la puerta!  — y con eso se dio media vuelta y caminó hacia la salida con paso decidido.
                Y no la detuvo, ¿Acaso debía hacerlo?, ella no era nada para él, era la esposa de Jacobo Bacon, no de él, nunca lo fue.
                — Ya era hora que te deshicieras de esa mujer estúpida — dijo la que todavía permanecía sobre él.
                — Sal de mi oficina — le dijo sin expresión alguna, después de todo tampoco conocía a esta mujer.           
                — Pero…
                — Ahora.
                Y con eso último la mujer no insistió más, colocó los tacones en el piso y se marchó caminando a paso apresurado.  
                El hombre se mantuvo cabizbajo, perdido entre pensamientos algo confusos. Había sido un mal día. Las cosas no estaban resultando como él esperaba. En vez de tener una nueva vida cómoda y rodeada de lujos, se encontró con un montón de problemas. Lo que menos llevaba Jacobo Bacon era una vida tranquila.
                Cuando por la ventana entró la luz anaranjada, proveniente de un fresco atardecer, era hora de volver a su casa. Pero ¿A dónde iría?, la esposa le había prohibido volver a poner un pie en el departamento. Tal vez podría ir a dormir a un hotel, después de todo tenía mucho dinero con que pagarlo.   
                Estacionado a un lado de la acera lo esperaba un auto negro, pero no era el mismo conductor que lo había pasado a buscar en la mañana, no, era otro, y que al verlo le pareció sumamente sospechoso.
                — Puedes irte — le dijo al chofer quien lo miraba expectante, fingiendo una sonrisa amable — Hoy no volveré a mi casa.
                El hombre comenzó a caminar lejos del auto, pero el chofer todavía no se marchaba del lugar. Lo observaba a través de la ventanilla. Comenzó a caminar de manera apresurada, y fue cuando se percató que el auto lo seguía lentamente por detrás. El chofer no lo iba a dejar irse tranquilamente, eso lo entendió bien.
                Cuando quiso salir corriendo, el chofer sacó un arma por entre la ventanilla parcialmente abierta.
                — Entra al auto sin hacer escándalo si no quieres un agujero en la cabeza — ese fue el incentivo para comenzar a correr. Y el chofer no mintió, disparó, pero para su suerte la bala tomó la dirección equivocada y se incrustó en la pared a unos centímetros de su cabeza.
                Corrió a una calle congestionada, y siguió corriendo hasta la peatonal más cercana. Rodeado de personas que iban y venían le era fácil confundirse con el resto. Pudo ver un par de veces al chofer caminando entre la multitud buscándolo con la mirada, pero por suerte no lo descubrió.  
                Intentó actuar lo menos sospechoso posible para no llamar la atención, y de esa manera se alejó de las calles concurridas una vez que estuvo seguro que había perdido de vista a su perseguidor.
                Debía escapar, y solo un lugar vino a su mente.
                Volvió a su antiguo monoambiente. Al abrir la puerta lo primero que sintió fue un hedor a encierro, mezclado con humedad y un ligero aroma a carne podrida. Tomó la bolsa que estaba oculta debajo de su vieja ropa y edredón deshilachado. Le dio una rápida mirada al interior de la bolsa, quería asegurarse que todavía Jacobo Bacon estuviera allí dentro, y efectivamente lo estaba. Había pasado solo un día, por lo tanto el cuerpo se encontraba exactamente como lo había dejado, solo que su cuello estaba tomando un color algo verdeazulado y su rostro había comenzado a deformarse un poco.
                Se mantuvo inquieto sobre los pocos metros de su casa, pasadas varias horas, donde la tarde se había marchado, y la noche silenciosa y desértica había su presencia, fue cuando el hombre, cargando la bolsa con ambas manos, se aventuró fuera de su monoambiente. Caminó por las calles que conocía que eran las menos transitadas, y que a esa hora ni un alma las peregrinaría. Tuvo que marchar varias cuadras, con la bolsa a cuestas. Llegó al muelle más viejo del puerto, donde sabía que no se encontraría con nadie allí. Y ahí mismo tiró la bolsa al mar.
                Se quedó hasta que escuchó el impacto del cuerpo con el agua, fue allí que se pegó media vuelta y se marchó de vuelta a su casa.  
                Esa noche durmió entrecortado, por momentos creyó que le derribarían la puerta y allí mismo lo matarían de varios balazos, pero nada de eso sucedió.
                A la mañana siguiente lo primero que hizo fue desayunar un pan viejo que tenía guardado en la heladera para que durara más tiempo, mientras miraba la televisión. Casi se atraganta con un pedazo de ese pan cuando oyó la siguiente noticia:   
                — Hoy a la mañana encontraron un cuerpo en la bahía… — anunciaba la periodista a través de la pantalla, mientras señalaba el paisaje que le rodeaba: unos muelles que se extendían hacía el interior de la bahía, y algunos edificios que resaltaban por detrás  — Jacobo Bacon fue encontrado flotando dentro de una bolsa a las cinco de la mañana por un pescador del lugar. Los forenses aseguran que fue envenenado y horas después arrojado al mar. Existen rumores que el empresario Bacon mantenía negocios estrechamente ligados a la mafia. Y se cree que fueron ellos mismos quienes lo mataron… — lo que dijo la periodista a continuación el hombre ya no le prestó atención, estaba muy ocupado pensando en todo lo que le había sucedido en estos últimos días.
                Una sonrisa se demarcó en su boca, y dándole una mordida impetuosa al pan, se carcajeó mientras masticaba las migas.  
                Nunca se había sentido tan satisfecho de ser él mismo, y no el otro.       

   
  
               
                 
                 

 

martes, 11 de abril de 2017

Soy


Soy como un volcán,
de interior fuego y lava encendida.
Soy como un huracán,
arraigada por ímpetu fluida.    
Soy como una tormenta nevasca,
de corazón helado y mañanas grises.  
Soy como el roció de la mañana,
de lágrimas escasas y simples.  

Soy verano,
luz, fuego y color rojo.
Soy otoño,
pierdo y renuevo, un cambio paradojo.
Soy invierno,
viento, fuerza y fría fuente.
Soy primavera,
Alma colorida y floreciente.

Soy como esas personas que piensan en todo,
pero no dicen nada.
Soy como esas personas que guardan una biblioteca,
pero acotan un colofón.     
Soy como esas personas dementes,
que piensan en miles de historias,
pero que solo viven una.


lunes, 27 de marzo de 2017

Acto en Cuatro Personas



Personajes:
Rivaldo
Señorita Elena (esposa de Rivaldo)
Señor Rojas (amante de Elena)
Hermano de Rivaldo

(La escena transcurre en una sala escasa de luz, donde solo es iluminada por una pequeña ventana y una lámpara de gas. En medio hay un escritorio de madera antaña, sobre el mismo se halla un arcabuz recortado, cargado con pólvora y una bala de plomo)  

