miércoles, 20 de abril de 2016

Alejo o Albina


                Desperté como cada mañana, con las cortinas abiertas, y las paredes azules envolviéndome como un cielo artificial. Un remolinó de imágenes se agruparon en mi mente, de lo que soñé anoche, siempre recordaba el sueño completo, pero hoy, sin ninguna explicación sólo recordé fragmentos de él: Un despertador rojo estrellándose contra un piso de madera, una joven de cabellos rubios, tan claros que parecían haber sido pintados por la nieve, se peinaba frente a un espejo de marcó amarillo, la misma joven, caminando por una vereda repleta de gente. Todos los días era lo mismo, una y otra vez, no importara que hiciera, no podía librarme de esta maldición, ni siquiera sabía si llamarlo así.         
Me incorporé con desganó, sentándome sobre el colchón. Busqué con los pies descalzos las pantuflas y cuando las encontré, caminé arrastrando los pies, hasta el baño. Miré mi reflejo en el espejo, como todas las mañanas, a veces era frustrante y otras veces no le daba importancia, pero todas las mañanas despertaba con el mismo sentimiento, con esa sensación de no saber quien soy en realidad, ¿Por qué me sucede esto?, ¿Qué está mal en mí?, ¿Por qué nací de esta manera?, la vida se volvía ridículamente irreal, por más que intentara explicarlo nadie me creería, solo había una persona que me entiende, pero no hablaría con ella, nunca nos hemos visto en persona.    
La espuma del dentífrico se escabullía de mis labios mientras cepillaba mis dientes, mis ojos oscuros buscaban en el reflejo mi imagen, como si no fuera real, como si algo pudiera indicarme que no estaba despierto, pero si lo estaba, aunque nunca podía confirmarlo completamente. Mi piel ligeramente oscura, en contraste con mis blancos dientes, mi cabello castaño oscuro, mis rasgos musulmanes, apenas perceptibles. Todo estaba allí.  
Mi nombre es Alejo, tengo veinticinco años, curso mi último año en ingeniería. Y todos los días es lo mismo, padezco de una extraña existencia, que apenas yo comprendo.
Me encaminé a la puerta, con los pies pesados, todavía repasando los fragmentos del sueño en mi cabeza, sin comprender porque no podía recordarlo, nunca me había sucedido esto en mis veinticinco años de vida. Nunca.    
Caminé por la vereda mirado al sucio suelo de la vereda, perdido en mis pensamientos, ¿Acaso algo iba a suceder?, ¿Qué andaba mal?, me encontraba muy inquieto.        
Mis pies se detuvieron inconscientemente cuando sentí unos ojos sobre mí. Un escalofrió recorrió toda mi espalda, y un frio helado se alojó en mi pecho. Levanté la mirada lentamente, con el corazón golpeando en las sienes como un martillo asesino. Ella estaba allí. Enfrente de mí Albina se encontraba parada en medio de la vereda, mirándome como si fuera un fantasma, con los ojos bien abiertos y su cabello blanquecino hondeando como una bandera blanca.
¿Debía decir algo?, ella sabía todo sobre mí y yo todo sobre ella, y sin embargo era la primera vez que nos encontrábamos en persona. Siempre había arreglado todo para que nuestros cuerpos no se cruzaran, pero las cosas hoy cambiaron.  
¿Qué hice mal?, ¿Qué está sucediendo?
Ella se encontraba aquí. Yo me encontraba aquí. Nosotros nos encontrábamos aquí. Y no había nada que decir, porque sabía cómo pensaba y sé que en este momento ella se está haciendo las mismas preguntas que yo. La conozco perfectamente. Sé todo sobre ella.                
Mis pies se movieron y los de ella también. Su cuerpo pasó junto al mío, y paso a paso nos fuimos distanciando hasta que ya no pudimos percibir la presencia del otro.
Estuve todo el día inquieto, ni siquiera pude prestar atención en las clases de la universidad. Era la primera vez que la veía en persona, era la primera vez que no recordaba mi sueño y estaba seguro que nuestro encuentro había tenido algo que ver con ello.  
Después de la universidad volví a mi casa y allí me quedé, mirando al techo, pensando en nuestro encuentro hasta que me dormí. 

La alarma resonó por la habitación chillando como una bruja, mi corazón, al igual que mi cuerpo, saltó del susto. Intentando apagar la alarma, todavía media adormilada, logré golpear al despertador rojo y hacer que este rodara por la mesa de luz hasta estrellarse contra la madera del suelo.    
Maldecí entre dientes y me levanté rascándome la cabeza. Caminé hasta el baño, donde cepille mi largo cabello blanco. Tengo veinticinco años y me llamó Albina, sí, mis padres tuvieron mucha originalidad al nombrarme con la misma anomalía que padezco. Por cierto, esa no es mi única anomalía, hablando de eso, ahora que lo recuerdo, no logró recordar mi sueño anterior, sólo pequeños fragmentos, pero un sentimiento, residuo del sueño anterior, se alojaba en mi pecho y este era la incertidumbre, de esas que surgen cuando hay algo que no comprendes, un cambio que altera tu día. Pero no me quedé a pensarlo por mucho tiempo, estaba llegando tarde a trabajar, y mi jefa no soporta las impuntualidades.  
Me vestí con lo primero que encontré y salí a la calle, la cual estaba más concurrida de lo habitual. Caminé esquivando a la gente, y de repente algo se removió en mi interior, una sensación extraña y cálida azotó mi pecho. Me paré en seco, y mis ojos hallaron frente a mí a Alejo, aquel chico con que he soñado toda mi vida, allí estaba, caminando mientras miraba al suelo preocupado, como si hubiera perdido algo, pero se detuvo de inmediato, porque había sentido mi presencia, al igual como yo sentí la de él. 
Alejo levantó el rostro y nuestros ojos se encontraron.
¿Qué debía hacer? Nunca nos habíamos visto en persona, siempre en los sueños. Antes de despertar siempre había vivido su día, ambos cumplíamos años el mismo día, fui testigo cuando aprendió a andar en bicicleta, vi su primer beso, su primer novia, soñé la muerte de su madre, estuve cuando ingresó a la universidad, lo acompañé en cada examen, leí con él cada libro que leyó, incluso sé su forma de pensar, y él lo mismo conmigo, Alejo conocía cada día de mi vida. Pero siempre nos habíamos evitado, sería extraño encontrarte con la persona que sueñas su vida cada noche, además no teníamos nada que decirnos porque sabíamos todo del otro.  
Mis pies se movieron y los de Alejo también. Nuestro primer encuentro duro pocos segundos.           


2 comentarios:

  1. Parece un cuento de Cortazar, encuentro soñado, esperado...y efimero.
    Salvo que se habla de primer encuentro. No de único. Y tal vez los sueños insistan en conectarlos
    Un abrazo

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    1. Cierto, se parece un poco a Cortazar, posiblemente La noche boca arriba.

      Gracias por leer y comantar. Un saludo.

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