viernes, 4 de septiembre de 2015

Los zapatos de Ghunter


¿Alguno de ustedes tuvo alguna vez la suerte o la mala suerte de que Ghunter tocara a su puerta?, si la respuesta es no, pues han tenido mucha suerte.
Les contaré como fue esa vez que ese tal Ghunter se apareció por mi casa:   
Fue una tarde fría, muy fría, tan fría que las plumas de los pájaros se congelaban en pleno vuelo.  Yo era apenas un adolescente, estaba ayudando a mi madre a preparar la mesa, mientras esperábamos a mi padre, que se había aventurado debajo de un cielo gris a por algo de comida.
Fue en aquel momento cuando alguien tocó a la puerta, dio unos débiles golpes a la madera, como si se estuviera muriendo, y se fueran con aquellos golpecitos las únicas fuerzas que le restaban. 
Abrí la puerta muy extrañado, no podría ser mi padre, ya que él siempre que llamaba a la puerta hacía un escándalo terrible, o entraba sin tocar. Mis jóvenes ojos encontraron a un hombre desaliñado, su cabello carbón lo llevaba sin peinar, y sus pies eran cubiertos por unos andrajosos zapatos viejos.      
El hombre dio un paso hacia adelante y se desplomó en el suelo, respirando hondamente. Mi madre me ayudó a sentarlo sobre el sillón, lo tapamos con una manta y le preparó un caliente té.   
― Muchas gracias― Dijo dificultosamente, mientras tosía tan fuerte que parecía que se le escaparían los pulmones por las narices. Yo me preocupe, el hombre estaba muy enfermo ― La verdad, tuve suerte de encontrarlos― Dijo, y luego desvió la mirada a sus zapatos.
Al rato llegó mi padre con las compras, se sintió muy orgulloso al ver que habíamos ayudado a un pobre hombre, que seguramente si no fuera por nosotros se moriría congelado afuera.  
Mi madre hizo una espesa sopa, llena de verduras y distintas carnes, ella siempre decía que en invierno hay que comer más de lo habitual, y sobre todo en días tan fríos como aquel.
Le ofrecimos un plato de sopa al indigente, el cual lo tomó con mucha emoción, como si llevará varios años sin comer.
La tarde se hizo noche, y la noche se hizo día, el hombre había dormido sobre el sillón, no podíamos echarlo allí a fuera.
― Muchas gracias, muchas gracias de verdad― Nos dijo, y nos besó las manos a cada uno de nosotros. Se lo veía muy agradecido.
Caminó hasta la puerta, despidiéndose nuevamente, pero cuando me dispuse a cerrarla, él la detuvo con su mano.
― Espera― Me dijo ―Quiero darte mis zapatos como agradecimiento, por todo lo que has hecho tú y tu familia conmigo.
― No, no es necesario― Le dije educadamente, le miré los zapatos, los tenía viejos y rotosos, no podía quitárselos, eran los únicos que tenía.   
―Sí, sí ― Dijo, y se sacó los zapatos sin que pudiera detenerlo ― Son de la suerte, gracias a ellos los encontré a ustedes, sino hubiera muerto en la calle.
Tomé su calzado entre mis manos y le miré sus pies desnudos, no lo podía dejar marchar en esas condiciones, así que me saque mis botas, eran nuevas, las había comprado la semana pasada, pero no importaba, quería dárselas al buen hombre.   
― No son de la suerte, pero no puedo dejarte ir descalzo― Le dije.
Intercambiamos calzados, y el indigente se marchó usando mis botas negras, que tenían una presilla roja de costado.
Pasó el tiempo y utilicé las botas para aquellos momentos decisivos, los probé en el casino, loterías, exámenes, y debo decir que de buena suerte no tenían nada. Tal vez no sabía cómo usarlas, tal vez debía decir alguna palabra mágica o algo. Lástima que no le pregunté al indigente cómo funcionaban, porque desde esa noche no lo he vuelto a ver.     
Varios años después, habiendo dejado la adolescencia atrás, viajé a una ciudad vecina en busca de trabajo, tenía una entrevista. Cuando entre en la oficina me encontré con un joven que estaba esperando. Él era mi competencia. ¡Me había olvidado mis zapatos de la suerte!, lástima, esta sería una buena oportunidad para probarlos.      
Me senté junto al joven y de inmediato algo llamó mi atención, conocía aquellas botas negras con presillas rojas, ahora estaban todas rotas y gastadas. Habían pasado varios años desde la última vez que las vi.       
― ¿Dé donde las conseguiste?― Le pregunté señalando las botas del joven.
― Es una historia muy extraña― Me contestó ― El otro día ayude a un indigente que se veía muy enfermo, le compré ropa y zapatos nuevos, además lo llevé a comer a un restorán, estaba muy hambriento. En forma de agradecimiento me regaló sus botas, me juró que eran de la suerte, y que las llevaba puestas desde siempre. Esperó que me ayuden en mi entrevista ― Suspiró nerviosos.     

Lo miré incrédulo. ¡Maldito viejo embustero!, ¡Me había engañado! 

12 comentarios:

  1. Tal vez lo creyó en algún momento, no haya sido inicialmente una mentira.
    Y en el peor de los casos consiguió calzado nuevo, que tal vez necesitaba.

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    1. Muchas gracias por leer.
      Puede que el indigente sea un embustero o que no.
      UN SALUDO.

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  2. Ja, ja, ja, ja. Vaya viejo. Tal vez sea un embustero, pero el protagonista fue un poquito tonto pensar que podía usar esas viejas botas para cumplir deseos algo egoístas. No pensó que quizá den otro tipo de suerte. Je, je, je, je. Aunque todo era mentira. Queda en cada uno si es un oportunista o no.

    Que tengas un buen fin de semana. ¡Saludos!

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    1. Cierto, el protagonista es muy confianzudo...
      Gracias por leer y comentar.
      Nos leemos . Saludos

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  3. Una historieta interesante amiga, te felicito.

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    1. Muchas gracias Rosa por leer, me alegro que te haya gustado.

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  4. ¡Hola guapa! cuanto tiempo sin pasar por aquí a leerte... esto de no tener tiempo para los blogs es un asco ¡me alegra ver que tus relatos siguen tan brillantes como siempre!
    Si te apetece pásate por mi blog para darme tu opinión sobre una entrada muy especial que he publicado.. ¡tras 4 meses de inactividad!
    ¡Besosss!

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    1. Bienvenido otravez, !! me alegro que te guste mi último relato.
      Por supuesto, ahora mismo me paso :)

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  5. Una historia con un gracioso final. Me ha recordado a una serie que veía en mi infancia llamada "Los ladrones van a la oficina", donde un gremio de ladrones y sinvergüenzas se reunían en un bar y timaban a mucha gente con embustes, teatralidad y otras armas de su ingenio.

    ¡Un saludo!

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    1. Muchas gracias José por leer, me alegro que te haya gustado, y aun mejor llevado a tu infancia.

      Un saludo :)

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  6. ¿Y qué es la buena suerte? En ocasiones se pasa por baches hasta llegar a un buen destino. Mala suerte en el camino pero buena suerte al final, una, consecuencia de la otra. ¿Embustero? Para nada, si las botas parecen que no dan buena suerte, el no llevarlas que conlleva? Nunca dijo que se las pusiera.
    La verdad es que esta pequeña historia me ha hecho pensar jajaja
    Gracias por compartirla con tod@s cynthia.
    Un saludo!!!

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    1. Gracias a ti por leer, me alegro que te haya gusatdo el cuento. Un saludo

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