Rivaldo. — No importa cuántas disculpas escuche, no valen nada. Son falacias farfulladas con miedo, con desmesura, con calumnia.
Elena. — Lo siento, Rivaldo. ¡En serio lo siento!, perdóname por serte infiel. Busca en tu corazón, aunque sea el más pequeño atisbo, yo sé que hallarás clemencia por mí. Después de todo soy tu amada esposa. Aquella mujer a la que le confesaste el más ferviente y grande de los amores. (Le da una temerosa mirada al arcabuz que todavía yace en el escritorio)  
Rivaldo. — Por eso mismo, el engaño es más doloroso. Y lo vuelvo a repetir, no pidas perdón cuando en verdad no te arrepientes de haberme engañado.  
Rojas. — Rivaldo, no culpe a la señorita. ¡Ella no tiene nada que ver!, toda la culpa recae en una sola persona, y esa persona soy yo.       
Rivaldo. — ¿Eso quiere decir que Elena fue obligada a engañarme?, ¡Víctima de un ataque!, ¡No te burles de mí!, ella parece tenerme más miedo a mí, que a usted.   
Rojas, — Sí, yo la ataqué. Soy el único culpable, el único merecedor de su venganza y de la muerte.    
Elena. — No mientas, Señor Rojas. No te confieras toda la culpa, que para engañar se requieren dos personas. Es cierto que engañé a mi marido, pero mi corazón me engaña a mí a cada momento, al no corresponder a mi esposo, sino a otro hombre. Así que no mientas, porque ya hemos sido descubiertos, y prefiero decir la verdad, y si debo morir por confesar un amor verdadero, moriré con el corazón encendido de placer.     
Rivaldo. — Señor Rojas, usted no es más que un ladrón. No solo me ha robado el cuerpo de mi esposa, sino que también se ha llevado con usted su corazón. Ya no tengo nada en ella que me pertenezca. Sin embargo el orgullo es pesado en el cuerpo de un hombre, y hace que sea difícil dejar ir lo que le corresponde. Porque no puedo perdonar, por eso mismo morirá aquí mismo todo sentimiento que una vez tuve por esta mujer, pero no morirán solos, se irán junto con la sangre, la vida y el corazón de Elena. (Se apresura a tomar el arcabuz y dispara)
Elena. — ¡Tenga piedad! (se da cuenta que la bala se incrusta en la pared dejándola salva)
Rivaldo. — Esta arma no fallará una segunda vez (comienza a cargar el arcabuz nuevamente)
(Se escucha el sonido de una puerta abriéndose, el hermano de Rivaldo entra en escena)
Hermano. — ¿Qué ha sido ese disparo?
Rivaldo. — Ha sido el inicio de mi venganza. Cortaré con fuego un corazón mentiroso, y derramaré de él la sangre que palpita por otro.
Elena. — ¡Detenlo!, por favor sálvanos.
Rojas. — Por favor, no nos dejes morir.
Elena. — Ruega por nuestro perdón. Él te escuchara, siempre lo hace.
Hermano. — ¡Basta, Rivaldo!, es suficiente.
Rivaldo. — ¿Cómo puedes pretender que me detenga?
Hermano. — Baja el arma.
Rivaldo. — No lo hare. Siendo hombre deberías entender lo que se siente que hieran tu orgullo. Después de esto ¿Cómo seguiré viviendo?, y solo hay una forma de recuperar mi vida, y es deshaciéndome de aquellos que la han arruinado. ¡No existe otra forma!, Hermano mío, harías lo mismo en mi lugar. 
Hermano. — Es cierto, sí lo haría.  
Elena. — No, no te dejes convencer. Detén nuestra muerte, si no lo haces la culpa te perseguirá por siempre, cada día, cada noche, pensando que con una palabra, un acción, un simple movimiento,  pudiste detener aquella bala. Por ahora estas a tiempo, salvarte de la culpa. ¡No me dejes morir!  
Hermano. — Ya lo he hecho. Ya has muerto. Elena y Rojas están muertos. ¡Entiende, Rivaldo!, han muerto, por aquel mismo arcabuz, por aquellas mismas manos, manchadas de sangre. Un esposo homicida, que por venganza mató a su esposa y amante.
Rivaldo. — No entiendo que dices. ¡Ella está aquí!
Hermano. — No, no lo está.  
Rivaldo. — Sí, yo la veo. Como siempre ha sido, hermosa, de piel aterciopelada, cabellos ondulados y aromatizados a flores. Ojos como el jade, brillantes y misteriosos. Con una sonrisa cálida y una mirada peligrosa. Manos suaves y pies delgados. La veo aquí, como siempre ha sido.
Hermano. — La ves en tu cabeza. Un corazón lastimado nunca dejará de amar, sino que cada vez que quiera sentir, el amor vendrá acompañado de dolor. Para algunas personas el olvido nunca existe, y en aquel vicio de recuerdos que no se dejan ir, surge la locura. Nunca pudiste perdonarla, por eso la mataste, pero luego un sentimiento mucho más doloroso te acató, ya no sentías la herida que su engaño te había dejado, sólo estaba el dolor de su ausencia. Entonces fue cuando no te pudiste perdonar por matarla, por arrebatártela a ti mismo. Enloqueciste. Y en medio de esa locura encontraste la forma de revivirla, ella vive en ti mismo, pero ella no vino sola, su amante la acompañó. Elena y Rojas conviven contigo mismo. Tres personas en un solo cuerpo.
Rivaldo. — (apuntó el arcabuz hacía el pecho de su hermano, con el rostro en lágrimas) ¡Mientes!, ella no puede estar muerta. Mi Elena… mi Elena. 
Hermano. — Cálmate. Baja el arma.
(El hermano de Rivaldo intenta sacarle el arma de las manos, pero Rivaldo le dispara antes de que pueda arrebatarle el arcabuz)    
Rivaldo. — ¿Qué he hecho?
Hermano. — Rivaldo, hermano querido. Mi mayor miedo fue verte sumergirte en aquella locura, y la peor de las heridas fue no poder rescatarte de ahogarte en ella. No es mi culpa, pero la siento propia. Y muero aquí, intentándote llevarte de nuevo a la superficie, salvarte de ahogarte en tus penas y locura. Pero nos hundimos juntos. Me has llevado contigo al fondo. (Muere)    
Rivaldo. — (Llora abrazando el cuerpo de su hermano) Mis manos, manchadas de la sangre fraterna. No soy más que un monstruo, que arrebata y mata a quien quiere. No sirvo ni vivo. ¿Estaré maldito?
(Rivaldo camina hasta el escritorio y se sienta en la silla. Se queda unos minutos en silencio, inmóvil)
Rivaldo. — Hermano, tengo algo que contarte.
Hermano. — ¿Hay algo que te preocupe, Rivaldo?
Rivaldo. — Creo que Elena me es infiel.

Telón.
                   


