jueves, 1 de febrero de 2018

La Leyenda del Rey Pobre


            El más pobre de un pueblito alejado, que poco le importaba la guerra, solo podía pensar en una cosa, y eso era comer. No tenía nada, ni comida, ni techo, ni ropa decente. Solo tenía una belleza como ninguna, que eso lo ayudaba a veces a recibir favores de los demás, como un buen vino o unos panes gratis. Incluso ahora mismo una mujer, que encandilada por su belleza, le acercaba ropa fina, que a pesar que ella juró que era de su difunto padre, la verdad era que ella lo había mandado a hacer especialmente para él, la mujer estaba obsesionada con la belleza de aquel hombre, pensaba en él a cada momento que encontraba libre, pero que por pertenecer a la clase alta, se negaba a reconocer su atracción por el hombre, ¿Qué diría el pueblo si se enteraba que ella había estado viendo con esos ojos a un indigente?, así que se conformaba con encontrar una excusa que le permitiera intercambiar unas dos o tres palabras, no le era suficiente, pero se obligaba a conformarse con ello.     
El pobre recibió la ropa nueva con agradecimiento, era muy cara para su gusto, ya que no le agradaría ensuciar los pantalones de seda cuando durmiera en la calle, pero la mujer había sido tan insistente que no pudo rechazarlo. 
La mujer le preguntó un par de cosas, ¿Cómo se llama?, Seios me llaman, respondió ¿No pasa frío a la noche?, siempre, ¿Tiene enamorada?, no me atrevería a enamorarme, cuando ya no pudo soportar más y vio que la gente del pueblo comenzaba a observarla con curiosidad, decidió dar la charla por terminada y volver a su casa con su madre. Ya encontraría otra excusa para acercarse a aquel pobre hombre. A veces deseaba que ella hubiera nacido pobre también, o que Seios fuera un influyente noble de su misma calaña. Pero tuvo la mala suerte de que pertenecieran a mudos diferentes. El dinero los había separado, era de oro y de plata la barrera que había entre ellos y deseaba derrumbarla, o por lo menos encontrar una forma de saltarla para estar los dos del mismo lado.        
El pobre se sentía extraño al vestir aquellas ropas, fuera de lugar, pero en su posición no tenía el lujo de despreciar nada, no sabía cuándo podría volver a estrenar un cambio de ropa. Se sentía agradecido eternamente con la mujer, la cual se llamaba Cicurina, era solidaria y hermosa, se negaba a pensar algo más en ella que como una dama desprendida que siente lástima hacía la gente como él. Sentiría vergüenza en sentir la menor atracción posible hacía ella, porque ella no merecía que un hombre sucio y pobre la mire de manera impúdica. No podía, sabía que ella se sentiría asqueada y posiblemente lo miraría con repulsión, que después de todo era la mirada que merecía.   
Al día siguiente, Seios moría de hambre, y no conseguía nada para comer. Ningún alma caritativa se acercaba a regalarle un pan, se conformaba con un pan viejo y duro. Entonces encontró la solución. El vocero del rey había estado viajando pueblo por pueblo para reclutar los hombres más fuertes y valientes. Él no era fuerte, ni un poco, pero tenía algo que muchos hombres no poseían, y eso era experiencia, el vivir en la calle era una guerra constante, y muchas veces había tenido que pelear por un pedazo de comida o un lugar para dormir tranquilo. Era hábil y veloz, y había aprendido a ganar una pelea. Así que lo pensó, el ejército tiene comida todos los días y una cama para dormir. Sonaba tentador, y como la muerte no le asustaba se enlistó al ejercito terminado el discurso del vocero, discurso que no escuchó por estarse imaginando una vida donde pudiera comer todos los días.   
El ejército lo recibió de manera indiferente. Sus compañeros no lo miraron siquiera, ya que él era un hombre sin casa ni familia, y su apellido no constaba de ningún renombre u honor que recordar. El ejército estaba conformado por todas las clases, pobres, nobles, esclavos, comerciantes e inclusos se habían unido algunas mujeres que tenían miradas que daban miedo. Todos tenían razones distintas para anotarse al ejército. El rey no obligaba a nadie a pelear, como pasaba con reinos vecinos, el creía que soldado que luchaba con decisión, luchaba mejor que el soldado obligado a matar.      
El pobre había sido asignado a un cuartel de hombres que anteriormente fueron granjeros o artesanos, estaban debajo de la nobleza y de los pueblerinos, pero no eran tan pobres como él: el indigente. “Este esqueleto no durará ni un segundo en la batalla”, “¡Miren que flaco está!, parece que no hubiera comido en semanas”, “Con lo débil que está, la armadura no lo dejará levantarse del suelo”, y era cierto, estaba muy flaco, pero tenía fe en sus habilidades de lucha, por eso no se enojó cuando sus compañeros se rieron de él al verlo comer con desesperación la sopa que les entregó el sargento. Escuchó como un campesino decía que la sopa estaba insípida y que las que hacía su mujer eran las mejores del reino, pero como Seios hacía tantos años que no comía nada más que pan, la sopa le fue lo más sabroso que pudo recordar de haber comido alguna vez.    