         

jueves, 16 de marzo de 2017

La bestia


  — ¿Qué es lo que te hace más humano?
La Bestia se mantuvo callado. Con los dedos cerrados en pos de los barrotes de metal. Mirando con aquellos ojos llenos de la luz de la razón, pero que por momentos parecía perderla. Y eso era lo que todos se preguntaban de él, ¿Qué era tan distinto, qué pasaba por su cabeza?, ¿Siquiera pensaba en algo?
Pierasola sabía bien que la Bestia no le respondería, no importaba cuanto insistirá, mantendría su boca sellada. Así que decidió responderse a sí mismo. Porque sabía que aunque se mantenía en silencio, escuchaba todas sus palabras.
— ¿Qué es lo que te hace más humano y menos bestia?, la respuesta se halla en el verbo, en el hacer, más cercano al abstenerse de los deseos y los instintos. Dependiendo de la satisfacción de aquellos instintos, en la privación y en detenerme a mí mismo, eso me hace humano. Pero ¿Qué te hace a ti humano?, mejor dicho ¿Se te puede llamar siquiera como uno?
Su interlocutor movió levemente los dedos, aferrándose aún más a los barrotes que lo encerraban.
— ¿Por eso te llaman la Bestia?, ¿No? — lo miró durante unos segundos, esperando una mínima reacción o gesto, pero ni eso obtuvo — No eres capaz de ignorar aquellos instintos animales. Actúas como un perro, como un animal, salvaje y desentendido. Ignorando a todos y haciendo lo que quieres. Pero no es lo único que puedo decir, eres tan misterioso, nadie sabe qué piensas o siquiera si piensas. ¿Porque actúas así?, nadie sabe como leerte. Yo sé muy bien que entiendes cada palabra de lo que digo. Tus ojos, son engañosos, son más vivos de los que aparentan, analíticos y conservadores. Estoy seguro, nos engañas a todos, eres un animal porque quieres serlo. Conoces el consenso que rige la sociedad, las leyes y la moral, pero no les temes. Decides no ignorar aquellos instintos, no luchas, y a conciencia y con un deseo cínico te dejas absorber por todas aquellas emociones genéticas y arcaicas. ¿Lo haces a conciencia? O ¿Realmente eres una bestia?, esas preguntas convergen en mi cabeza en una lucha constante.
Pierasola se sentía en medio de un remolino que lo movía con fuerza y lo jalaba con un frenesí vicioso. No podía callarse, las palabras salían de su boca como si las estuviera escupiendo.  
— Si te sientes atraído por una mujer, la atacas. Si te reprenden, lo golpeas. Si alguien te disgusta al límite de desear su inexistencia, simplemente lo asesinas. Las personas podemos tener fantasías o deseos oscuros. Pero no son más que ello y no pasarán de allí. Simples fantasías — miró a la bestia, la cual seguía igual de inexpresiva, pero Pierasola tenía la corazonada de que aquel hombre no estaba enfermo mentalmente como todos creían, todas aquellas atrocidades las llevaba a cabo por el simple gusto de hacerlo, tal vez le gustaba sentir la adrenalina del momento o trascender las leyes humanas normales, no lo sabía, pero aquel hombre era capaz de resolver problemas lógicos a tiempo récord, conocía el orden y la organización social como cualquier ser humano correcto, y podía reconocer la realidad tal cual era, ningún desorden mental o ataques obsesivos compulsivos le aquejaban. Era completamente sano, y su mente estaba en sus cabales, pasaba todos los exámenes físicos y psiquiátricos a la perfección. Su solo defecto se acentuaba en su excesiva falta de sociabilización. Pero Pierasola tenía otra teoría, a aquel hombre apodado La Bestia, no era un deficiente social, ni mucho menos, simplemente ignoraba a todos, era una mera actuación, ya que tenía un papel que interpretar.
Pierasola sostuvo la bandeja de almuerzo con fuerza con una mano mientras con la otra abría la puerta de la celda. Se percató de inmediato que el presidiario observaba la llave con una atención poco común. Le entregó la bandeja con la sopa y luego se sentó a esperar que terminara su comida.
Quince minutos después estaba recibiendo la bandeja de vuelta, con el plato de sopa, ahora vacío. Cerró la celda y nuevamente sintió aquellos ojos clavados en la llave. Pierasola antes de volver por el pasillo intentó una vez más hablar con La Bestia, pero esta vez sin esperanza alguna se recibir respuesta.
—Los humanos estamos en constante cambio interno, nuestros deseos y anhelos son reemplazados dependiendo de las emociones, los tiempos y las circunstancias —entonces la mayor se las dudas lo atacó, quería saber que instintos lo llamaban ahora mismo, en que pensaba, que ideas se arraigaban constantemente en su mente tan misteriosa e inalcanzable — ¿Qué hay en tu cabeza ahora mismo?, ¿Cuál es tu deseo más grande?
Entonces sucedió algo que no esperaba, era algo que había esperado tanto e insistido en obtenerlo, que incluso sus esperanzas habían desistido, por eso mismo lo tomó por sorpresa.
—Libertad —fue lo único que dijo, y aquella palabra fue suficiente para sacarlo de su estado tranquilo y llevarlo a uno de estupor. Sabía que podía hablar, lo había hecho antes durante los estudios a los que fue sometido, pero nunca se había dignado a dirigirle la palabra ni una sola vez en todo este tiempo que había sido su guardia de celda.
—Libertad —repitió Pierasola algo emocionado — Es un estado que los humanos buscamos constantemente, siempre queremos ser más libres, más independientes. Ese es un instinto que nunca pudimos deshacernos. Queremos ser quienes pongamos nuestras propias reglas, caminando sobre un libre albedrío absoluto. Pero eso nos lleva de vuelta a ser humanos, a abstenernos a nosotros mismos, porque donde comienzan los derechos de otros es donde nuestra libertad se acaba.
Pierasola ya no tenía nada más que decir y la verdad era una lástima, porque no creía que obtendría otra oportunidad como esta donde recibiría una respuesta de La Bestia. Pero tenía que marcharse, no era solo su guardia, y tenía trabajo que hacer.
La Bestia miró a Pierasola perderse por el pasillo y cuando ya no pudo ver su silueta, buscó del interior de su manga la cuchara de plástico que había escondido en un descuido de su guardia. Primero la observó de cerca, comprobando su dureza y resistencia. Siempre le traían las comidas con cubiertos de plástico, era una manera de prevenir que pudieran convertirse en armas en sus manos. Primero palpó la cabeza cóncava y supo que era muy débil y se rompería con facilidad pero para su suerte el mango era más grueso y parecía más resistente. Entonces evocó la imagen de la llave a su mente. Y comenzó a tallar el extremo de la cuchara contra la pata de la cama, que tenía una arista bastante pronunciada.
La tarea le llevó muchos meses. Debía cincelar la cuchara muy lentamente, si lo hacía muy rápido o con mucha fuerza, el sonido producido, podría llamar la atención de Pierasola.
Cada vez que venían a traerle su almuerzo le echaba otra mirada a la llave e iba guardando la forma y cantidad de dientes en su cabeza, para posteriormente ir tallando el recuerdo en la cuchara de plástico.
Cada vez que era la hora de comer, sabía que vendría otra tanda de argumentos que pretendían ser elocuentes y con aroma a filosofía, que si bien le era algo fastidioso por lo pretencioso y fanfarrón que resultaban sus argumentos, a veces en cuando Pierasola decía algunas verdades. Como su deseo de libertad, y su decisión de no reprimir aquellos impulsos, sabía bien lo que hacía y disfrutaba sentirse malvado, era un deleite y placer que las acciones samaritanas no le podían regalar. Tal vez estaba loco por pensar así, por ser el villano concienzudamente y disfrutar de sus malas acciones. Y es cierto que permanecía en silencio a propósito, lo hacía para confundir a sus doctores, ¿Realmente creían en la existencia de la maldad?, porque siempre querían justificar alguna acción descarada o fuera de lo común con alguna enfermedad mental. ¿Él era diferente por no sentirse de aquella forma?, o ¿Todos eran iguales y pretendían estar locos para suavizar sus condenas? Y algo le decía que Pierasola lo entendía a pesar de ser un simple guardia, ya que no creía en el diagnóstico de los psiquiatras, él lo veía como alguien que fingía, y no se equivoca, deseaba salir de aquella prisión para continuar con su insaciable vicio de ir contra la corriente.
Una noche, cuando todo estaba en silencio, subió la manga de su suéter. Había estado escondiendo la llave allí. No en la manga, porque cada vez que le lavaran la ropa la encontrarían, sino que había afilado la parte honda de la cuchara hasta convertirla en una pequeña cuchilla, y con ella había cortado la piel de su codo interior quince centímetros de manera ascendente. Había sido muy cuidadoso de no herirse las venas, ni que el corte fuera muy profundo. Y en aquella pequeña hendidura de piel, había escondido la cuchara. No lo había hecho en un pie, porque sería difícil de ocultar una cojera y a la hora de escapar prefería tener los dos pies sanos en vez de las manos.
Entonces uso las uñas para abrirse la herida, la cual tenía una cicatrización reciente, y tomando la cuchara de su interior, mientras se mordía los labios pretendiendo ahogar el quejido de dolor.
Esperó varios segundos para recomponerse y luego infiltró la llave de plástico en la herradura. Antes de girarla hizo una oración silenciosa, deseando que funcionara, ya que los intentos anteriores habían fracasado y le habían llevado a alargar su tarea de frotar la cuchara contra la pata de su cama. Era una tarea tediosa y desesperante.
Al final se decidió, no podía darse el lujo de perder ni un momento más, tenía los segundos contados. Giró la llave y la cerradura hizo un clic. Sonrió satisfecho consigo mismo y se preguntó, ¿Acaso era acertado que lo llamarán La Bestia?, un animal nunca sería capaz de escapar de su jaula.



miércoles, 1 de marzo de 2017

Venganza inacabada


                La mujer, temblaba como designio de la ira que fermentaba en su interior, mientras paseaba un arma de fuego de una mano a otra, sentada sobre una silla ya vieja, que rechinaba al ejercer peso sobre ella. La pelinegra se inclinaba hacia adelante, como si su pecho llevara un peso de plomo que la obligaba a encorvarse. Su hermano, al otro lado de la habitación oscura, la miraba en silencio, interpretando de la mirada rabiosa de la mujer, que estaba preparándose para cometer una locura.    
                — Todos pagaran — decía con los ojos secos, era incapaz de llorar, ya que sentía una emoción mayor a la tristeza, era la ira, la rabia contenida, podía sentirlo en cada confín de su cuerpo, era como fuego quemante como una estela encendida — Esas malas personas no merecen vivir…  
                — ¿Sabes lo que diferencia a las buenas personas de las malas?     
                La pregunta del hombre había colisionado con la realidad de la mujer de manera violenta, la había despegado de su figuración vengativa, plantando en ella el desconcierto y algo de confusión. Su hermano no esperó respuesta alguna, en cambio continuó hablando.
                — Que las buenas cuando obtienen la oportunidad de vengarse, no lo hacen.
                La mujer parpadeó intermitentemente, escuchando las palabras de su hermano, si bien no podía ver su rostro a causa de la oscuridad, podía imaginarse la expresión que tenía en ese momento su rostro.    
                — Una buena persona es justiciera también — luego de recomponerse, la mujer optó por refutarle, frunciendo el ceño algo ofendida.     
                — No confundas venganza con justicia. ¿Quién te ha dado la autoridad para impartir castigos y adulaciones a tu parecer?, ¿Qué te hace mejor que ellos?
                — ¡Yo no he cometido sus mismos pecados! — contraatacó levantándose de su silla de manera enérgica.
                — No, por ahora — su hermano caminó alrededor del escritorio, acercándose a la ventana para que la luz de la realidad impactara con su rostro mutilado — Para que una venganza pueda considerarse satisfactoria debe ocasionar el mismo o mayor daño que la ofensa que se trata de vengar. Al ser hacedora de dicha venganza, ¿No te convertiría en una peor persona?, ¿No serías peor que esas personas que tanto odias?        

                La hermana fijó sus pupilas en el rostro de su hermano, manteniendo las lágrimas en los ojos. Entonces pensó en lo que le dijo y sintió miedo inmediato, y una leve vergüenza. Caminó hasta el escritorio y guardó el arma de vuelta en el cajón. Guardándose la ira y todo sentimiento negativo en el fondo de su ser, pero a pesar de que estaban en su interior, ocultos, no se significaba que estuvieran seguros, sino que eran sentimientos inestables, y aun peor, muy peligrosos.   

lunes, 20 de febrero de 2017

Galera de Sangre



                

     Debajo de un cielo de paños grises, cuna de centellas que atronaban furiosas hasta asustar a la tierra, que miedosa, temblaba ante su eléctrico tacto. Las calles de la ciudad eran abrumadas por las sombras frías de la noche, y de entre ellas se escondía él. Quien no le temía a la oscuridad y mucho menos a la sangre. Esperó que los goznes metálicos giraran y revelaran la figura que estaba esperando desde hacía horas, cuando lo vio salir del local, surgió de entre las sombras, y allí llevó a cabo su cometido. Desfundó el arma blanca que guardaba oculto en el interior de su bastón y con la hoja fina y férrea, apuñaló al desconocido, si bien era la primera vez que lo veía en persona, sabía muy bien de quien se trataba, lo había estado estudiando durante los últimos días. Sabía que bares frecuentaba, que clase de mujeres lo acompañaban, cuáles eran sus horarios y amistades. Lo sabía todo. Y aquel estudio minucioso que había trabajado el último tiempo lo llevó a este momento justo, y a que fuera factible terminar con el encargo.

     Ni siquiera se paró a pensar, ni siquiera algún miedo lo detuvo, porque era incapaz de sentirlo. Virtudes como el temor y la moral le eran imposibles, y sí, virtudes, porque creía que el hombre que las sintiera era sin duda virtuoso, llenó de sentimientos que él nunca conocería. Incluso en algunas ocasiones extremas llegaba a sentir envidia de ellos. Una dura infancia y adolescencia lo había llevado a ser quien era hoy en día, todos aquellos sucesos que en un principio lo atormentaban, hoy eran la razón que lo hacían el más apto para este trabajo.

     Cuando el trabajo estuvo terminando, retiró el cuchillo del pecho de su víctima. Era algo rudimentario, en esta época podría tener un arma de fuego efectiva y veloz, que le ahorraría gran parte en su oficio, pero seguía prefiriendo aquel cuchillo, no sabía las razones exactas, pero estipulaba que podría ser porque el caudal de sangre no se comparaba, y además podía sentir en la palma de su mano y en la yema de sus dedos cuando la hoja penetraba, eso no se podía experimentar con una bala. Y lo más importante, aquel cuchillo era un vínculo con su pasado.

     Dejó al cuerpo allí, abandonado en aquel callejón escaso de luz eléctrica. Y haciendo uso de aquella oscuridad, la utilizó para irse de la misma manera que había llegado, sin que nadie lo notara.

     Se acercó a un teléfono público y desde allí llamó a su jefe.

     — El trabajo está hecho — fue lo único que dijo y volvió a colocar el tubo de teléfono en su respectivo lugar.