Tuvieron varias semanas de entrenamiento antes de partir a la guerra, y allí mostró sus habilidades, obviamente no tenía la elegancia que tenía un noble al levantar una espada, ni conocía el nombre de las diferentes espadas, para él solo estaban las largas y las cortas, pero hubo en algo que sí se pudo lucir, y eso fue en la lucha, y no peleaba como el resto, pero eso no significaba que lo hiciera mal, incluso algunos habían empezado a decir que parecía un animal salvaje a la hora de luchar, e incluso que sus ojos eran intimidantes. Había ganado elogios de varios oficiales y el respeto de sus compañeros, incluso la sopa que le servían ahora traía más fideos y más verduras que antes, se estaba haciendo notar. La dama de la nobleza, Cicurina, lo había visitado en varias ocasiones, y ya no se dirigía a él de la misma manera, cuando la mujer vio que el hombre ya no era un indigente, sino un admirado soldado, le hablaba con más soltura y cariño, cosa que nunca se pudo imaginar de ella. Incluso la dama lo había llamado su amigo y le había hecho prometer que volviera de la guerra como un héroe de batalla nombrado capitán, y así le dejaría casarse con ella. Y eso hizo que una nueva emoción eclosionara en su interior. Era un sentimiento que antes nunca había sentido. Era orgullo. Siempre se había sentido menos, una basura, sin valor alguno, era el suelo que pisaban los demás, pero ahora las cosas eran diferentes, ya no era él último. El sargento y el capitán lo miraban con interés, y sus compañeros dejaron de burlarse de él, no solo eso, sino que lo miraban con admiración, y lo más increíble era que estaba recibiendo el amor de la mujer que siempre creyó inalcanzable, ahora se podía permitir amar a una mujer.               
El entrenamiento terminó, y se hizo el momento de partir a la guerra. Muchos vieron su voluntad vacilar, no era lo mismo entrenar que caminar rumbo a un encuentro real. Se hicieron consientes de la realidad, de los que les podía suceder, la muerte ya no les parecía tan lejana. “Todos los soldados han muerto en batalla, nuestro enemigo es el más fuerte”, “¿Cómo puedes mantenerte tan sereno?”, le preguntaron en una oportunidad, y él les respondió con total sinceridad, “No le temo a la muerte porque conocí cosas peores”, esa frase hizo que los compañeros de su escuadrón se avergonzaran de sí mismos, un indigente tenía más valor que ellos. Y, sí, que conocía cosas peores. Conocía el dolor de la pérdida, de perderlo todo, familia, casa, trabajo, y del saber que nunca volverán. Conocía la tortura del hambre, de sentir sus tripas deseosas hasta el endurecimiento. Conocía lo violento que podía ser el frío y la noche, temblar sin detenerte por horas, pensando que ni el sol podría devolverte el calor que se perdió aquella noche. Conocía lo que era estar tirado en el suelo con una herida roja en el cuerpo, perdiendo sangre a borbotones, aguantando la tortura de los espasmos y de la fiebre, sabiendo que nadie vendrá a ayudarte, porque no eres nadie. Conocía lo doloroso de desear la muerte, porque era la salida menos dolorosa, era el término para una vida miserable, para todo sufrimiento, era volverte un cobarde que ya no resiste seguir viviendo. Desear la muerte era lo que más le había asustado, y ahora lo que deseaba era que nunca más, en lo que le restaba de vida, tener que llegar a ese estado de desesperación otra vez.            
Escucharon las trompetas sonar. El ejército enemigo estaba cerca y venía de masacrar un pueblito de agricultores. Eran el reino más sanguinario, no temían en matar a cualquiera, mujeres, niños o enfermos, los mataban a todos. Ningún ejército del rey había vuelto con vida a su encuentro, ningún hombre nunca pudo sobrevivir a las espadas de aquellos mercenarios.   
La batalla había sido feroz, los enemigos luchaban ciegos del deseo de sangre, eran como animales cebados por la carne humana, solo querían matar y destruir. Sus compañeros caían muertos a su lado, veía como la tierra se había teñido de roja, y el aire apestaba a metal agrio. El capitán y el sargento murieron en medio de la batalla, lo que desesperó a la compañía, no sabían que hacer, ni siquiera podían volver o replegarse, se sentían atrapados en medio del otro ejército, que eran mayor en número y fuerza. “¡¿Qué hacemos?!”, le preguntaron en un grito desesperado. Sin ninguna explicación la responsabilidad del ejército había caído sobre él, los mismos soldados habían elegido al más pobre como su nuevo líder, confiaban en él, en su espíritu inquebrantable y en sus ojos salvajes. “Lo único que puede acallar nuestras espadas es la muerte”, y así fue, los soldados pelearon sin detenerse, y con más fuerza que antes, y no bajaban las espadas hasta que la muerte los encontraba.  