     Se acomodó la galera negra y se aventuró al interior de la lluvia, que caía violenta y filosa.

     Cuando era más joven lo atacaban las pesadillas, que eran fragmentos de realidades vividas, meros recuerdos tormentosos, pero había logrado apagar el tormento superándolo, se volvió peor de lo que le causaban aquellas pesadillas, y si él era más peligroso ya no debía porque temerle. Un padre golpeador, que no hacia distinción entre un niño y una mujer, a ambos le pegaba igual, y sin razón alguna. Con puños, palos, patadas o incluso con la misma botella con la que se había emborrachado, todo era un arma, y las cicatrices de su cuerpo eran testigo de eso.

     Su primer muerte fue la que lo liberó, pero a costas de convertirse en otra persona. Desde ese momento ya no fue el mismo.

     Su padre estaba endeudado hasta los dientes, incluso le debía una gran cantidad a la mafia.

     Aquel día fue como cualquier otro, su padre se pasaba de alcohol hasta volverse violento, y descargaba toda su rabia y enojo contra su madre. La golpeó y esa vez, sucedió algo diferente, la mujer, sumisa y temerosa nunca se había atrevido a enfrentarse a su esposo, pero llegó un momento en el que su paciencia se agotó, ya no podía soportarlo más, y aquel nuevo sentimiento en ella la volvió de ser una mujer sumisa a ser una mujer que por primera vez en su vida se oponía, se negaba a seguir sufriendo, y ese cambio fue su fin.

     El hombre no pudo permitir que se le oponieran, o por lo menos eso le decía su absurdo orgullo. Ni siquiera supo lo que hizo. Sus manos se movieron involuntariamente, tomó un cuchillo de la cocina y con él, apuñaló a la mujer golpeada.

     El niño fue testigo de todo eso, y si bien estaba acostumbrado a ver sangre, nunca la había visto en tanta abundancia.

     — ¿Mamá? — preguntó una y otra vez, y al darse cuenta que su madre no respondía, entendió lo que había sucedido.

     Ese fue el momento clave y culminante. El quiebre de su vida, la metamorfosis de su personalidad. De repente lo embarcaron sentimientos que nunca había sentido, mientras perdía parte se su alma. Tomó el cuchillo que descansaba en el pecho apagado de su madre y saltó sobre el asesino. Su padre no pudo moverse de su lugar. La nueva mirada que se posaba sobre el rostro de su hijo lo asustó, nunca había visto ojos tan locos y apagados, faltos de la luz de la razón.

     El niño se quedó tres días inmóvil, sentado sobre la pared de la cocina, sin mover ni un solo músculo, rodeado de dos cadáveres envueltos en sus sangres ya secas. Y ubiera permanecido allí, entre el sueño y la realidad, muchos día más, pero el ruido de la puerta abriéndose cambio su vida para siempre. Un hombre vestido de negro, con un rostro trazado por una cicatriz, irrumpió en su casa. Él no era un niño tonto, ya había visto a ese hombre un par de veces. Siempre amenazaba a su padre, que si no pagaba lo borraría del mapa, y ese día había ido a cumplir su palabra.

     — Parece que alguien se me adelantó en el trabajo — su chiste había sido algo cruel para la ocasión, pero personas como él le interesan poco los sentimientos ajenos. Y por lo que pudo ver en aquel niño roto, ese jovencito era igual a él.

     Se colocó en cuclillas y miró al niño de cerca, y por la mirada en su pequeño rostro supo que él había matado, no estaba seguro si a ambos padres o sólo a uno. Aquel niño estaba solo, y la vida que le restaba era mucho más difícil y dolorosa. Y personas como esas solo sirven para una cosa, podía verlo en el niño, ya no había vuelta atrás. Y en vez de sentir lástima como cualquier persona pudiera sentir en esa situación, sintió algo muy diferente, sonrió pensando que conocía el lugar perfecto para esta criatura, donde podría explotar su nuevo don mucho más. Estaba seguro que sería una gran inversión para la organización, entonces lo tomó en brazos y lo llevó con él a un nuevo mundo del cual ya no habría escapatoria.

      Desde ese día lo habían integrado a la mafia, era como una nueva familia, así lo sentía, incluso lo trataron mejor que en su casa, siempre tenía la panza llena mientras hiciera los encargos que le encomendaban. Y así creció, hasta convertirse en el hombre que era ahora, mataba para comer con el mismo cuchillo que lo inicio en aquella vida. El mismo cuchillo que uso su padre para matar a su madre, y que luego usó él mismo para vengarla, es el mismo que guardaba en el interior de su bastón.

      Así pasaron los años, cada muerte nueva era una mancha más a su alma oscura. Cada gota derramada se llevaba de él un poco de su humanidad, y así se convirtió en lo que era ahora, era una mera cascara vacía.

      Cuando el creyó que el resto de su vida consistiría en eso, sangre y seguir viviendo sin un propósito, siquiera sabía decir si a eso se lo podía describir como vivir, incluso a veces llevaba la mano a su pecho para asegurarse que su corazón seguía allí, sus latidos eran el único indicio de que aún seguía vivo, seguía siendo un humano. Y cuando creyó que seguirá todo igual, que nada podría ya cambiar, la realidad se burló de su inocente pensamiento, porque el tiempo es inestable, víctima de la fortuna que lo mantiene en constante ósmosis.

      El segundo quiebre en su vida se dio un día señero, singular e irrepetible. Se encontraba en la casa del nuevo jefe de la mafia, el mismo hombre que lo había recogido aquel día de su casa, que lo había abstraído de aquella escena sangrienta para iniciarlo en un nuevo mundo. Aquel hombre que era lo más parecido que tenía que podría llamarse le familia, un padre.

      Le tenía una nueva tarea asignada, de suma importancia que pocos sabían de su existencia en la organización. Se trataba de un hombre, un detective, que había estado entrometiendo su nariz en la organización a tal punto que se había vuelto peligroso para la misma.

     — Quiero que te encargues de él y de su casa. Será una advertencia para los futuros husmeadores que quieran meterse con nuestra familia.

     La familia, así se llamaban a sí mismos los que pertenecían a la organización. Pero ¿Realmente lo era?

     Hizo lo que le encargaron, tiñó de rojo oscuro el suelo, con la sangre del detective y su esposa. Estaba por volver a la mansión de su padre cuando una pequeña voz, algo dulce e infantil.

     — ¿Mamá? — Esa pregunta lo remontó tiempo atrás, era la misma que él había formulado en una escena similar. Los padres del niño estaban muertos al igual que los suyos, y después de mucho tiempo sintió algo, el hecho de experimentar algo nuevo le fue abrumador, incluso robó su respiración por unos segundos. Y lo que sintió no se pareció en nada a lo que sintió el jefe de la mafia al verlo en medio de los cadáveres de sus padres. Fue una emoción muy distinta. Tristeza. Tristeza. Y más tristeza, era dolorosa, casi insoportable. Era como si le desgarraran el pecho con garras invisibles. Pero al mismo tiempo su alma obtuvo un poco de luz en medio de tanta oscuridad.

      Los ojos del niño se iluminaron a causa de la luz de la lámpara que rebotaba sobre sus lágrimas. Solo tenía dos opciones: matarlo o llevarlo a la organización. Pero a simple vista este niño no tenía un alma como la suya, era puro y brillante. Entonces lo correcto era matarlo. Pero no pudo siquiera moverse de su lugar. No podía arremeter contra aquella criatura.

     Matarlo o llevarlo a la mafia.

     Sólo dos opciones. ¿Por qué no podía haber una tercera? No quería matarlo ni tampoco volverlo alguien tan oscuro como él. No quería que el ciclo continuara.

     — ¿Quién eres? — preguntó el niño asustado sin poder detener las lágrimas.

     El asesino de la galera se acercó al niño y acarició su cabeza para tranquilizarlo.

     — He venido a salvarte— le dijo. El niño lo miró esta vez con menos miedo, creyendo que el hombre con la galera y un bastón era una especie de héroe como el que salía en los cuentos que le contaba su madre antes de dormir.

     El asesino tomó al niño en brazos y salió de la casa. Se rehusaba a llevar al niño a la organización, y también se negaba a volver a poner un pie en esa mafia. Necesitaba una razón para salir de esa vida y la había encontrado. Sabía bien que a partir de ahora las cosas no serían fácil, uno no desobedece al jefe de la mafia y la abandona tan fácilmente, pero confiaba en sí mismo y haría todo lo necesario para cortar con aquel ciclo.