Su compañía era conformada por mil quinientos hombres, y luego de esa batalla sólo quedaron ciento cincuenta con vida. El ejército enemigo había huido asustado, porque vieron que el ánimo de los soldados había cambiado, ya no lucían desesperados ni asustadizos, se habían convertido en personas diferentes, parecían nunca morir, llenos de sangre y heridas seguían luchando, como si alejaran a la muerte por propia voluntad, como si tuvieran fuerza sobre su propia hora, luchaban con fuerza y valentía, era como si alguien los impulsara a no rendirse. Y ellos no lo sabían, pero ese alguien era un hombre pobre, el más pobre de todos.  
El ejército estaba agotado, y sumamente herido como para avanzar fuera de ese lugar. Así que mandaron al soldado menos lesionado en busca de ayuda. Al otro día, el soldado volvió con el ejército escoltado del rey, quien iba al encuentro de los sobrevivientes lleno de emoción. Era el primer ejército que sobrevivía a una batalla con aquel reino enemigo. Como todos los oficiales de jerarquía murieron, y solo quedaban soldados rasos con vida, el rey pidió hablar con el líder de ellos, porque naturalmente siempre salía un líder cuando el anterior muere. Y Seios no se lo esperó cuando sus compañeros lo instaron a pasar al frente. El rey estuvo sumamente agradecido y emocionado, vio en aquellos hombres una esperanza para su reino. Los nombró como el ejército más fuerte del reino, y a Seios como su capitán.      
Esos hombres estaban contagiados por el espíritu del hombre pobre, luchaban con la misma convicción, y rechazaban el miedo a la muerte, por eso fueron invencibles. Tanto que su capitán, finalmente fue ascendido a capitán general una vez que el reino vecino fue vencido. Seios tenía el puesto más alto en toda la milicia y era el hombre más cercano al rey, ya que este le debía su reino a su fuerza de voluntad y su diligencia.   
La boda con Cicurina no tardó en llegar. Y se rumoreaba que fueron muy felices en su vida de casados. Tuvieron cinco hijos, a los cuales él amó con locura. Tenía una familia, ya no estaba solo, y fue en ese momento que conoció por primera vez lo que era el miedo a la muerte, era algo que creyó que nunca llegaría a sentir, pero lo sintió y con fuerza, entonces se dio cuenta que los que no le temían a la muerte eran personas infelices, porque el que se niega a morir, no lo hace porque fuera un cobarde, sino porque no quiere dejar su vida, porque tiene mucho que perder, no quiere dejar de sentir aquella felicidad. Pero por suerte las guerras estaban terminadas, ya no recibían amenazas de otros reinos, ya que la bravura del capitán general era bien conocida dentro y fuera del reino.   
En una reunión de funcionarios del rey, en la cual se trataban temas de la corona, el capitán general fue participe también y nunca creyó que pasaría, pero volvió a levantar su espada después de mucho tiempo, esta vez para defender al rey en persona. Varios nobles levantaron sus espadas contra el rey, querían derrocarlo. La batalla fue sangrienta, el unigénito del rey fue muerto por manos de un traidor, el general no lo pudo salvar, ya que los funcionarios traidores eran mayoría. El general al final pudo controlar la situación e hizo encerrar a los traidores hasta que fuera la hora de su muerte por alta traición.   
El rey yació varios días en cama, había sido gravemente herido en el levantamiento de los traidores y no podía recuperarse. La muerte era inminente, y él lo sabía. El rey hizo llamar al capitán general Seios, el hombre que él consideraba de más confianza, a su alcoba. Allí le informó sus intenciones, sabía que no podía detener su final, y que, con su único hijo muerto, no había heredero legitimo para la corona, y sólo había un hombre en el que confiaba lo suficiente para dejar el reino en sus manos y poder morir tranquilo. El general se resistió, ahora podía vivir en una casa grande y pertenecer a la nobleza, pero nunca pudo olvidar de donde venía, las calles estaban grabadas en sus recuerdos y constantemente le recordaban quien era en realidad. “Que un hombre pobre como yo tenga la corona, será un deshonor para usted y para todo el linaje real que en paz descanse”, “No eres un hombre pobre, eres un hombre fuerte, capaz de salvar a un reino entero, si no te hubiera tenido en el ejército este reino tendría a un mercenario por rey”. A pesar de que el general quiso rechistar, el rey no se lo permitió y en cambio le entregó la corona, de esa manera confiándole el reino entero a sus manos, y le hizo prometer que velaría por el reino con el mismo espíritu indomable con el que lo había hecho en batalla.  

La leyenda del rey pobre nunca fue olvidada en aquel reino, y nadie se atrevió ni una sola vez a cuestionar su lugar, porque su mandato fue regido con su espíritu inamovible, así como se lo prometió a su anterior rey.                                        

2 comentarios:

  1. Que buena histórica épica.
    Y el protagonista se ganó el amor de una mujer. Y el reino tuvo un buen rey, tanto como tu antecesor.
    Que bien contado.

    Un abrazo.

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    1. Gracias por leer y comentar, me alegro que le haya gustado la historia.

      Un abrazo.

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