jueves, 2 de febrero de 2017

Sucesión Real


                Aquel rey, de cuyo reino ya nadie recuerda su nombre, yacía sobre su lecho, incapaz de moverse, porque año tras año su dolor corporal iba en aumento hasta un punto sin retorno. Entonces cuando comprendió que ya no saldría de su enfermedad, mandó a llamar a sus dos hijos varones, sabiendo que era hora de sucederles su reino.   
                Los jóvenes se congregaron alrededor de la cama de su padre, este se veía demacrado, sin fuerza, por culpa de su tan larga enfermedad, que lo consumía día y noche como un parásito.
                El anciano extendió su mano, con dedos envueltos en piel arrugada, y abrió su boca lentamente, incluso hablar le exigía de un gran esfuerzo físico y mental.   
— Amados hijos, saben bien que su padre está en el umbral de su vida, y no intenten convencerme de lo contrario, lo sé bien. La muerte me acecha cada día nuevo, lo siento en el cuerpo, como pierdo las fuerzas lentamente, como cada vez es más difícil respirar y mantenerme despierto. Por eso he decidido ver mí legado todavía en vida, el reino que he sembrado y madurado todos estos años de vida, hoy les toca heredarlo. Para mi hijo mayor, Egidio, serás señor de las tierras del norte y del este, tu poderío se extenderá desde la ciudad de Agar, hasta los campos de Bieito, para mi segundo hijo, Galvan, dejo en tus manos el sur del reino, tanto la ciudad de Cenon, los pueblos del monte Eduvigis y las mesetas de Florian, te pertenecen. Ambos, a partir de hoy los nombro reyes, reyes hermanos. Obren con inteligencia y esparzan la justicia sobre sus tierras, esa es la fórmula de la prosperidad.   
Los hijos se despidieron de su padre cuando este terminó de hablar, y se encaminaron a la salida, el anciano necesitaba dormir para que la medicina surgiera efecto.
Galvan esperó a que su hermano mayor cerrara la puerta de la habitación del padre, y mientras retomaban la marcha hacia el pasillo, se dispuso a hablar, con la voz cargada de sincera alegría.
— Querido hermano, le felicito por heredar las mejores tierras del reino, y le deseo un mandato prospero y tiempos de paz. Será un rey que todos honraran y adoraran, estoy seguro de ello.
— Calla Galvan, soy consciente de mi valía, y también lo soy del hecho que me han despojado de lo que por naturaleza me pertenece.
— ¿De qué estás hablando?
— No me engañaras con tu teatro de confusión. Ya es suficiente vergonzoso crecer viendo como un niño bastardo es tratado como uno legítimo, incluso nombrado infante — Egidio pronunció una carcajada burlesca — Mi padre siempre fue de corazón blando, al otorgarle tantos beneficios a un niño nadie, eres consciente que todos estos atributos no te pertenecen, y sin embargo no has hecho nada para ponerte en tu lugar, has aceptado las condiciones de mi padre con una sonrisa altanera, en vez de quedarte en donde correspondes.   
— Mi conciencia está limpia, porque no he tomado nada más valioso de lo que una vez mi hermano mayor tuvo, siempre eligiendo las telas menos hermosas, el corcel menos veloz, nunca una pertenencia de más valor que la tuya, soy tu hermano menor, cierto es que de madre desconocida, un hijo ilegitimo, bastardo, y no me avergüenza decirlo, porque conozco mi lugar.
— Un hijo ilegitimo que sabe su lugar, no se haría con la mitad del reino, que por ley natural me pertenece, a mí, el único hijo de la reina.   
— Nunca he rechazado algo obsequiado por mi padre, y no lo haré ahora, porque lo amo bastante, por haberme querido como a un  hijo legítimo, aunque no lo sea, por lo que no puedo despreciar sus intenciones, porque sus deseos son prioridad para mí.
— Has mostrado tu verdadera cara, tantos años engañando a mi padre, pero al contrario de vuestro padre yo en ningún momento he caído en tus trampas.  
Galvan cambio su expresión al darse cuenta que era inútil intentar convencer a su hermano, decidió en acabar la discusión y marcharse a su alcoba.       
— Ojala un día descubras que tan equivocado estás — y se marchó, caminando algo apresurado, apretando los puños a los costados de su cuerpo, intentando mantener los sentimientos que sentía a raya, le dolía que su hermano dijera aquellas cosas sobre él.  
Egidio miró como su hermano se alejaba a lo largo del pasillo, y solo pudo pensar en cuanto odiaba a su hermano, y que su sola presencia siempre había restado un poco de la de él, porque si él no hubiera estado todo este tiempo, él siempre podría tener un poco más. No podía verlo más que como un parásito, como alguien que absorbía su luz, su poder y al fin y al cabo su sangre pura, porque Galvan, hijo ilegitimo, de sangre sucia, tal vez esa era la única forma que tenía para purificar su sangre. Le repugnaba la sola idea de imaginárselo como un insecto pegado a él. Recordó todo lo que había perdido, no solo fortuna era lo que le robaba, también se había llevado a la mujer más hermosa del reino, alguien que él pretendía desde muy joven, y lo que más le dolía, el favor de su padre, quien siempre parecía salir a favor de Galvan, como si tuviera preferencia por él, y bien que la tenía. Y fue en ese momento, en medio de ese huracán de ira y celos que sentía, que se juró a sí mismo que recuperaría todo lo que su medio hermano le había arrebatado. Volvería a unificar el reino, y dejaría a Galvan sin nada.      
Los días pasaron, cada príncipe pasó por la ceremonia de coronación, asumiendo las tierras que le eran dadas por su padre. Los reinos crecían, divididos, pero a la par. Pero no importaba cuanta prosperidad recibiera Egidio, no le era suficiente, mientras su hermano fuera feliz, él no podía disfrutar de sus riquezas. Así que no tardó mucho en comenzar aquello que Egidio consideraba el propósito de su vida, porque era lo único en lo que podía pensar, era lo único que deseaba.
Estaba sentado en su despacho, mientras su mente maquinaba todas estas ideas. Interrumpido por un llamado a la puerta, pudo sentir como la comisura de su boca se elevaba levemente, estaba esperando, expectante y algo emocionado que Nuño terminara el trabajo que le había encomendado.      
— Don Egidio, he terminado con la investigación.
— Muéstrame — afirmó más emocionado de lo que debería.
Nuño se acercó sigilosamente, cada vez que caminaba era como si lo hiciera el viento, silencioso y desapercibido, esa era una de las razones por la cual Egidio mantenía al chico en el palacio, además de ser sumamente eficiente en todas sus tareas, también era nada bullicioso. El joven le entregó un par de hojas al monarca, quien las recibió sin poder borrar aquella sonrisa de su rostro.
— Has hecho un buen trabajo — comentó mientras le daba una hojeada al informe, donde se detallaban los proveedores y comerciantes más importantes del reino de su hermano, además había un mapa dibujado a mano, seguramente por el mismo Nuño, indicando cuales eran las rutas y los lugares de encuentro donde se llevaban a cabo los negocios más importantes — Comenzaremos de inmediato. Reúne un grupo de hombres que se vean como delincuentes corrientes, interceptaran a los proveedores mercantiles y a los recaudadores de tributos aquí, aquí y aquí, mátenlos y róbenles toda la mercancía. Luego quiero que inicien un incendió en los campos del monte Eduvigis, allí es de donde deriva su mayor producción. 
Nuño prestó atención a sus indicaciones y las guardó en su cabeza, pero había una duda que le carcomía, y no sabía si la confianza que el rey mostraba hacía él era suficiente como para realizar aquella pregunta, pero al final optó por arriesgarse.
— Don Egidio, disculpe mi impertinencia, pero ¿Que pretende lograr al obstruir el reino de su hermano, Don Galvan, económicamente?
— Él no es mi hermano, no es más que un enemigo. Si su reino cae en recesión, mi padre se verá decepcionado de él — lo último lo dijo conteniendo una carcajada.      
Nuño se mantuvo de seguir escarbando por información, aunque lo deseara, sabía que su rey apreciaba a las personas que no se inmiscuían donde no les correspondía hacerlo. Así, que luego de despedirse del rey como correspondía, se marchó a poner en obra las indicaciones del monarca, las que por ahora permanecían solo en su mente.     
Una sucesión de hechos transcurrió de manera consecutiva en el reino de Galvan, algunos de sus funcionarios terminaron muertos, al igual que los mercantes que proveían a las ciudades y también perdió los tributos recaudados. Eso era un duro golpe a la economía de su reino. A pesar de que los asesinos no pudieron ser identificados, Galvan guardaba cierta sospecha sobre quien podría estar implicado en estos sucesos, si bien no se atrevía a poner el nombre de quien creía culpable en palabras reales, no podía sacarlo de su mente. Y para peor, se estaba desatando un incendio incontrolable en el monte Eduvigis, consumiendo hectáreas de plantaciones. Debía actuar rápido, pero no podía arriesgarse a culpar a su hermano, y mucho menos a pedir su ayuda, porque sabía muy bien que no lo escucharía. Se sentía frustrado y solo había un lugar a donde podía recurrir, y estaba seguro que en presencia de aquel hombre lograría aclarar su cabeza.    
— ¿Galvan? — Lavinia, la esposa de Galvan, al ver que su esposo se preparaba para salir del palacio, no pudo contener su curiosidad — ¿A dónde te diriges en estos tiempos de crisis?   
— Mi amada Lavinia, iré a ver a mi padre, esperó que aquel hombre me presté un poco de su sabiduría. Solo a él puedo recurrir en estos momentos.
La mujer asintió en comprensión, y vio desde la puerta de entrada, como su esposo se alejaba, escoltado por la guarnición real, en dirección al viejo castillo.
Cuando Galvan llegó, encontró que él no era el único que había ido de visita al castillo de su padre, sino que su hermano mayor también se encontraba allí, aunque desconocía las razones, no podía evitar desconfiar de su visita, era como si lo estuviera esperando.
— Galvan, ¿Qué haces aquí?, los rumores de que tu reino está atravesando una etapa de crisis llegó hasta mi gente. La noticia me sorprendió un poco. Todo tan repentino.
Galvan supo leer la sorna en la voz de su hermano, a pesar de que era casi imperceptible, estaba allí, como un puñal, que hiere a la carne, la rebana y aplica dolencia. Pero Galvan no se iba a dejar herir por sus palabras, porque tenía una intuición interna, de que nada era lo que parecía.
— Es cierto, funcionarios, mercantes y recaudadores muertos, y un incendio en los montes. Son un duro golpe, pero no es lo suficiente fuerte como para tirar a su rey. Solo queda encontrar quien está detrás de todas estas tramoyas. Que estoy seguro, que no debe ser más que un pobre hombre, al cual no podría odiar, mas desearle que vuelva al camino de la rectitud. Tanto rencor hacía un solo hombre no es sano.
Egidio sintió como si alguien le golpeara en la cabeza, solo fue una sensación producida por sus palabras, porque era como si su hermano supiera que él era el culpable de todos los atentados, a pesar de que no tenía ninguna prueba en su contra. No pudo responder, porque si intentaba defenderse sabía que estaría poniendo en evidencia su culpabilidad, así que solo optó por ignorar su acusación poco transparente, y actuar de desentendido. 
— Siendo ese el caso, deseo que puedas resolver esto pronto.
— Tu manera de decirlo me indica que en verdad quieres todo lo contrario.
Sí, ni siquiera pudo borrar el tono burlesco de aquella oración, y no le importaba, insultarlo era como una pequeña batalla ganada, o por lo menos eso sentía Egidio cada vez que importunaba a su hermano con palabras.            
Egidio sonrió entre triunfante y maquiavélico. Mientras que la expresión de Galvan se tornaba algo entristecida, nunca pudo comprender aquel odio que él consideraba sin sentido que mantenía Egidio hacía él.
El hermano menor no dijo nada más, ignoró la presencia de su hermano, y se dirigió a la habitación donde descansaba su padre, todavía frágil, si bien al borde de la muerte, todavía no había perdido ni un trecho de su lucidez.    
— Galvan, mis ojos se alegran de verte, querido hijo.
— ¿Puedes alegrarte al ver un hijo tan inútil?, tus tierras, a mí confiada hoy corren peligro. 
— Si no fueras apto para ser señor de ellas, nunca te las hubiera dado. Eres inteligente y calculador, pero lo más importante, nunca te dejas llevar por los sentimientos, en eso eres todo lo contrario a Egidio, quien no dudaría ni un segundo en actuar según lo que padece. Mantente siempre frío como has hecho hasta ahora, y veras como serás capaz de solucionar todo, porque el calor del corazón nubla la razón de la mente. Recuerda siempre eso.   
Galvan, quien se había mantenido parado a un lado del lecho, escuchó las palabras de su padre con atención, y las guardó muy dentro de sí, porque saber que su padre no se sentía decepcionado de él, era un disparador de felicidad. 
Egidio también había escuchado aquella conversación, escondido a un lado de la puerta, comenzaba a sentir como la frustración rugía y se mezclaba con la ira en crecimiento. Se suponía que su padre debía reprenderlo, decirle cuanto deshonor había traído para aquel viejo a punto de morir, pero no había sido eso lo que había escuchado. Tanta alagaría le enfermaba. Se sentía como un animal rabioso, y con esa sensación comenzó a caminar, se alejó del castillo cabalgando a toda velocidad, exigiéndole más de lo que debería a su corcel. Estaba cansado de que le robaran su lugar, el reconocimiento y todo aquello que le pertenecía.
— ¡Asqueroso bastardo! — gritaba mientras pasaba los quilómetros de su reino, en dirección a donde creería que por fin podría cobrar la venganza que necesitaba. Solo había un lugar al que podría ir para terminar con todo de una sola vez, y si quería que funcionara debía asegurarse con sus propios ojos y destruirlo con sus mismas manos. La sangre le hervía, antecediéndose a lo que haría a continuación.    
Mientras tanto, Galvan, con la mente llena de pensamientos y el corazón rebosante de determinismo, sonrió al escuchar las palabras de su padre. Era sabio, y agradecía a Dios por haberle hecho hijo de aquel hombre. El antiguo rey miró a su hijo, y con una sonrisa en los labios, comenzó a sentir como aquella pequeña llama que lo mantenía despierto se apagó, sus parpados se cerraron con parsimonia.
Galvan sintió tristeza al darse cuenta que había perdido a su padre. Las lágrimas corrieron por sus ojos e intentó ocultarlas detrás de la palma de su mano. Pero lo que había dicho su padre, eran palabras que podrían convertirse en brisa si no hacía algo por solucionar su relación con Egidio. No debía desesperar, y sabría qué hacer. Y cuando sus lágrimas cesaron se decidió, entonces salió de la habitación en busca de su hermano.  
— ¿Dónde está Egidio? — le preguntó a uno de los sirvientes.
— Se ha marchado de improvisto.
Galvan lo comprendió de inmediato. Ya era muy tarde para arreglar las cosas. O tal vez no. Sabía que no encontraría a Egidio agazapado en su palacio, no, ni tampoco lo vería recorriendo sus jardines o plantaciones, no, estaba seguro que allí no lo encontraría. Tomó el caballo más veloz del establo y corrió lejos del castillo y lejos del reino.
Llegó a los límites de las tierras de su hermano, y se internó en las de su reino, hasta llegar a su propio castillo. Saltó del caballo y corrió indicándoles a sus hombres que abran las puertas. Anduvo por el interior del castillo, camino a su despacho.
— ¿Lavinia? — preguntó con el temor agarrotándole el corazón.
— Los muertos no responden a preguntas — la voz que le respondió no era de quien esperaba, pero le seguía siendo familiar. Aquella oración paralizó su mente por un instante, y sintió como un fuego invisible subió hasta su rostro.
Galvan dio un paso dentro del despacho para encontrar el peor de los escenarios. Lavinia, su esposa, se encontraba recostada sobre un lago escarlata, inmóvil, sobre el frío azulejo del piso. Más allá, sentado en el sillón que le pertenecía, el mismo sillón donde llevaba a cabo todos sus trabajos, allí se encontraba su hermano, sentado con las piernas abiertas, y las palmas de las manos descansando sobre una empuñadura con recubiertos de plata y oro, perteneciente a una hoja larga y metálica, húmeda en sangre. Galvan intentó mantener la compostura, no podía sentirse desfallecer en estos momentos, como le había dicho su padre: el calor del corazón nubla la razón de la mente.   
Galvan tomó un sable que descansaba como ornamentación en la pared, cerca a la estufa, sin quitarle los ojos de encima a Egidio.
— Mi esposa, mi reino, ¿Qué más piensas quitarme?     
— No he hecho más que quitarte lo que me pertenecía. Yo fui primero en cortejar a Lavinia, pero cuando un chico bastardo piensa casarse con ella, la infanta más nuestro padre te eligen a ti. Destruiré todo lo que me quitaste, y te mataré. El reino volverá a lo que era, uno solo, volverá a su verdadero señor.
— Has sido infeliz toda tu vida, guardando rencor absurdo. Estaba pensando en darte una oportunidad, pero llegué muy tarde, y por actuar tarde Lavinia está muerta.
Galvan y Egidio encontraron armas, el choque de metales atronó es toda la sala, rebotando aquel sonido agudo y férreo. Egidio era más fuerte y habilidoso, pero abrumado por la ira, luchaba sin pensar en los movimientos de su cuerpo, era como si se enfrentara a un animal rabioso, sin entendimiento, solo luchando con la guía de su instinto. En cambio el hermano menor mantuvo su corazón sereno y su mente fría, esa fue su ventaja, aquella fue la fuerza que le dio la victoria en la batalla. El sable travesó el corazón de su hermano, quitándole la vida, y fue entonces, cuando el cuerpo de Egidio cayó al suelo sin vida, que Galvan pudo por fin dejar abrumarse por los sentimientos que había estado conteniendo. Tristeza. Dolor. Confusión. Angustia. Melancolía. Y el ramalazo de la perdida, hicieron su aparición, como un huracán tomaron presencia en su interior, y cayendo de bruces se entregó al quiebre.   
Los tiempos transcurrieron lentamente, y un día, mientras Galvan visitaba el cementerio de su familia, se quedó frente a la tumba de su padre más tiempo del que acostumbraba.
— Estoy cuidando del reino con la sabiduría que has compartido todos los años que permaneciste conmigo. Mantengo mi corazón frío para crecer mentalmente, volverme un mejor rey y hombre, anhelando banalmente alcanzar tu sabiduría y convertirme en el hombre que una vez fuiste. Si bien las tierras volvieron a unificarse, hubiera deseado que las cosas hubieran sucedido de otra manera.             Y allí se quedó, contándole a su padre lo que sucedía y dejaba de sucederle, como enfrentaba los problemas y los solucionaba, y cuanto extrañaba a él y a su difunta esposa, que eran aquella compañía cálida que lo escoltaban en la vida. Luego caminó más allá, hasta pararse frente a una tumba algo tosca, con la estatuilla de un arcángel extendiendo las manos vacías.
— Un deseo siempre aquejó a mi corazón, amor fraternal, que el rencor unilateral nunca hubiera existido, pero aquel deseo no es más que un sueño ligero, que se esfuma con la realidad que arrastra, día tras día, mi vida, mi salud, mi juventud.  
Galvan desfundó la espada que había pertenecido a su hermano, la misma que había utilizado para asesinar a su mujer, la misma que había chocado en batalla cruel, y luego de sostenerla unos minutos fuertemente por la empuñadura, hasta que sus puños se volvieron blancos, la apoyó sobre las manos desnudas y regias del arcángel de piedra, mientras pronunciaba un poema que conocía bien, con los ojos convertidos en caudales de agua salada:   
Por muchos pueblos y por muchas aguas llevado,
vengo, hermano, a estas miserables profundidades,
para honrarte con el último oficio fúnebre
y hablar inútilmente a tu muda ceniza,
puesto que el destino te alejó de mí,
¡ah! infeliz hermano, injustamente arrancado de mí;
ahora, sin embargo, acepta esta ofrenda, que por antigua costumbre
es lanzada a las profundidades en tu triste oficio,
mojada en llanto fraterno, enormemente,
y para siempre, hermano, hola y adiós.